Capítulo 3 Una salida propia #2
Me eché al hombro derecho un saco pequeño, lleno solo a medias. Pesaba más de lo que esperaba; aflojé el paso para que no me tirara del pecho. Mara podía ver mi fatiga. No tenía que fingirla.
Entre las pilas de madera había huellas de carretillas, zonas donde el serrín estaba pisado y tablones tendidos sobre el lodo. Seguí esos pasos de trabajo. Durante diez años me habían mandado entrar por las puertas traseras; reconocía un acceso de servicio sin que nadie me lo señalara.
Cuatro ballesteros vigilaban desde los queches.
Una zanja cortaba el paso junto a los almacenes, pero detrás del secadero, bajo los sauces, distinguí un desembarcadero para lanchas de pesca.
Un marinero tanteó el lodo junto a la sirga: la pértiga se hundió casi entera a la derecha de una franja de grava.
Allí, una compuerta de tablones podridos daba acceso directo a un sendero de sirga que bordeaba los juncales hacia el este, aguas arriba.
La puerta estaba cerrada con un pasador de hierro tosco, oxidado por el agua salobre de la marea, pero la madera del batiente estaba combada.
Me acerqué a una pila de haces de mimbre donde un hombre mayor, de barba rala y manos cubiertas de cicatrices, ataba fardos con cuerdas de esparto. Tenía las botas de vaca embreadas hasta las rodillas y una mirada cautelosa que no se apartaba de los guerreros de la Marea Gris.
Dejé caer el saco de harina a dos pasos de él, fingiendo que la carga se me escurría de las manos.
El jornalero se agachó para ayudarme a enderezarlo.
—Gracias —le dije en un susurro rápido, firme y sin temblor, mirándolo directamente a los ojos mientras me agachaba a su lado—. Escúcheme con atención, anciano.
El hombre se tensó, mirando de reojo hacia donde Mara vigilaba la pasarela a quince pasos de distancia.
—No busco líos, muchacha —murmuró entre dientes, fingiendo revisar la costura del saco.
—Soy Liora Valen. Esos hombres me sacaron por la fuerza del patio de Vhal —murmuré—. Darian Corven vendrá a buscarme. Si los suyos llegan por el río, aquí no habrá sitio donde esconderse.
El jornalero miró hacia los queches. Tenía que apartarlo de allí antes de que el miedo lo llevara a denunciarme.
—Pueden estar aquí antes del alba —añadí. Sostuve la voz, aunque no tenía forma de saberlo.
El jornalero abrió los ojos con una mezcla de sorpresa y terror, clavando la vista en la tela azul desgarrada de mi vestido y en la firmeza implacable de mis facciones:
—¿El... el rey de Vhal viene al Juncal?
—Si avisan a los capitanes, los trabajadores quedarán entre las armas de los dos bandos —dije—. Llévese a su gente a los cañizales del sur y deje libre el paso de servicio. Yo responderé ante la Corona de que ustedes no ayudaron a retenerme.
El hombre tragó saliva despacio, mirando hacia la canal del río donde la niebla comenzaba a espesarse con la caída del sol:
—Los hombres de Harek nos pagan con promesas de papel y nos requisan el mimbre —susurró con amargura—.
No queremos su guerra en nuestras marismas, señora.
Si los soldados de Vhal llegan por el río, mis muchachos estarán en las cabañas del cañizal.
La niebla se cerrará sobre la dársena en dos horas; no verán nada a cinco brazas de la proa.
—Que así sea —dije, levantando el saco con un movimiento limpio.
El jornalero recogió sus cuerdas y se alejó hacia los almacenes interiores sin volver la vista atrás.
Había conseguido que me escuchara. Si Darian no llegaba, el paso despejado también podía servirme a mí.
La noche cayó sobre el Muelle del Juncal como un manto húmedo y asfixiante.
A las ocho de la tarde, Mara me condujo de regreso al cobertizo de secado, cerró el batiente principal y echó la tranca de madera desde el exterior.
—Duerme lo que puedas, Liora —me dijo a través de las rendijas—. Si el viento cambia a medianoche, Harek intentará tenerte en el queche antes del alba.
Escuché sus pasos alejarse por la pasarela de tablas hacia la hoguera de guardia del embarcadero grande.
Me quedé en silencio en medio de la nave vacía.
La oscuridad era casi total, rota únicamente por los reflejos cobrizos de las antorchas exteriores que se filtraban entre los listones de madera. El olor a serrín seco envolvía el aire con una calidez polvorienta que me ayudó a asentar los sentidos.
Me deslicé con pasos mudos hacia el fondo del cobertizo, donde la puerta de servicio comunicaba con el embarcadero de pesca.
Me arrodillé junto a la compuerta.
Llevé los dedos al dobladillo de mi manga izquierda, separé los dos hilos que sujetaban el hierro y extraje el alambre.
Toqué el cerrojo en la penumbra.
El pasador estaba en la cara exterior del batiente. Metí la punta del alambre por la holgura entre la hoja y la jamba; tuve que doblarla contra la madera para alcanzar el hierro oxidado.
El metal oxidado chirrió levemente. Me detuve, contuve la respiración hasta comprobar que ningún centinela se movía en el exterior y volví a presionar.
Con un crujido sordo, el pasador cedió media pulgada hacia atrás.
Dejé el alambre encajado bajo el pasador, impidiendo que volviera a entrar del todo en la armella. El hierro apenas se sujetaba a la madera podrida; con el cierre así, un empujón desde adentro debía bastar para arrancarlo.
La salida estaba lista.
Me senté de espaldas contra la compuerta, apoyando la nuca en los listones y dejando caer las manos sobre las rodillas.
Alcé la diestra y toqué la piel caliente sobre mi clavícula.
El lazo ardía bajo mis dedos. Por un momento me pareció que Darian respiraba al otro lado del muro; acerqué el oído y solo llegó el roce de los juncos contra las tablas.
No estaba allí.
Me dolieron las rodillas cuando las recogí contra el pecho. La puerta estaba preparada, pero aún había centinelas entre el secadero y el río. Tendría que esperar un relevo o algún ruido que me permitiera moverme sin que oyeran la madera.
Cerré los ojos en la penumbra del secadero.
Pensé en la mano de Darian sobre un picaporte, esperando a que yo lo dejara entrar.
Lo imaginé junto al fuego de la cocina de Valen, estorbando a Mina con aquellas piernas largas mientras ella intentaba servir la cena. Me cubrí la boca con la manga. Casi me había reído.
Afuera, en la marisma, el graznido áspero de una garza real rasgó el silencio de la noche.
El rumor de los remos en la dársena se apagó y la niebla del río comenzó a colarse por los resquicios de las maderas, fría, espesa y salvadora.
Comprobé con la punta de los dedos que el alambre seguía encajado y apoyé el hombro contra la puerta.
«Encuentra este muelle», pensé. Después guardé las manos entre las rodillas y volví a escuchar las pisadas de los guardias.