Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 3 Una salida propia
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Capítulo 3 Una salida propia

Liora

La barcaza redujo su marcha al entrar en las marismas bajas. Pasábamos los días avanzando entre esperas, con los hombres de Harek apartando troncos. Cuando por fin dejamos atrás los rápidos, ya era de noche.

A través de las ranuras de ventilación de la bodega, el aire que entraba ya no olía a roca lavada ni a los pinares escarpados de la meseta; traía el hedor estancado del junco podrido,

el limo negro de los brazos muertos y ese rastro acre y punzante de serrín húmedo que anunciaba la cercanía de viejas explotaciones madereras.

El fondo plano de la embarcación rozó un bajío de grava con un temblor prolongado que hizo chirriar las cuadernas de roble.

—¡Levanten los remos de estribor! —gritó el timonel—. ¡Lleven la proa hacia la canal ciega antes de que la corriente nos encaje en la barra!

Sobre mi cabeza sonaron carreras apresuradas, golpes secos y el silbido de cabos mojados corriendo por las cornamusas.

Me puse en pie despacio en la penumbra de la bodega, apoyándome en los toneles de salmuera para afianzar el equilibrio.

La marca en mi clavícula izquierda no me daba tregua.

Había dormido a ratos, con el brazo izquierdo apretado contra el cuerpo para no perder el alambre.

El pulso del lazo me despertaba antes que las pisadas de cubierta.

Darian seguía vivo; no sabía si había conseguido salir de Asteria.

Miré el borde de luz bajo la trampilla. Yo estaba llegando al sitio donde tendría que intentarlo.

La barcaza dio un último bandazo y el costado de babor chocó contra pilotes de madera revestidos de brea y caracolillo.

Un crujido pesado de defensas de esparto amortiguó el golpe. Habíamos atracado.

El cerrojo de hierro de la trampilla se descorrió con un golpe metálico y la portezuela se abrió hacia el cielo gris del amanecer.

La figura enjuta de Mara se recortó contra la claridad neblinosa:

—Arriba, Liora —dijo, tendiéndome una mano firme sin asomo de burla—. Harek quiere que veas el muelle antes de que bajen la carga.

Subí los cuatro peldaños de la escalerilla de madera.

Al pisar la cubierta de tablas húmedas, el viento frío de la marisma me azotó la cara, pegándome los mechones oscuros a las mejillas. Parpadeé para acostumbrar los ojos a la luz lechosa de la mañana.

Estábamos amarrados en una dársena interior protegida por una empalizada de troncos viejos carcomidos por el agua: el Muelle del Juncal.

A la izquierda se alzaba la osamenta imponente de un aserradero abandonado de la Corona, con su tejado de tejas de cedro cubierto de musgo pardo y una enorme rueda hidráulica detenida sobre un canal de desvío; a la derecha, en el muelle exterior que daba a la canal profunda,

descansaban dos queches con las velas recogidas y docenas de hombres trincando barriles en las bodegas de popa.

Alrededor de las dársenas se extendía una llanura infinita de juncales y sauces desmochados, envuelta en una niebla densa que apenas dejaba entrever el curso principal del río.

Harek me esperaba junto a la pasarela de desembarco, con la capa gris sujeta al pecho y la rodela de bronce apoyada contra un poste de amarre. Su único ojo gris me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en la rigidez de mi postura:

—Has sobrevivido a la bajada sin marearte, muchacha. Tu madre tenía el mismo estómago para el agua turbia.

—Me has traído encerrada bajo llave en una bodega —respondí, bajando a los maderos del muelle sin tocar su brazo—. ¿Me dirás de qué se trata ese compromiso del que tanto hablas?

Harek frunció el ceño con una sombra de contrariedad en la frente:

—Sígueme.

Me condujo hacia el cobertizo principal del aserradero, escoltado por dos ballesteros que mantenían los virotes encajados en las nueces de sus armas.

Mara caminaba a tres pasos de mi hombro derecho, en silencio, con el arco de fresno colgado a la espalda y los dedos rozando la empuñadura de su lezna.

El interior del cobertizo olía a resina seca, a virutas de pino fermentadas por la humedad y a cuerda de esparto.

En una esquina se apilaban tablas de abeto destinadas a la construcción naval, y en el centro, sobre un banco de carpintero iluminado por una linterna de aceite, descansaba un estuche de cuero encerado.

Harek abrió el estuche con dedos ásperos y extrajo un pliego de pergamino grueso, amarilleado por los años y orlado con sellos colgantes de cera azul oscuro partidos por la mitad.

Lo desplegó sobre el banco:

—Este es el acuerdo de los linajes de la costa —dijo con solemnidad—.

Fue redactado tras la crisis de los estuarios, cuando los edictos de pureza de Asteria intentaron despojarnos de las pesqueras.

Los señores de los acantilados de basalto y los capitanes de marea pactaron que la primogénita de la casa Mael sellaría la unión de las dos flotillas entregando su linaje a la rama de los Sarrat. Tu madre era esa heredera.

Me acerqué al banco y me incliné sobre el pergamino, obligando a mi respiración a mantenerse pausada.

Mis ojos recorrieron las líneas de caligrafía gótica apretada, buscando lo que diez años de supervivencia entre los archivos manipulados de Maevra me habían enseñado a identificar en un documento legal: las cláusulas de consentimiento y las firmas de las partes.

El texto hablaba de derechos de pesca, cuotas de brea y la cesión de doce balandras mercantes.

En el margen, una letra más apretada relacionaba esas entregas con el matrimonio de la heredera Mael.

No reconocía las firmas. Uno de los sellos estaba roto y no podía saber qué manos habían añadido aquella cláusula.

Y al final del pergamino, bajo los sellos de tres patriarcas de la costa, el espacio reservado para la capitana Elayne Mael estaba en blanco.

No había firma. No había rúbrica, ni impronta de sello, ni gota de sangre.

Levanté la cabeza y miré a Harek a la cara con un desprecio tan frío que el hombre dio un paso atrás de forma casi imperceptible:

—No está firmado.

—Es un tratado ratificado por el consejo de los clanes—

—Mi madre —lo interrumpí, señalando el espacio vacío—. Me has hablado de la promesa de mi madre y me enseñas los sellos de tres hombres. ¿Dónde está su consentimiento?

Harek apretó los puños, la cicatriz de su ojo vacante tornándose amoratada por la cólera:

—¡Elayne tenía un deber con su pueblo! —replicó—. Negarse a firmar no la eximía de cumplirlo.

—Entonces deja de decir que ella lo prometió. Y no esperes que yo lo haga.

—¡Ya basta! —rugió Harek, dando un paso hacia mí con la mano extendida como para sujetarme por la muñeca.

Antes de que sus dedos rozaran mi brazo, Mara dio un paso al frente y se interpuso entre nosotros, cruzando su arco de fresno como una barrera firme contra el pecho del comandante:

—Quieto, Harek.

El veterano se detuvo en seco, fulminándola con la mirada:

—¿Te atreves a ponerte de parte de esta chiquilla de Vhal?

—Baja la mano —dijo Mara—. La muchacha puede preguntar. Yo estaba en la Gavina cuando Elayne salió de la ría; no oí que le prometiera nada a los Sarrat.

—No estabas en el consejo —replicó Harek.

Mara mantuvo el arco atravesado contra su pecho.

—Liora tampoco estaba. Tiene derecho a leer antes de aceptar nada.

Los dos ballesteros junto a la puerta mantuvieron las armas bajas. Harek los miró sin decir nada.

Yo seguí junto al banco, con los dedos apoyados donde debía estar la firma de mi madre.

El comandante enrolló el pergamino con un movimiento brusco, lo devolvió al estuche de cuero y se volvió hacia la salida:

—No acabaremos la estiba hasta esta noche —dijo Harek—. Saldremos con la pleamar del alba. Llévala al secadero, Mara. Que le den comida y mantas, y que no se acerque al muelle exterior.

Salió del cobertizo a zancadas pesadas, dejando tras de sí el rumor distante de los marineros descargando la barcaza en el muelle.

El secadero de madera era una nave larga y ventilada, con paredes de listones cruzados que permitían el paso del aire y un suelo de tierra apisonada cubierto de una gruesa capa de serrín seco y virutas de abeto.

Mara me condujo hasta allí, ordenó a un muchacho de la tripulación que trajera una escudilla con gachas de avena y una jarra de agua limpia, y se apostó junto al batiente principal, recostando la espalda contra el marco de madera.

—Come algo, Liora Valen —dijo en voz baja—. Harek tiene el orgullo herido. Si la carga está lista antes de medianoche, puede hacerte subir al queche sin esperar al relevo. Conviene tener fuerzas.

Me senté sobre un tocón de roble junto a una pila de tablas y tomé la escudilla.

Las gachas estaban calientes y sabían a grano tostado; comí despacio, midiendo cada bocado, permitiendo que el calor del alimento restituyera la energía que el viaje y la tensión me habían consumido.

—¿Por qué me ayudas, Mara? —pregunté sin levantar la vista del cuenco.

La mujer miró hacia el exterior por una de las rendijas del cobertizo:

—Porque conocí a tu madre. Y porque te he visto señalar una firma que él prefería que no miraras —respondió Mara—. No voy a ayudarte a saltar por la borda, Liora; pero tampoco voy a ponerte zancadillas si encuentras una rendija propia.

Terminé las gachas y dejé la escudilla en el suelo.

—Necesito salir al muelle. Llevo desde el asalto respirando fango y sentina —dije—. Déjame caminar un poco. Desde aquí ni siquiera puedo estirar las piernas sin que uno de tus hombres se asome a vigilarme.

Mara me observó. Moví los tobillos bajo el tocón, despacio; la piel rozada por las botas me tiraba al hacerlo.

—Están descargando grano y mimbre en la dársena interior —dijo al fin—. Puedes llevar fardos ligeros al cobertizo si no te apartas más de quince pasos de mí.

—Trato hecho —respondí.

El Muelle del Juncal hervía de una actividad confusa y desordenada.

Los marineros de Harek se mezclaban en las pasarelas con una veintena de jornaleros locales de las marismas: hombres delgados, de piel curtida por el sol de los juncales y ropas pardas de cáñamo basta,

que descargaban toneles y ataban haces de mimbre con una lentitud resignada y ajena al conflicto político de la Corona.