Capítulo 2 Llegar hasta ella #2
Lo miré fijamente a los ojos. En sus facciones cansadas solo había lealtad inquebrantable y rigor profesional.
—Prepara tus viales. Salimos en media hora.
Antes de que pudiera volver al mapa, Iven me sujetó por el hombro y me colocó una compresa fría sobre la marca. La fijó con una tira de lino. Lo dejé terminar, mirando la puerta por la que acababa de salir Vael.
Bajé a los muelles subterráneos del alcázar por la rampa de servicio que descendía desde las caballerizas bajas.
El aire en las bóvedas de piedra era denso, saturado de humedad fría, musgo fluvial y el rumor incesante del río que entraba por el arco de la poterna este.
Las dos balandras de la Corona flotaban ya en la dársena, cabeceando suavemente sobre el agua turbia mientras los marineros cargaban fardos de flechas, cabos de cáñamo y barricas de agua potable.
Eran naves de líneas afiladas, construidas para la caza de contrabandistas en las aguas altas del Siel: cascos negros, mástiles abatibles para pasar bajo los puentes y remos largos de pino aceitado alineados en las regalas.
Subí a la embarcación capitana.
Los diez infantes de la capitana se acomodaban junto a las regalas, dejando libres los pasos de los remeros. En la segunda balandra, los arqueros sujetaban sus fundas de cuero bajo la toldilla. Subieron los últimos barriles de agua y Vael comprobó los nombres antes de volver al muelle.
Me dirigí a la pequeña cámara de popa, un camarote estrecho situado bajo la toldilla del timonel.
No había lujos allí; solo una litera de tablas clavadas al mamparo y un arcón de castaño sujeto al suelo con cinchas de cuero.
Me detuve ante la litera y revisé personalmente cada objeto que había ordenado subir desde mis propios aposentos antes de bajar al muelle.
Habían dejado tres mantas de lana seca, dos camisas de lino y una casaca gris de corte amplio.
Revisé las botas forradas de borrego: las había pedido del mismo número que las de Liora.
Sobre el arcón descansaban una jarra sellada de caldo, pan de centeno y los ungüentos de Iven.
Toqué el forro de una bota con los dedos heridos, buscando una costura que pudiera rozarle el talón.
Tardé demasiado en dejarla junto a la otra.
La imaginé entrando en aquel camarote. Luego imaginé una puerta alta en Vhal y una guardia que nunca se apartara de ella. Cerré el puño; una uña abrió de nuevo la piel de la palma.
Aflojé los dedos y me limpié la sangre en el borde de la capa. Las dos camisas estaban limpias. No iba a mancharlas.
Salí a la cubierta y me ajusté la capa sobre los hombros.
El maestro Brand estaba ya en la caña del timón, midiendo la corriente con una pértiga graduada.
—El viento del norte nos ayudará hasta el codo del sauce —dijo Brand—. Después habrá que tomar sonda. Las señales de ribera pueden haber quedado bajo el agua.
—Larguen amarras —ordené—. Los relevos, como los has dispuesto, Brand. Nadie agotará a los hombres antes de llegar al Juncal.
Las dos balandras cruzaron el arco de piedra del alcázar con un impulso suave y poderoso.
Al salir al cauce principal del Siel, la fuerza del agua hinchó los costados de fresno y las velas se abrieron con un chasquido rotundo que hizo crujir los palos mayores.
Las naves se inclinaron levemente sobre la banda de babor y se lanzaron río abajo, cortando la corriente marrón y espumosa con una velocidad que dejaba una estela de plata rota a nuestras espaldas.
Asteria comenzó a encogerse en la distancia.
Las torres calcinadas de Vhal, las almenas donde ondeaban los estandartes rasgados y los tejados de pizarra de la ciudad alta se desdibujaron entre los jirones de niebla gris hasta convertirse en una silueta lejana y sombría.
La tarde cayó sobre el valle mientras pasábamos los primeros desfiladeros.
Los acantilados proyectaban sombras violáceas sobre el agua.
Brand esquivaba los troncos con golpes de caña, pero al anochecer tuvo que llevarnos a una ensenada.
Había un árbol atravesado en la canal. Pasamos parte de la noche cortando ramas para poder sacar las naves una a una; el olor de la savia recién abierta se quedó en mis guantes.
Durante días, avanzamos a tramos, siguiendo las sondas, y volvimos a amarrar cuando la oscuridad ocultó los bancos de grava.
Despertaba con los dedos aún cerrados sobre el borde de la litera vacía.
Solo durante la tarde conseguíamos dejar atrás los pasos obstruidos y sostener la marcha hacia el delta.
Me aposté en la proa, con una bota apoyada sobre la roda de bronce y los ojos fijos en la canal que se abría hacia el poniente.
El viento gélido de la ribera me azotaba el rostro, trayéndome el olor a fango revuelto, a hojas podridas de álamo y al humo distante de las cabañas de pescadores que salpicaban los vados.
Llevé dos dedos al cuello y toqué el borde de la venda.
La piel seguía ardiendo con una pulsación profunda, rítmica y firme.
No había forma de saber si el calor aumentaba porque estaba más cerca o porque llevaba horas tocándome la venda del cuello. Retiré la mano. Brand seguía la canal con la vista fija en la pértiga de su ayudante.
Cerré los ojos durante un segundo y me concentré en ese latido.
Liora seguía viva. Todo lo demás tendría que averiguarlo cuando llegáramos.
«Aguanta», pensé, mirando la franja de agua que aún nos faltaba recorrer.
El maestro Brand alzó la voz desde la popa, dominando el viento:
—¡Las balizas del vado bajo! —avisó Brand—. ¡A cuatro leguas, donde el río tuerce hacia el sur, entramos en los bajíos del Juncal!
—Preparen los cabos y aseguren las drizas —ordené—. Al llegar al aserradero, nada de clarines. Brand, busca el brazo ciego.
La balandra entró en el vado. Me quedé junto a la proa, contando las luces de ribera que iban quedando atrás. El siguiente paso ya no estaba dibujado en el mapa: necesitábamos a alguien que hubiera visto a Liora.