Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 2 Llegar hasta ella
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Capítulo 2 Llegar hasta ella

Darian

El humo del fósforo blanco todavía se arrastraba por las cornisas de la sala de mapas. Había pasado la noche allí, enviando patrullas hacia las esclusas mientras en el patio retiraban las vigas quemadas.

Me quité el guantelete derecho de cuero tachonado y lo arrojé sobre el extremo de la mesa de roble; el metal repiqueteó contra la madera maciza con un chasquido seco que cortó de raíz el murmullo de los oficiales que se agolpaban junto a los ventanales.

Tenía los nudillos despellejados y la cota de malla manchada de hollín negro y sangre ajena, pero el dolor que me taladraba las sienes no procedía de los golpes recibidos en el patio.

Venía del lado izquierdo del cuello.

Justo sobre la carótida, donde Liora había iniciado la marca dos noches antes, la carne quemaba con la intensidad de un hierro recién sacado de la fragua. El dolor se negaba a ceder. A cada ruido de pasos en el corredor levantaba la cabeza, esperando noticias del río.

La bestia en mi interior arañaba mis músculos, empujando para quebrar la forma humana, para transformarme y lanzarme aullando sobre el rastro de salmuera que los asaltantes habían dejado en los adoquines.

«Quieto», le ordené con los dientes apretados, apoyando las dos palmas sobre el gran pergamino hidrográfico del río Siel. «Si nos arrojamos a ciegas por el terraplén, la perderemos».

El lazo solo me entregaba su pulso. A veces parecía que aquella obstinación fuera la de Liora resistiendo; otras, temía estar sintiendo mi propia rabia. No sabía dónde la llevaban ni cuánto del humo había respirado. Aparté del mapa una gota de sangre que me había caído de los nudillos.

Las puertas dobles de la cancillería se abrieron de golpe, haciendo chocar los batientes contra la sillería.

Lord Odran entró a zancadas, seguido por cuatro procuradores de las manadas del norte. Mi tío se había cambiado la túnica de gala por una sobrevesta seca; el tizne aún le oscurecía los bordes de las uñas.

—¡Es una declaración de guerra formal, Darian! —bramó, golpeando la mesa—. ¡Han quemado los archivos de intendencia! ¡Thorne ha vendido la poterna baja! Y todo por esa muchacha que insististe en reconocer saltándote el parecer de este Consejo.

Levanté la vista despacio. No rugí, ni enseñé los colmillos, pero el frío letal que se asentó en mi voz hizo que los dos procuradores más jóvenes dieran un paso involuntario hacia atrás:

—Dame algo de utilidad, tío, o sal de esta sala.

Odran carraspeó, apretando la mandíbula con resentimiento:

—Los heraldos de las manadas fronterizas exigen una leva general de infantería.

Debemos movilizar a dos mil lanzas de la meseta, bloquear los pasos de montaña y marchar sobre los estuarios occidentales antes de que la noticia de la captura desate revueltas en las provincias del trigo.

Hay que arrasar cada aldea costera hasta que entreguen a la rebelde.

—Tres semanas —respondí, siguiendo con un dedo los pasos inundados del mapa—. Eso tardarán tus dos mil hombres en llegar a la costa. Pisarán las siembras, dejarán Asteria sin defensa y avisarán a los captores mucho antes de alcanzarlos.

—¡Esa mujer es el motivo del ataque! —insistió Odran, elevando el tono—. ¡Su sangre pertenece a la Marea Gris! ¡Nos ha traído la guerra al corazón de la fortaleza!

—Esa mujer es la señora legítima de la casa Valen —dije, enderezando la espalda con una lentitud que heló el aire de la cámara—.

Fue restituida bajo mi firma y con el acuerdo de este Consejo.

Y además de eso, es mi compañera de sangre por elección propia.

Quien vuelva a llamarla rebelde en mi presencia será juzgado por sedición antes de que caiga la noche.

El silencio cayó pesado sobre la sala de mapas, roto únicamente por el crujido de las ascuas que aún humeaban en el patio exterior.

Los procuradores intercambiaron miradas. Odran bajó los ojos hacia mi espada y apartó de la mesa el puño con que la había golpeado.

—¿Y qué pretendes hacer? —preguntó el viejo noble con amargura contenida—. ¿Quedarte aquí a esperar que los clanes envíen sus condiciones?

—Cierren los rastrillos de la ciudad alta y aposten arqueros en las cuatro barbacanas —ordené a los oficiales de guardia—. El capitán Galen asume el mando interino de la guarnición. Nadie cruza las murallas sin su sello. Las deliberaciones quedan suspendidas hasta mi regreso.

—¿Tu regreso? —Odran abrió los ojos con alarma—. ¿Vas a abandonar la capital en plena emergencia?

—Voy a buscar a mi compañera —respondí—. Y ustedes van a mantener esta fortaleza en pie. Despejen la estancia.

Salieron en tropel, dejando tras de sí un rumor apagado de murmullos nerviosos y capas rozando las losas.

Iven Ardel entró cojeando unos minutos después, acompañado por el escribano Vael.

El médico traía un vendaje de lino ceñido sobre la ceja izquierda y un morral de cuero curtido cargado de viales de cristal verde y pomadas de corteza.

Vael, pálido como la cera pero con los ojos brillantes de determinación, cargaba con un fajo de pliegos húmedos extraídos de la oficina del prefecto del puerto.

—Darian —dijo Iven, acercándose a la mesa y observándome la base del cuello con una mirada clínica que no disimulaba la preocupación—. Déjame revisar esa quemadura.

—Estoy bien —atajé, sin apartar los dedos del mapa.

—No estás bien —replicó el médico—. Llevas toda la noche en pie. Entre el dolor del lazo y el cansancio, apenas puedes tener quietas las manos. Déjame aliviarte la piel antes de que te abras tú mismo la herida.

—Dime lo que tenemos, Vael —ordené, ignorando la advertencia de Iven aunque sentía el ardor de la piel pulsando al ritmo de mis sienes.

El escribano desplegó las hojas sobre el mapa:

—El mensajero tuvo que rodear los puestos de señalización.

Los desertores cortaron los alambres —explicó Vael, alisando una esquina empapada—.

El parte lleva fecha de ayer. La esclusa cuatro fue saboteada a las diez de la mañana: arrojaron los contrapesos al foso y dejaron las compuertas abiertas.

Pasaron tres barcazas sin enseña de gremio.

Las patrullas que envió anoche encontraron las marcas de sus amarres en la ribera.

—¿Iban armadas? —pregunté.

—Entre diez y doce combatientes por cubierta —respondió Vael—. Capotes grises y rodelas de bronce. El vigía de la ribera sur vio cómo pasaban a una mujer envuelta en un manto a la bodega de la capitana. Estaba aturdida, pero forcejeaba. No pudo seguirlos más allá del recodo.

Una bocanada de aire frío me llenó el pecho.

«Estaba viva. Forcejeaba».

La conocía. Si conseguía mantenerse despierta, buscaría dónde guardaban las llaves y quién se distraía al relevar a los remeros. Necesitaba llegar antes de que alguien advirtiera lo que probablemente haría.

—¿Quién conoce este tramo del Siel como la palma de su mano? —pregunté.

—El maestro Brand —contestó Vael de inmediato—. Es el patrón mayor de los prácticos de la Corona. Lleva cuarenta años remontando las corrientes entre Asteria y las marismas. Está abajo, en el cuerpo de guardia bajo la poterna, esperando órdenes.

—Hazlo subir.

Brand entró en la sala con el paso pesado y balanceado de los hombres que han pasado más tiempo sobre cubiertas inestables que en tierra firme.

Era un hombre bajo, de espaldas anchas como un madero de quilla, barba canosa recortada al ras y manos encallecidas marcadas por cicatrices de cabos y arpones.

—Mi señor —dijo, inclinando la cabeza sin aspavientos cortesanos.

—Brand, mira este mapa —le indiqué—. Tres barcazas pasaron ayer por la esclusa cuatro. Llevan una jornada de ventaja. ¿Dónde podemos alcanzarlas?

El viejo patrón apoyó sus dedos gruesos sobre el pergamino, midiendo las distancias con la uña del pulgar:

—En los rápidos pueden hacer ocho nudos, señor, pero no sostenerlos con el río así.

La crecida arrastra árboles; donde se amontonen tendrán que detenerse o abrir paso a mano.

El Juncal queda a treinta leguas por el cauce.

Las marismas empiezan antes, pero los barcos cargados deben seguir la canal hasta el aserradero.

—Tienen que cambiar de barco —deduje, sintiendo cómo las piezas encajaban en mi mente.

—Para salir al mar con esta carga necesitan cascos y aparejos que aguanten el oleaje de la boca —respondió Brand—. Las barcazas podrán seguir por el río; la carga y la muchacha tendrán que pasar a barcos de costa.

El patrón clavó el nudillo en un punto situado en la orilla sur, justo donde el cauce comenzaba a ramificarse en un laberinto de juncales y brazos muertos:

—El Muelle del Juncal. Tiene pilotes de roble, una grúa y fondo suficiente para que los queches carguen sin quedar expuestos al cauce. Si la crecida no les ha hecho perder la ventaja, pueden estar allí mañana. La estiba les llevará horas. Después necesitarán la pleamar para cruzar la barra.

Miré el punto en el mapa.

El Muelle del Juncal.

Clavé una pesa de bronce sobre aquel nombre. Hasta entonces solo había tenido rutas por las que mandar hombres a buscar.

—Brand, ¿qué tenemos en el embarcadero real capaz de alcanzarlos?

—Las dos balandras de vigilancia. Veinte remeros en cada una, con relevos de cubierta, y aparejo latino —respondió—. Pasan por donde esas barcazas cargadas no pueden maniobrar. Nos acercarán, pero no le puedo prometer cuánto tiempo nos tomaría, mi señor.

Me volví hacia Vael:

—Selecciona veinte infantes leales —le dije a Vael—. Diez para cada balandra. En la segunda, los arqueros; en la capitana, hombres de armas cortas. Cuero hervido y rodelas. Nada que los arrastre al fondo si caen al agua.

—A sus órdenes, señor —dijo Vael, saliendo a la carrera con los pliegos bajo el brazo.

Iven dio un paso adelante y me sujetó por el codo con firmeza:

—Darian, escúchame. Si vas a subirte a esa balandra, me voy contigo.

—Tu pierna apenas te sostiene, Iven. Tienes la frente abierta.

—Y tú tienes una compañera que ha inhalado un catalizador y está fuera de mi alcance —replicó Iven—. No sé qué más le han administrado. Necesitaré examinarla en cuanto suba a bordo, con quelantes, vendajes y abrigo a mano. La pierna me deja trabajar sentado.