Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 1 Lo que llaman regreso #2
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Capítulo 1 Lo que llaman regreso #2

Apreté los dedos sobre el borde del cuenco de peltre hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

—Ahórrate tus planes de boda —dije—. No les debo nada y no voy a casarme para que sus aliados se apiaden de ustedes.

Harek clavó su único ojo gris en la clavícula donde ardía mi marca, apenas oculta por la lana rasgada del escote:

—Le eres leal a ese cachorro de Vhal. El lobo negro que jugaba a ser rey sobre las cenizas de su padre.

—Su nombre es Darian Corven —respondí, sosteniéndole la mirada—. Y si crees que va a quedarse de brazos cruzados en Asteria, conoces muy poco al hombre al que acabas de atacar.

Harek curvó la comisura de los labios en una mueca sombría:

—Que venga si tiene el valor de meter sus barcos en los meandros del Siel. Este río tiene más trampas y bancos de arena que leguas de curso. Para cuando sus sabuesos encuentren la primera esclusa vacía, estaremos en aguas profundas donde ningún lobo de tierra sabe navegar.

El comandante se dio la vuelta con un movimiento brusco de su capa gris y subió los tres peldaños de la escalerilla:

—Vigila que coma algo, Mara. Si se niega, no la fuerces, pero mantén cerrada la tranca. En cuanto podamos pasar los bajos, seguiremos hasta el Muelle del Juncal. No quiero contratiempos durante el transbordo.

La trampilla se cerró sobre su cabeza y el cerrojo exterior cayó con un golpe metálico pesado.

Mara se quedó apoyada contra la mampara de pino durante unos segundos, observándome con los brazos cruzados y la lezna sujeta entre los dedos.

—No le hagas caso a sus aires de patriarca —dijo en voz baja, con un tono neutro que no buscaba consuelo ni simpatía fácil—.

Harek perdió a dos hermanos en la purga del estuario blanco hace doce años.

Cree que si une tu sangre a los señores del sur, los barcos de guerra de la Corona nunca volverán a entrar en las rías.

—Eso no le da derecho a decidir sobre mí —respondí, dejando el cuenco en el suelo junto a mis botas.

—No —admitió Mara—. No se lo da. Pero aquí manda él. Si saltas por la borda en uno de los rápidos, la corriente te arrastrará contra las estacas de las pesqueras antes de que alcances la orilla.

—No tengo intenciones de ahogarme —repliqué, examinando las vetas de la madera a su espalda—. ¿Qué es el Muelle del Juncal?

Mara entornó los ojos con suspicacia:

—Un antiguo aserradero en la orilla sur, a seis leguas de la desembocadura.

Allí comienza el último tramo de marismas.

La barcaza sirve para bajar el río, pero no para aguantar el oleaje de la boca con esta carga.

Tenemos que pasarla, junto con la escolta, a dos queches que nos esperan en el embarcadero.

—¿Habrá gente de tierra trabajando en las dársenas?

—Jornaleros del mimbre y arrieros de las granjas bajas —respondió ella, guardándose la lezna en la faja de cuero—.

Pero no te hagas ilusiones, muchacha. Harek apostará centinelas en cada pasarela y nadie en diez millas a la redonda va a jugarse el cuello por una desconocida cuando vea ondear los blasones de las tres olas.

La mujer sacó de su morral un trozo de pan de centeno envuelto en un paño limpio, lo dejó sobre el cajón de clavos junto al farol y se encaminó hacia la puerta.

Antes de trasponer el umbral, se detuvo y me miró de reojo:

—Tu madre remó a mi lado en la flotilla del cabo Tormenta cuando yo apenas tenía catorce años.

Era la mujer más inteligente y más terca que jamás pisó una cubierta.

Si de verdad has heredado la mitad de su temple, deja de gruñir como una loba acorralada y piensa en cómo vas a salir viva de ese muelle.

Salió de la bodega y echó el cerrojo por fuera.

El silencio volvió a caer sobre la estancia, roto únicamente por el crujido constante del casco y el chapoteo furioso del agua bajo el forro de roble.

Me puse en pie despacio.

La debilidad en mis pantorrillas había remitido casi por completo; la bilis amarga del narcótico ya no me nublaba la visión y el aire húmedo que entraba por la rendija de la escotilla me limpiaba los pulmones con cada bocanada.

Me acerqué con pasos cautelosos al costado de estribor. Apoyé una bota en el travesaño que sujetaba los barriles y alcé la cabeza hasta las ranuras de ventilación, justo por debajo de la regala.

El paisaje exterior desfilaba con una rapidez vertiginosa.

El río Siel ya no era el cauce sosegado que bordeaba los jardines de mármol del alcázar de Vhal.

Se ensanchaba entre barrancos de piedra caliza blanca coronados por pinares oscuros.

El agua bajaba turbia, teñida de arcilla y espuma por el deshielo, arrastrando ramas y troncos enteros que giraban en los remolinos.

Calculé cuánto tardaría uno de ellos en alcanzar el casco.

Ni siquiera hubiera podido apartarme a tiempo.

Miré hacia la cubierta principal.

Conté doce captores en la cubierta. Cuatro manejaban los remos, ayudando al timonel a mantener la proa en la canal; dos guerreros con ballestas vigilaban la popa y otros tres descansaban junto al brasero de proa, engrasando las cotas.

Harek discutía con Mara cerca del mástil.

Volví a contarlos cuando uno de los remeros se levantó para cambiar de puesto.

Nadie dejaba su puesto sin que otro lo ocupara.

Si intentaba forzar la trampilla en mitad del trayecto, los ballesteros me abatirían antes de que alcanzara la borda; y aun si lograba lanzarme al agua, la fuerza de la corriente me estrellaría contra los bajíos de piedra caliza antes de que pudiera orientarme hacia la orilla.

Mi oportunidad no estaba en el río.

Estaba en el Muelle del Juncal.

En el transbordo tendrían que pasar cabos, mover barriles y asegurar la carga. Bastaba haber trabajado en las cuadras el día de llegada del grano para saber cuánto estorbaban entonces las manos ocupadas. Si había jornaleros locales, quizá alguno pudiera oírme.

Tenía que llegar despierta a ese muelle.

Bajé del travesaño con sigilo y me senté de nuevo sobre las tablas secas del suelo, apoyando la espalda contra el costado de la embarcación.

Alcé la mano y toqué la marca en mi clavícula izquierda.

El calor que desprendía la piel ya no era solo el dolor agudo de la separación; era una brasa viva que latía con un compás inalterable.

Cerré los ojos y dejé que mi respiración se acompasara a ese pulso distante.

Imaginé a Darian inclinado sobre un mapa, apartando de un manotazo los pliegos que su tío Odran quisiera ponerle delante. Tal vez estuviera ya en el río. Quise creerlo con tanta fuerza que tuve que abrir los ojos y mirar de nuevo el cerrojo.

El pestillo seguía echado. Eso sí lo sabía.

Recordé su mano sobre la mía y la mirada con que había aceptado dejarme ser dueña de mi destino. Me dolía pensar en todo lo que habíamos pospuesto: otra tarde, otra conversación que no terminara cuando alguien llamaba a la puerta.

Quería ver a Oria junto al fuego de la cocina, ordenando las cuentas de la hacienda. Quería caminar por mis tierras con Darian y averiguar si sabía estar callado sin estar preocupado. Para eso tenía que salir de allí.

Recogí del cajón el trozo de pan que Mara había dejado. Estaba duro y sabía a harina vieja, pero mastiqué despacio, hasta que pude tragarlo sin ayuda del agua.

Bebí otro sorbo del cuenco de peltre.

Luego, me arrodillé junto a los fardos de cáñamo de la esquina y tanteé entre las cuerdas hasta encontrar lo que buscaba: un trozo de alambre de hierro grueso, desprendido del fleje de uno de los toneles de salmuera.

Tenía unas cuatro pulgadas de largo, estaba oxidado en los bordes, pero conservaba la rigidez suficiente para doblarlo contra una piedra.

Lo froté contra la suela de mi bota hasta quitarle la herrumbre suelta. Separé con la punta dos hilos del dobladillo interior de la manga izquierda y lo encajé entre la tela y la costura.

Cuatro pulgadas de hierro. Lo primero que había conseguido guardar fuera del alcance de Harek.

La barcaza dio una sacudida brusca al entrar en un tramo de aguas más rápidas y el rumor de los remos se aceleró bajo las órdenes roncas del timonel en cubierta.

A través de las rendijas, la luz del mediodía comenzó a declinar. La barcaza frenó de golpe y varios hombres corrieron hacia la proa. Un tronco raspó el casco con un gemido largo.

—¡Amarren al recodo! —gritó Harek—. ¡Nadie mete esta nave entre esas maderas hasta que despejen el paso!

Los cabos tiraron de las cuadernas. Me apoyé contra ellas, con la manga que escondía el alambre apretada contra el vientre. La corriente golpeaba el casco inmóvil; tendría que esperar.

La marca en mi clavícula palpitó una vez más, firme, honda y constante como un juramento bajo la piel.

«Estoy aquí, Darian», pensé en la penumbra. Nadie respondió, pero decirme su nombre me ayudó a mantener los ojos abiertos.