Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 1 Lo que llaman regreso
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Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2)

Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2)

Por Mary Ann King

© inepub.com

Capítulo 1 Lo que llaman regreso

Liora

El sabor a madera podrida y salitre fue lo primero que me devolvió al mundo.

Tenía la lengua pastosa, recubierta por una película amarga y metálica. Al intentar incorporarme, un latigazo sordo me recorrió la nuca y el suelo bajo mis costillas se inclinó con un crujido largo de tablones húmedos.

No estaba en el suelo de piedra del Alcázar de Vhal.

El aire olía a cieno de ribera, a brea caliente y a grasa de pescado rancio. Por debajo del rumor del viento, el agua rápida golpeaba contra el casco de roble con un chasquido rítmico, denso y continuo, marcando la velocidad de una embarcación que navegaba a favor de la corriente.

Me llevé la mano a la clavícula izquierda antes de abrir los ojos del todo.

Bajo la tela desgarrada del vestido de lana azul medianoche, la piel ardía como si alguien me hubiera presionado una moneda de cobre al rojo vivo contra el hueso. La quemadura no supuraba ni sangraba; palpitaba con un compás tenaz y doloroso que resonaba en el centro de mi esternón.

La marca preliminar seguía viva.

A través de esa herida superficial no viajaban pensamientos, ni palabras, ni un mapa que me indicara cuántas leguas de agua nos separaban.

Solo existía un tirón constante que me hacía doler los pulmones al respirar: Darian seguía vivo.

Habíamos iniciado el lazo dos noches antes, sin saber lo que nos esperaba en el patio.

Apreté los dientes, tragué saliva seca y me obligué a respirar hondo.

«Estoy viva», me dije, fijando el pensamiento en el fondo de mi mente para no dejarme arrastrar por el mareo químico. «Estoy entera».

Abrí los ojos despacio, dejando que la penumbra se ordenara ante mi vista.

Me encontraba en la bodega de proa de una barcaza fluvial.

Las vigas quedaban apenas por encima de mi cabeza.

A mi alrededor se apilaban barriles de salazón precintados con brea, fardos de cáñamo mojado y dos jaulas vacías para aves de posta.

Una rendija en la escotilla superior dejaba entrar la luz grisácea de la mañana.

Sobre mi hombro derecho aún quedaban restos de ceniza blanca del proyectil que el asaltante había arrojado entre Darian y yo en el estrado.

El vestido de lana azul, cortado para la ceremonia donde dos mil ciudadanos me habían escuchado reclamar mi nombre, estaba empapado de barro fluvial y desgarrado en la sisa.

Me incorporé sobre las rodillas, apoyando las palmas en los maderos.

La loba en mi interior arañaba el pecho con un gruñido bajo, inquieta por el encierro y la peste a catalizador marino que todavía impregnaba mis ropas, pero la obligué a replegarse.

La furia ciega no abría cerrojos de hierro forjado; la memoria y la atención, sí.

Flexioné los tobillos dentro de las botas de cuero. Las articulaciones respondieron con torpeza, pero sin fracturas. Mis dedos estaban intactos. En la cintura, como era de esperar, la vaina de cuero donde solía llevar una pequeña cuchilla estaba vacía.

Por encima de mi cabeza sonaron dos pares de pisadas pesadas sobre la cubierta.

—Mantén el timón al centro de la canal —dijo una voz áspera desde arriba, acompañada por el chirrido de un cabo tensándose en una cornamusa—. Si encallamos en los bajos de grava antes del mediodía, el comandante te colgará de la entena.

—El río baja crecido por el deshielo de las cumbres —respondió otra voz, más joven, con el acento cerrado de los pescadores de la costa oeste—.

Las cadenas de la esclusa cuatro se quedaron en el fondo cuando Thorne cortó los contrapesos.

Con el agua que soltó, los bajos estarán llenos de troncos. Que manden a alguien a la proa.

Escuché con la respiración contenida, memorizando el timbre, el ritmo de los pasos y el cabeceo de la barcaza.

Navegábamos hacia el oeste. Rápido. Muy rápido.

Un pestillo de hierro rechinó al otro lado de la mampara que separaba la bodega del sollado de proa.

Me senté de espaldas contra un barril de salmuera, apoyé los talones con firmeza en el suelo y levanté la barbilla. No pensaba permitir que me encontraran ovillada en un rincón como una res asustada.

La puerta de tablas gruesas se abrió con un gemido de goznes resecos.

La luz de un farol de aceite de ballena recortó dos siluetas en el vano.

El primero en entrar fue el hombre de las trenzas plateadas y la cicatriz profunda en la cuenca vacía del ojo izquierdo: el guerrero que había subido al estrado del alcázar.

Llevaba una cota de cuero endurecido salpicada de salitre y una capa gris corta sujeta al pecho con una fíbula de hueso tallado en forma de ola.

Detrás de él caminaba una mujer que rondaría los treinta y cinco años, delgada, de pómulos altos y piel curtida por el viento marino. Portaba un arco de fresno al hombro y una aljaba de flechas con plumas de gaviota. Sus ojos oscuros recorrieron la bodega antes de detenerse en mí.

El hombre dejó el farol sobre un cajón de clavos y me tendió un cuenco de peltre con agua.

—Bébete esto, muchacha —dijo con una voz que no pretendía ser amenazante, sino pesada, grave y gastada por años de órdenes en cubierta—. El humo del fósforo reseca la garganta durante dos días.

Miré el cuenco sin mover un solo músculo.

—¿Por qué crees que aceptaría esto? —pregunté. Mi voz sonó rasposa, pero seca y firme.

El hombre frunció el entrecejo y soltó una exhalación corta que hizo oscilar la llama del farol.

—Es agua del pozo de la esclusa, limpia. No tenemos necesidad de envenenarte. No eres una prisionera de guerra.

—Me arrojaron un manto impregnado de narcótico, atacaron el patio donde se firmaba un bando real y me sacaron de Asteria atada a la espalda de un soldado —respondí, clavando la mirada en su único ojo gris—. En cualquier lugar de Eryndor eso se llama secuestro.

—En Asteria lo llaman así porque esos lobos de piedra creen que todo lo que pisan les pertenece por decreto de un Consejo corrupto —replicó él, cruzándose de brazos—.

Para nosotros es una extracción de emergencia.

Tu sangre no nació para arrodillarse ante un trono que mandó quemar nuestras aldeas de bajamar.

—Mi nombre es Liora Valen. Ayer se proclamó la restitución de mi casa ante dos mil personas.

—Tu nombre es Liora Mael —corrigió el guerrero, dando un paso al frente con una insistencia casi ceremonial—.

Eres la hija de la capitana Elayne Mael, la mujer que gobernó las flotillas de marea antes de que los edictos de sangre de la capital nos declararan proscritos.

Llevas en las venas el linaje más puro de la costa occidental, y ningún papel firmado por un Corven va a borrar lo que la marea te grabó en los huesos.

La mujer del arco, que se había quedado apoyada contra el marco de la puerta limpiándose el barro de las uñas con una lezna, levantó la cabeza y miró al hombre con un gesto de hastío:

—Basta de discursos, Harek. La muchacha tiene derecho a saber adónde la llevas antes de que se desmaye por deshidratación.

Harek lanzó una mirada de advertencia a su compañera, pero la mujer no bajó la vista.

Tomé el cuenco despacio, vigilando cada uno de sus movimientos. Olí el líquido: agua de manantial frío, sin el regusto dulzón de la salvia ni la acidez de los sedantes alquímicos que conocía. Bebí tres sorbos largos. El agua helada me despejó la garganta y me ayudó a asentar el estómago revuelto.

—¿Quién les dio la orden de asaltar el alcázar? —pregunté, sosteniendo el cuenco sobre mis rodillas—. Riven Thorne abrió la poterna baja. ¿Trabaja para ustedes?

—El capitán Thorne cobró en plata vieja para mirar hacia otro lado cuando sonaron los cuernos —respondió Harek con desdén—. A los perros mercenarios de la guardia real solo les importa la bolsa. Nosotros no servimos a traidores de la corte. Respondemos ante el consejo de clanes de la Marea Gris.

—¿Y qué pretende ese consejo conmigo? ¿Exigir un rescate a la Corona?

Harek dejó escapar una risa áspera como la grava rozando el hierro:

—¿Un rescate? No entiendes nada de tu propio origen, muchacha.

Tu madre dejó pendiente una alianza matrimonial con los linajes de los acantilados occidentales.

Eso dicen los registros de la costa. Una promesa sellada ante las mareas no se extingue porque la capitana muera en el interior. Pasa a su descendencia.

Un frío súbito, muy distinto del mareo químico, me heló la espalda.

—¿Una alianza matrimonial? —repetí, midiendo cada sílaba.

—Un compromiso entre casas de la costa —afirmó Harek—. Un lazo destinado a unir las dos ramas mayores de las mareas. Han pasado más de veinte años, pero los herederos de la otra casa todavía reclaman su cumplimiento. Te llevamos al estuario para que ocupes el lugar que te corresponde.

La mujer del arco soltó un bufido seco y se enderezó de golpe, plantándose al lado del comandante con una mirada cargada de desprecio:

—No hables por todos los clanes, Harek. Sabes perfectamente que más de la mitad de las tripulaciones del norte no reconocen esa farsa de compromiso.

Harek se volvió hacia ella con los puños apretados:

—Mara, guarda silencio.

—No me da la gana callarme —espetó la mujer, señalándome con la lezna—. Elayne zarpó hacia el interior hace veintiún años. Tú sigues enseñando el mismo papel. ¿Dónde está la voz de la capitana en todo eso? No puedes traer a su hija encadenada y esperar que te dé la razón.

—¡Es la supervivencia de nuestro linaje! —bramó Harek; luego bajó la voz, mirando hacia la escotilla—. Sin esa unión, las flotillas del sur no moverán una sola vela cuando los Corven envíen su ejército hacia los acantilados.

—Entonces lucharemos sin ellos —replicó Mara con voz gélida—. Pero no me obligues a llamarle salvación a esta farsa de plan.

Permanecí inmóvil, procesando cada palabra, cada inflexión de voz y cada mirada cruzada entre ellos.

Había una fractura real en esa barcaza. Harek quería llevarme ante unos señores de los que nunca había oído hablar; Mara lo había contradicho delante de mí, con la puerta todavía cerrada a su espalda.

Busqué en su rostro algún parecido con los recuerdos de mi madre: una forma de mover las manos, de pronunciar mi nombre. No encontré nada. Cada uno parecía tener una Elayne distinta que ofrecerme, y ninguna podía contestar mis preguntas.