Capítulo 14 El miedo que sí puedo decir #2
Escribió en su letra de cancillería una convocatoria a las tres casas de los acantilados, a nombre de Liora Valen: que si las casas mantenían alguna reclamación sobre el nombre o el linaje de la señora de Valen, la trajesen a la finca, ante escribiente, con dos voceros por casa y sin armas;
que se les mostrarían calcos y testimonio, y que la mesa se levantaría el mismo día.
Que la reclamación sería recibida, oída y respondida, y que quedaba excluido de ella quien había hecho prisionera a la señora.
—¿Y dónde duermen? —preguntó Oria—. Si vienen de tres días, llegarán cansados.
—No duermen aquí —dijo Liora—. Entran con el día y se van con el día.
—Hay una venta en el cruce —dijo Oria—. Pueden pernoctar allí si lo necesitan.
—El acta se escribirá por triplicado —dijo Vael—: una para las casas, una para esta casa y una que yo remitiré a la cancillería. Lo que se diga en esa mesa lo tendrá por escrito quien lo diga, y también quien no lo diga.
—¿Y si no contestan? —preguntó Oria.
—Entonces la reclamación queda contestada igual —dijo Vael, sin levantar la pluma—. La convocatoria consta. El silencio también.
Mientras la tinta secaba, Vael sacó de su carpeta la respuesta de la cancillería, llegada con el correo del mediodía.
El registro de estancia de Elayne cotejaba con las entradas de intendencia de aquellos años: misma tinta, misma mano del intendente de entonces, cuya letra constaba en cincuenta expedientes.
—Cotejo favorable —dijo—. No es certificación. Pero la procedencia aguanta.
Me llevé mi hora de despacho al cuartito del fondo de la galería, que olía a sarmiento y a papel.
Galen mandaba los partes de Asteria sin novedad: los vados quietos, la reparación de la muralla andando, Thorne sin aparecer por ningún puesto.
Contesté lo urgente y cerré la carpeta con el día todavía por delante.
Había un tiempo en que habría reabierto la carpeta para releer lo ya leído, por hacer algo con las manos.
La dejé cerrada. Después escribí a Odran dos líneas, limpias: que la reclamación sobre la casa Valen sería recibida y respondida en la finca por la señora de la casa, ante escribiente, y que el Consejo recibiría el acta cuando la hubiera. Ni una línea más.
Antes de comer pasé por la cocina y Mina me puso en las manos una cazuela de habas y un cuchillo, sin preguntarme nada. Me quedé en el banco, desgranando. Ella me miró los dedos un par de veces, de reojo.
—Ayer dije que esas manos no habían hecho pan —dijo al rato—. No dije que no pudieran.
Me lo tomé como un ascenso.
Al día siguiente salieron los correos. Uno, de mi gente, para Asteria, con los partes contestados y la carta a Odran.
Otro, de la casa, para el prefecto de las esclusas: la convocatoria a las tres casas y una línea aparte para la arquera, para que supiera que la mesa sería en Valen y con papel y sello.
Vael llevaba él mismo la copia al salón, que era donde se hacía todo cuando llegara el día.
Liora firmó la convocatoria delante de nosotros, con su letra pequeña y firme, y me alcanzó el sello. Sellé yo también, debajo, no encima.
Por la tarde llegó la respuesta de la arquera, por la misma vía del prefecto. Una hoja doblada en cuatro, la letra grande de siempre:
«Voy. Subo antes que ellos. No me mandes escolta al camino, que sé llegar sola. Mara.»
Liora se rio al leerla, un ruido corto y de verdad.
—¿Qué pone? —preguntó Oria desde la puerta.
—Que viene. Y que no la esperemos en el camino, que ya sabe llegar.
Antes de cenar, Oria nos llevó al salón, que llevaba años cerrado y olía a mueble frío y a alfombra guardada.
Era una pieza larga con la mesa grande en el centro y dos ventanales a la huerta.
Lo vi como lo veo todo: dos puertas, la principal y una de servicio detrás del arco; la ventana a la espalda de quien presidiera; sitio para doce sin apretarse.
—Aquí —dije, señalando la cabecera que daba a la pared—. Vael. Y nosotros enfrente, de cara a la puerta principal.
—No —dijo Liora—. Yo presido. Es mi casa.
La miré. Tenía razón, y además me gustó cómo lo dijo.
—Entonces yo a tu derecha —dije—. Y Vael a la cabecera de servicio, con el atril, que es donde puede escribir sin que le dé el sol.
Esa noche cenamos en la cocina otra vez, los seis jinetes y nosotros, apretados en la mesa de los jornales mientras Mina mandaba platos como si le debieran dinero.
Oria y Liora hablaban del salón: qué sillas, qué lumbre, qué habría de cenar para seis desconocidos del mar.
Yo escuchaba y me comía la sopa. Se me estaba pegando a las manos el olor a encina de la casa.
Ya en el cuarto, con la vela baja y la ventana abierta un dedo hacia la huerta, Liora se sentó en el borde de la cama estrecha a desatarse las botas.
—¿Y la muralla? —me preguntó, sin mirar.
—Sigue siendo mi primera idea —dije—. Probablemente lo será siempre.
—Ya lo sé. —Dejó una bota y luego la otra—. Por eso me lo tienes que decir. No construirla.
Se metió en la cama contra la pared y me dejó el hueco de siempre. Apagué la vela. Afuera sonaba la acequia, igual que todas las noches, y un perro lejos, y el viento en los chopos pelados del camino.
—Cuando vengan —dije en la oscuridad—, hablas tú. Yo cuento las sillas.
—Lo sé —dijo, y me encontró la mano bajo la manta.