Un viaje sin retorno (Hermanas Maxwell 1) Chapter 2 #13
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Chapter 2 #13

Poco después de la cena, que había transcurrido con bastante cordialidad, todos subieron a dormir.

Parker no había podido hablar con Jade a solas en todo el día, que era lo que más estaba deseando hacer.

Había estado a punto de arrinconarla un par de veces o de decir en voz alta que habían viajado juntos, pero respetaba su espacio y consideraba que era ella la que debería decírselo a su familia.

Había salido de su habitación dos veces al oír el ruido de las puertas abriéndose.

Una de las veces había sido Jeff, y la otra Amber.

En ambas él se había justificado con bajar a beber agua, pero estaba pensando en alguna excusa que le permitiera meterse en la habitación de Jade.

No para acostarse con ella, que era algo que estaba deseando, sino para saber cómo estaba o cómo había acabado su relación o simplemente para tenerla cerca.

Probó la tercera vez que oyó una puerta, esperando que fuera ella y por fin acertó.

Jade le miró desde el otro lado del pasillo extrañada.

Parker aún no se había cambiado de ropa, seguía con los vaqueros y la camisa desabrochada.

Ella iba con el confortable y nada sexy pijama que siempre se ponía cuando dormía allí.

Uno de dos piezas, blanco, de algodón y con infantiles patitos de color amarillo.

Él salió a por ella, la tomó de la mano y la metió en su dormitorio con rapidez.

Ella se dejó llevar con el corazón desbocado.

Parker cerró la puerta a su espalda y la apoyó contra la pared besándola sin opción a nada más que a sentir.

Jade, temblorosa, compartió la misma pasión que parecía explotar en ella cuando lo tenía cerca.

Parker, ardiendo, a punto de perder el control, dejó de besarla por un momento y tomo aire, profundamente, tratando de serenarse. A Jade le costaba separarse. Las piernas amenazaban con dejarla caer.

—Estamos en casa de tus padres… —susurró apretando los labios—. Pueden oírnos…

Jade asintió aturdida. En ese momento apenas podía pensar en nada que no fuera él.

—¿Cómo estás? —le preguntó tomándola de la mano y llevándola hacia la cama, con la única intención de sentarse en ella y mantener una conversación.

—Bien. ¿Por qué tienes tanta agua? —le preguntó mirando la cómoda con tres botellitas de agua.

—No sabía cuál era tu dormitorio —le explicó—. Cada vez que oía la puerta me asomaba… —se sentó apoyado en el respaldo de madera de la cama—. ¿Qué tal estás?

Jade lo miró extrañada.

—¿Por qué finges que te importa?

—No lo finjo —se defendió—. Claro que me importa.

—¿Por qué?

Parker la miró extrañado.

—¿No te has dado cuenta de que me gustas?

Jade desvió su mirada mientras se sentaba a su lado. Parker la tomó de la mano, entrelazó los dedos con los de ella y la acercó hasta él. Su cuerpo parecía arder.

—¿Por qué me mentiste? —le acusó directa.

—No te mentí.

—¿Por qué no me dijiste la verdad sobre quién eras?

Parker hizo una mueca.

—Al principio porque no me lo preguntaste. Luego, porque eras una fuente de inspiración. Después, porque viendo la manía que tenías a los escritores temía que salieras huyendo.

—Es lo que pienso hacer —le confirmó, segura—. No quiero saber nada de nadie.

—Pero de aquí no puedes salir huyendo —le susurró apoyándola en su espalda y rodeándola con sus brazos. Sus cuerpos parecían encajar a la perfección.

—Pienso hacerlo —le aseguró mientras él le besaba en la cabeza.

—Ya veremos.

—No hay nada que ver. Lo tengo claro.

—Yo también.

—¿El qué tienes claro?

—Que no quiero que te alejes.

—No me importa lo que quieras —le respondió Jade no muy convencida.

—A mí sí.

—Ahora que me has convertido en una asesina en serie, solo te intereso por tu inspiración.

—No te lo voy a negar, pero también me interesas tú.

—Lo dudo. Lo nuestro fue solo sexo.

—No creo.

—Yo sí —se incorporó molesta—. Te estuviste divirtiendo todo el camino a mi costa.

No me sacaste de mi error, me dejaste creer que eras un taxista, además te inspiras en mí para convertirme en una asesina en serie…

¿De verdad crees que voy a querer tener algo contigo…

? —. La fuerza de la voz, en susurros, perdió fuerza—.

Eres escritor, no me gustan las mentiras…

no quiero tener que preocuparme porque te canses de mí cuando acabes la novela o porque me sigas mintiendo.

Parker asintió.

—Tienes razón. Has estado en desventaja, pero déjame que lo repare… Empecemos de nuevo.

—¿Empezar el qué? —le preguntó ella levantándose de la cama—. Creo que esto es un error.

Sin embargo, le costaba salir de la habitación.

No porque fuera tan guapo o estuviera tan atractivo con los vaqueros y la camisa desabrochada.

Ni porque fuera la primera vez que se había sentido tan atraída por alguien o incluso segura de ella misma en una relación de pareja.

A fin de cuentas, se había mostrado tal cual era desde el principio.

Quizá le costaba por todo eso y algo más que no se atrevía a identificar.

No era el momento, se recriminó, decidida a salir por la puerta.

Parker, adivinando sus intenciones, la retuvo por la espalda con suavidad.

Jade sintió su aliento en la nuca.

—Perdóname… —le susurró—. Dame la oportunidad de redimirme…

—Esto no es solo por ti —reconoció Jade dándole la espalda—. Es por mí. Es por todo…

Parker le besó el cuello, sugerente, despacio.

—Empecemos de nuevo, de cero, sin mentiras… o sin medias verdades…

—Creo que no estoy preparada —le confesó Jade mientras sus cálidos besos le acariciaban la nuca.

Realmente sentía miedo de volver a equivocarse, de volver a sentirse engañada o utilizada. Solo quería volver a la rutina, centrarse en el trabajo, y dormir, que más o menos era lo que siempre había hecho y con lo que no sentía dolor alguno.

—No es cuestión de prepararse, Jade, es cuestión de vivir —le puso las manos en la cadera y la giró abrazándola contra su pecho antes de empezar a devorarle la boca.

Jade se dejó arrastrar por el ansia, por el hambre, por la pasión, por el cuerpo y los sentimientos que tanto le costaba controlar en ese momento.

Parker se separó a duras penas.

—Ven —le pidió llevándola a la cama.

Jade negó con la cabeza.

—No voy a hacer nada —levantó las manos en señal de rendición—. Túmbate conmigo. Imagínate que vienes de tu trabajo y yo estoy escribiendo en la cama.

—¿Escribes en la cama?

—Si no tengo nada mejor que hacer —le guiñó el ojo— puedo escribir en la cama. Lo que quiero es sentirte cerca, demostrarte que podemos crear algo juntos.

Crear algo juntos, se repitió en su mente. Sonaba bien, se dijo. Pero no quería arriesgarse. Tampoco sabía cómo hacerlo. Y lo peor es que estaba empezando a descubrir sensaciones que le hacían sentirse vulnerable, sensible e insegura y no estaba dispuesta a dejar lugar a eso en su vida.

—No, no puedo —declaró llegando a la puerta.

—¿No puedes o no quieres? —le preguntó Parker levantándose tras ella.

Jade se agarró al pomo de la puerta sin atreverse a mirarlo.

—Las dos cosas —reconoció antes de salir.

Parker aguantó la respiración cuando la vio salir. Sintió una especie de sudor frío que le hizo sentarse en la cama inseguro e intranquilo.

Bueno, pensó, esto no va a quedar así. Estaba seguro de que quería estar con ella, no porque fuera una mujer completamente ajena a su círculo social, no porque le inspirara para su última novela o no porque se lo estuviera poniendo difícil, algo que, francamente no solía ocurrirle.

Quería estar con ella porque… porque… disfrutaba con ella, le gustaba mirarla, cómo se enfadaba, cómo sonreía, cómo le hacía sentir.

Le gustaba su olor, su sabor, su cuerpo… no quiso pensar nada más.

Quizá su protagonista podría sentir algo parecido por la psicópata aun sabiendo que lo era, y que tenía que detenerla. Se odiaría por ello, sonrió con malicia.

Jade se abrochó el cinturón insegura y molesta con ella misma.

Esta vez sí que reconocía que huía. De lo que sentía o de lo que podía llegar a sentir.

Nunca se había encontrado tan expuesta, tan indefensa, tan vulnerable.

Con Henry siempre había tenido claro que llevaba las riendas, con Parker había sido todo lo contrario y a ella le gustaba tener cierto control.

Aunque, en ese momento, aun huyendo de la situación, no sentía que así fuera.

Reconocía su cobardía, pero cuando Opal había avisado que volvía a Nueva York en el próximo vuelo, le había parecido una buena idea imitarla y acompañarla en el trayecto al aeropuerto para volver a casa, esta vez en avión. Otro de sus impulsos, del que quizá acabaría arrepintiéndose.

No se había despedido de Parker. Lo había dejado allí, en el dormitorio, en casa de sus padres. Pero estaba en calidad de invitado, se disculpó aliviando muy poco su conciencia. Había congeniado muy bien con todos y por eso se sentía un poquito menos culpable.

Nadie conocía la relación que habían mantenido, así que no se sentía en la obligación de estar acompañándole hasta que hubieran decidido volver los dos, en coche, compartiendo moteles de carretera… suspiró molesta, insegura y triste, todo a la vez.

No sabía si volvería a verlo. Lo que sí que sabía era que no quería hacerlo. Necesitaba espacio, tranquilidad y tiempo para reorganizar su vida. Y era lo que iba a tomarse.

Unos meses después, Jade refunfuñó molesta cuando sonó el teléfono a mitad de mañana.

Había tenido una noche de muchísimo trabajo.

Parecía que la luna llena afectaba a los lunáticos de Boston de manera especial y se materializaba en reyertas y accidentes múltiples.

Su familia no solía llamarla porque conocían sus, con frecuencia, intempestivos horarios, y siempre esperaban a que llamara ella. Miró el móvil. Era Jeff. Se asustó.

—¡¡Jeff!! ¿Todo bien? —exclamó incorporándose en la cama.

—¡¡Hola Jade!! ¿Estabas durmiendo? —le preguntó azorado—. Lo siento…

—Da igual, ¿qué ocurre?

—Solo quería decirte que vamos a Boston este fin de semana, ¿tienes libre en el hospital?