Chapter 2 #10
Debería también comprarse algo de ropa, pensó, pero no le apetecía en absoluto entretenerse con eso, aunque quizá a la vuelta se arrepintiera de compartir el coche con la misma ropa comprada en las gasolineras del camino.
Resopló y se dirigió rápido a la planta de ropa después de comprarse su ansiado ordenador portátil.
Estaba pagando cuando una preciosa joven morena se le acercó decidida con sus ojos oscuros abiertos como platos.
—¡¡Dios mío!! ¡¡Eres tú!! ¡¡Eres tú!! —la joven se llevó una mano al pecho.
Parker la miró con su atractiva sonrisa mientras recogía las bolsas que le entregaban con la ropa nueva.
—Sí, soy yo, supongo —le respondió, amable.
Suponía que le había reconocido, aunque todavía le sorprendía que cualquier persona, de cualquier estado, pudiera hacerlo.
—No me lo puedo creer —le sonrió la bonita joven— ¡¡Dios mío!! ¡¡¡Amber!!! —llamó a otra joven de cabello castaño y largo y bonitos ojos verdes que se acercó con una sonrisa de oreja a oreja.
La risueña joven llamada Amber sonrió a la joven que trataba de peinarse con las manos su oscura melena.
—¿Qué haces aquí? Me llamo Opal —se presentó emocionada —. ¿Has venido a pasar las fiestas? ¿Por qué? ¿Estás escribiendo tu nueva novela? Tienes que sacarla en unos meses…
Parker sonrió divertido.
—Sí, voy a pasar unos días por aquí —les confirmó—, y sí, tengo que terminar una novela, así que… voy a ver si encuentro habitación en el hotel. Señoritas… —intentó pasar por detrás de Amber con una sonrisa.
—No, pero esta noche es Nochebuena —le detuvo Opal colocándose frente a él—. Todo estará completo. Ven a cenar a nuestra casa.
—Les agradezco la invitación, pero debo ir al hotel…
Opal le hizo un gesto con la mano para que esperase y marcó un número de teléfono.
—Toma —le ofreció el móvil—. Es el hotel del pueblo.
Parker aceptó el teléfono para confirmar que no había ninguna habitación disponible. Con un leve gesto de malestar por el imprevisto, colgó la llamada y se encogió de hombros. Debía cambiar de planes.
—¿Alguna casa de huéspedes cerca? —miró la hora en el reloj de su muñeca—. Siempre puedo conducir hasta la ciudad más cercana.
—En casa hay sitio de sobra —le aseguró Amber con una sonrisa.
Parker se rindió, confiado. Necesitaba empezar a escribir cuanto antes.
Las dos jóvenes lo conocían y estaban siendo muy amables.
Quizá pudiera escribir en su casa, por lo menos para organizar sus ideas, la trama e incluso el mapa que después seguiría su novela.
Asintió sorprendido por las sorpresas que la vida le estaba dando.
—Gracias, acepto la invitación. No creo que pasar la Nochebuena en mi coche sea la mejor opción —. Y necesitaba cargar la batería de su nuevo ordenador, pensó.
—Voy a llamar a mamá para decirle que tendremos un invitado sorpresa—le explicó Amber a su hermana Opal, con el teléfono en la mano.
Opal asintió sonriendo mientras empezaba una conversación animada con Parker, hablándole sobre sus novelas y lo atractivo que le resultaba su protagonista masculino.
Jade miraba a su madre en silencio por encima de la humeante taza de chocolate caliente que le había servido segundos antes.
—Suponía que vendrías —le confirmó su madre, comprensiva—. Henry llamó un par de veces. No me explicó nada, pero supuse que habíais discutido… ¿Cómo es que no nos llamaste antes? ¿Cómo estás?
—No estoy segura —le confesó Jade bebiendo un sorbo que le hizo entrar en calor de manera inmediata—. Le sorprendí en la cama con otra. No sé cómo no me di cuenta antes.
—¿De qué? ¿De que te era infiel o de que lo vuestro no funcionaba? —Le preguntó su madre ajustándose sus gafas de montura oscura, justo antes de ofrecerle otra taza de chocolate al hombre que entraba por la puerta de la cocina.
Jade se encogió de hombros sintiendo el cariño con el que sus padres se miraban después de toda una vida juntos. Los ojos azules de su madre brillaban cuando miraba a su padre, y él seguía acariciando a su madre cuando creía que nadie los podía ver.
Ahí estaba en la cocina con ellos como si no hubiera pasado el tiempo.
Los mismos muebles antiguos y bien conservados, los detalles navideños por doquier, el cariño que se respiraba a raudales.
Suspiró ligeramente abatida. Echaba de menos a Parker.
No hubiera desentonado en esa cocina. ¿Por qué no le había insistido para que pasase las fiestas con ella?
—Lo cierto es que solo pensaba en trabajar —reconoció abatida—. Lo he estado pensando mientras venía. Mi vida se reducía al trabajo y lo peor era que lo llevaba bien. Podría decir que me gustaba esa rutina. Él estaba allí, en casa, sin más…
Sus padres la escuchaban atentos y preocupados por ella.
—Creo que lo que más me molestó fue la falta de sinceridad. Se podría haber ido y no creo que le hubiera echado de menos ni un momento… pero me sentí… no sé… utilizada, engañada…
Se quedó en silencio. No iba a comentar con sus padres su falta de relaciones íntimas y su inexistente atracción física por Henry. Tampoco que acababa de conocer lo que realmente era sentirse atraído por alguien, un hombre al que acababa de conocer y con el que se sentía viva.
—Bueno, ya pasó —la consoló su padre—. Lo importante es que estés aquí… ¿Por qué no viniste en avión? Hubieras llegado antes.
—No lo pensé —se encogió de hombros—. Salí de casa y ya está. No pensé en nada más.
Su padre le sonrió:
—A ti te sacan de tus libros y de tu trabajo y ya no sabes reaccionar… Estarás cansada del viaje en autobús.
Jade se sonrojó ligeramente. Estando con sus padres siempre se sentía como una niña y había cosas que era mejor no explicar.
—Tus hermanos estarán encantados de verte.
Menuda sorpresa les darás —le sonrió su madre echando un último vistazo al horno—.
Amber vino de París la semana pasada, pero en dos días volverá a irse.
Opal está muy contenta con su negocio, así que volverá enseguida a Nueva York, y Jeff, sigue como siempre…
—A Jeff no lo arrancas de aquí —sonrió orgulloso el padre mientras veía entrar en la cocina a su hijo mayor.
El atractivo joven de ojos claros sonrió sorprendido a su hermana antes de abrazarla.
—¿Y para qué voy a irme? —le preguntó sentándose a su lado con un brazo sobre sus hombros—. ¿Qué tal estás?
—Bien —le sonrió ella sintiéndose muy querida y protegida.
—Me parece muy bien que hayas dejado a ese idiota —le comentó echando mano a una de las zanahorias baby que su madre tenía preparadas en una fuente.
—Sí, bueno… No estoy muy segura de haber tenido otra opción —le explicó ella cínica—. Lo encontré en la cama con otra.
Jeff abrió los ojos como platos.
—Encima de que lo mantenías … Es más estúpido de lo que pensaba…
—De todo se aprende —le respondió Jade terminando su chocolate—. No pienso tener ninguna relación con ningún otro escritor ni aspirante a ello.
Se quedaron en silencio para que su madre pudiera contestar el teléfono que había empezado a sonar.
—Amber me acaba de decir que han invitado a alguien a pasar estos días con nosotros —les comentó nada más colgar la llamada.
—¿Con nosotros? ¿Ahora? —le preguntó su padre, resignado—. Esa hija siempre va recogiendo todo lo que encuentra y metiéndolo en casa.
—Ha debido ser idea de Opal.
—¿De Opal? ¿Desde cuándo Opal ha pensado en alguien que no sea ella? —le preguntó su padre extrañado—. Bueno… ya veremos qué sorpresa nos trae. Jeff, deja de comer zanahorias que luego no tendrás hambre.
Jade sonrió satisfecha por haber decidido volver a casa a celebrar esos días.
Estar con la familia siempre le hacía bien.
Pensó por unos momentos en Parker. Estaría en el hotel haciendo…
si no era taxista, ¿a qué se dedicaba? Sin duda, tendrían mucho de qué hablar en el camino de vuelta porque estaba decidida a llamarlo.
Parker entró en la acogedora casa detrás de las dos jóvenes.
Le había llamado la atención la entrañable decoración navideña de toda la calle, y del pueblo en general.
Le recordaba las pocas horas que había estado con Jade en los pueblecitos donde se habían detenido a comer o almorzar. Le costaba dejar de pensar en ella.
Agradecía el gesto y la invitación de las hermanas, pero era capaz de perdonarlo todo cuando la inspiración le llegaba como le había llegado. Solo pensaba en escribir todo el argumento que ya se había desarrollado en su cabeza.
Aun así, había insistido en llevar un buen vino y se habían detenido a comprarlo en el camino a casa, junto con unos bombones artesanos para la anfitriona.
Un hombre joven, un poco mayor que ellas, salió a recibirlas y se quedó parado al verlo. Parker sonrió. ¿Lo había reconocido? Incrédulo, el joven miró a sus hermanas, antes de volver a mirarlo. Parecía que sí. Era gratificante que alguien lo reconociera por haber leído su obra.
—¿Es…
—Sí. Tu regalo de Navidad, hermanito —le sonrió orgullosa Opal a su hermano mayor—. Parker Wallace, tu fan número dos, Jeff Maxwell. Mis padres, Thomas y Judy —presentó a la pareja que salió de la cocina tras él.
Jeff asintió sonriente, tendiéndole la mano a su admirado escritor.
—Me encantan tus novelas. Hunter Brown es… Me encanta —acertó a decirle.
—Lamento haber aparecido así —se disculpó Parker frente al matrimonio que sonreía educado. Les tendió las botellas de vino y los bombones—. El hotel estaba completo y…
—Aquí hay sitio de sobra —le interrumpió Opal—. Mamá, voy a dejar su ropa y a poner a cargar el ordenador que se acaba de comprar en el cuarto de invitados.
—Sí, claro —aceptó su madre—. Por cierto, tenéis arriba una sorpresa… supongo que rebuscando algo que ponerse en vuestras maletas.
Las dos hermanas se miraron sorprendidas y subieron a la carrera por las escaleras, emocionadas, olvidándose de Parker. No podía ser que Jade hubiera sacado la cabeza de los libros y del hospital y hubiera aparecido por sorpresa.
Cuando se oyeron los gritos de júbilo y alegría en el piso de arriba, acompañaron a Parker al salón.