Un viaje sin retorno (Hermanas Maxwell 1) Chapter 2 #7
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Chapter 2 #7

La inspiración le había arrasado como un huracán en forma de enfermera de urgencias extremadamente sexy. Le había sorprendido su serenidad en el accidente, su profesionalidad, su concentración… y por supuesto la belleza y sensualidad de ese cuerpo del que parecía ser ajena.

Lo había comprobado más de una vez: en la vida había que dejarse llevar y disfrutar de sus sorpresas, suspiró antes de volver al dormitorio.

Se quitó la ropa quedándose solo con los boxers y se tumbó boca arriba en la cama.

El cuerpo de ella no tardó en buscarlo y antes de que pudiera moverse para evitarlo, tenía sobre su pecho un brazo largo y suave y sobre su miembro despierto una de sus sedosas y largas piernas. Dormir con ella iba a ser una tortura.

Jade se despertó a medianoche sobre él. Le sorprendió, pero le gustó el calor que emanaba y lo bien que olía.

Se abrazó más a él, inconscientemente, y se sorprendió a sí misma.

No recordaba haber dormido nunca así con Henry.

Normalmente dormían espalda con espalda.

Eso cuando dormían juntos, pues sus turnos y las costumbres de él no les permitían mantener unos horarios muy compatibles.

Notó como su muslo aprisionaba algo duro que palpitaba.

Se sorprendió al intuir qué era. Hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación.

Se fijó en su rostro, masculino y atractivo.

Dormía con una expresión muy relajada. Era muy guapo y estaba muy bien dotado a juzgar por el tamaño que intuía bajo su pierna.

No estaba segura de si quería moverse. Ahogó un suspiro.

No dejaba de ser una respuesta lógica de un hombre sano…

así que sin prestarle mayor atención se levantó y fue al baño.

Aprovechó para lavarse los dientes pues sentía la boca pastosa por la pizza.

Cuando volvió a la cama, instintivamente su cuerpo buscó la misma posición de antes, y aunque su cabeza le ordenaba que se alejara, que era simplemente un taxista trabajando y al que le tenía que pagar cuando llegaran a Polson y no lo volvería a ver, su cuerpo se resistía a abandonar el sitio que había reclamado como suyo.

Cuando, a la mañana siguiente, Parker abrió los ojos, se encontró en la misma posición en la que se había dormido.

Miró su reloj de pulsera. Era más tarde de lo que solía despertarse.

Procurando no molestarla, se levantó y entró en el cuarto de baño.

Volvía a estar bajo la ducha cuando escuchó el sonido de la puerta al abrirse. A él ya no le sorprendió.

—Hoy salimos más tarde —le comentó ligeramente malhumorada—. Espero llegar a Polson en dos días.

Parker, que estaba de espaldas a ella, giró la cabeza al oírla. Menos mal que le gustaba conducir, pensó. La vio quitarse la camiseta de espaldas a él.

—¿Qué haces? —le preguntó casi atragantándose con las palabras y con la mirada.

—Ducharme —le explicó—. Ya te he dicho que vamos tarde.

Se giró hacia él sin mirarle, mostrando sus pechos redondos, firmes, del tamaño perfecto. Se terminó de desnudar y se metió en la ducha de espaldas a Parker.

Parker no se podía creer lo que acababa de ocurrir, pero ahí estaba Jade tan tranquila, como si no pasara nada, duchándose.

Él salió de la ducha como si le quemara el agua y del cuarto de baño como si le persiguiera el mismo diablo, sin dar crédito a la tentación que acababa de tener.

Tuvo que respirar varias veces para serenar su pulso y, su miembro, que parecía tener vida propia, decidió no hacerle caso.

Se pellizco para comprobar que no era un sueño todo lo que le estaba pasando, y no, no lo era.

Se vistió con rapidez y salió a que le diera el aire frío de la mañana.

Muy frío, murmuró. Era una inconsciente, una descerebrada, casi una psicópata, enumeró refiriéndose a ella.

¿Cómo podía hacerle eso a un hombre como él, que se sentía atraído desesperadamente por ella, y llevaba no recordaba cuánto tiempo sin mantener relaciones?

Gimió fastidiado. Le estaba volviendo loco.

Poco después, Jade salió despreocupada, buscando una papelera en la que tirar la caja vacía de pizza y las latas de cerveza.

—¿No has traído el café? —le preguntó al verlo de brazos cruzados, encogido por el frío.

—No —le reconoció él antes de darle la espalda para dirigirse a la máquina que había visto en la recepción—. Estaba distraído.

Jade negó con la cabeza. Para ser conductor había olvidado a su fiel compañero de camino: el café.

Parker no tardó en regresar a la habitación con dos tazas de café para llevar. Recogieron sus pocas pertenencias y abandonaron la habitación sin mediar palabra.

—El café de hoy está muy malo —refunfuñó Jade con una mueca mientras le seguía distraída al coche.

—Vámonos a desayunar a un sitio en condiciones —concedió Parker—. Nos hemos librado de una pulmonía después de lo que nos empapamos anoche. Hay que celebrarlo.

—Me parece bien —aceptó Jade antes de entrar en la parte trasera del coche.

Parker sonrió ante su costumbre. Estaba deseando ver su expresión cuando descubriera su error de confundirlo con un taxista. Sería, cuanto menos, divertida, pensó.

Poco después, se detuvieron en un pueblecito totalmente ambientado en las fechas navideñas en las que estaban. Miraran donde mirara los colores rojo, blanco y verde hacían su aparición, igual que las lucecitas doradas y los voluminosos lazos de regalos.

Parker se detuvo frente a una cafetería muy bonita y acogedora que olía a café recién hecho y bollos de azúcar.

—Te invito —sonrió Parker mirando el mostrador que exhibía una amplia variedad de tartas y pequeños bocadillos de paté o salmón—. ¿Te apetece dulce o salado?

—Me da igual —sonrió ella relajada como pocas veces desde hacía mucho tiempo.

—Una porción de red velvet y otra de carrot cake —le pidió sonriente a la joven que le atendía.

Jade se distrajo admirando su atractivo rostro. Debía reconocer que era muy guapo, y su sonrisa… Miró a la joven que, frente a él, le sonreía embobada. Volvió a fijarse en él. Parecía no darse cuenta de lo guapo que era y de lo que provocaba en las mujeres. Molesta, bufó. Parker le miró extrañado.

—¿Prefieres otra cosa?

—No, no —respondió ella malhumorada, dirigiéndose hacia una mesa vacía.

Quizá un viaje tan largo con otro taxista no hubiera sido tan agradable y placentero, aunque no parecía ser la única que pensara en el atractivo de su compañero, pensó a regañadientes.

Realmente se sentía cómoda con alguien más o menos de su edad y que no perteneciera a su círculo laboral en el que el tema constante eran los accidentes imprevistos, las contusiones dolorosas, y los hematomas exagerados.

Compartieron las porciones de tartas hablando de nimiedades y de las noticias que se veían en la televisión de la cafetería. Después de una conversación amena y desenfada, prosiguieron su viaje, distraídos.

Un rato después, el teléfono de ella volvió a sonar insistentemente.

—¿No vas a responder nunca? —le preguntó Parker manteniéndole la mirada por el espejo retrovisor.

—No tengo ningún interés en hacerlo —le respondió convencida.

—Algún día tendrás que dar la cara.

—¿Por qué?

—Bueno, aunque sea para decirle que es un cabrón o un hijo de puta.

—Creo que eso ya se lo dije antes de salir de casa.

—¿No prefieres aclarar las cosas?

—No, ¿por qué? —le preguntó encogiéndose de hombros—. La razón de la ruptura está clara.

—Quizá quiera disculparse.

—¿Y a mí qué me importa lo que él quiera?

—¿Cuántos años llevabais juntos?

—Tres, casi cuatro.

—¿No se merece una segunda oportunidad?

—No. Por supuesto que no. ¿Estás defendiéndole otra vez?

—No, no —le respondió convencido—. Era solo una posibilidad. Algún día volverás a verle la cara. De poco sirve huir.

—¿Te parece que estoy huyendo?

Jade se enfadaba por momentos.

Parker se percató del brillo de furia en su mirada y que le recordaba la noche en la que había empezado el viaje.

—Solo digo…

—Sé lo que dices —le interrumpió rabiosa—. Como hombre vas a justificar que no haya trabajado en todo este tiempo persiguiendo su supuesto sueño o que me haya sido infiel por no estar presente en la relación, ¿verdad?

—No, eso no tiene justificación —le respondió atento a la carretera.

—Exacto, no la tiene.

—Solo quería decirte que las cosas se solucionan hablando.

—¿Solucionar el qué?

—Llevabais cuatro años juntos, algo de amor habría.

Jade fue a replicar, pero no encontró las palabras.

¿Amor? ¿Amor? Con el ceño fruncido miró por la ventana.

Pues quizá amor no había. Quizá se había acostumbrado a él.

Sabía que estaría en casa cuando volviera, que si sus turnos se lo permitían comerían juntos…

quizá rutina, quizá costumbre, quizá su propia comodidad…

se había volcado tanto en su trabajo… Frunció el ceño, molesta consigo misma. ¿Cómo había estado tan ciega?

—Algo te gustaría de él. Porque si no trabajaba y encima te era infiel... —Parker pensó en lo bueno que debía de ser en la cama para mantener a semejante mujer a su lado tanto tiempo.

—Bueno… ya te dije que me pareció culto. Sabía mucho, leía mucho, podía hablar sobre cualquier tema…

Parker esperó, paciente, más motivos. Esos le parecían triviales. Él también podía hacer eso.

—No sé… Al poco tiempo de conocernos se le terminó el contrato de arrendamiento de su piso y le sugerí vivir conmigo y compartir gastos….

Y cama, pensó Parker mirándola por el espejo retrovisor. Le sorprendió verla como no la había visto antes: insegura, vulnerable, confundida.

—Una cosa llevó a la otra y acabamos convirtiéndonos en pareja.

Se quedó pensativa. Nunca había dado mayor importancia a los noviazgos.

Ni en la adolescencia, cuando sus hermanas o sus amigas suspiraban por uno u otro chico.

Ella prefería pasar la tarde entre libros de medicina.

Siempre había tenido muy clara cuál era su vocación.

Los chicos solo la distraían de lo que a ella le importaba realmente, y las pocas veces que había intentado tener alguna relación se había aburrido con rapidez.