Chapter 2 #3
La alejó de él como si quemara. En algún momento de la noche ella se había quitado la ropa y se había metido bajo las sábanas sin ningún pudor.
Esto no podía ser real, se pasó las manos por la cara.
Ya estaba amaneciendo a juzgar por la luz que entraba por la persiana.
Le sorprendió su capacidad de contención para no colocarse sobre ella.
¿Cuánto tiempo llevaba sin acostarse con alguien?
Ni lo recordaba. Su última relación se había acabado hacía bastante tiempo y no había tenido interés en buscar ninguna otra.
¿Para qué? Siempre eran ellas las que se le ponían en bandeja y él solo tenía que dejarse llevar.
Pero esta vez dudaba, acertadamente, de que la joven desconocida se le estuviera ofreciendo de manera consciente.
Se levantó rápidamente, casi perdiendo el equilibrio y entró directo al cuarto de baño sin querer mirarla.
Se lavó los dientes haciendo uso del contenido del neceser y se metió bajo la ducha fría relajando su erección. No pasaron más de dos minutos que la puerta se abrió y ella entró en ropa interior. Despeinada, somnolienta, atractiva. Muy atractiva.
—Pero… —se dio la vuelta en la ducha sabiendo que solo le mostraba una vista trasera de su cuerpo y ella actuó como si ni estuviera.
—Parece que me vaya a estallar la cabeza —comentó malhumorada empezando a lavarse los dientes sin prestarle la más mínima atención.
Parker se rindió a los intentos de no excitarse. Allí estaba tan natural, con una ropa interior negra llena de puntillas y encajes.
—Estoy aquí —la avisó pretendiendo que se diera cuenta de que era un hombre.
Un hombre desnudo. Un hombre joven y saludable, desnudo.
—Ya lo sé —le dijo ella enjuagándose la boca sin mirarle—. Estoy hablando contigo.
Estaba acostumbrada a compartir el baño con más gente en el hospital.
No se podían andar con miramientos cuando todo iba contra reloj y era cuestión de vida o muerte.
Bufó. Parecía que un ejército de tambores estuviera desfilando por su cabeza.
No le gustaba nada sentirse así. Maldijo malhumorada todo lo que se podía maldecir.
Parker terminó de ducharse reprimiendo su instinto masculino.
Eso parecía una broma de mal gusto. Entonces sintió su presencia junto a él en la ducha.
Dio un paso atrás alarmado y salió de la ducha con rapidez, envolviéndose las caderas con una toalla.
No quiso ni mirar lo que sin duda sería una bonita, erótica y sensual escena.
Dejó atrás con gran esfuerzo la tentación de volver a la ducha con ella y hacerla suya allí, sin más. Hacerla suya una y otra vez.
Salió del cuarto de baño totalmente excitado y resoplando, escandalizado.
¿Esa mujer podía no tener pudor, pero ¿consciencia?
Tampoco parecía que la tuviera. Se había arriesgado a que él…
a que él… Resopló mientras se vestía con rapidez.
El protagonista de su novela no hubiera actuado igual que él. No, ni hablar.
Sacudió la cabeza ligeramente. No podía estar pensando en… Necesitaba un ordenador para empezar a escribir su próxima historia. Eso lo mantendría alejado de esa mujer y concentrado en lo que debía concentrarse. Su editor se alegraría cuando le dijera que su siguiente novela empezaba a fluir.
Cuando ella salió del cuarto de baño envuelta en la toalla, con su cabello mojado, él ya estaba vestido. Vestido y más calmado, hasta que volvió a mirarla.
Incapaz de aguantar más esa frustración por el deseo contenido, decidió que el aire de la mañana le aliviaría.
—Voy a por un café a la máquina de la recepción.
—Tráeme uno doble, por favor —le pidió con voz firme.
Parker asintió. Esa mujer estaba acostumbrada a dar órdenes. ¿Sería igual en todos los momentos? Ahogando un jadeo, salió de la habitación.
El aire frío le despejó la cabeza y el café, pese a su horrible sabor, le activó. Se imaginó que volvía al dormitorio, le quitaba la toalla, la tumbaba en la cama y sin que ella se negara, bien dispuesta, la hacía suya, una y otra vez.
Sería, sin duda, lo que le pasaría al protagonista de su novela. El sexo siempre era un buen aliciente en una novela negra, y con una mujer así era fácil caer en la tentación.
Se tomó otro café para relajar el calentón y borrar de su imaginación las escenas que podía haber vivido. Rezando por que estuviera vestida cuando volviera a la habitación, le llevó el café doble que le había pedido, antes de pedir otro más para él mismo.
Jade estaba ya con el abrigo puesto, rebuscando, impaciente, algo en sus bolsillos.
—¿Preparada? —le preguntó desde la puerta.
—Sí —le dijo ella siguiéndole distraída hasta el coche empezando a rebuscar en su enorme bolso oscuro.
Siempre le ocurría lo mismo, refunfuñó. Los compraba grandes para que pudiera guardar más cosas y después, tardaba siglos en encontrar lo que buscaba.
Dentro del coche volcó el contenido hasta encontrar las pastillas que buscaba y se tomó una con un poco de agua de la botellita que también llevaba.
Parker esperaba a que sostuviera el café mientras se sorprendía de la cantidad de cosas que podía llevar en el bolso.
Los bolsos de las mujeres siempre habían sido un misterio para él.
Afortunadamente no había ningún arma peligrosa, pues unas tijeras pequeñas o un espray antiviolación no podía considerarlas como tal.
Jade miró los iconos de pantalla de su móvil y se recostó en el asiento sujetándose la cabeza con una de las manos. Tenía varios mensajes de voz. Molesta y malhumorada decidió ignorarlos.
—Hijo de puta —murmuró.
Vio que Parker la estaba mirando mientras, con un gesto de paciencia, le ofrecía el café que le había pedido.
Lo aceptó sin mediar palabra y dio un sorbo antes de fruncir la nariz.
Estaba asqueroso. Aunque estuviera acostumbrada a los cafés de máquina del hospital, le seguían pareciendo lavativas que, afortunadamente, resucitarían a un muerto.
El desfile de tambores de su cabeza seguía su curso. Echó un vistazo a todo el contenido desparramado de su bolso, cogió la tableta ya empezada de aspirinas y se tomó otra con otro sorbo de café.
Parker la miró por el espejo retrovisor. De día era más bonita todavía, aunque tuviera el ceño fruncido y ojeras fruto de la resaca.
Jade notó su mirada y se extrañó.
—¿Pasa algo?
Le pareció que era realmente guapo, aunque no se hubiera afeitado.
—No —le respondió Parker—. Solo me preguntaba por qué no esperaste al primer avión que saliera hacia Montana y en unas horas habrías llegado.
Jade se encogió de hombros mientras él empezaba a conducir.
—No lo pensé. Solo quería irme de casa —le explicó. La paciencia no era una de sus virtudes, por eso le gustaba tanto trabajar en las urgencias del hospital, donde todo se sucedía con una velocidad vertiginosa.
—¿Sin equipaje?
Jade recordó la humillante escena. La rubia de pechos pequeños seguía sobre su novio a horcajadas mientras sacaba la maleta del armario.
Fue a subirla sobre la cama para meter su ropa, cuando él se levantó desnudo ya sin erección alguna, tratando de pararla sujetándola del brazo.
Su contacto le dio tanta repulsión que prefirió dejarlo todo y salir después de coger lo imprescindible mientras él trataba de seguirla, ridículo, disculpándose.
—Pararemos en la próxima gasolinera que tenga alguna tienda. ¿Tienes un cargador de móvil en el coche? —. Otra de las cosas que no se le había ocurrido meter en el bolso con las prisas.
Parker le pidió el teléfono con un gesto, sin soltar el volante con la mano izquierda. Sacó de la guantera el cargador y lo conectó.
Se mantuvieron en silencio hasta encontrar una gasolinera con un pequeño comercio adosado.
Salieron los dos sin mediar palabra. Tenía una zona de cafetería bastante agradable y Jade fue hacia allí, decidida.
Parker la siguió mirando a todos los lados, sin perderse cualquier mínimo detalle del lugar.
La inspiración parecía haber vuelto a presentarse sin previo aviso.
Intentó grabar en su mente colores, olores, sensaciones…
para plasmarlos en cuanto pudiera en su nueva novela.
—¿Qué quieres tomar? —Le preguntó Jade apoyándose en su brazo mientras, de pie frente a la barra, leía la carta, con interés.
Parker se excitó ante su inocente contacto. Necesitaba una mujer y pronto. Una mujer y un ordenador para poder escribir cuanto antes todo lo que su imaginación empezaba a dictarle.
—¿Te pides una hamburguesa completa y yo unos huevos fritos con bacon y compartimos? —le preguntó con un tono ante el que nadie sería capaz de negarse.
Parker la miró sorprendido. ¿Se hubiera comportado así con un taxista de sesenta años calvo y con barriga?
—Pero invito yo —se ofreció galante.
No recordaba haber almorzado nunca con una mujer dispuesta a comer lo mismo que él.
Todas las mujeres con las que había estado tenían en común la preocupación por su aspecto físico y su vida social.
Nada que ver a simple vista con la mujer que miraba el menú a su lado, que apenas estaba maquillada y viajaba sola y sin equipaje.
Estaba disfrutando de la novedad que le suponía.
—No, pago yo —le contrarió ella mostrándole, orgullosa, la tarjeta bancaria—. No preparé la maleta, pero no me dejé el dinero.
Parker decidió no insistir y enterró su mirada en la carta por si esa mujer era capaz de leer en ella lo que muy vívidamente pasaba por su mente.
Jade le miró siendo consciente del atractivo que emanaba.
Tenía su mano sobre el fuerte brazo de él y le costaba alejarla.
Le gustaba la calma que transmitía, o su sentido del humor o la actitud despreocupada de que todo iba bien.
Acostumbrada a su trabajo como enfermera de urgencias donde la preocupación, el dolor y la rapidez eran una constante, le resultaba curiosa una actitud diferente ante la vida.
Además, físicamente no estaba nada mal… Afortunadamente, la camarera interrumpió sus pensamientos y ella hizo el pedido.