Capítulo 31
Jasmine
Gordes , Francia
Las despedidas siempre son extrañas.
Ezra me abraza y me desea buen viaje.
Clémence y Kai prometen invitarnos a cenar muy pronto.
En el taxi que nos lleva al aeropuerto, Andréa se queda dormido sobre mi hombro. Sé que está cansado, así que no le despierto. Aprovecho para mirar el paisaje que desfila tras la ventanilla y pensar en lo que viene después.
«¿Y ahora qué?».
Es raro, pero no tengo ganas de volver. Ya echo de menos Italia. No quiero volver a la rutina, a mi diminuto piso… y a seguir pagando el alquiler.
Tengo ganas… de irme.
En el fondo, ¿qué me lo impide? Tengo dinero ahorrado. Estoy soltera. Soy joven y estoy sana.
—Te he babeado el hombro —se disculpa Andréa cuando llegamos al aeropuerto.
Mientras saco las maletas del maletero, veo que Ezra me ha mandado un mensaje. Me da un vuelco el corazón, y hasta yo me sorprendo.
Ezra : Buen regreso a Francia. Que sepas que siempre serás bienvenida en casa… Aunque espero que al fin persigas tus sueños sin miedo.
Ezra : Sin miedo tanto de ti misma como de lo que piensen los demás. Vive tu vida, Jasmine ».
Es como si me hubiera leído la mente.
No conozco a Ezra desde hace tanto y, sin embargo, ya me siento muy unida a él. Me ha visto tal y como soy desde el principio. Nos reconocemos el uno en el otro por lo que somos de verdad.
—Bueno. Ha llegado el momento… —declara Andréa cuando llegamos a mi puerta de embarque.
Él toma un avión a Niza, yo a Marsella.
—¿Nos llamaremos? —intento patéticamente.
Se ríe con sorna, y lo entiendo. No sé qué otra cosa decir. Ya nos lo dijimos todo la otra noche, en la campiña toscana.
—Ya te contaré cómo ha ido mi cita con Zélie .
—No hace falta, de verdad.
—¡Si has sido tú quien me ha empujado a hacerlo!
Pongo los ojos en blanco. Algún día ya no me dolerá nada. Algún día conseguiré dejarle marchar sin sentir pena. Pero ese día aún no ha llegado. Aunque intente convencerme de lo contrario.
—Llámame si estás mal, ¿de acuerdo? —me suplica al abrazarme—. Iré a tu casa lo antes posible, lo prometo.
Lo estrecho mientras saboreo su calor, su olor, su presencia.
—Creo… que no me voy a quedar en casa.
Se aparta con una expresión herida.
—¿Ya intentas evitarme?
—Creo que me voy a ir de vacaciones…
—¿Ya? ¡Pero si acabas de volver!
Me encojo de hombros con una sonrisa enigmática. Supongo que ya he tomado una decisión.
—¿Adónde?
—Todavía no lo sé.
—¿Y por cuánto tiempo?
—Tampoco lo sé.
Suelta un enorme suspiro que me divierte. Andréa nunca ha comprendido esta faceta de mí, pero no pasa nada.
—Buen viaje, Jazz. Y cuídate.
—Tú también, Andy .
Una última mirada. Una última sonrisa.
Nos soltamos la mano y cada uno se va en dirección opuesta. Lucho contra la irreprimible tentación de volver la cabeza para ver si me observa.
Cuando llego frente a la azafata, me siento… vacía. Y sigo sin girarme. Ni cuando me indica que embarque tras comprobar el pasaporte. Ni cuando me tiemblan las manos. Ni cuando me pongo a llorar.
—¿Todo bien, señorita?
Le sonrío al hombre que se sienta a mi lado en el avión.
—Sí, sí, todo bien.
Esta vez no miro atrás. Me lanzo al vacío. Dejo el pasado donde está…
… y mantengo la mirada fija en el futuro.
Nada más llegar a casa me pongo a hacer limpieza general.
Limpio a fondo el piso. Pongo varias lavadoras, cambio las sábanas, friego la ducha. Ordeno el armario antes de separar lo que me quedo de lo que dono a la beneficencia.
Luego me pongo a comer mientras veo El viaje de Chihiro. Me hace llorar, por supuesto.
A las cinco de la tarde, ya no me queda nada que hacer. Todavía hace calor en Gordes a finales de agosto. Mi madre me llama, pero no cojo el teléfono. No tengo ganas de hablar.
En vez de eso, rebusco debajo de la cama hasta dar con una caja amarilla y redonda. Sentada en el suelo de la habitación, la abro con los dedos temblorosos, y acaricio las letras negras escritas a rotulador.
« Aciano ».
La caja de tesoros de mi hijo.
Encuentro el body de recién nacido que le habíamos comprado para la ocasión. Es blanco y beige, con la frase:
«Soy muy mono (lo dicen mamá y papá)» en la parte delantera.
Todavía recuerdo el día que lo elegimos. Me parecía hortera, pero Andréa insistió.
—Vamos, ¡es adorable! —me dijo frente al ordenador.
—No, es arriesgado. Imagina que nuestro bebé es feo. La gente se va a burlar de él con un body así.
Semejante hipótesis le ofendió.
Evidentemente, yo habría querido a mi bebé, sin importarme que fuera feo. Para mí siempre habría sido el más guapo del mundo. Pero tomarle el pelo a Andréa no tenía precio.
—Para empezar, todos los bebés son monos…
—Eso es rotundamente falso. Todo el mundo lo dice, pero es una tontería. ¡Mienten, Andréa !
—Y además —continuó sin hacerme caso—, ¿tú te has mirado? ¿Y a mí? Claro que va a salir guapo. Tiene unos genes increíbles.
Su última frase me convenció, sobre todo porque logró hacerme reír.
Hoy me doy cuenta de que Andréa tenía razón. Aciano era precioso.
El body , por desgracia, le quedaba demasiado grande , así que no se le pudo enterrar con él. Pero yo lo guardé, para siempre.
Al lado encuentro también un chupete, peluches de animales y…
Cartas. Mis cartas. Todas selladas con mis iniciales, JP.
Las que había escrito antes de que naciera están bajo tierra con él, pero estas las escribí después.
Durante mucho tiempo eran parte de mi terapia. Andréa nunca supo que yo le escribía cartas a nuestro bebé que se fue demasiado pronto. Era nuestro pequeño secreto. Nadie las ha visto jamás, ni yo me he atrevido nunca a releerlas. Aunque recuerdo bien lo que decían.
Cuánto le echaba de menos, por ejemplo. Cuán culpable y arrepentida me sentía.
«Le pedía perdón por ser la peor madre del mundo».
Cuando Andréa me dejó, puse por escrito lo mucho que le echaba de menos. Le preguntaba a Aciano cómo estaba. Le suplicaba que me perdonase.
Me levanto con el paquete de cartas en la mano y me lo meto en el bolso. Me pongo los zapatos, una chaqueta, y salgo.
Paso por la floristería antes de dirigirme al cementerio; todavía hace sol. Me sé el camino de memoria. Todavía me sorprende no haberme cruzado nunca con Andréa aquí antes.
Pero cuando llego ante la tumba de nuestro hijo, hay un ramo de acianos frescos ya colocado. Contengo las lágrimas al depositar el mío justo al lado.
Andréa ha hecho hora y media de viaje para venir también.
Un día, hace dos años, cometí el error de desahogarme con una desconocida en un bar. Su reacción se me quedó grabada para siempre.
—No entiendo por qué te pones así… ¿Cómo puedes echarle de menos si murió antes de nacer? Es como un aborto.
La llamé idiota antes de marcharme, pero su comentario me persiguió mucho tiempo. Llegué a pensar que exageraba, que me recreaba en un dolor que no era legítimo.
«Hay gente con problemas de verdad», me repetía a diario. Padres que crían a sus hijos durante años y los pierden trágicamente.
Nunca sirvió de nada. Porque, aunque no pude vivir con Aciano , lo llevé dentro nueve meses. Fue parte de mí. Imaginé y planifiqué toda una vida a su lado.
«Mi duelo es tan válido como el de cualquier otro».
—Tu papá y yo nos hemos reconciliado.
Me siento en la hierba, con las cartas en la mano. No lloro. Nunca lloro aquí, delante de él. Me lo propuse a mí misma.
Le hablo del verano, de nuestras risas, de nuestras aventuras, del tábano que le picó a Andréa en el culo y del terremoto moderado que nos asustó tanto.
No le hablo de las discusiones ni de las lágrimas.
—Voy a ausentarme un tiempo —confieso en voz alta—. Mamá se irá lejos, pero volverá. Lo prometo.
Se me hace un nudo en la garganta, y de pronto me doy cuenta. Entiendo qué me retiene, entiendo por qué nunca viajo durante demasiado tiempo. Entiendo por qué nunca me he atrevido a seguir mis deseos y dejar Francia… dejar Gordes .
No quiero irme sin él.
Tengo miedo de dejarlo solo sin que nadie venga a visitarlo, salvo su padre. Tengo miedo de que crea que no me importa, de que piense que lo abandono otra vez.
Pero eso es una tontería, ¿verdad? Mi hijo vive en mí. Su recuerdo me acompañará a todas partes, vaya donde vaya. Lo llevo en el corazón, en la mente, en las entrañas.
Abro una carta al azar y empiezo a leerla en voz alta. No sé si me oye desde donde esté, pero me gusta pensar que sí. Me quedo una hora leyéndole.
Cuando termino la última carta, le murmuro un último adiós.
Al cruzar la verja del cementerio, rompo a llorar en silencio.
Me lo permito por última vez.
Esa noche, me acuesto con un solo pensamiento en la cabeza.
«Esta vez, elijo ser feliz».
—¿¡Qué has dicho!? —grita Lily por teléfono.
—¿¡Que vas a qué!? —secunda Nolia con voz ahogada.
Me río sola ante su reacción mientras Camelia parece demasiado impactada como para decir nada.
He llamado a mis mejores amigas para que sean las primeras en saber la buena noticia.
Ni siquiera se lo he dicho a mi madre aún.
Prefiero esperar al último momento para contárselo, por miedo a que intente hacerme cambiar de idea…
o, peor, encerrarme para impedirme coger el avión.
—He dejado el trabajo —respondo a mi prima, antes de decirle a Nolia —: y me voy yo sola a Asia.
Extrañamente, aún no termino de asimilarlo.
No tengo ningún remordimiento, al contrario, estoy emocionada con la idea de partir.
La gente dirá que estoy loca por haber dejado un trabajo poco después de acabar la universidad, pero me da igual.
Trabajos siempre habrá. ¿Quién sabe? Quizá, al volver, monte mi propia empresa de organización de bodas.
Tal vez incluso me atreva a ser autónoma.
En fin, las posibilidades son infinitas.
—¿Pero… por cuánto tiempo? —me pregunta Camelia.
—No lo sé, no he sacado el billete de vuelta.
Voy a improvisar e ir viendo día a día.
—Guau. Yo jamás sería capaz de hacer algo así —me aplaude Nolia con fascinación—. Te admiro. Te apoyo al cien por cien.
—Yo también —añade Lily—. Siempre has soñado con hacer esto, así que creo que deberías lanzarte.
Les doy las gracias de todo corazón por los ánimos. Camelia, que no dice nada, se limita a torcer el gesto. Le pregunto qué le pasa y murmura:
—¿Soy la única a la que le preocupa que no te vayamos a ver en mucho tiempo?
Oh. Le sonrío y le prometo que les contaré qué tal muy a menudo, sobre todo porque ya de por sí vivimos bastante lejos unas de otras.
—¡Y además iremos a verla! —se entusiasma Nolia —. Camille nos prestará el jet privado.
Oigo una respuesta apagada al otro lado del teléfono, así que Nolia gira la cabeza para sonreír, supongo que a su marido. Intercambian unas palabras que no oímos, porque ella se ha puesto en silencio, y luego vuelve por fin con nosotras.
—Está de acuerdo.
—¡Yo no había dicho eso! —protesta Camille .
Nolia nos hace señas para que confiemos en ella. Yo les prometo mandar postales, como antes, desde cada país que visite, y por supuesto enviar muchas fotos por el grupo.
Es el comienzo de una nueva aventura. Una aventura en solitario.
La que siempre he soñado. Tengo muchas ganas, y sin embargo siento un peso en el corazón, algo de lo que debo liberarme de una vez por todas.
No podré avanzar nunca mientras no lo haga, mientras no me deshaga de ello.
—Tengo que confesaros algo.
Las chicas reaccionan justo como me lo imaginaba. Lily se queda en shock . Camelia mantiene el tipo. Nolia llora en silencio.
Les cuento todo. El embarazo, la pérdida, el entierro que aún me atormenta por las noches… y luego las discusiones que llevaron a la ruptura.
Mi prima se asegura de que estoy mejor y Nolia no se quita la mano del corazón. Sé que piensa en su propia hija, a la que quiere más que a nada en el mundo.
—Debiste odiarme… —solloza—. Lo siento.
Frunzo el ceño, desconcertada. Cuando le pregunto qué quiere decir con eso, mi amiga responde:
—Tuve un bebé sin ni siquiera quererlo, solo unos meses después de que tú perdieras al tuyo. Es injusto.
Le sonrío para tranquilizarla. En ningún momento he odiado a Nolia ; nada es tan sencillo… Así es la vida, y sé que todo ocurre por una razón.
Elijo aceptarlo y seguir adelante.
—No estás sola, Jasmine —me asegura Camelia—. Nunca.
Asiento, y siento cómo me libero de un peso enorme. Ya no hay secretos que me retengan. Ya no tengo miedo. Nunca he sido más sincera en toda mi vida.
Con los demás, pero también conmigo misma. Estoy lista para pasar página.
«Lista para ver lo que me depara el futuro».