Capítulo 29
Jasmine
Monticchiello , Italia
Llamo varias veces a la puerta de Ezra .
No me gusta cómo acabó la conversación, que se interrumpió por la llegada de sus padres. Me culpo por haber podido generar semejante malentendido entre nosotros, y por haberlo empeorado sin querer.
«Que no me odie, por favor».
— Ezra .
Su nombre se escucha como un murmullo contra la puerta, pero estoy segura de que me oye.
Ni siquiera sé lo que quiero decirle. Quisiera que supiera que lo adoro.
Quisiera que supiera que estoy a punto de hacer lo más aterrador y liberador que he hecho en la vida.
Quisiera que supiera que…
—Lo siento.
Permanezco largos minutos inmóvil frente a la puerta, a la espera de que se apiade y decida abrirme. Pero termino por recibir un SMS suyo que dice: «Esta noche no, Jazz. Por favor».
Lo entiendo. Solo venía a consolarlo tras la discusión con sus padres. Sé lo difícil que debe de ser para él. No me gusta la idea de que se sienta solo y no deseado por las personas a las que más quiere.
Pero respeto su decisión y doy media vuelta.
Casi todos están ya en la cama. Kai y Clémence friegan juntos los platos. Los escucho hablar en voz baja, así que decido no interrumpirlos mientras hacen las paces.
Andréa barre la terraza, iluminada apenas por la luna llena.
—Vaya noche, ¿eh? —suspiro al acercarme.
—Vaya día, querrás decir…
—Vaya verano, incluso.
Me devuelve la sonrisa. Lo ayudo a recoger lo que queda fuera en silencio antes de preguntarle si tiene sueño.
—No mucho.
—¿Damos un paseo? —le propongo.
Me mira a los ojos antes de asentir con la cabeza. Se lleva una chaqueta, que se coloca sobre el hombro, y adivino enseguida que es para prestármela si me entra frío.
« Andréa es así. Siempre anticipa todas mis necesidades».
Caminamos en la noche, y nos rozamos con el brazo al compás de nuestros pasos sin rumbo. El silencio resulta relajante, y la vista del cielo estrellado aún más. Enseguida busco con la mirada a los amantes, Vega y Altair, en vano.
—¿Te acuerdas de la primera vez que te dije «te quiero»?
Andréa sonríe en la oscuridad, con las manos en los bolsillos.
—Como si fuera ayer… Llevaba dos meses acompañándote a casa cada tarde, después de clase. Cada día tenía la esperanza de darte un beso.
—Todavía no estaba preparada. Ese beso tenías que ganártelo.
La verdad es que me daba muchísimo miedo hacerlo mal.
—Lo sé, lo sé. Una noche, al despedirnos, me mandaste un SMS que decía: «Te quiero, mi Calcifer». Fue muy tierno.
—¡Tenías que haberte visto la cara! —río, mientras recuerdo su gesto atónito y tímido—. Creí que te había roto, o peor, que tú no sentías lo mismo.
—Intentaba decírtelo de vuelta sin tartamudear —explica con un mohín cómico—. Y entonces dijiste: «La próxima vez podrás besarme».
—Pero nunca lo hiciste…
—Estaba muerto de miedo también —suspira Andréa —. Lo del beso en la piscina fue improvisado.
Paramos de caminar y nos sentamos en la hierba. Extiende su chaqueta sobre el suelo, luego me abraza por los hombros. Me pierdo en su calor, y le clavo la mirada.
Estamos tan cerca que nos rozamos con la nariz.
Disfruto de este maravilloso instante mientras dura, porque sé que no será para siempre, como todas las cosas buenas.
—Lo sentía con tanta fuerza —añado con una sonrisa—. Nunca he dejado de quererte, ni siquiera cuando decía que te odiaba.
Él espera, como si ya conociera el resto.
Pensaba que me dolería, como si me partieran en dos el corazón, pero en su lugar siento una calma extrema.
Aun así, las lágrimas me recorren las mejillas y me caen en los labios cuando continúo:
—Siempre te querré, Andréa Moretti . Eres mi primer amor.
«Nos recuerdo a los dos frente a aquella pequeña panadería de barrio, cada uno con media baguette recién hecha en la mano».
—Mi mejor amigo.
«Los dos riendo y besándonos en la piscina de mis padres, despreocupados».
—El padre de mi hijo… —termino mientras él también llora en silencio.
«Los dos en el sofá de nuestro piso; él con el oído sobre mi vientre redondeado».
Diez años de recuerdos. Diez años de amor.
No los borraría por nada del mundo. Le he amado durante todo ese tiempo, incluso en los malos momentos. No me arrepiento de nada.
—Si tuviera que volver a hacerlo, lo haría. Contigo, cada vez.
Asiente sin secarse las lágrimas, y apoya la frente contra la mía. Tengo que armarme de valor varias veces antes de continuar, con un nudo en la garganta. Esta vez sí siento que se me desgarra el corazón, como si me arrancara la parte que le pertenece para devolvérsela.
—Pero creo que esto se ha terminado.
La vista se me nubla y él me seca las lágrimas con la mano.
Asiente en silencio, con una sonrisa triste en los labios.
Como si ya lo supiera. Como si él también lo hubiera presentido.
La verdad es que siempre fuimos muy diferentes.
Entonces, éramos demasiado jóvenes para que nos importara.
Pero con los años se nos fue de las manos.
Fingimos, y nos olvidamos de nosotros mismos por agradar al otro.
«Y así no se puede vivir».
—No llores —dice, y me da un beso en la frente.
Me gustaría decirle que él también está llorando, pero soy incapaz de pronunciar una palabra. Me disculpo en voz baja. Andréa niega con la cabeza mientras me acaricia las mejillas.
—¿Disculparte por qué? —susurra—. ¿Por haberme convertido en una mejor persona? ¿Por haberme amado como nadie me ha amado jamás? ¿Por haberme hecho padre?
Cierro los ojos. Ya no puedo evitar el llanto; me avergüenza reaccionar así cuando soy yo quien lo está dejando.
—Jazz. Gracias.
Vuelvo a abrir los ojos, sorprendida. Andréa sonríe ampliamente entre sus propias lágrimas, como si lo hubiera liberado de una cadena invisible: la de nuestros recuerdos.
—Mi vida no habría sido la misma sin ti. Si tuviera que elegir, lo repetiría todo a tu lado… Porque no hay nadie más con quien hubiera querido vivir todas esas cosas, las que me hicieron feliz y las que me hicieron sufrir.
Me da un beso dulce y familiar en los labios. Sabe a sal y a nostalgia.
—Un pedazo de mi corazón siempre te pertenecerá… pero tampoco creo que estemos hechos el uno para el otro —añade contra mi boca.
Oírlo decir esas palabras es a la vez dolorosísimo y liberador. Él también lo ha sentido. Volver a estar juntos nos ha servido para darnos cuenta de que era un error.
«Ya no es lo mismo. Nuestro amor ha cambiado».
Ezra y Clémence tenían razón. Ese amor fue suficiente en su día, pero ya no. Porque era un amor adolescente, un amor lleno de inocencia, de nostalgia y de comodidad.
«Nunca seremos suficiente el uno para el otro».
Necesitábamos darnos una segunda oportunidad para comprender que, en realidad, se había acabado. De lo contrario, nos hubiéramos preguntado durante toda la vida: «¿Y si…?». Ahora ya lo sabemos. Andréa y yo hemos vivido lo que teníamos que vivir juntos.
—No me gusta verte llorar —gruñe mientras me acaricia el pelo—. Y menos aún por mi culpa.
—Estamos rompiendo, idiota. ¿Preferirías que me riera?
—Por supuesto. ¡Al fin te libras de mí!
Le doy un golpe suave en el vientre, lo que le arranca una sonrisa. Misión cumplida para él: ya he parado de llorar.
—Ni de coña. Si crees que voy a desaparecer de tu vida, te vas a llevar un chasco, colega —exclamo mientras lo amenazo con un dedo—. Me hiciste una promesa.
Me mira interrogante, confundido. Así que le tiendo el meñique.
—Mejores amigos para siempre.
—Por supuesto, Arrietty —murmura mientras juntamos los dedos—. Eso no cambiará jamás.
«Al fin y al cabo, estamos unidos para siempre».
—Bueno, aún es pronto para llamarnos todos los días y contarnos nuestras citas, ¿eh? —lo prevengo mientras me pongo en pie—. Voy a necesitar un poco de tiempo para… asimilarlo.
Él me sacude la hierba de los vaqueros y recoge su chaqueta.
—Oh, no te preocupes, yo también. De hecho, ahora mismo me voy a mi cuarto a llorarle por teléfono a mi hermano.
Frunzo el ceño mientras regresamos a la casa.
—Vale, pero no hagas mucho ruido, ¿de acuerdo? Esta noche dormimos juntos —le aclaro ante su expresión desconcertada—, ya no quedan habitaciones libres…
Suelta un enorme suspiro antes de dedicarme una sonrisa hipócrita.
—Genial. Aplazaré mi sesión de terapia, entonces.
—Buena idea.
Nos quedamos en silencio. Caminamos uno al lado del otro, con un peso menos sobre los hombros.
Me siento ya más ligera, aunque el pecho todavía me duela.
Acabo de decirle adiós a una gran parte de mi vida.
Es aterrador. Tengo miedo de haber tomado la decisión equivocada, miedo de no volver a encontrar lo que tuve, miedo de estropear nuestra relación para siempre.
Pero cuando Andréa me da la mano, todas mis dudas se disipan al instante.
—Por cierto… ¿Has podido hablar con Ezra ?
Doy un respingo, como si me hubieran pillado in fraganti. Quiero preguntarle por qué, pero su sonrisa divertida me hace entender que ya lo sabe.
—Te lo advertí, ¿verdad?
—Oh, cállate.
—¿Qué? —se defiende antes de empezar a contar con los dedos—. Es arquitecto, así que tiene pasta. Vive en Italia, tu país soñado; no lo niegues, en ningún sitio te he visto más feliz que aquí. Le encanta viajar, como a ti. Y supongo que, objetivamente, no está nada mal…
Suelto un gruñido de frustración y me tapo la cara con las manos. ¿«No está nada mal»? Eso es un eufemismo. En Florencia, unas chicas lo abordaron porque pensaban que era un famoso.
—¡He dicho que es demasiado pronto!
—Vale, vale, tienes razón… —añade, y se pone serio—. A mí también se me hace raro.
Cuando llegamos a la casa, Clémence y Kai están besándose en el sofá. Intercambiamos una mirada cómplice y una sonrisa.
Nuestros dos amigos levantan las manos entrelazadas, radiantes.
—¡Nos hemos reconciliado!
Andréa y yo hacemos lo mismo.
—¡Hemos roto!
Se hace un silencio mientras la sonrisa se les congela. Luego:
—Ya era hora —gruñe Kai .
—Espero que esta vez lo hayas dejado tú —me suelta Clémence —. Sin ánimo de ofender, Andréa .
Mi ex frunce el ceño y ladea la cabeza.
—Un poco sí.
Nos sentamos con ellos en el sofá, Andréa en la esquina, y yo acurrucada en los brazos de Clémence . Les contamos las razones de nuestra decisión, y resulta que están de acuerdo con nosotros.
Todo este tiempo, los demás habían visto lo que nosotros no habíamos sido capaces de admitir.
—Seguimos siendo un grupo unido, ¿verdad? —se inquieta Clémence —. Esta vez no pienso tomar partido.
—Claro que sí —la tranquilizo de inmediato—. No va a cambiar nada, lo prometo.
—Sabes, si no tuviera una hermana, te habría pedido que fueras la madrina de mi bebé.
Abro la boca, entre sorprendida y emocionada. Creo que habría sido demasiada responsabilidad para mí, aunque la habría asumido encantada. La abrazo y le doy las gracias. Andréa se gira hacia Kai , con una enorme sonrisa, pero nuestro amigo hace como que no lo ve.
—Tío —lo llama—. Venga, dilo.
—¿Mmm?
—No tienes hermanos y yo estoy completamente disponible. ¿De verdad me vas a obligar a enviarte el currículum y una carta de motivación?
Kai se frota la nuca, incómodo.
—Tengo primos…
—¿Quieres pedirle a Ezra que sea el padrino? —pregunta Andréa , sorprendido.
Yo me callo, aunque pienso lo mismo. Es un detalle conmovedor, pero no estoy segura de que Ezra quiera, aunque nunca lo admitiría. Ya ha tenido que cuidar de demasiados niños en su vida. Ahora necesita ser libre.
—Tu primo no está mucho en casa —interviene Clémence —. Si nos pasara algo y nuestro bebé tuviera que vivir con su padrino, no estoy segura de que fuera lo mejor para él…
—¿Tú crees?
— Andréa lleva una vida mucho más estable —añade mi amiga mientras señala a mi ex—. Y además te lo está suplicando con la mirada como un cachorrito.
Capto enseguida lo que hace. Ha visto, igual que yo, que Ezra sería una mala elección.
—Vale, de acuerdo —suspira Kai , mientras se pellizca el puente de la nariz—. Andréa , ¿quieres ser el padrino de nuestro hijo?
Él contiene la sonrisa de oreja a oreja y saca pecho.
—Me lo pensaré.
Yo suelto una carcajada mientras Kai le manda a la mierda.