Antes #2
Olvidarlo, ojalá pudiera. Sueño con ello todas las noches. Si eso me permitiera despertarme sin ganas de tirarme por un puente… Pero no tengo ese lujo.
«¿Cómo puede pensar algo así?».
¿Cómo, después de tantos años juntos, todavía no me conoce lo bastante como para notar que a los demás les miento?
—¿Eso es lo que te molesta? —susurro, y contengo las lágrimas.
—¡Me molestan muchas cosas!
Intenta huir de la conversación hasta la cocina, pero lo sigo de cerca. El corazón me late con fuerza, porque en el fondo sé que no saldremos indemnes de esto.
Por primera vez en mucho tiempo, nos hacemos frente. Nos mostramos tal como somos, aunque la verdad duela.
—Vamos, Andréa , explícame por qué tu duelo es más legítimo que el mío, por qué soy un monstruo por reaccionar distinto, por qué…
—No he dicho eso.
—¡Pero todo en tu actitud lo grita! —exclamo, al fin desbordada—. ¡Me tratas como si estuviera loca, pero eres demasiado cobarde para decir lo que piensas de verdad!
—¿Así que es culpa mía? No quieres que te toque, te apartas cada vez que me acerco… Hablas con todo el mundo menos conmigo. ¡Ese nuevo amiguito, Pierre, sabrá más de nuestra vida y de lo que sientes que yo!
Abro la boca de par en par, herida por que me eche en cara algo así. ¿Se ha puesto alguna vez en mi lugar? ¿Cómo puede pensar en nuestra vida sexual cuando aún estamos pagando los gastos del entierro de nuestro hijo?
—Perdona si no me apetece acostarme contigo después de haber tenido un aborto, Andréa . Supongo que debe de ser durísimo para ti.
Él suelta una risa seca, irritada.
—Me haces quedar como un imbécil…
—Te las arreglas muy bien tú solo para eso, tranquilo.
¿Cómo hemos llegado a este punto? Nunca habíamos discutido ni nos habíamos insultado. Tal vez porque nunca nos habíamos enfrentado a obstáculos de verdad. Pero ya no tenemos quince años. Somos adultos, con vida de adultos y problemas de adultos.
Ya no nos entendemos. Ya no nos escuchamos.
—Ya no es lo mismo —suelta de pronto, con una voz lastimera—. Todo ha cambiado. Ya no puedes…
Retrocedo un paso, boquiabierta.
«Ya no puedes darme lo que quiero».
Eso iba a decir antes de callarse. Lo sé, lo siento, estoy segura. Lo lleva escrito en la cara. Una tristeza infinita me invade al asumir que ya no soy suficiente. Que estoy rota, y eso es lo que nos destruye.
Lo que ya nos está destruyendo.
—Dame una buena razón para quedarme —me suplica, mientras se acerca, y me pone las manos en las mejillas—. Necesito una chispa de esperanza, aunque sea mínima. Porque no puedo seguir así…
Tirito bajo su proximidad, a la vez emocionada y asustada. Quiero que me toque, pero aún no estoy preparada para soportar su contacto.
Sus palabras me rompen el corazón.
Tardo en darme cuenta de que lloro en silencio. El alma me grita que le dé lo que quiere. Podría decirle «Te quiero» y bastaría. Podría prometerle que voy a mejorar, que solo intento sobrevivir.
Pero recuerdo las palabras de su madre.
Recuerdo su sonrisa radiante cuando le anuncié que estaba embarazada.
Recuerdo sus sueños de tener una familia numerosa… y asumo la verdad: no estoy hecha para él. Jamás podré darle lo que más ansía.
Me culpo por ello, pero le culpo aún más a él por arrinconarme en mi peor momento.
«Dame tiempo», quisiera suplicarle.
Pero no puedo. No tengo fuerzas para luchar más por nada, ya lo he hecho durante bastante tiempo.
En su lugar, digo algo muy distinto.
—No pienso ir a casa de tu madre.
Me mira en silencio, y veo cómo se le empieza a caer un poco la máscara. Sus rasgos se impregnan de un dolor igual al mío, y aprieta los labios.
Cuando alza la mano hacia mí, creo que va a decir que no pasa nada, que iremos en otro momento, que lo mejor sería quedarnos juntos y pedir una pizza para cenar mientras vemos una serie de Netflix .
Pero detiene la mano en seco y se le rompe la voz al decir:
—Se acabó, Jazz… No puedo más. Me rindo. Siento que me estoy muriendo.
Me abandona, igual que nuestro bebé. Porque no soy suficiente. Porque soy incapaz de hacer algo bien. Porque lo he destrozado todo.
«De verdad creí que nada nos separaría».
Pero resulta que era muy joven. Y muy ingenua.
Lamento haberlo llevado al límite, pero le reprocho que sea demasiado cobarde para luchar por nosotros.
—¿De verdad? —pregunto en un susurro, mientras lloro a moco tendido—. ¿Vas a rendirte?
Asiente, con los dientes apretados. Intuyo que, esta vez, es el final de verdad, la última discusión, y la idea me aterra.
«¿Quién soy sin Andréa ? ¿A dónde voy, sin él?».
Ni siquiera sé si soy capaz de vivir sola, y menos aún en este estado.
—Entonces vete.
De pronto, no soporto verlo. Estoy herida, enfadada, decepcionada. Quiero romperlo todo, llorar hasta quedarme dormida, huir de esta ciudad maldita.
Quiero que sufra como sufro yo.
Así que me vuelvo como un huracán dentro del estudio y recojo sus cosas para lanzárselas a la cara. Todo: vaqueros, calcetines, cómics… Él no hace nada por evitarlo. Yo lo insulto a gritos, rota por los sollozos que me ahogan.
—¡Vete, si te rindes! ¡Y no vuelvas!
Permanece quieto unos segundos, con los puños apretados. Tengo la mínima esperanza de que cambie de idea, de que diga «Te quiero», porque siempre es lo que nos decimos tras cada discusión.
«Nunca nos acostábamos enfadados».
Pero cuando Andréa por fin se mueve, es para salir por la puerta del piso sin mirar atrás.
Me derrumbo sobre el parqué.
Sigo acurrucada en la cama cuando Andréa vuelve a primera hora de la mañana. No he pegado ojo.
No me muevo al oírle guardar sus cosas en cajas y bajarlas poco a poco a la calle. Entiendo que no ha cambiado de opinión. Ha venido a recoger la ropa y el resto de sus pertenencias.
Es absurdo, pero de pronto me asaltan preguntas ridículas:
«¿Quién de los dos se quedará la cuenta de Netflix ? ¿Quién se quedará con la mesa y la tele? ¿Cómo voy a pagar yo sola el alquiler?».
Me levanto para verle una última vez, con los ojos rojos e hinchados. Hago el esfuerzo de bajar al portal cuando Andréa cierra el maletero con las llaves del coche en la mano.
No se atreve a mirarme de frente cuando murmura:
—Cuídate, Jazz.
No paro de llorar. Sigo llorando cuando arranca… y aun después de que desaparezca al girar la esquina.
Soy completamente consciente de la ruptura cuando me veo sola en el sofá, en mitad de un piso vacío.
—Lo siento.
«Eso es lo que debería haberle dicho».