Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Antes
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Antes

Jasmine

París, Francia

Mi madre piensa que el primer amor dura para siempre. Mi padre opina que existe para servirnos de lección.

Yo solo tengo veintiún años, pero ya sé que los dos tienen razón. El primer amor es eterno porque simboliza algo… pero cuando acaba, duele tanto que nos marca a fuego.

Cuando regreso al piso tras otra jornada deprimente, Andréa me espera de pie en el salón. No me sorprende, sabía que sería así.

Llego tarde y el móvil se me ha quedado sin batería.

—¿Dónde estabas?

No me gusta ese tono acusatorio, ni el gesto furioso que le cambia los rasgos.

—Hola a ti también —replico con sequedad, mientras me quito la chaqueta.

Son las primeras palabras que nos dirigimos en todo el día. Por la mañana, Andréa sale cuando yo todavía duermo. Intuyo que lo hace porque no sabe cómo comportarse a mi lado.

«Nunca había sido así».

Antes… de Aciano .

El corazón me duele, pero no sé cómo decírselo ni cómo mostrárselo. Han pasado ya varios meses desde el día más traumático de mi vida.

Aún sueño con ello todas las noches.

Me veo sola en aquella sala fría. Me veo empujando y gritando como si me fuera a partir en dos. Me veo llorando sin control cuando me anunciaron que era demasiado tarde, que mi bebé había muerto… pero que aún tenía que sacarlo. Que no podía quedarse dentro, a salvo.

El peligro era yo. Mi cuerpo lo rechazaba, mi cuerpo era inhabitable.

Pero, sobre todo, lo recuerdo a él. Su cuerpecito entre mis brazos, con los ojos cerrados.

En silencio.

A veces, el sueño cambia. A veces soy yo la que muere en su lugar.

A veces me despierto y pienso que ojalá fuera real.

La psiquiatra dice que es estrés postraumático. También dice que sufro depresión posparto. Sé que tiene razón, pero soy incapaz de contárselo a Andréa . No lo entendería. Él no estuvo conmigo aquella noche, no vio cómo acabé.

—La cena está fría —lanza él cuando abro el frigorífico medio vacío—. Te he esperado, Jasmine .

« Jasmine . No Jazz, ni Arrietty».

Hace mucho que no oigo esos apodos. Últimamente es siempre Jasmine por aquí, Jasmine por allá. Y cada vez que me habla es para reprocharme algo.

No le culpo, yo hago lo mismo.

No me quedan fuerzas para hacer otra cosa. Ni siquiera sé de dónde saco la energía para discutir con él cada noche.

—Te mandé un mensaje para avisarte de que llegaría tarde. No es mi culpa si me dejas en visto.

Le tiembla la mandíbula como si apretara demasiado los dientes. Aparta la mirada para suspirar, y le conozco lo bastante para saber que se está conteniendo. Lleva meses con una rabia acumulada que no llega a estallar.

Yo sé fingir, él sabe tragarse las cosas.

«Somos incapaces de comunicarnos».

Solo ahora me doy cuenta de que nunca habíamos afrontado un problema en nuestra relación. Ni siquiera sé cómo se hace.

—Son las diez —responde Andréa , que me corta el paso hacia el salón—. ¿Quieres que me crea que tenías clase? ¿A estas horas?

Cierro los ojos, agotada. ¿Qué quiere que le diga? ¿Que no quise volver enseguida porque la idea de regresar a este piso mugriento, lleno de las cosas del bebé que aún no hemos tenido el valor de tirar, me superaba?

No quería llorar en la ducha esta noche.

No quería cenar en silencio a su lado.

No quería discutir.

«Pero parece que esto último es inevitable».

—Me he tomado una copa antes de volver. ¿No está permitido?

Le aparto de un empujón, irritada. Andréa me pregunta con quién. No respondo de inmediato, porque me niego a mentirle. Pero sé de sobra cómo reaccionará ante la verdad. Muy mal.

—Con Pierre.

No le veo la cara, porque le doy la espalda mientras me quito los zapatos. Pero de pronto un ruido brutal me hace dar un salto. Me giro a tiempo de verle dar una patada a la mesa baja.

Me quedo inmóvil, petrificada.

—¡Joder, Jasmine ! —grita—. ¡Te he pedido una sola cosa, una sola!

Cruzo los brazos, a la defensiva. Andréa es un hombre celoso, con problemas para controlar la ira. Y parece haber empeorado desde… el nacimiento de Aciano .

Me pregunta constantemente dónde estoy, con quién y qué hago.

Hace un mes descubrió que me había acercado a Pierre, un compañero de trabajo. Desde entonces está convencido de que quiere acostarse conmigo.

Por más que le repito que no le engaño, que Pierre no es más que un amigo, se niega a escucharlo. Así que me pidió que lo evitara. Le prometí no volver a verlo a solas fuera del trabajo, para no debilitar aún más nuestra relación.

Pero esta noche ha sido distinto.

—Necesitaba verme —me defiendo—. Solo tomamos una copa y me fui. ¡Deja de montar un drama por todo, joder!

Andréa sacude la cabeza mientras da vueltas por la habitación con los puños apretados.

—¿Necesitaba verte? ¿Para qué, exactamente?

—¡Está pasando un duelo, imbécil! —le suelto con una mirada fulminante—. Acaba de perder a su hermana.

Mi novio se detiene para asimilar la noticia. No se disculpa. No retira lo que ha dicho. En lugar de eso, entrecierra los ojos para preguntarme si le he contado a Pierre lo que nos ha pasado.

Niego con la cabeza, incapaz de abrir la boca.

—Ya basta, teniente Colombo —declaro con frialdad—. No tienes ningún derecho a acusarme sin pruebas solo porque llego un poco tarde. Aún tengo derecho a tener amigos. ¿O mi vida tiene que girar solo en torno a ti, a ti y a ti?

Jamás me había atrevido a hablarle así. Veo que a él también le sorprende, y sin embargo llevamos semanas en ese mismo bucle. Discusión tras discusión. Reproche tras reproche.

«Llevo meses sin sonreír».

Creo que ya no me acuerdo ni de cómo se hace.

—¿Crees que me divierte? —replica Andréa con el mismo tono—. ¿Crees que me gusta esperarte aquí como un imbécil? ¿Torturarme mientras me imagino lo peor?

—Nunca te he dado razones para sospechar de mí, no sé por qué…

—¡Porque ya no me hablas! —ruge de pronto—. Vivo con un puto fantasma. Solo me diriges la palabra para discutir. No aguanto más, Jasmine … Necesito respirar. Tengo que irme.

«Yo también necesito respirar. Yo también quiero irme». Pero estoy atrapada aquí, en una ciudad que apenas conozco, en un máster que no me entusiasma, con una depresión doble y un novio que ya no parece quererme.

Debí seguir mis sueños. Debí marcharme a los dieciocho, debí haber escuchado a mi corazón.

Ser libre.

—Entonces vete a casa de tu madre —le propongo—. Quédate unos días.

Sé que no hace más que esperar esa oportunidad. No deja de intentar convencerme para ir a casa de sus padres, con la excusa de que están preocupados.

Me contengo de recordarle que sus padres se preocupan por él, no por mí. No lo sabe, pero lo escuché. Hace dos días, mientras hablaba por teléfono con su madre. Hablaban de mí. De mi duelo perinatal. De mi útero. De mi capacidad para hacerlo feliz.

—Jazz… —suspira Andréa , con una mirada de súplica—. Ven conmigo, por favor. Es fin de año… Lo necesitamos.

Detesto que me diga lo que necesito cuando no tiene ni idea. Todo lo que quiero es silencio.

—Lo que no necesito es oír a tu madre repetir que fue culpa mía que perdiera a mi bebé, Andréa .

He hablado con más frialdad de la que pretendía, pero no me disculpo. Tiene que escucharlo, aunque tengamos que discutir por cuarta vez esta semana.

«Déjala mientras seáis jóvenes», le dijo su madre por teléfono. «Vete mientras aún tengas tiempo. Ya nada te une a Jasmine ».

Esas frases me taladran la cabeza, crueles pero sinceras. Quise gritar que estaba equivocada, que él y yo estamos unidos para siempre.

«Que mi hijo esté muerto no significa que nunca haya existido».

Andréa y yo seguimos siendo sus padres, le guste o no.

—Nadie piensa eso, ¡eres tú sola la que lo tiene en la cabeza! —me acusa con saña.

—La oí al teléfono; te dijo que era «una señal de la vida», que nunca serías feliz si yo no podía darte hijos. Que «no estoy hecha para eso».

Andréa abre la boca, atónito y con un punto de vergüenza. Mejor. Debería sentirla. Aunque su madre tiene razón en una cosa: no estoy hecha para eso. Nunca lo estuve, y lo intuía; intenté hacérselo entender desde que empecé a dudar.

Me dejé tentar porque lo amo con locura. Porque pensé que nos haría aún más felices. Porque creí lo que todo el mundo me repetía sin cesar: «Cuando encuentres al adecuado, cambiarás de idea».

Tonterías. Me di cuenta de mi error a los tres meses de embarazo. Me machaqué por pensarlo, mientras la vida de mi hijo crecía dentro de mí.

Pero seguía sin querer ser madre.

Le quería. Hasta moriría por él.

Así que cuando me desperté con sangre entre las piernas, lo supe. Era responsable. Era culpa mía si el cielo había decidido arrebatármelo. Lo había pensado con demasiada fuerza, y alguien allí arriba me había escuchado.

Pero no podía decirle algo así a Andréa , me negaba a que supiera que soy un monstruo. No podía confesarle el alivio que sentí, en el fondo, cuando me dijeron que no podría volver a tener hijos sin riesgo.

«Nunca más. Nunca más quiero pasar por eso».

Así que pongo buena cara. Finjo que no lloro cada día. Aparento estar bien porque es más fácil fingir que me he curado.

Andréa quiere contárselo a la gente, liberarse.

«Pero si yo lo digo en voz alta, me derrumbo».

—Mi madre no sabe lo que dice —la defiende, mientras se pellizca el puente de la nariz—. Pero… No, nada.

—¿Pero qué? Has empezado; termina.

Evidentemente deseaba soltarlo, porque no necesita que le insista para acabar por confesar:

—No eres la única que lo está pasando mal, Jasmine . Yo también he perdido a un bebé.

Siempre lo mismo. La misma cantinela, una y otra vez, las mismas discusiones con idéntico desenlace. Empiezo a pensar que el amor no siempre basta, porque por mucho que lo ame con locura, solo quiero una cosa: que me deje en paz.

—No sé qué esperas de mí, Andréa .

—¡Quiero que muestres aunque sea un poco de emoción, joder! —ruge tan fuerte que doy un paso atrás—. ¿Por qué soy el único que quiere hablar de ello? ¿Por qué sonríes a todas horas como si todo estuviera bien? ¿Cómo puedes reír, cómo puedes… olvidarlo tan rápido?

Es como una bofetada en la cara, un gancho en el último asalto. Me ha dejado KO con una sola frase y apenas logro respirar tras el impacto.