Capítulo 28
Andréa
Monticchiello , Italia
El ambiente es frío.
Los padres de Ezra han llegado hace tres horas y seguimos todos reunidos alrededor de la mesa del jardín.
Ezra sonríe, pero lo conozco lo suficiente como para saber que no está cómodo.
Supongo que habría preferido evitar la visita sorpresa de su familia, que dice haber hecho un desvío antes de llegar a Cinque Terre , ya que Kai estaba aquí.
Él y Clémence siguen sin dirigirse la palabra. Y Jasmine …
« Jasmine está ausente».
¿Habrá pasado algo entre Ezra y ella?
La imagen de ambos, uno frente al otro, con las manos entrelazadas en la arcilla húmeda, me vuelve a la mente.
Era como una escena de Ghost , solo que sin la música sensual.
No intentaba espiarlos, los he sorprendido por casualidad cuando intentaba quedarme solo para llamar a Zélie .
Apenas me he quedado unos segundos, pero han bastado para abrirme los ojos a lo que me negaba a ver hasta entonces.
Sabía que a Ezra le gustaba Jasmine .
Lo que no sabía, en cambio, era que fuese recíproco.
—¿De cuánto tiempo estás embarazada? —pregunta la madre de Ezra a Clémence .
Ella responde con cortesía. Se enfrascan en una charla con Eri, la hermana de Ezra , que ha venido con su hija de cuatro años.
Mientras tanto, sirvo el marisco a los invitados. A mi lado, noto cómo Jasmine busca con angustia la mirada de nuestro anfitrión.
«Definitivamente, ha pasado algo».
Debería enfadarme. Apartarla ahora mismo y pedirle explicaciones. Pegarle un puñetazo a Ezra , acusarlo de querer robarme la novia.
Debería, al menos, sentirme destrozado, ¿no?
Jasmine suspira por otro. Y no por cualquiera. Eso me entristece un poco, sí, pero… no tanto como debería.
«¿Será por eso que, inconscientemente, intento empujarlos el uno hacia el otro?».
—¿Habéis pensado en mudaros a una casa grande ? —pregunta la madre de Ezra .
Clémence aprieta los labios.
—Por desgracia no, ya que mi marido está en paro.
Kai se revuelve en la silla, incómodo.
—No tiene nada de malo —se defiende—. Estoy en un periodo de transición, oba, † nada más.
—Claro. Ya se lo dirás a tu hijo cuando no tengamos para los pañales, seguro que entiende perfectamente tu situación.
Le hago señas a Ezra para rogarle que haga algo, lo que sea, que aligere la conversación. Se aclara la garganta y sirve una copa a su padre mientras pregunta:
—¿Por qué habéis venido? Creía que odiabais Italia, ya que nunca venís a verme.
Percibo un matiz de rencor en su voz, o de tristeza. No conozco bien su situación familiar, pero Kai siempre me dijo que era complicada.
—Tu primo estaba aquí, así que hemos querido aprovechar —responde su madre, mientras le sonríe a mi amigo—. Eres tú quien nunca viene a visitarnos… Tu hermano está un poco decepcionado, ¿sabes? Te echa de menos.
—¿Cuál de ellos?
—Ya sabes cuál.
Ezra deja escapar una sonrisa amarga, y murmura entre dientes:
—Como si no tuviera otros tres…
—¿Perdona?
—También echo de menos a Kenji —suspira en vez de repetir—. Lo llamo tantas veces como puedo. ¿Por qué no ha venido con vosotros, por cierto?
Jasmine come en silencio a mi lado, y todos parecen olvidarse de su presencia.
—¡Ah, no! —responde con viveza la madre de Ezra —. Es demasiado complicado, lo dejé con Sana. ¿Te lo imaginas subido a un avión?
Ezra aprieta los dientes y se encoge de hombros. Parece a punto de estallar, y temo que lo haga delante de todos si sus padres siguen.
—No lo sé, puesto que nunca lo ha intentado.
—Le daría demasiado miedo —añade su padre—. No hay que forzarlo. ¿Y si le diera una crisis en pleno vuelo, eh?
Al final, mi amigo se rinde, consciente de que nunca tendrá la última palabra. Su padre insiste en que debería haberse quedado en Francia, más cerca de ellos.
Cuando Ezra les pregunta si tanto lo echan de menos, su madre responde:
—¡Podrías haber pensado en tu hermano! La familia es la familia. Fuiste el único egoísta que se largó en cuanto tuvo la oportunidad.
Esta vez, Ezra se queda inmóvil. Noto cómo el ambiente a nuestro alrededor cambia, una señal de lo que está a punto de suceder. Jasmine lo percibe también, porque abre la boca para elogiar la comida. Lamentablemente, Ezra la corta con voz sombría:
—¿Yo, egoísta? ¿Creéis que no hice lo suficiente por esta familia?
Su padre pone los ojos en blanco, como si su hijo estuviera teniendo una rabieta infantil. Se esfuerza en repetir lo ingratos que son los hijos, y se apoya en el hecho de que Ezra los abandonó en cuanto tuvo ocasión.
—No es un reproche —asegura su madre—. Ser egoísta no es necesariamente algo malo.
«Sin embargo, suena mucho a reproche», pienso sin atreverme a decirlo en voz alta.
Las palabras de sus padres resultan cuanto menos contradictorias. Ezra deja escapar una mueca fría y triste a la vez, con la mirada perdida en la nada.
—¿Os habéis puesto de acuerdo para arruinarme el día, o qué?
Jasmine hunde los hombros a mi lado, como si se sintiera culpable de algo. Entiendo que la paciencia de Ezra pende de un hilo, un hilo que mi novia ya ha puesto hoy demasiado a prueba.
Es la gota que colma el vaso. Se le junta todo… y estalla.
—He criado a vuestros hijos —suelta alzando la voz—. ¿Eso es ser egoísta?
—¿Perdona? —se ofende su madre, que le exige que se disculpe de inmediato.
—Kenji necesitaba más atención, más esfuerzo, y es normal. Fue duro, todavía lo es, lo sé. Pero teníais más hijos, okāsan. †
Se le quiebra la voz al decir esa última palabra, y lo noto en lo más hondo. Kai le pone una mano en el brazo, en señal de apoyo, pero Ezra ni siquiera parece darse cuenta. Ante nuestra expresión de desolación, abre las compuertas y deja salir todo lo que llevaba dentro:
—Siempre presumes de tener hijos obedientes, discretos, que nunca piden nada, que nunca dan problemas.
¿Sabes por qué? Porque es a mí a quien Eri pide dinero cuando se queda sin un céntimo.
Es a mí a quien llama Hiro desde comisaría cuando lo detienen tras una pelea en una discoteca.
Es en mi hombro donde llora Yuna cuando su novio la engaña.
Incluso ahora, a quinientos treinta y seis kilómetros de distancia, todavía me ocupo de ellos.
Esta vez, sus padres guardan silencio. Algo aturdidos, se limitan a mirarlo mientras digieren lo que acaba de revelar.
Ezra sacude la cabeza, de pronto incómodo por haber hablado de más.
—Nadie se ocupó de mí, y nunca me quejé. Así que sí, perdón si me niego a que me llamen egoísta.
Dicho esto, Ezra se levanta de la mesa y desaparece en el interior de la casa. Nadie se mueve durante unos segundos. Todos estamos atónitos por lo que acaba de ocurrir.
Noto que Jasmine hace ademán de levantarse, pero se lo piensa mejor. Kai se da cuenta y va en su lugar.
—¿Qué? —me suelta ella al ver que la observo.
—Yo no he dicho nada.
Clémence intenta arreglar la situación retomando la conversación con Eri.
Los padres no abren la boca, y pienso que se sienten incómodos.
La madre reprime las lágrimas y come en silencio.
Estoy a punto de hacerle una pregunta cuando noto que alguien me tira de la manga de la camisa.
Miro hacia abajo y me encuentro con una cabecita morena.
La sobrina de Ezra me sonríe radiante, vestida con un traje de princesa verde. Creo recordar que se llama Sora.
—Hola —la saludo con torpeza—. ¡Guau! ¿Eres una princesa?
—¡Sí, el sapo!
Se refiere a la película de Tiana y el sapo, lo cual me divierte. Su madre nos explica que le compró el disfraz para su cumpleaños y que desde entonces se niega a quitárselo. Quiere llevarlo al colegio, de compras, a todas partes. Su padre aún protesta, pero Eri la deja hacer.
—Si mi hija quiere ser una princesa, entonces será una princesa —dice, bajo la mirada desaprobadora de sus padres.
—¿Y tu corona dónde está? —pregunto a Sora. Ella parece pensárselo, y escudriña los alrededores.
—Está… ¡en mi casa!
Echo una ojeada en la dirección a la que señala, muy lejos, entre las colinas toscanas.
—Ah, vaya, nos viene un poco mal ir a por ella. Qué pena.
Se encoge de hombros y eso me hace reír. Adorable. Supongo que le caigo bien, porque no se despega de mí en toda la tarde. Eri intenta llamarla, pero le digo que no me molesta. Al contrario, me encantan los niños.
Sora acaba sentada en mis rodillas, ocupada en contarme la última película que ha visto. Creo que intenta resumirme Monstruos S. A. —«el mosssstro verde»—, aunque bien podría ser Shrek…
—Es raro que se encariñe tan rápido con alguien —se sorprende Eri mientras servimos el postre—. Parece que le gustas mucho.
—Estoy acostumbrado, por eso será.
—¿Ah, sí? ¿Tenéis hijos? —sonríe Eri, mientras nos mira a Jasmine y a mí—. ¿Cuántos?
El ambiente cambia a nuestro alrededor. Clémence abre los ojos de par en par y siento que Jasmine se tensa a mi lado. Antes de que pueda contestar, ella dice con suavidad:
—Uno solo.
—¿Un niño o una niña?
—Un niño —susurro, mientras intento controlar el pulso.
—¡Oh, siempre quise tener un pequeñín! —se entusiasma Eri—. ¿Qué edad tiene? ¿No ha venido con vosotros?
«Es demasiado duro». ¿Cómo lo hace la gente, joder?
Por sorprendente que parezca, Jasmine sigue sonriendo al responder:
—Tres años.
No contesta al resto, pero la hermana de Ezra no insiste. Para cambiar de tema, digo que siempre he estado rodeado de críos, al venir de una familia numerosa.
Sora termina por quejarse de que no le presto atención, así que me concentro en escuchar el final de su historia. Ezra aún no ha vuelto. Cuando su primo reaparece, sacude la cabeza discretamente.
— Ezra ha preparado vuestras habitaciones arriba —anuncia—. Se ha ido a dormir temprano, estaba agotado.
Nadie se lo cree, pero nadie lo contradice.
Supongo que ha sido un día de mierda para todos.
Excepto para Sora, que sigue dedicándome sonrisas radiantes.
Me toma de la mano para llevarme al salón, donde saca todos sus juguetes del bolso cambiador.
Así me paso la noche: inventando historias con Playmobil mientras los adultos conversan.
«Y, aun así, me encanta».
Sora ríe a carcajadas cada vez que digo una tontería o hago una imitación cutre.
—¿Es una reunión privada o me dejáis sentarme con vosotros?
Levanto los ojos hacia Jasmine y la observo agacharse a nuestro lado. Consulto a Sora con la mirada, quien duda un instante antes de asentir.
— You’re in —le susurro al oído a mi novia.
Ella sonríe y hace un gesto de victoria. Sora le da unos personajes y le explica la situación en curso. Yo mismo apenas logro seguir el hilo.
Jugamos tranquilamente, y por un instante me dejo convencer: me imagino que somos nosotros dentro de diez años, con un nuevo bebé.
Entiendo que en realidad nunca abandoné esa idea.
Creía haber pasado el duelo, pero no era más que una trampa que me había puesto yo mismo. Todo este tiempo, en el fondo, esperaba que Jasmine cambiara de opinión… pero eso no ocurrirá.
Al menos, no tengo ninguna certeza.
Y no puedo esperar indefinidamente hasta que sea demasiado tarde. Si lo hiciera, llegaría un día en que acabaría por culparla de haberme jodido la vida.
«Y eso es lo último que quiero».
—¿Crees que podríamos haber sido nosotros? —pregunto en voz baja.
Jasmine sonríe con tristeza. Trato de imaginar cómo sería nuestro hijo hoy. Con el pelo oscuro, seguro. Con los ojos rasgados de su madre, eso espero. Quizá con mi sonrisa burlona.
—Probablemente.
—Pero eso no te da ganas de…
Ella frunce el ceño, y busca las palabras adecuadas para explicar lo que siente.
—No digo que no me hubiera gustado —confiesa en un murmullo—. Si nuestro hijo hubiera estado aquí, lo habría querido más que a nada, más que a nadie. Habría recibido todo el amor del mundo, y más todavía.
—¿Pero?
Se encoge de hombros mientras se enjuga una lágrima que se le escapa.
—Pero yo habría sido una mujer y una esposa infeliz —admite—. No tengo ni las ganas de tener un hijo ni la paciencia necesaria para criarlo. Quizá sea egoísta, pero es mi decisión. Y ahora tienes que respetarla.
Asiento, y le doy la mano.
—Lo he entendido, Jazz. De verdad, esta vez sí.
No se me rompe el corazón. En el fondo, aunque aún no me atreva a decirlo en voz alta, ya he tomado una decisión.
Y cuando la miro esta noche directamente a los ojos…
«Tengo la sensación de que ella también».
* ‘Tata’, en japonés.
† ‘Mamá’ en japonés.