Capítulo 27 #2
Recoge la arcilla y forma de nuevo una bola entre las manos, sin mostrar desánimo pese al fracaso. Yo arrastro una silla para sentarme frente a él mientras contempla la masa informe con un suspiro de abatimiento. Sé lo que se siente, yo también he pasado por eso.
Por eso le digo:
—¿Quieres que te enseñe cómo se hace?
Ezra arquea una ceja; unos mechones de pelo le tapan los ojos. Como tiene las manos manchadas, me inclino para colocárselos detrás de la oreja. Noto cómo se tensa cuando le toco.
—¿Tú sabes hacerlo? —pregunta mientras le quito el delantal.
Le paso la prenda por encima de la cabeza y me la pongo yo, con las piernas abiertas a cada lado de la mesa circular que nos separa.
—Llevo haciéndolo desde que iba al instituto. ¿Qué te parece si hacemos un jarrón?
Él asiente, mientras observa mis movimientos. Cojo la arcilla, me tomo mi tiempo para amasarla bien y la lanzo sobre el torno.
Ezra se ríe un poco cuando le doy una palmada algo lasciva a la masa.
—Deja de ligar conmigo, Sophie …
Me tiende una esponja empapada en agua que exprimo sobre la pequeña montaña de color gris pardo.
—La clave está en tratarla con cariño.
Coloco las manos en forma de cuenco alrededor de la arcilla y luego hago un hueco en el centro con el pulgar. Me gusta la sensación al contacto con los dedos, la destreza que requiere cuando la bola se alarga en un cilindro firme.
Todo el mundo considera esta afición muy sensual, y lo entiendo: más allá de las formas fálicas que hacen reír a los inmaduros, hay que acariciar la arcilla con las manos, y trabajarla de arriba abajo con lentitud, un poco como en el acto sexual.
Es a la vez íntimo y relajante.
—¿Cómo consigues que los bordes te queden tan simétricos? —murmura Ezra , mientras se inclina para ver mejor.
Le enseño a usar la esponja y los demás utensilios que sirven para alisar la pieza y evitar imperfecciones.
—Toma, prueba.
Ezra entrelaza las manos con las mías, concentrado. Lo guío de forma natural, y entrelazo los dedos con los suyos. Nos rozamos con la mejilla y se nos engancha el pelo por la electricidad mientras trabajamos en silencio.
Solo el canto de los pájaros en la ventana nos interrumpe de vez en cuando.
—No presiones tanto con el dedo —le aconsejo, mientras le cubro las manos con las mías—. Mira… Tienes que ser más ligero, más suave.
Sonríe, y cuando le pregunto qué le hace gracia, sacude la cabeza.
—Nada, iba a soltar una broma subida de tono bastante mala.
Le lanzo una mirada fulminante, lo que solo acentúa su media sonrisa.
—No me creo que consigas ligar así.
—Y sin embargo, ya he demostrado con creces que tengo mucho éxito —dice, para recordarme aquellas clases de seducción. Parece que fue ayer y, a la vez, siento que ha pasado una eternidad. Pensé que era un donjuán, pero hoy… sé que es mucho más que eso.
—Es verdad. Yo soy la prueba viviente, ¿no? —respondo con un tono falsamente coqueto.
Acerca el dedo, cubierto de barro húmedo, para apartarme un mechón de pelo que tengo atrapado entre los labios. Cruzamos la mirada por encima del torno y…
¿Me estoy notando el corazón?
Trato de acallarlo, pero sigue acelerado por estar tan cerca de Ezra , y no sé muy bien lo que significa.
—No deberías mirarme así —murmura en un ruego—. Es cruel, incluso aunque venga de ti.
Cuando me mira la boca, me sale echarme hacia atrás.
—¿Perdona?
—Ni siquiera te das cuenta de lo que me estás haciendo —suspira, aunque se ríe, y adivino que ya no bromea en absoluto—. No es justo.
Estoy tan estupefacta que no sé qué responder. Parpadeo mientras él me espera, herido.
Así que Andréa tenía razón, al fin y al cabo.
« Ezra … siente algo por mí». ¿Y yo todo este tiempo no he hecho más que coquetear con él porque pensaba que era solo un juego? Imposible.
—Por tu cara, entiendo que tenía razón desde el principio —murmura para sí mismo—. No era más que un sueño, nada más.
Su última frase me sacude como una descarga eléctrica. De repente, sin poder evitarlo, vuelvo a unas semanas antes, a la oscuridad de una habitación en Venecia.
«Si es un sueño, es el mejor hasta ahora».
Ezra se levanta para irse, pero le agarro del brazo. Me tiemblan las manos por el impacto del recuerdo que me atraviesa de lleno.
—Repite lo que acabas de decir.
—¿Por qué?
Le suplico con la mirada, presa del pánico. Me invade un mal presentimiento que no me suelta, y necesito estar segura.
Ezra deja escapar un suspiro resignado, y luego dice:
—A veces sueño… contigo.
«Oh, no. Oh, no, no, no».
Le suelto como si me hubiera quemado, con la mano sobre el corazón. Apenas logro respirar por el shock . Me he equivocado. He cometido una cagada enorme y no sé cómo arreglarla, ni siquiera cómo afrontarla.
«¿Cómo es posible?».
El sabor de su lengua, su boca en mis pechos, sus dedos largos entre mis muslos…
Su cuerpo me parecía diferente, su voz sonaba tan distinta, y yo no pensé ni un segundo que esa persona… no fuera Andréa .
—¿Eras tú? —murmuro—. Aquella noche, en la habitación de Andréa , en Venecia… ¿eras tú?
Ezra se queda helado, con los ojos muy abiertos. En su mirada descubro esperanza mezclada con una gran desconfianza. Al instante me doy cuenta de que tengo razón y el estómago se me retuerce de angustia.
—¿Entonces fue real? —susurra.
«¿Cómo pude confundirlos?».
Repaso en la cabeza los días siguientes, la reacción de Andréa , sus disculpas…
Se sentía culpable por haberme besado en la puerta de casa, nada más. Era él quien dormía en el sofá, no Ezra . Y yo estaba demasiado borracha para darme cuenta.
—Yo… No, no puede ser… Yo pensaba…
Me callo, incapaz de expresar lo que me pasa por la mente. Pero no hace falta que termine: Ezra lo entiende enseguida. Se viene abajo y traga saliva con dificultad.
—Espera… ¿tú pensabas que era Andréa ? ¿Todo este tiempo?
Mi silencio grita la verdad. Quiero preguntarle por qué dormía en una habitación que no era la suya, por qué no me lo dijo antes, pero comprendo que fue mi error, no el suyo.
«Fui yo quien le pidió fingir que no había pasado nada».
Mi amigo parece en shock durante unos segundos.
—¿Lo haces a propósito porque te arrepientes? —me interroga con expresión dolida—. Lo entiendo, Jasmine . Lo has elegido a él. No tengo intención de contárselo a Andréa , y mucho menos de separaros. Pero fingir…
—¡No miento, lo juro! Era la habitación de Andréa . ¿Cómo iba a saber que eras tú?
Ezra me explica que, cuando volvió de la fiesta aquella noche, Andréa se había quedado dormido frente al televisor. No se atrevió a moverlo del sofá, así que se metió en su cama.
Me tapo la cara con las manos, avergonzada por haber cometido semejante error.
— Ezra , yo… No lo sabía. Perdón.
Su risa seca me demuestra que, esta vez, está realmente enfadado. No puedo culparle. Ahora que tengo toda la información, entiendo por qué pensó que yo estaba jugando con él.
Le pedí que fingiera ser mi novio para poner celoso a mi ex, luego que me enseñara a ligar, más tarde me metí en su cama… y, para rematar, volví con Andréa sin dar una sola explicación.
—¿De verdad? —me espeta Ezra , mientras se acerca—. ¿De verdad mis labios sabían igual que los suyos, Jazz? ¿Mis manos entre tus muslos eran igual de suaves? ¿Mi lengua susurraba los mismos secretos que la suya cuando recorría tu piel?
Soy incapaz de calmarme; el corazón me retumba desbocado en el pecho. Le pongo los puños en el torso, incapaz de soportar su cercanía en un momento así.
Me avergüenza darme cuenta de que estoy temblando.
Y aún más recordar lo mucho que me gustó, lo distinto y excitante que fue…
—Lo siento —repito, mientras miro hacia abajo.
—¿Por qué? ¿Por haberme besado por error o por romperme el corazón?
Le empujo con firmeza, atrapada.
—¿Yo, romperte el corazón? Oh, por favor. Como si a ti te importara. Todo esto te da igual. Saltas de chica en chica con la excusa de que buscas el amor, pero lo único que quieres es fo…
—¡Salto de chica en chica para buscarte a ti! —grita—. ¿Qué te crees, Jasmine ? Sí, estoy celoso, claro que estoy celoso. ¡Llevo dos meses viéndote llorar, coquetear, esperarlo a él cuando es evidente que lo vuestro está acabado, pero estás demasiado cagada de miedo para admitirlo!
Sacudo la cabeza, completamente perdida. Quiero decirle que se equivoca, que no está enamorado de mí, que no me conoce. Sobre todo quiero decirle que yo no siento nada por él, pero las palabras se me atascan en la garganta.
—¿Chicos?
Nos giramos los dos hacia Kai , en la entrada del taller, que hace una mueca por habernos interrumpido. El miedo me invade al instante. ¿Habrá oído algo?
— Ezra , creo que deberías venir a ver quién acaba de llamar a la puerta…
—Ahora no, estoy en plena conversación.
—Pero son tus padres —insiste Kai —. Te esperan en el salón.