Capítulo 27
Jasmine
Monticchiello , Italia
—No he entendido nada —confiesa Clémence al terminar de ver El castillo ambulante.
Como estaba ocupada en ignorar a su marido, le he propuesto ver una de mis películas favoritas de Ghibli para relajarse un poco. Pero Clémence no ha hecho más que lanzar preguntas durante las dos horas que dura, preguntas para las que ni siquiera yo tenía respuestas.
—Es normal —responde Ezra al pasar por detrás del sofá—. Nadie ha entendido nunca esa película, aunque muchos lo intenten.
Lo fulmino con la mirada, a pesar de que tenga razón. Hay un cierto genio incomprendido detrás de cada película de Ghibli; es parte de su encanto.
—Howl la estaba esperando todo ese tiempo —le explico con los ojos brillantes—. Ella volvió al pasado para decirle que la esperara. ¡Por eso, cuando se encuentran, él le dice: «Te he estado buscando por todas partes»!
Me seco una lágrima de emoción, lo que hace reír a Ezra . Me vuelvo hacia él, herida porque se burla de mi sensibilidad.
—¿No te parece romántico?
La sonrisa se le desvanece y asiente apenas, con la mirada perdida.
—Sí. Pero esperar es duro… Sobre todo, cuando no tienes ninguna certeza de que el afecto sea recíproco.
—¿Y por qué se transforma en pájaro? —pregunta Clémence , con el ceño fruncido—. ¿Y por qué Sophie oscilaba entre su yo viejo y su yo joven?
Empiezo a explicarle las teorías que se han planteado mil veces al respecto, pero parece perderse enseguida porque me corta diciendo que es demasiado complicado.
«Así que resulta un fracaso rotundo».
Le pido a Ezra que me pase el mando a distancia, que está en la repisa de la chimenea. Va desnudo de cintura para arriba; solo lleva un bañador negro.
Por eso me llama tanto la atención su nuevo tatuaje. Releo la frase que ya había visto tantas veces, pero solo ahora me golpea con fuerza.
« A heart’s a heavy burden ».
‘Un corazón es una carga pesada’.
¡Claro! Por eso me resultaba tan familiar esa cita: la ha sacado de El castillo ambulante. Supongo que es su peli favorita de Ghibli… De ahí que le pusiera tan feliz que lo comparara con Howl.
—Ah, por cierto —nos interrumpe Ezra —. Toma.
No entiendo qué quiere decir hasta que me agarra con delicadeza la muñeca entre los dedos. Atónita, reconozco enseguida lo que me está poniendo.
«Un brazalete de la amistad».
Es de color verde manzana, absolutamente precioso, con mi nombre escrito en el centro, rodeado de dos cuentas cuya forma hace que el corazón se me acelere.
Un sol y un pájaro.
—Te dije que lo haría, ¿no? —sonríe con dulzura—. He elegido tu color favorito.
«¿Cómo lo ha sabido?». Nunca se lo he dicho, al menos no directamente a él. No tengo tiempo de darle las gracias porque de pronto se marcha a hacer sus cosas, no sin antes lanzar a su espalda: «¡Deberías ponerle Totoro!».
Clémence hace una mueca y niega con la cabeza, poco convencida.
—Creo que esos dibujitos japoneses vuestros no son lo mío. Sin ánimo de ofender.
—No pasa nada. Solo intentaba distraerte un poco… ¿Cómo te sientes?
Mi amiga suelta un profundo suspiro y abraza un cojín contra el pecho. Ella y Kai no se han hablado desde aquella noche en el bosque. Le guarda rencor, aunque no sé muy bien por qué exactamente: ¿por haber dimitido, o por haber tomado la decisión sin consultárselo?
—Traicionada —confiesa—. Dice que no era feliz, y eso me rompe el corazón. Si es verdad, no puedo reprocharle que lo haya dejado, ¿no? Quiero que sea feliz. Pero…
—Pero te asusta el futuro.
—Vamos a tener un hijo —dice—. Un bebé cuesta mucho. Sobre todo después de una boda como la nuestra. Si yo estoy de baja por maternidad y él está en paro… ¿cómo nos mantenemos?
Lo entiendo. Lamenta que no pensara en todo eso antes de dimitir. Yo también le habría gritado. Y sin embargo, yo me quedé embarazada cuando Andréa y yo aún estábamos estudiando y no teníamos ni un duro.
—Estoy segura de que todo va a salir bien. Kai terminó la carrera el año pasado y tiene un currículum impecable, encontrará trabajo enseguida.
—Supongo que tienes razón… A veces me pregunto por qué me enamoré de él.
Sonrío al recordar a aquellos dos adolescentes. Era simple: se odiaban. Se peleaban por cualquier cosa, nunca estaban de acuerdo en nada, y siempre acababan por tirarse de los pelos.
—Pero supongo que de eso va el amor —suspira Clémence —. Tiene que ser complicado.
—¿Ah, sí? ¿Y eso desde cuándo? Yo pensaba que precisamente todo se volvía sencillo en cuanto encontrabas a la persona adecuada.
Clémence estalla en carcajadas, lo que me sorprende. ¿Habré dicho una tontería? No me lo parece. Es lo que mis padres siempre me aseguraron, y la prueba está en que Andréa y yo jamás discutimos antes del aborto.
—En cierta medida, sí —ríe Clémence mientras se seca los ojos—. Pero el amor, sobre todo, está hecho de compromiso, de discusiones y de reconciliaciones. Si no, significa que no merece la pena luchar por tu relación.
—O simplemente quiere decir que no hay ninguna razón para discutir.
Clémence me mira como si no me creyera.
—Entonces, ¿me estás diciendo que en seis años de relación con Andréa nunca tuvisteis un solo desacuerdo? Antes del embarazo, quiero decir. ¿Siempre estabais de acuerdo en todo?
Abro la boca para confirmar, pero las palabras no salen.
—Piensa bien, Jazz.
Eso hago. Hurgo en la memoria en busca de lo que quiere que le diga y, para mi sorpresa, lo encuentro.
Al principio era todo perfecto, quizá porque éramos jóvenes e ingenuos. Era la primera vez que nos enamorábamos, y queríamos hacerlo todo bien. Luego nos hicimos adultos. Al vivir juntos, algunas cosas dejaron de ser tan bonitas.
—No fueron momentos de tensión como tales, ni desacuerdos… Solo diferencias de opinión.
—¿Como cuáles?
—Mi objetivo era dar la vuelta al mundo antes de los veinticinco. Pero tuve que dejar ese sueño de lado porque a Andréa no le gusta viajar. Siempre me decía que sí, y luego siempre se inventaba alguna excusa para cancelarlo a última hora. Al final me di cuenta.
Clémence me pregunta cómo gestionaba aquello. Me encojo de hombros, y le digo que no hablábamos del tema. Le dejaba hacer, y fingía que le creía, porque no quería obligarlo.
—Entonces dejaste tu pasión de lado por él —resume.
—No por él…
—Aun así, ocultaste una parte enorme de ti para complacerle. Vale, ¿qué más?
Suelto un suspiro, algo contrariada. No debí haber sacado el tema. Hemos empezado a hablar de su relación, y ahora resulta que está analizando la mía, aunque Andréa y yo no tenemos ningún problema.
«Al menos… eso pensaba».
—Cuando vivíamos en París… —confieso en un murmullo avergonzado—. Creía que todo iba bien, pero no era más que una ilusión. Él odiaba la uni, odiaba la ciudad, odiaba el piso… Pero se quedó. Porque me quería a mí.
—Entonces sacrificó dos años de su vida para hacer algo que detestaba porque sentía que no era lo suficientemente bueno para ti —resume otra vez Clémence .
—¿Sabes qué? Deberías haber sido psicóloga —comento.
Ella me dedica una sonrisa tímida y agradecida antes de retomar donde se había quedado.
—Si he entendido bien, los dos tenéis miedo de enfrentaros al otro para no romper esa superficie lisa y suave que habéis creado. Pero al hacerlo, sufrís en silencio, cada uno por su lado.
—«Sufrir» es una palabra demasiado fuerte…
—Algún día ya no seréis capaces de fingir para mantener las apariencias, Jazz. Y eso por no sacar el tema de los hijos.
Le pregunto qué quiere decir con eso, y me doy cuenta demasiado tarde de que no aprueba mi decisión de haber vuelto con Andréa . Trato de entender por qué; antes de la ruptura siempre nos había apoyado.
—Solo temo que te aferres a la nostalgia del primer amor… cuando en realidad terminó hace tiempo.
Quiero llevarle la contraria, decirle que se equivoca, pero de pronto el corazón me da un vuelco y me siento herida en lo más hondo.
—Lo amas porque ignoras sus defectos, en vez de amarlo precisamente por ellos —añade—. Y creo que Andréa hace lo mismo, aunque sepa que tú nunca le darás lo que busca.
Me duele, porque estoy convencida de que amo a Andréa , pero también porque en el fondo pienso que tiene razón.
Al igual que no estoy segura de que él pueda darme lo que necesito. Ya no.
No es la primera vez que lo pienso, aunque me dé vergüenza admitirlo. Pero es tan… difícil decir adiós a alguien que has querido. Soltar la mano que has besado tantas veces, sin estar segura de estar tomando la decisión correcta.
«¿De verdad nos hemos estado engañando?».
Estas dos últimas semanas han sido perfectas. Volver a encontrarme con él fue mágico. Sin embargo, la idea de regresar a nuestra vida de antes me da ganas de llorar.
Eso no es normal.
—Pero lo quiero —digo en un susurro entrecortado, con lágrimas en los ojos.
«De eso estoy segura».
Clémence me abraza con compasión.
—Lo sé. Pero… quizá no de la forma en que tú piensas.
He decidido estar sola esta tarde.
Clémence duerme la siesta mientras los chicos juegan al ping-pong en el jardín. Yo, en cambio, me he refugiado en el planetario durante una hora que me ha parecido eterna. La oscuridad y la Vía Láctea infinita me han ayudado a relajarme.
Cuando salgo, decido ir al taller. Hace tiempo que no hago nada con mis propias manos. Antes me encantaba: alfarería, cerámica, ganchillo, pintura…
—¿Has sentido la llamada del arte?
Doy un respingo y me giro de golpe; entonces, reparo en la presencia de Ezra . Lleva un short y un delantal beige sujeto solo por un tirante. Veo que tiene manchas de barro en el torso y en los hombros, y enseguida me doy cuenta del porqué. Sentado en un taburete, Ezra está trabajando con arcilla.
Su creación gira sobre el torno; la sostiene entre las manos largas, hasta que se agujerea y se desploma… reducida a un montón de barro sin forma.
—Perdón —murmuro, y reprimo la risa—. ¿Te he distraído?
—Por desgracia, no. Se me da terriblemente mal.