Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 25
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Capítulo 25

Jasmine

Monticchiello , Italia

—¡Oh! ¿Quién anda ahí? —pregunto después de tropezar con un pie.

La oscuridad me engulle y el silencio me envuelve cuando la puerta se cierra tras de mí. Siento una presencia a mi lado… un aliento cerca de la mejilla.

—Soy yo —susurra una voz que reconozco enseguida.

« Ezra ».

Me muerdo el labio, incómoda. No hemos vuelto a hablar desde que discutimos. Mantenemos la cordialidad, pero es la primera vez en mucho tiempo que nos quedamos a solas.

A veces pienso en cómo me miraba, angustiado, durante el terremoto… en la forma en que se precipitó para protegerme… en los periódicos pegados a la ventana.

«Todavía le importo, ¿verdad? A pesar de lo que le dije».

—¿Cómo conoces este escondite? —pregunta en voz baja.

Al otro lado de la puerta, escucho a Kai anunciar que ya han pasado los cinco minutos. Sus pasos resuenan sobre nuestra cabeza mientras sube la escalera.

— Andréa me lo ha enseñado.

Creo que Ezra suspira, aunque no estoy del todo segura.

—¿Qué escondes aquí? —le interrogo, sorprendida por la brisa fría que nos alcanza—. ¿Es un refugio de superhéroe? ¿Una batcueva, quizá?

—¿De verdad quieres saberlo?

Pongo los ojos en blanco, aunque él no pueda verlo.

—Si no, no te lo habría preguntado…

—¿Incluso aunque después tenga que matarte?

Dejo escapar una sonrisa apenas perceptible antes de sentir que me coge de la mano. Al principio me sobresalto, pero no me aparto.

—Sígueme y agacha la cabeza —me susurra.

Obedezco, sin ver nada en mitad de la oscuridad. A estas alturas estoy segura de que Kai no nos encontrará jamás. Incluso si, por milagro, descubriera la puerta secreta, sería demasiado cobarde para adentrarse tanto en la oscuridad.

Ezra se abre camino, y me guía por lo que deduzco que es un pasillo de techo muy bajo.

—¿Tienes una ciudad subterránea en el subsuelo de tu casa? —Suelto una risa—. Cuesta creerlo.

—Todavía no has visto lo mejor…

Tras unos segundos más, al fin nos detenemos. Siento algo blando bajo los pies, como una alfombra. Ezra me suelta la mano y escucho un clic. Al instante, un cielo estrellado se despliega sobre mi cabeza.

—A ti, que te encanta viajar… —susurra Ezra —, bienvenida al espacio exterior.

Suelto un suspiro fascinado, con el rostro vuelto hacia arriba. En la penumbra de la sala secreta, el techo se ha transformado en un lienzo celeste hipnótico, iluminado por un millón de estrellas titilantes. Distingo un proyector a nuestros pies y lo entiendo todo de inmediato.

—¿Tienes un planetario en casa? —Sonrío al volverme hacia él—. Es lo más impresionante que he visto en la vida.

Por fin logro distinguirle el rostro, apenas iluminado por la proyección en el techo.

—Puedes tumbarte si quieres —propone mientras se recuesta en el suelo—. El suelo está cubierto de cojines.

Me acomodo a su lado, y juntamos las cabezas. Contemplo el espectáculo.

La Vía Láctea, esa franja luminosa y etérea, se dibuja majestuosa en la oscuridad, como un lazo de plata tejido con delicadeza a través del firmamento. Las constelaciones centelleantes salpican el paisaje cósmico, y forman figuras que parecen danzar y moverse al compás de las estrellas.

—No sabía que te gustaba el espacio.

—Desde pequeño —me confirma en un murmullo—. Durante mucho tiempo, soñé con escapar a toda costa. Quería marcharme lo más lejos posible…

No necesita explicármelo; yo ya lo entiendo: esa es la razón por la que le gusta tanto viajar. Al menos, es lo que le impulsó a hacer su primer viaje, estoy convencida.

—Pero a fuerza de viajar por todas partes, llegará un día en que lo habrás visto todo —añado con una sonrisa triste.

—El espacio, en cambio… es inaccesible y misterioso. Me pregunto a menudo cómo debe de ser estar allí arriba.

Las estrellas brillan con intensidad; su resplandor plateado baña la sala con una luz suave. Algunas centellean con fuerza cegadora y parecen vibrar con una energía mística y cautivadora. Otras, más discretas, parecen susurrar secretos antiguos ocultos en las profundidades infinitas del universo.

—¿Crees en los alienígenas? —le pregunto de repente.

Él suelta una risa burlona. Le doy un codazo: finjo ofenderme.

—¿Qué? ¡Es una pregunta legítima! —me defiendo, y vuelvo a fijar la vista en el techo.

—No lo sé. ¿Y tú, crees?

—Por supuesto. ¿Sabes que hay más planetas que estrellas? El ser humano es tan egocéntrico que piensa que, de entre miles de millones de planetas, el nuestro es el único con vida. Me parece… imposible.

Sé que la mayoría de esos planetas son inhabitables para los humanos, pero no sabemos nada de la vida extraterrestre.

Pero claro, la imagen que tenemos —los hombrecillos verdes, E.T., etc.— seguramente dista mucho de la realidad. Estoy convencida de que, muy, muy lejos, otras especies desconocidas han logrado desarrollar vida.

—Tienes razón —admite Ezra , que se cruza de brazos—.

Vale, imaginemos: un buen día, la NASA te llama para participar en una misión.

Te han elegido, entre otras personas, para embarcar en un cohete rumbo a Marte.

El oxígeno ya es respirable y el objetivo es poblar ese planeta. La pregunta es: ¿te vas?

Me tomo mi tiempo para reflexionar bien sobre esa posibilidad.

—No es una decisión fácil. Eso significaría dejarlo todo. Mi casa, el trabajo, mi perro…

—¿Tienes un perro?

—No, pero podría tenerlo.

Él vuelve a reír, pero esta vez no finjo ofenderme.

Mientras sopeso los pros y los contras, me pierdo en mis pensamientos.

Por un lado, sería la experiencia de mi vida.

Ir al espacio, descubrir un nuevo planeta, empezar de cero.

Por el otro, significaría renunciar a un día a día que adoro.

A mi familia, a mis amigos, a una sociedad cuyos códigos conozco.

—Es horrible y quizá me arrepintiera… pero creo que lo rechazaría. —Suspiro.

—Vaya. Qué decepción.

—Lo sé, lo sé. Entonces, si he entendido bien, ¿tú te tirarías de cabeza?

Se encoge de hombros mientras yo me giro para ponerme boca abajo. Nos miramos fijamente, con mi rostro suspendido sobre el suyo.

La nuez se le mueve bajo la piel fina de la garganta cuando traga saliva.

—Creo que aceptaría… pero que me echaría atrás en el último momento.

—Gallina —me burlo, antes de que me empuje la frente con un dedo—. Podríamos habernos mandado cartas intergalácticas. Quizá para entonces ya habrían inventado un servicio postal entre la Tierra y Marte.

Caigo a su lado, y me froto la frente donde me ha tocado. Ezra niega con la cabeza, incrédulo.

—Eres rarísima, de verdad.

—Te recuerdo que el tema lo has sacado tú.

Guardamos silencio durante largos minutos. Le pregunto si cree que los demás ya se han olvidado de nosotros. Según él, Kai se niega a rendirse por orgullo y por puro ego masculino. También porque odia fregar los platos.

—Mira, ahí puedes ver Orión.

Casi pego un respingo. Ezra me pregunta qué me sorprende tanto y yo me ruborizo por mi estupidez.

«Me estaba hablando de las estrellas, idiota».

—Así se llama el novio de mi prima. Por un segundo he pensado que había aparecido en tu planetario.

—Oh, tiene nombre de constelación… Qué suerte.

Le digo que a mí me gusta el suyo, pero me confiesa que no le convence demasiado. Prefiere su nombre japonés, que pronuncia: Taiyo.

Le pregunto qué significa.

—Sol.

Una sonrisa se me dibuja en los labios, porque él es exactamente eso. Un pequeño sol. De esos que iluminan todo a su paso. De esos que deslumbran cuando se les observa durante demasiado tiempo.

—¿Conoces la leyenda japonesa de los amantes de las estrellas? —murmura entonces—. En mi país, la leyenda de Tanabata se transmite de generación en generación. Simboliza la esperanza y el amor eterno.

Le confieso que nunca la he oído, y le pido que me la cuente. Me encantan los mitos y las leyendas, de cualquier rincón del mundo. Al fin y al cabo, son los que forjan las sociedades y las creencias.

—Es la historia de dos amantes: Orihime, representada por la estrella Vega, y Hikoboshi, representado por la estrella Altair. Orihime era una hábil tejedora y Hikoboshi, un pastor talentoso. Se enamoraron, pero su amor obstaculizó su trabajo.

Dejo que su voz me arrulle, tranquila. Casi me da la impresión de que las estrellas se mueven ante mis ojos.

—Furioso, el padre de Orihime, el dios celeste Tentei, los separó y los colocó a ambos lados de la Vía Láctea.

Ezra me señala con los dedos dos puntos opuestos. No lo digo en voz alta, pero me encanta. Una preciosa historia de amor imposible, de amantes malditos. Me recuerda un poco a la escena teatral que hicimos en el balcón de Roma, cuando fingió que yo era Julieta Capuleto.

—Al oír los llantos de Orihime, unas urracas decidieron ayudar a los amantes. Conmovidas por su tristeza, decidieron construir un puente sobre la Vía Láctea para permitir que Orihime y Hikoboshi se encontraran una vez al año, el 7 de julio.

Une los dos dedos en el centro de la Vía Láctea, y sonrío. Es una historia hermosa, sobre las almas gemelas destinadas a reencontrarse.

—Como ves… El amor a veces es más fuerte que todo lo demás.

Ezra guarda silencio. Recuerdo de pronto que aún no hemos resuelto nuestras diferencias.

Me he dejado llevar por sus bonitas palabras, pero en ningún momento hemos puesto las cartas sobre la mesa.

«Debería disculparme yo primero».

—¿De verdad crees que me estoy equivocando?

Lo digo en un susurro casi inaudible. No era lo que quería preguntar. No me atrevo a mirarlo a la cara mientras él medita la mejor forma de responder.

—No quiero discutir contigo, Jasmine …

—Lo sé.

—Me pediste mi opinión la otra vez, y no te gustó. Así que, si lo que quieres es que te mienta, dímelo ya.

Niego con la cabeza, con los ojos cerrados, desgarrada. Claro que quiero su opinión sincera. Solo tengo que aceptar que sea distinta de la mía.

—Lo siento. Reaccioné mal; me arrepiento.

Me roza los dedos con los suyos. Yo me aferro con fuerza, muda.

—Yo también estuve enamorado —confiesa en la oscuridad—. O bueno, creía que lo estaba. Hasta que entendí que amaba una ilusión. No era justo, ni para ella ni para mí.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos?

—De los dieciséis a los veintiún años. —Suspira—. Ahora, con veintiocho, ya sé que solo tenía miedo de estar solo, porque no sabía. Nunca me enseñaron.

No me sorprende demasiado. Tuvo que hacerse cargo de sus hermanos sin tener nunca espacio ni tiempo para sí mismo. Entiendo que quiera tomarse la revancha contra la vida.

—Cuando ella me dejó, lo pasé fatal. Pero después tuve la sensación de volver a respirar. De redescubrirme.

—Entiendo lo que quieres decir, pero mi situación es completamente distinta.

Ezra se levanta primero, y se aparta de mí. Yo hago lo mismo, temerosa de haberle molestado otra vez. Pero sus rasgos muestran más incomodidad que enfado.

—Tienes razón —admite con una sonrisa triste—. Estáis hechos el uno para el otro, como Vega y Altair. Espero que sigáis juntos mucho tiempo, Jazz.

Al principio creo que me miente, pero de pronto me rodea con los brazos. Acepto su abrazo, aliviada por haber hecho las paces.

Al separarnos, me fijo en que aún lleva puesto el brazalete de la amistad que le hice, lo que me reconforta.

Los demás habían terminado por quitarse el suyo, pero Ezra no.

Cada vez que le miraba la muñeca, ahí estaba.

Intuyo que no se lo quita ni para ducharse, porque las cuentas de mala calidad ya empiezan a descascarillarse y a ponerse verdes.

Ezra se da cuenta de lo que estoy mirando y frunce los labios.

—Se me está estropeando, lo siento…

—No importa. No estabas obligado a llevarlo, ¿sabes?

Se encoge de hombros con una sonrisa.

—Claro que sí, es un regalo. Además, me gusta. Se ha convertido en mi talismán.

Le confieso que la moda de los brazaletes de la amistad viene de una canción de Taylor Swift . Me pide que se la ponga y allí estamos, de pie en la oscuridad, moviendo la cabeza al ritmo de You’re On Your Own, Kid .

Cuando llega el estribillo, se me pone la piel de gallina.

«Everything you lose is a step you take

So make the friendship bracelets

Take the moment and taste it

You got no reason to be afraid».

La primera vez que escuché esa canción, lloré con esa parte. Me tocó la fibra sensible, y me hizo pensar cosas que ni siquiera me atrevía a decir en voz alta.

—Ahora lo entiendo mejor —dice Ezra cuando suenan las últimas notas—. ¿Crees que podrías hacerme otro? Te juro que tendré más cuidado con él.

«¿En serio?». Es una tontería, pero que parezca tan sincero me desarma. Asiento con una sonrisa, y le prometo enseñarle a hacerlos.

—Genial. Así podré hacerte uno a ti.

Seguramente lo haya dicho sin pensar, pero a mí me da igual.

En ese momento, recibo un mensaje de Kai en el móvil.

Kai : Me rindo. Salid de vuestro escondite, traidores.