Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 24
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Capítulo 24

Andréa

Monticchiello , Italia

—¿Vosotros os acostáis, no?

Me atraganto con el agua, completamente desprevenido. Kai se seca la cara mientras sonríe, orgulloso de haber acertado. No me lo esperaba, y menos aún en pleno desayuno.

Por suerte, las chicas están fuera; leen tumbadas en las hamacas.

—Lo sabía —se burla mi amigo.

Me vuelvo hacia Ezra para acusarle con un dedo amenazante.

—¡Se lo has dicho!

—¿Tú lo sabías? —se indigna Kai , mientras mira fijamente a su primo—. ¿Por qué se lo contaste a él y no a mí?

«Mierda». Ezra niega con la cabeza y aplaude mi estupidez, antes de responder para quitar hierro al asunto:

—Porque le caigo mejor. Está clarísimo.

—Nos pilló —admito con un suspiro. Es un pequeño matiz.

Kai pone los ojos en blanco y farfulla:

—De todos modos, no sois muy discretos… —Le pregunto qué quiere decir con eso, confundido. Yo pensaba que habíamos sido cuidadosos—. Digamos que las paredes de esta casa son muy finas.

Observo cómo Ezra aparta la mirada con incomodidad mientras gruñe:

—Lo confirmo.

—Menos mal que Clémence tiene el sueño pesado —añade Kai —. De todos modos, ronca tan fuerte que sería incapaz de oír nada, aunque quisiera.

Frunzo el ceño y me disculpo por las molestias, aunque a Kai parece divertirle. Incluso me felicita, aunque esperaba un poco más de entusiasmo por su parte.

—Me alegro por vosotros. Pero intentad hacer menos ruido… Me debéis unas cuantas horas de sueño.

—Lo prometo.

Ezra menciona entonces un camping en el bosque, cerca de su casa, en Lamporecchio . Propone que vayamos pronto, una idea que apruebo con entusiasmo.

Cuando Kai se va a duchar, aprovecho que estamos solos para lanzarme:

—¿Jazz y tú habéis discutido?

Se detiene en seco. Solo un instante, pero lo suficiente para que lo note. Ezra se recompone enseguida, y me regala una sonrisa tranquila.

—No, ¿por qué lo dices?

«Vale, ya lo pillo». Entiendo que no esté listo para hablar de ello, pero detesto la frialdad que se ha instalado entre nosotros desde que nos pilló besándonos. No quiero arruinar mi amistad con Ezra solo porque esté pillado de mi novia.

—Dilo, tío. Puedo soportarlo.

—No sé de qué hablas…

—Te gusta. ¿Verdad?

Cruzamos la mirada; está atónito. ¿De verdad pensaba que lo había disimulado? Ante Jasmine quizá, pero yo me he dado cuenta. Sé perfectamente lo que siente un hombre cuando está locamente enamorado de ella. Yo lo he estado durante diez años. Él la conoce desde hace un mes.

—Es… interesante —dice, y escoge con cuidado las palabras.

Le lanzo una mirada que significa «Deja de tomarme el pelo», y Ezra responde con un suspiro. Se cubre el rostro con las manos, avergonzado.

—Lo siento. Lo he intentado, lo juro. Pero es que ella es tan…

—Lo sé.

Oírle decir eso en voz alta me duele un poco, pero agradezco la sinceridad. No quiero que haya tensión entre nosotros.

—Puedes darme un puñetazo, si quieres —propone, y me ofrece la mejilla—. Me lo merezco.

—¿Por qué iba a hacer eso? Nadie puede controlar lo que siente.

Ezra parece sorprendido por mi reacción pacífica. Lo entiendo. De más joven, me habría lanzado a su cuello. A Jasmine no le gustaba nada eso: en cuanto un tío la miraba un poco más de la cuenta, podía estar segura de que iba a acabar en pelea. Yo no quería que saliera sin mí.

Actualmente ya no me afecta. «Ya he ganado».

—Lo único que te pido… es que hagas las paces con ella —añado mientras seco los platos limpios—. No sé qué ha pasado, pero he notado un cambio. Y creo que echa de menos tu amistad.

Aprieta los labios, con la mirada perdida hacia la cristalera, donde las chicas están absortas en la lectura.

—Es recíproco —admite mi amigo.

—Entonces pídele perdón y pasad página.

Ezra se queda pensativo un buen rato, hasta que acaba por asentir. También me promete intentar pasar página.

Le deseo suerte, aunque sé muy bien que no será fácil.

Jasmine es imposible de olvidar… y también de dejar de amar.

Jasmine está tejiendo junto a la piscina mientras escucha música.

Me siento a su lado para observarla, sorprendido de que todavía tenga ese extraño pasatiempo. Ya a los quince años, tejía y cosía su propia ropa. Siempre me pareció que tenía un estilo raro, demasiado excéntrico para mi gusto, pero me encantaba que le diera igual. Era tierno e infantil.

—¿Qué haces?

—Estoy haciendo unas faldas para Clémence y para mí —responde con una sonrisa orgullosa.

Le pregunto si es para algún evento en especial, pero niega con la cabeza. Cuando me muestra su obra, en busca de mi opinión, me tomo mi tiempo antes de decir algo.

La falda es de un azul cielo precioso, acampanada, con la cintura ajustada. Le ha añadido unas pequeñas margaritas que le dan un aspecto de fantasía.

—Es… adorable. Me recuerda a tu chaleco de setas, en el instituto.

Al parecer se me da fatal mentir, porque Jasmine se ofende y pone morros.

—Vale, no te gusta nada. ¡Y eso que me dijiste que te gustaba el chaleco el día que nos conocimos!

Suelto una carcajada, sorprendido de que aún se acuerde. Para mí era un detalle anecdótico.

—Lo dije porque me gustabas tú, Jazz. Habría dicho cualquier cosa con tal de que quisieras volver a verme.

Se queda boquiabierta. Está claro que jamás se le había pasado por la cabeza. Le pregunto si la he molestado o preocupado, pero niega con la cabeza y asegura que no importa.

La observo tejer mientras escuchamos música. Reconozco las canciones de Victorious , aquella serie horrible que me obligaba a ver de adolescentes. Aguantaba solo por Ariana Grande , lo admito.

—¿Jugamos a un juego? —propone Jasmine de pronto—. Dijimos que empezábamos de cero, así que más vale que hagamos como si acabáramos de conocernos.

Acepto, porque me parece una muy buena idea. El error que cometimos al principio fue fingir, ocultar lo que sentíamos de verdad para no hacer daño al otro.

Es hora de ser honestos.

—¿Mar o montaña?

Cuenta hasta tres antes de que contestemos al unísono:

—Montaña.

—¡Mar!

Pongo los ojos en blanco, nada sorprendido. Prefiero Saboya en invierno, con la tierra cubierta de nieve y una fondue para cenar. Jasmine , en cambio, podría pasarse la vida con los pies en la arena.

—¿Próximo viaje? —pregunta, mientras deja a un lado la falda y las agujas.

Me tomo un rato para pensarlo. Nunca me ha entusiasmado viajar, pero sé que es lo que me espera con Jasmine .

—Eh… no sé. ¿Portugal?

Zélie dice que es precioso, y que está «muy infravalorado». Yo siempre le respondo que no es objetiva, porque es portuguesa.

Jasmine parece un poco decepcionada con mi respuesta. Argumenta que está demasiado cerca y que no es lo bastante exótico. Cuando le pregunto qué países quiere ver, me suelta toda una lista:

—Japón, Nepal, Egipto, Indonesia, Croacia, Finlandia, Brasil, Perú…

—Son demasiados. Viajar cuesta dinero.

—Pero el dinero está para gastarlo, ¿no?

Se me había olvidado lo mucho que le gusta gastar. El dinero nunca le dura mucho tiempo en la cuenta, quizá porque es hija única. Yo, en cambio, siempre he sido muy prudente; desde niño aprendí a conformarme con lo necesario.

—Para comprar una casa, sí —respondo—. Luego un coche. Y después, para viajar.

Jasmine se queda callada un momento. Frunce el ceño, como siempre hace cuando no está de acuerdo conmigo.

—Tenemos veinticinco años, no cincuenta —contraataca—. Aún nos queda tiempo antes de atarnos a una casa y no hacer nada. Quiero aprovechar ahora, mientras pueda.

Entiendo su punto de vista, aunque no lo comparta. Como no sé qué decir, me quedo callado. Jasmine cambia de tema y lanza otra pregunta.

Jugamos así unos minutos más, pero nuestras diferencias acaban por cansarla. Se da cuenta, igual que yo, de que hemos cambiado mucho.

«O quizá seguimos siendo los mismos… solo que ahora hemos dejado de fingir».

Nos desafiamos con la mirada, sorprendidos por ese descubrimiento. Me doy cuenta de que antes yo idolatraba demasiado a Jasmine . La tenía en un pedestal, intocable. Nunca me sentía suficiente. Estaba convencido de que jamás podría encontrar a otra persona como ella.

Hoy… la sigo queriendo igual, pero de otra manera. Supongo que así es la vida. Los obstáculos nos obligan a cambiar, a endurecernos, a ver lo peor de nosotros mismos y del otro.

—Para ti, ¿qué es el amor? —lanza de repente Jasmine .

Me sorprende la pregunta. La respuesta es evidente.

—Tú.

—Pero dilo en otras palabras —insiste.

—Un hombro en el que apoyarse. Una mejor amiga. Una aliada con quien afrontar los momentos difíciles. El amor es… una vida tranquila y cómoda.

Jasmine me observa en silencio, pensativa. Siento que me está sometiendo a un examen, cuando se suponía que esto era solo un juego para pasar el rato.

Le devuelvo la pregunta, y se encoge de hombros.

—Me doy cuenta… de que no estoy muy segura, en realidad.

«Oh».

—Creo que cada uno tiene una forma distinta de amar. Depende de las personas de las que nos enamoramos, pero también de lo que nos aporten. Creo… —añade con un suspiro— que el amor es egoísta y cambiante. O quizá sea el ser humano quien lo moldea a su imagen.

La verdad es que yo tampoco lo sé. Mi único ejemplo son mis padres. Solo he conocido a Jasmine . No me imagino con otra persona, sencillamente… porque nunca se me ha pasado por la cabeza.

Mis padres se casaron con su primer amor. Era lo que yo deseaba para nosotros, para Jazz y para mí.

Pero la vida no es como en los sueños, y pronto comprendí que era demasiado idealista por mi parte. Incluso ahora, todavía intento forzar a Jasmine a entrar en ese molde perfecto que imaginé para los dos.

Pero ella ya no es la misma.

Y yo tampoco lo soy.

—¡Si haces eso, me divorcio en el acto!

Vuelvo la cabeza hacia Clémence , que llega corriendo hasta la piscina. Kai la sigue de cerca, con la manguera en la mano.

—No creo que sea un motivo válido —se burla él—. Prometiste quererme en la sabiduría y en la tontería.

—¡Mentira! No recuerdo esa frase en nuestros votos…

Demasiado tarde. Kai la salpica con la manguera. Clémence empieza a chillar, con las manos sobre el rostro, mientras Jasmine se apresura a proteger las faldas de ganchillo bajo una manta.

—¡Te voy a matar!

—Primero intenta pillarme, en lugar de hacer promesas que…

No llega a terminar la frase, porque Clémence se lanza sobre él con tanta fuerza que ambos acaban por caer en la piscina. Los observamos pelear bajo el agua hasta que Clémence le reprocha que no piensa en el bebé.

—¡Eres tú la que me ha placado como si estuviéramos en un partido de rugby! —responde él.

Ezra aparece entonces, con gafas de sol y un libro en la mano. Jasmine suelta una risita mientras yo agarro la manguera.

—¿Qué te hace tanta gracia, Arrietty? —la provoco—. ¿Tú también tienes ganas? Eso lo arreglo yo…

Kai gruñe entre dientes al salir por el borde de la piscina.

—Para ya, parece el comienzo de una peli porno cutre.

—Si fuera una peli porno, estaríamos todos desnudos y vosotros —digo mientras señalo a los tres con el dedo— no estaríais aquí.

Kai parece indignado por mi comentario. Empieza a decirme que con esa actitud me voy a perder la mejor noche de mi vida, pero lo que me llama la atención es la mirada de Clémence . Me mira a mí y a Jasmine , con los ojos entrecerrados.

—¿Me he perdido algo?

«Mierda».

—¿Jugamos al escondite por la casa? ¿Os apetece? —propone de repente Ezra .

—Ya no tengo tres años —refunfuña Clémence .

Kai , en cambio, parece encantado con la idea. Jasmine asiente cuando la interrogo con la mirada. Kai propone salir a buscar después de esperar cinco minutos.

—Quien aguante más tiempo escondido gana… una semana sin fregar los platos —anuncia Ezra .

—Dos —añade Jasmine —. Tú tienes ventaja, ya que te conoces la casa de memoria. Y yo odio fregar.

Ezra duda antes de ceder. Kai nos señala con el dedo y nos prohíbe escondernos en pareja. Un instante después, se deja caer en el sofá, se coloca los auriculares y cierra los ojos.

Cada uno sale disparado en busca de un buen escondite. Las chicas suben al piso de arriba, lo que me parece una elección demasiado obvia.

—Buena suerte —me desea Ezra con una sonrisa enigmática.

Un segundo después abre una puerta oculta… en la escalera. Mi reacción parece divertirle. ¡Nunca había reparado en ese escondite secreto!

Se esconde dentro, y la cierra tras de sí.

—¡Quedan dos minutos!

Subo corriendo al piso superior, y casi me choco con Jasmine por el camino.

—¿Has encontrado algo? —le pregunto. Ella niega con la cabeza, decepcionada.

—Te juro que si lavo un plato del cerdo de Kai , voy a…

—Sígueme.

La tomo de la mano para que me acompañe. Bajamos las escaleras y le señalo la puertecita secreta.

Ella frunce el ceño sin entender, pero le susurro:

—Métete ahí dentro.

No solo se librará de fregar durante dos semanas, sino que quizá eso sirva para que Ezra le pida disculpas. Quiero ayudar a que se reconcilien; este es el momento.

—¿Y tú? —murmura ella.

Le respondo que ya le tengo echado el ojo a otro sitio. Jasmine me da las gracias con un beso en los labios antes de abrir la pequeña puerta. Dentro está todo oscuro.

Imagino que no se da cuenta enseguida de la presencia de Ezra . Solo cuando cierra la puerta tras de sí escucho un: «¡Oh! ¿Quién anda ahí?» con sorpresa.

Los dejo hacer su magia y voy a esconderme en una de las habitaciones de arriba.

«Ahora les toca a ellos».