Antes
Andréa
París, Francia
—¿ Mattéo ?
Jasmine arruga la nariz para mostrar desacuerdo. Suspiro, porque ya es el sexto nombre que rechaza sin dar ningún argumento.
—¿Ezio?
—¿Por qué tiene que terminar en O? —se queja desde el sofá, con las manos sobre el vientre abultado.
Falta poco más de un mes para que nazca nuestro bebé.
Será niño, como su papá. Llevamos semanas discutiendo sobre el nombre, sin lograr ponernos de acuerdo.
—Son nombres italianos —explico mientras le tiendo un plato de verduras al vapor—. No es culpa mía que todos acaben en O. ¿Prefieres Giuseppe ?
Me da un manotazo en la cabeza cuando me tumbo a su lado, con la mejilla sobre su vientre.
—¿Estás loco? ¿Quieres que se rían de él en el patio del colegio?
Le acaricio la piel tensa, a la espera de que dé una patadita para anunciar su presencia. No es precisamente tímido: da patadas desde hace meses, lo que ha sacado de quicio a su madre en más de una ocasión. Parece tener tanta prisa por salir como yo por conocerlo.
—¿Y por qué no Dino, ya puestos? —bromea mientras levanta el peluche que le compramos.
Es un pequeño dinosaurio amarillo, adorable. Cuando nací, mi madre me regaló un muñeco de peluche para que me ayudara a dormir mejor. Me negaba a irme a la cama sin él hasta bastante mayor. Todavía hoy sigue guardado en una caja en casa de mis padres.
Quiero que mi hijo también tenga algo así: un amigo en quien confiar por la noche.
—Bromas aparte, un nombre de flor sería bonito —propongo entonces—. Como su madre.
Jasmine se queda pensativa, señal de que la idea no le disgusta. Seguimos buscando durante largos minutos, hasta que encontramos un nombre que nos convence a los dos.
« Aciano ».
Jasmine insiste en que lleve además un segundo nombre vietnamita, y elegimos ponerle el de su abuelo: Sinh .
— Aciano Sinh Moretti … Tu madre se va a poner como loca —suspira Jasmine , con los ojos en blanco—. Por cierto, ha vuelto a llamar hoy. Quiere que vayamos a verlos en cuanto se levante el confinamiento.
—Bien. Nos vendrá bien un poco de aire fresco.
La verdad es que el embarazo ha sido… difícil. Jasmine no se encuentra bien. Está siempre enferma, siempre de mal humor. Creo que tiene miedo, aunque lo oculte.
La llegada del Covid no ha ayudado. Llevamos semanas encerrados en nuestro pequeño estudio, y tropezamos uno con otro a cada paso.
Al menos, eso ha facilitado las cosas a la hora de ocultar el embarazo a nuestros amigos…
Jasmine quería darles la sorpresa y llamarlos a todos por FaceTime desde el hospital, con el bebé en brazos.
Guardar el secreto es un suplicio, pero me aguanto.
«A veces… solo a veces… me da la sensación de que solo a mí me alegra el embarazo ».
Y luego me siento culpable por pensar semejante cosa.
—Hace rato que no lo siento —murmura de pronto, con una arruga de preocupación en la frente—. Me inquieta.
La beso en los labios para tranquilizarla. Tiende a asustarse en cuanto algo no sale exactamente como había imaginado.
—Te preocupas por nada. Seguro que está dormido. Tú deberías hacer lo mismo.
Asiente con la cabeza, distraída. Sé que eso no bastará para que se quede tranquila, pero tampoco podemos asustarnos por cada mínima cosa. Mucho menos en tiempos de Covid , cuando los hospitales están desbordados por la gran cantidad de contagios.
—Ya casi se acaba —le susurro al oído mientras intenta dormir—. Pronto estará aquí con nosotros. Vamos a pasar el mejor verano de nuestra vida, los tres juntos. Te lo prometo, Jazz.
Ella sigue rígida; me aprieta las manos. Yo me duermo antes que ella.
Me despierto con sangre en las sábanas. Aún es de noche, pero distingo sin problema la silueta de Jasmine sentada en el colchón.
La manta está arrugada a la altura del tobillo, como si la hubiera apartado con los pies.
—¿Jazz?
Veo enseguida la sangre. Le empapa el interior de los muslos y mancha las sábanas.
Tardo en reaccionar. Estoy en shock y me siento atrapado en una pesadilla. Los sollozos desgarrados de Jasmine me devuelven a la realidad, mientras le tiembla todo el cuerpo. Se acaricia el vientre redondo con las manos ensangrentadas, en un gesto desesperado, y murmura cosas ininteligibles.
—Oh, Dios mío, Jasmine —resoplo, y salto de la cama—. ¿Qué está pasando? ¿Estás bien?
Enciendo la luz. Error. La escena se vuelve todavía más aterradora. Siento el corazón en la garganta, pero trago saliva y me enfrento a ello.
Jasmine parece incapaz de reaccionar; imagino que está en estado de shock . La agarro por los hombros para obligarla a mirarme a los ojos, e intento mantener la serenidad en la voz.
—Cariño, voy a llamar a urgencias, ¿de acuerdo? Todo va a salir bien. Aguanta, y dime cómo te sientes.
«Ella me mira, pero no estoy seguro de que me vea».
La ambulancia llega enseguida. Apenas entiendo lo que está pasando. Nos suben y los médicos se acercan a Jasmine lo más rápido posible.
Me siento… inútil. Impotente.
«Muerto de miedo».
—La placenta se ha desprendido —me informa un médico con gesto sombrío.
—¿Qué significa exactamente?
—Un desprendimiento de placenta puede provocar complicaciones graves, ya que reduce el aporte de nutrientes y de oxígeno al bebé.
Entiendo todas las palabras, pero juntas solo forman frases vacías. Le pido que me explique con claridad qué significa, para saber lo que viene.
Su expresión grave me rompe el corazón.
—Haremos todo lo posible por salvar a la madre y al bebé.
«Oh».
Luego me explica que no tienen más opción que provocarle el parto a Jasmine , pero apenas lo oigo después de la bomba que acaba de soltar.
Me tambaleo, y debo apoyarme en la pared. Me ofrecen agua, pero no consigo tragar nada. Las lágrimas me corren por las mejillas mientras me repito las frases de anoche.
«Me preocupa».
«Te preocupas por nada».
Ella lo había notado. Jasmine había sentido que algo iba mal, y yo la ignoré. Es culpa mía. Si nuestro bebé muere, será únicamente por mi culpa.
«Y si muere Jasmine … Joder». No me repondré jamás .
Las horas que siguen son las más largas y horribles de mi vida. Espero en un pasillo del hospital, abatido.
En alguna de esas habitaciones, el amor de mi vida está trayendo a nuestro hijo al mundo. Debe de estar asustada. Debe de estar sufriendo. Y yo no puedo hacer nada para ayudarla.
Paso muchísimo tiempo sin noticias.
Por fin se me acerca una enfermera, con el rostro neutro.
—¿Cómo están? —me apresuro a preguntar.
Abre la boca una vez, luego la cierra. El corazón se me hunde en el pecho. Ya sé lo que va a decir.
—Hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano… —me anuncia en voz baja.
Me falta el aire. Me doblo en dos, e intento respirar en vano. «¿Cuál de los dos?», me susurra una vocecita en la cabeza. «¿Cuál de los dos no ha sobrevivido?».
—Por desgracia, la situación ya estaba demasiado avanzada. Lamento tener que decirle que el bebé ha fallecido…
Es como si me arrancaran la mitad del alma. Me desplomo en una silla, y me echo a llorar con la cara hundida entre las manos. Tiemblo sin control, incapaz de pronunciar las palabras que querría decir.
La enfermera me habla del apoyo psicológico que ofrece el hospital, pero me da igual. Apenas consigo preguntarle si puedo verlos, a Jasmine y a… él.
—Aún no. La señora Pham tiene que dar a luz.
La miro, atónito.
—¿Todavía no ha salido?
Ella niega con la cabeza, y se disculpa antes de marcharse a toda prisa.
Me quedo ahí, paralizado. Nuestro bebé ha muerto antes de ver el mundo. Y Jasmine debe parirlo sabiendo que está…
«Joder». Me cubro la boca con una mano para contener un sollozo. Imagino la pesadilla que tiene que ser para ella, y me odio por no poder ocupar su lugar.
Tras dos horas más de tortura, me anuncian que mi hijo ha nacido. Me autorizan a ver a Jasmine . Sigo a la enfermera en silencio, como un zombi.
Mi novia yace en la cama del hospital, con el rostro lleno de lágrimas. Sostiene entre los brazos un cuerpecito envuelto en una manta, que no hace nada de ruido. Lo acuna contra el pecho, mientras solloza, y sus gemidos suenan como los de un animal moribundo.
—Lo siento, lo siento, lo siento —murmura contra la diminuta frente.
La vista se me nubla, pero hago un esfuerzo por acercarme. Algo se me quiebra por dentro cuando poso los ojos en mi hijo.
La mano me tiembla al acariciarle la cabeza minúscula. Tiene los ojos cerrados y no le aprieta a su madre el dedo.
— Aciano —susurro con una sonrisa forzada—. Se parece a ti.
Jasmine deja escapar un gemido de dolor que termina de destrozarme. Le doy un beso en la frente y le digo que la quiero, porque no sé qué otra cosa decir.
No puedo prometerle que todo irá bien, porque sería una mentira. De todos modos, no me oye. Jasmine abraza al bebé como si quisiera devolverlo al vientre, donde estaba caliente y seguro. Llora hasta quedarse sin lágrimas.
Cuando se lo quitan, se apaga de agotamiento en mis brazos.
«En ese instante, sé que ya nada volverá a ser igual».
Los ataúdes de bebé son la cosa más triste que he visto en mi vida.
El entierro es breve pero doloroso. Solo estamos Jasmine y yo en el cementerio, porque nadie ha podido viajar por el confinamiento, y porque muy poca gente está al tanto. Conseguimos un permiso para ir hasta Gordes para la ocasión, porque no queríamos enterrar a nuestro hijo en París.
Llueve, como no podría ser de otra manera.
Digo unas palabras, pero Jasmine se niega a hablar. Aún no ha salido de la fase de mutismo.
«No sé cómo ayudarla».
Antes de que la tierra cubra el ataúd de Aciano , Jasmine se acerca al hoyo para dejar caer algunas cosas. Un paquete de sobres cerrados con sus iniciales: JP , de Jasmine Pham.
Son cartas que le escribió durante el embarazo. Se había propuesto que pudiera abrirlas el día que cumpliera dieciocho años. Su objetivo era continuar hasta que fuera mayor de edad…
«Jamás las leerá».
«Jamás sabrá lo que su madre pensaba de él, ni cuánto lo quería».
Yo añado encima su peluche de nacimiento, el que habíamos comprado para que lo guardara durante toda la vida. Permanecemos en el cementerio hasta poder depositar el ramo de acianos sobre su lápida.
Jasmine no pronuncia ni una palabra en toda la semana siguiente. Solo la oigo hablar en sueños… cuando llora y pide perdón.