Capítulo 23 #2
—Parece que va a llover durante toda la noche.
Ezra se levanta para asomarse, con la mano extendida.
—Tiene pinta de que va a haber truenos.
—¿Tormenta? —hago una mueca.
Andréa me guiña un ojo para tranquilizarme. Sabe que odio las tormentas. Me alegra que se una a mí esta noche, porque no creo que sea capaz de dormir tranquila en esas condiciones.
Como para confirmar las palabras de Ezra , un rayo desgarra el cielo con un estruendo atronador. Yo me encojo en el sofá, lo que divierte a mi novio.
—Vamos a morir todos.
—Estamos seguros aquí —me tranquiliza él—. No tenemos de qué preocuparnos.
Asiento con la cabeza antes de girarme hacia Ezra con la esperanza de que lo confirme. No estoy segura de que haya oído una sola palabra de nuestra conversación. O quizá sí, porque mientras mira el suelo murmura:
—No es la tormenta lo que me asusta…
Me levanto para acercarme a ellos, presa de un mal presentimiento que no sabría explicar.
«Algo no va bien».
Me tambaleo un poco, como sacudida. Por el rabillo del ojo, veo oscilar el jarrón sobre la chimenea; luego se desliza muy despacio.
—¿Habéis notado eso? —pregunta Ezra un poco asustado.
El corazón se me acelera ante su expresión de angustia. Por primera vez en días, cruzamos una mirada cargada de emoción. Abre la boca para añadir algo y me tiende la mano… Pero justo en ese momento se va la luz, y la oscuridad nos envuelve por completo.
No me da tiempo a gritar de estupor cuando escucho un terrible estruendo a mis pies.
—¡ Jasmine !
—¡Rápido, debajo de la mesa!
No sé quién grita qué. Estoy paralizada por el miedo, incapaz de moverme a pesar de los objetos que se estrellan contra el suelo a mi alrededor en un estrépito ensordecedor.
Los muebles vibran por todos lados y las luces parpadean sobre nuestra cabeza. Las sacudidas se intensifican, y me hacen tambalearme.
—¡Terremoto! —ruge alguien desde el piso de arriba.
Me agarran del brazo y me sacan de mi ensimismamiento. Creo que es Ezra . Él y Andréa me aprietan cada uno de un lado, acurrucados bajo la mesa. Me rodean y me protegen la cabeza con las manos. Están tan cerca que siento su respiración entrecortada contra la cara.
Tiemblo como una hoja, al menos tanto como la tierra a nuestros pies.
—Va a pasar, todo va a pasar —nos tranquiliza Ezra por encima del estruendo—. Se va a detener.
Parece convencido, pero ni siquiera eso logra calmarme. Nunca había experimentado un seísmo hasta ahora.
«Vamos a morir».
Esa es la sensación, como si se tratara de una escena de película apocalíptica. Y, sin embargo, solo dura unos segundos.
—Jazz, respira. No es lo bastante fuerte como para ser peligroso. Todo está bien.
Lo intento, pero resulta difícil.
Cuando la tierra deja de sacudirse, Ezra nos aconseja no movernos durante unos minutos, por si acaso. Aprovecho entonces para levantar la cabeza. Los dos chicos me miran con inquietud y miedo, pero no estoy herida, al contrario que…
—Estás sangrando.
Andréa se lleva un dedo a la sien, sorprendido.
—Oh… Una botella de aceite se ha caído del cajón y me ha dado en la cabeza, pero estoy bien, no te preocupes.
Me acaricia el rostro para convencerme. Ezra entiende el mensaje y me suelta; se aparta todo lo que puede debajo de la mesa.
—¿Esto pasa a menudo? —pregunta mi novio—. ¿Hay terremotos en Italia?
Ezra niega con la cabeza.
—El último fue en septiembre, creo… pero son extremadamente raros, sobre todo los de esta magnitud. Diría que hemos superado la escala cinco.
—Sin embargo, supiste al instante qué era y qué hacer.
Un velo sombrío le cubre la cara cuando murmura:
—He vivido varios en Japón…
Esperamos todavía unos minutos antes de salir de debajo de la mesa. Comprobamos los daños con alivio: hay algunos objetos rotos, pero nada grave. Lo peor ya ha pasado.
Kai y Clémence bajan corriendo, envueltos en toallas. Ella parece haber llorado, pero su marido le agarra la mano con firmeza.
—¿Estáis todos bien?
—Sí —confirma él—. Solo nos hemos asustado…
«No sois los únicos».
Ezra enciende la tele para ver qué dicen en las noticias, mientras nosotros limpiamos los pequeños destrozos. Tenía razón: aparentemente ha sido un seísmo de magnitud cinco, sin muertos ni heridos graves por el momento.
Cenamos en un ambiente un tanto sombrío. Clémence no deja de acariciarse el vientre, mientras insiste en lo afortunada que es.
—¡Imaginad si me hubiera caído! Podría haber tenido un aborto espontáneo y haber perdido el bebé.
—Cariño, todos estamos bien —la reconforta Kai , en vano.
Clémence no le escucha, enredada en un escenario que solo existe en su cabeza. Empieza a llorar, con la mirada perdida.
—Si pasara, no podría soportar la culpa. Creo que me su…
—Cállate.
La voz furiosa de Ezra resuena como un latigazo, y nos deja a todos en silencio. Se lo agradezco, pero ya es tarde.
«Me suicidaría». Eso era lo que iba a decir.
—¿Qué coño te pasa? —le grita Ezra a la mujer de su primo—. ¿Cómo puedes decir algo así?
—Pe… Perdón…
Nadie añade nada más. Yo me limito a sonreír con calma, porque no le guardo rencor.
«Yo también lo he pensado».
Luego uno se da cuenta de que la Tierra sigue girando.