Capítulo 23
Jasmine
Bagno Vignoni , Italia
En las colinas verdes de Siena, a menos de diez minutos en coche de casa de Ezra , se encuentra Bagno Vignoni : un pueblo conocido desde la Antigüedad por sus aguas termales.
Allí vamos hoy, y tengo muchísimas ganas. Empezamos con una pequeña visita a pie; disfrutamos de las casas de piedra, los balcones llenos de flores y las tiendas de artesanía locales.
Cuando llegamos a la Piazza delle Sorgenti , descubrimos el famoso estanque de cincuenta por treinta metros, cuyas aguas fluyen a cincuenta y dos grados. Esas aguas calientes y humeantes provienen de capas subterráneas de origen volcánico.
Según Ezra , las termas de Bagno Vignoni ya eran conocidas en época de los etruscos, y más tarde en el Imperio romano.
— Lorenzo de Médici «el Magnífico» también disfrutó de sus efectos —nos explica mientras nos dirigimos al estanque termal.
Andréa camina detrás de mí; juguetea con las manos, me roza las caderas y luego las nalgas en cuanto los demás apartan la vista.
Le dejo hacer, no sin una sonrisa divertida. Todo va perfectamente entre nosotros. Tenía dudas, lo admito, pero Andréa las ha disipado todas en un abrir y cerrar de ojos.
He recuperado a mi mejor amigo. Ya no discutimos, tenemos sexo al aire libre y encuentros secretos cuando todos están dormidos. ¿Qué más podría pedir?
—¡Ya estamos!
La vista es absolutamente increíble. Estamos frente a una poza natural de agua caliente de un azul lechoso, coronada por cascadas que caen de un acantilado que parece de cristal.
Desde lo alto del pueblo, vemos cómo el agua brota en el centro de la piscina.
A petición de Ezra , seguimos el curso del agua hasta la poza. Se supone que está caliente, a juzgar por las volutas de vapor que se elevan de ella.
—No estoy segura de que pueda —afirma Clémence , que se mira de reojo el vientre apenas abultado.
—Puedes, siempre que el agua no pase de treinta y siete grados —la tranquilizo—. No te preocupes.
Me pregunta cómo lo sé, hasta que lo recuerda. Le sonrío con torpeza al explicarle que he leído mucho sobre el tema. Se me queda mirando las estrías, que hoy no me he molestado en esconder.
Llevo un bikini negro, con un pareo beige anudado a las caderas.
—Vale, de acuerdo —se resigna, y deja las cosas junto a las nuestras—. Confío en ti.
Los chicos son los primeros en meterse, no sin antes aprovechar para echarse una mascarilla de arcilla natural en la cara. Kai toma las manos de Clémence , y la veo reír de alegría.
Un cuerpo tatuado pasa junto a mí y atrae mi mirada.
« Ezra ».
Pierdo automáticamente la sonrisa. Para ser sincera, todo es perfecto… salvo mi relación con él. Me arrepiento de haberme enfadado solo porque no estuviera de acuerdo conmigo.
Echo de menos reírme con él. Extraño su sonrisa.
También aquellas miradas cómplices.
Pero sobre todo, echo de menos nuestra amistad.
Pero se niega a hablarme, así que supongo que no está preparado para ningún tipo de confrontación.
—¿Vienes?
Acepto la mano que me tiende Andréa y meto un pie en el agua caliente. Nado con él hasta un rincón tranquilo y desierto, donde nos acomodamos sin prisas.
Es tan relajante que temo quedarme dormida sin querer. La cascada calcificada ofrece una vista sorprendente, junto al camino de tierra que hemos tomado desde Bagno Vignoni .
Nos quedamos allí mucho tiempo.
—¿Cuántos tienes en total? —pregunta Andréa , mientras le señala los tatuajes a Ezra .
—Veinticinco.
—¿Y qué significan?
Yo no digo nada, pero agradezco que mis amigos hagan la pregunta. También me lo he preguntado muchas veces, sin atreverme nunca a hacerlo.
Observo muchos motivos distintos: flores, una araña, el busto griego, una mariposa, citas aquí y allá…
—Me tatúo cada vez que viajo —explica Ezra —. Un tatuaje por cada país. Algunos tienen significado, otros no. Lo hago sobre todo por tener un recuerdo.
Me gusta la idea. Y debo admitir que le quedan bien. Ezra tiene un físico excelente y una personalidad encantadora. Ahora lo conozco lo suficiente para saber que es un ángel… Pero los tatuajes y los músculos le hacen parecer un chico malo y, sin duda, eso atrae mucho a las mujeres.
Cuando el cielo empieza a nublarse, tengo un mal presentimiento. Y se confirma enseguida, porque siento una gota que me cae sobre la nariz.
Un segundo después, empieza a caer una lluvia torrencial. Levanto la cara al cielo, con los ojos cerrados.
El contraste del agua fría con el calor de las termas es una bendición.
Clémence se apresura a salir y a secarse con la toalla, y pronto no nos queda otra que marcharnos.
Me decepciona no haber podido quedarme más tiempo, pero decidimos ir a darnos un masaje en uno de los hoteles cercanos.
Los chicos se van juntos al baño turco; Clémence y yo nos quedamos solas.
Vestidas únicamente con una toalla blanca, estamos tumbadas boca abajo, con la cabeza vuelta la una hacia la otra.
—Después de meses de estrés, entre la boda y el embarazo, admito que esto sienta genial —suspira mi amiga. Comparto ese sentimiento. Organicé su boda, así que puedo hacerme una ligera idea. En cuanto al embarazo… también sé lo que es.
—¿Por qué nunca nos dijiste nada?
No sé qué responder de inmediato. Me tomo un momento para pensar en mis próximas palabras.
—Tenía miedo… miedo de ponerle palabras. Miedo de hacerlo más real de lo que ya era.
Clémence asiente con tristeza, como si lo entendiera. Sé que no me guarda rencor, ni mucho menos. Igual que mis mejores amigas lo comprenderán también. No sé por qué se lo oculto todavía, después de tantos años.
Tengo miedo de que Nolia se sienta culpable de haber dado a luz a Nazeena sin ni siquiera querer tenerla, poco después de que yo perdiera a mi propio bebé.
Tengo miedo de que Camelia no sepa qué decir.
Tengo miedo de que Lily intente compensar de más el no haber sabido apoyarme cuando la necesité.
—¿Qué pasó? —susurra Clémence .
Dudo apenas un segundo antes de contárselo todo. Es la primera vez que me abro así con alguien aparte de mis padres. Pensaba que me dolería, pero siento todo lo contrario.
«Me noto… en paz. Aliviada».
Clémence llora a lágrima viva cuando termino de contárselo. Quiero consolarla, lo que me resulta un tanto irónico dada la situación, pero se levanta de golpe. Apenas tengo tiempo de incorporarme antes de que me abrace y me estreche con ternura.
—Entiendo que estés aterrada ante la idea de volver a intentarlo —solloza contra mi mejilla—. Es terrible. Nadie debería tener que vivir algo así.
Acepto su abrazo, conmovida.
—En algún momento te reconciliarás, y estarás lista de nuevo. Lo creo firmemente.
Me quedo rígida entre sus brazos. No me sorprende demasiado, pero aun así me decepciona.
Siempre es igual. Es lo que me dijo mi madre el mismo día del funeral del bebé.
Es lo que también pensaba Andréa hasta hace poco.
Todos creen que es un capricho mío. Que estoy traumatizada por mi primer embarazo, pero que algún día, con el tiempo, lo superaré.
La verdad, y lo que no consigo que entiendan, es que nunca quise tener hijos… Incluso antes de tener uno.
Cuando regresamos, al caer la tarde, todos están agotados. Andréa propone cenar crêpes , y Clémence y Kai suben a ducharse primero.
Estoy sentada con las piernas cruzadas en el sofá, ocupada en hacer friendship bracelets , gracias a Taylor Swift .
—¿Qué haces? —me pregunta Andréa desde la cocina.
Compré un juego de cuentas hace dos días para hacerles pulseras a todos. Tal vez sea una tontería, sobre todo a mi edad, pero me gusta la idea de que algo nos una. Un recuerdo de este verano inolvidable.
«Es más simbólico que otra cosa».
—Estoy terminando las pulseras.
A Clémence y Kai ya les he dado la suya esta mañana. Ahora estoy acabando la de Andréa , así que me levanto para enseñársela.
—¡Tachán! La he hecho roja, como te prometí.
Le ayudo a ponérsela en la muñeca, orgullosa de mi obra. Las cuentas son de varios tonos cálidos, y hay tres con forma de corazón: una para él, otra para mí y otra para Aciano . En el centro, he escrito su nombre, igual que en las otras.
—Es preciosa —sonríe al darme las gracias con un beso en la sien—. ¿Para qué es?
Me encojo de hombros, con timidez.
—Solo quería que todos tuviéramos la misma. No tiene ninguna utilidad en particular.
—Si aparezco en el trabajo con esto en la muñeca, los chicos se van a reír de mí.
Sé que lo dice en broma, pero no puedo evitar soltar un suspiro. Sé muy bien lo que piensa de mis hobbies inútiles, pero por un instante lo había olvidado.
—Pues quítatela, si eres demasiado viril para llevar una pulserita. Haz con ella lo que quieras.
Me besa en la sien y me dice que era broma; luego me da las gracias con una sonrisa.
— Zélie dice que Taylor Swift es… ¿Cómo lo dice ella? Ah, sí: «Una pick me que adora hacerse la víctima».
Lo fulmino con la mirada, indignada por semejante acusación, y vuelvo a sentarme en el sofá.
—Lárgate, antes de que te ate a una silla para explicarte a la fuerza, punto por punto, por qué esa es la imagen que el mundo intenta atribuirle, de forma equivocada.
Mi novio pone cara de dolor y permanece en silencio, mientras hace rápidamente el gesto de sellarse los labios.
Ahora tengo que terminar la pulsera de Ezra . No me atrevo a preguntarle cuál es su color favorito, ya que sigue enfadado conmigo. Así que decido que la suya será azul noche, como las plumas de Howl cuando se transforma en pájaro.
Uso la última letra R que me queda para escribir EZRA , que encaja perfectamente. Una vez acabada, se la tiendo a través de la mesa baja. Está sentado en el sillón, concentrado en leer un libro.
Alza los ojos hacia mí, sorprendido.
—Toma… Espero que te guste el azul.
Examina la pulsera de arriba abajo, con el rostro impenetrable. Luego se la pone en la muñeca, con el fantasma de una leve sonrisa en los labios.
—Gracias.
Asiento sin añadir nada. Me pregunta dónde está la mía, y le digo que ya la haré otro día. Mientras me estiro, noto que el cielo se oscurece a gran velocidad al otro lado del ventanal.