Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 22
69%

Capítulo 22

Andréa

Monticchiello , Italia

Jasmine duerme conmigo todas las noches desde hace una semana.

Tengo la sensación de volver a respirar.

Recuperarla es como una bocanada de aire fresco, como ponerme una venda sobre el corazón roto. Es como si la Tierra por fin girara en el sentido correcto.

Clémence y Kai parecen no haberse dado cuenta de nuestro acercamiento. En cuanto a Ezra , actúa como si no supiera nada. Cuando he intentado hablar con él, me ha dado una palmada en el hombro con una leve sonrisa.

—Os deseo lo mejor.

Sin embargo, él y Jasmine ya no se hablan. He notado que ella lo evita como a la peste. Debieron de discutir, pero soy lo bastante listo como para no preguntar.

«Lo importante es que todo vaya bien entre nosotros».

Pasamos los días junto a la piscina, damos paseos en bici por el pueblo, caminamos por el mercado, pintamos en el taller de Ezra … o nos besamos en cada rincón escondido que encontramos.

Por su condición, Jasmine sufrió lo indecible durante siete días. Pero esta mañana se ha despertado con una sonrisa inmensa y muchas ganas de aventura.

—¿Y si vamos a recoger fruta? —propone al amanecer.

Con un vestido fluido que le cae sobre los muslos y un sombrero de paja, nos sonríe con determinación. Clémence gruñe perezosa, y Kai responde que ya tiene planes. Es mentira, seguro.

Ezra finge no haber oído nada, y sigue ayudándome en la cocina. Dejo la sartén con huevos revueltos sobre la mesa e invito a Jasmine a sentarse.

—Come algo primero. Te acompaño a recoger lo que quieras en cuanto tengas algo en el estómago.

Se sienta a desayunar con nosotros. Nunca la había visto con tanto apetito, señal de que esta última semana la ha dejado agotada.

—Hay melocotoneros y cerezos cerca —nos informa Ezra mientras mastica su granola—. Creo que la fruta ya debe de estar madura.

—¿Desde cuándo aguantáis más de cinco minutos juntos sin pelearos? —pregunta de pronto Clémence —. ¿Me he perdido algo?

Jasmine se pone tensa a mi lado. Yo mantengo un aspecto despreocupado:

—Querías que hiciéramos un esfuerzo, ¿no? Pues nos hemos reconciliado. Así que alégrate.

—Mejor así —se alegra Kai , que le posa una mano en el vientre a Clémence —. La tensión no es buena para el bebé.

Ah. Es cierto que nunca volvimos a hablar de esa buena noticia. Jasmine también parece darse cuenta, porque la veo ensombrecerse. La conozco: debe de sentirse culpable.

—¿De cuánto estás? —pregunta en voz baja.

Clémence la mira sorprendida, sin saber cómo reaccionar.

—De tres meses. Salgo de cuentas a mediados de enero.

—Un pequeño Capricornio —sonríe Jasmine —. Qué bien. ¡Tu madre debe de estar en una nube!

Su amiga suelta un suspiro de alivio, encantada de poder hablar de ello sin que resulte incómodo.

Una vez empieza, ya no se detiene: cuenta cómo lo descubrió y cómo se lo anunció a sus padres.

Jasmine se contiene y sonríe todo el tiempo.

La creo cuando dice que se alegra por ellos, pero también sé lo duro que es.

Es duro alegrarse por los demás cuando tienen lo que tú tenías, lo que tanto deseabas… y lo que te arrebataron.

—¿Habéis pensado en el nombre? —les pregunta.

—Todavía no. Tampoco queremos saber el sexo antes del parto —confiesa Kai mientras recoge la mesa—. Su cuarto probablemente será amarillo…

Clémence aprovecha que él está de espaldas para negar con la cabeza y susurrar: «Será lila, aunque él crea lo contrario. Tendré la última palabra, como siempre».

Ezra sonríe, divertido. Todos saben quién gana siempre en esa pareja, y no es precisamente Kai . Él tampoco parece quejarse demasiado, dicho sea de paso.

—Venga, vamos —anuncio mientras empujo la silla—. Os haré una tarta de cereza cuando volvamos.

Jasmine asiente, coge el bolso y una cesta de mimbre. Yo hago lo mismo y me pongo además una gorra para protegerme del sol.

Salimos por la parte trasera de la casa, y caminamos en silencio hacia los árboles frutales.

—¿Estás bien? —pregunto al girarme hacia ella.

—¿Y tú?

Hago una mueca sin contestar. Avanzamos unos metros más hasta que, de pronto, me confiesa sin rodeos:

—Hace tres años, me llevé un verdadero susto.

Le pregunto qué quiere decir con eso. Jasmine mantiene los ojos fijos al frente mientras explica:

—Tuve depresión.

Tropiezo sin querer, atónito ante semejante confesión.

—No lo entendí de inmediato, porque miraba para otro lado —continúa—. Me había convencido a mí misma de que estaba bien, igual que a los demás… pero eso no duró mucho.

Estoy en shock . Cuando perdimos a nuestro hijo, notaba que ella se apagaba día tras día. Ninguno de los dos estaba bien. Pero jamás pensé que había llegado a tener depresión.

—Nuestra ruptura me rompió algo por dentro —dice en voz baja—. Después de perder al bebé, también te perdí a ti. Mi subconsciente me hizo creer que me habíais abandonado porque no era lo bastante buena, porque te había decepcionado.

Joder. No me atrevo ni a mirarla a los ojos de la vergüenza que siento. Fui egoísta. Solo pensé en mí y en mi dolor.

Nunca se lo confesaré… pero en algún momento llegué a guardarle rencor. No por lo que pasó, porque no tuvo culpa de nada, sino por cómo reaccionó ante todo aquello.

Por una parte, aunque ahora me avergüenzo, me decía que a ella le daba igual. Como no mostraba el sufrimiento con la misma transparencia que yo, como no hacía el esfuerzo de hablar conmigo de ello, creí… que la muerte de nuestro bebé apenas le importaba.

«Fue un error, ahora me doy cuenta».

Todo este tiempo, Jasmine cargaba con el duelo y la negación en silencio. Fingir le ayudaba a mantenerse en pie.

—Lily, Camelia y Nolia fueron un apoyo enorme —continúa con una sonrisa enternecida—.

Remonté poco a poco. Dejé de esconder lo que sentía de verdad.

Aprendí a perdonarme… a ser más honesta, también.

Primero conmigo misma. Aunque a veces es fácil volver a las viejas costumbres —admite—. Ya lo has visto.

—Sanar lleva tiempo… —confirmo, y le doy la mano—. Perdona por no haber sabido ver tu dolor. Lamento que no nos entendiéramos.

Esta vez me mira con los ojos brillantes. Le doy un abrazo. Ella me rodea la cintura con las manos, y yo le doy un beso en la parte superior de la cabeza.

—Vamos a ser unos tíos superguays —ríe al apartarse—. Pero estoy de acuerdo con Clémence , espero que no le pinten la habitación de amarillo.

—No es tan feo… Podría haber sido verde.

Abre mucho la boca, indignada.

—¡Adoro el verde! ¡Es mi color favorito!

Me contengo para no decirle que lo sé perfectamente. Además, es el color que mejor le sienta, sobre todo desde que se tiñó de rubia.

Jasmine me pregunta por qué la miro así.

—Acabo de darme cuenta de que pareces una ninfa.

Sonríe ante el cumplido.

—¿Como Macris?

Alzo una ceja, pues ese nombre no me suena de nada. Me explica que fue una ninfa famosa por su idilio con la diosa Deméter, que se enamoró de ella.

—Sigue hablando de mitología, me pone…

Deslizo la boca por su cuello, que ella ladea para darme mejor acceso.

—Afrodita habría nacido del mar fecundado por el pene del dios Urano, que Cronos le había cortado…

—Vale, acabas de cargarte la atmósfera.

Estalla en carcajadas y echa a correr hasta los árboles frutales, que se extienden ante nosotros. La sigo y empezamos a recoger melocotones. Están bien maduros, muy jugosos.

Jasmine se mancha el vestido de flores al morder uno; el jugo le resbala por el cuello… hasta el pecho. Lo detengo con la lengua, y me pongo a jugar con los finos tirantes.

Poco a poco, llenamos las cestas de fruta fresca. La tarea resulta más larga y fatigante de lo previsto, así que hacemos una pausa cuando llevamos dos horas.

Me dejo caer en la hierba y me tumbo de espaldas, con los ojos cerrados. Oigo a Jasmine hacer lo mismo, y luego apoyarme la cabeza sobre el vientre.

Cuando abro los ojos, la veo morder un melocotón. El jugo pegajoso y dulce le hace brillar la boca, y desgraciadamente me excita.

—Jazz.

—¿Mmh?

Gira la cabeza justo cuando entierro los dedos en su pelo para atraerla hacia mí. Le doy un beso muy intenso en los labios. Cuando los abre, por fin juntamos las lenguas.

Su olor es divino. La saboreo tanto como el fruto al que le ha robado el sabor, como un adicto con mono. Sé de antemano que el tesoro entre sus muslos es igual de delicioso, y estoy deseando probarlo de nuevo.

Nos incorporamos los dos, sentados entre las hierbas silvestres.

Recorro con la boca su cuello, siguiendo la forma de su clavícula con los labios.

Sé perfectamente lo que le gusta y lo que la hace estremecerse.

Sé qué sonido emite al gemir, y los juramentos que se le escapan cuando tiene un orgasmo.

«No tiene sorpresas para mí».

Y aun así… joder, eso es lo que me gusta.

El tirante izquierdo es el primero en caer. Sé de sobra que no tiene puesto el sujetador, porque nunca lleva. Lo confirmo cuando el tirante derecho también se desliza, y revela la curva de sus pechos desnudos.

—Los echaba tanto de menos… —susurro mientras los acaricio con reverencia.

El corazón me late con fuerza. Más aún cuando le beso con ternura cada una de las estrías. No desaparecieron tras el embarazo y sé que ella las odiaba.

Le levanto el vestido sobre los muslos, y le dejo a la vista unas braguitas blancas de encaje. Las marcas rosadas se extienden como ramas finas por los pechos, las caderas, el ombligo… A mí me parecen hermosas.

—Deja de mirarlas así —murmura mientras intenta bajarse el vestido.

—La única que las odia eres tú, Jasmine . No deberías.

—Me han destrozado el cuerpo…

—Son la prueba de que diste vida —la interrumpo, y le beso la superficie plana del vientre desnudo—. Este cuerpo absolutamente divino me dio un hijo, así que respétalo.

El rostro se le suaviza. Me deja hacer, y yo continúo recorriendo su cuerpo con la lengua.

Me susurra que deberíamos parar, que estamos en medio de la nada, que cualquiera podría vernos. Alzo la cabeza para mirar alrededor.

—Estamos rodeados de árboles, Jazz. Aquí solo estamos tú y yo.

Duda, se muerde el labio, y vuelve a besarme. La domino con mi cuerpo, y me tumbo encima de ella sobre la hierba.

Le toco el centro húmedo bajo la tela del vestido. Se me escapa un gemido de excitación al comprobar que ya está empapada. La acaricio con una lentitud que sé que la tortura. Jasmine arquea la cadera contra mi mano; está colgada con los brazos de mi cuello.

Sus gemidos se intensifican a medida que la toco con más dedos, aunque sé que se perderán en la inmensidad de los campos. Solo los frutos y yo somos testigos.

Cojo un melocotón y le doy un mordisco; me mira con las pupilas dilatadas. Se lo ofrezco, pero ella niega con la cabeza.

—Por favor… Andréa …

Le quito las braguitas con una mano, en cuclillas.

Abre los muslos, para recibirme tras una larga ausencia.

La vista vale más que todos los cuadros del Louvre : Jasmine con las mejillas encendidas, el pelo rubio esparcido por la hierba, el vestido de flores arrugado en la cintura, los pechos desnudos, las piernas abiertas…

y la cesta de fruta volcada por sus movimientos, con las cerezas rodando hasta ella.

—Esto se merecería una foto —digo, mientras le encajo una de las piernas contra mi cadera—. Eres lo más hermoso que he visto nunca… y eres mía.

Aprieto la mitad de melocotón que aún tengo en la mano.

El jugo se le escurre por los muslos a Jasmine , hasta el lugar donde hace un instante la estaba tocando.

Ella deja escapar un suspiro sorprendido, probablemente por la sensación fría.

Cuando me inclino para probarla, un gemido se le escapa, sin poder controlarlo.

Me deleito con el azúcar líquido en la lengua, la cual explora cada repliegue de Jasmine con un hambre desenfrenada. Me tira del pelo a medida que el placer aumenta.

Cuando los muslos le empiezan a temblar, no aguanto más. Me enderezo, y la privo del orgasmo, lo que me vale una mirada de indignación. No le doy tiempo a protestar. La levanto para sentarla sobre mis rodillas. Es más rápida que yo con las manos, y me baja el pantalón corto.

Un instante después, entro en ella con lentitud.

—Oh… joder —gime Jasmine , mientras apoya la frente contra la mía.

Escondo las manos temblorosas en su pelo mientras me cabalga. Tras tres años, había perdido la esperanza de volver a este paraíso.

Casi olvido lo que estoy haciendo, demasiado absorto en admirar su rostro bañado por el sol. Cuando mi nombre se desliza entre sus labios entreabiertos, le hundo los dedos en las caderas para penetrarla más hondo.

—Te quiero, Andréa —gime entre besos.

—Yo más.

Le como los pechos mientras se mueve sobre mí; el vestido cubre el lugar donde nuestros cuerpos se encuentran. Me clava las uñas en la espalda y los omóplatos mientras acelero las embestidas. Me avergüenza no durar tanto como quisiera.

Gimo contra su boca cuando me corro, lo que desencadena su propio orgasmo.

—Gracias… —murmura Jasmine , y apoya la mejilla sobre mi hombro.

La abrazo.

—Esta vez es de verdad —le prometo, mientras le beso bajo la oreja.