Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

La última vez que me bajó por sorpresa, me dolió tanto que no podía ni andar. El dolor era tan fuerte que tuve que arrastrarme por el suelo del apartamento para llamar a los bomberos, que además se negaron a ayudarme con la excusa de que «exageraba».

Aquel día tuve una hemorragia.

—¿… bien?

Alzo hacia los chicos una mirada vidriosa: me observan con preocupación. No he escuchado el inicio de la frase.

—Creo que voy a tener que tumbarme —susurro a pesar del dolor—. Me duele la barriga.

Andréa lo entiende al instante y pregunta a Ezra si tiene alguna pastilla. Nuestro anfitrión responde:

—En el baño…

Andréa me aconseja que suba a mi cuarto, y promete llevarme lo necesario.

Parte con paso decidido, y eso me resulta adorable. Estoy a punto de obedecer cuando el dolor me golpea al pie de la escalera. Me agacho con un gruñido, convencida de que voy a desmayarme.

—Voy a perder el conocimiento —gimo, y me caigo al suelo.

De pronto siento que alguien me sujeta con la mano. Abro los ojos justo a tiempo para ver a Ezra envolverme la cintura con su propia camisa. No lo entiendo enseguida, pero me mira los muslos, y así me doy cuenta de lo que yo no había notado aún.

«Sangre».

Me arden las mejillas de vergüenza. Mierda. ¿Cómo es posible? ¿Por qué me vuelve ahora? No tengo nada a mano y Clémence no lo necesita porque está embarazada…

—Apóyate en mí.

Ezra me toma en brazos antes de que pueda responder. Sube la escalera sin quejarse por mi peso y me lleva hasta mi habitación.

—¿Quieres darte una ducha? —me pregunta con ternura después de dejarme en el suelo.

—Ya me apaño, gracias. Te lavaré la camisa…

Ni me atrevo a mirarlo a los ojos de la vergüenza. Sin embargo, no parece afectado en absoluto.

Asiente sin decir nada y me deja sola; cierra la puerta tras él.

Me doy una ducha caliente que parece durar una eternidad. Cuando regreso a la habitación envuelta en un albornoz, encuentro una bolsa de plástico sobre la mesilla.

Dentro hay tampones, compresas y una bolsa de agua caliente.

Sonrío, enternecida por el detalle. Me recuerda a los días en que no podía moverme de la cama, en nuestro piso de París. Andréa estaba acostumbrado a mis reglas dolorosas. Siempre estaba allí para cuidarme y comprar todo lo que se me antojara, incluso aunque fueran las tres de la madrugada.

«Durante el embarazo lo pasé peor».

—¿Te encuentras mejor? —pregunta al aparecer—. Ezra ha pasado por la farmacia. Creo que ha comprado de todo, presa del pánico.

«Qué tierno». Me tiende una pastilla y un vaso de agua, que trago sin discutir.

—No mucho. Intentaré echarme una siesta…

Me tumbo con la bolsa caliente apoyada sobre el bajo vientre.

—¿Puedo quedarme? Al menos hasta que te duermas.

Asiento con una sonrisa. No me atrevía a pedírselo, pero parece saber lo que necesito sin que tenga que decirlo.

Se tumba a mi lado, y me aprieta la espalda con el torso. Me acaricia el pelo con los dedos mientras intento dormir, arrullada por el contacto.

Me cuesta conciliar el sueño porque el sol entra por la ventana sin cortinas. Pero al cabo de media hora, el dolor me vence… y me quedo dormida.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, el sol se está poniendo sobre la Toscana. Estoy sola, señal de que Andréa ha ido a reunirse con los demás.

Me doy cuenta de que el agua de la bolsa sigue extrañamente caliente, cuando debería haberse quedado tibia, y además…

«¿Qué es eso?».

Parece que hay tres hojas de periódico pegadas con cinta adhesiva a la ventana, para impedir que los rayos del sol me deslumbren. Andréa debió de ocuparse de ello, al igual que supongo que volvió a llenar la bolsa de agua caliente.

Me incorporo y me froto los ojos, agradecida por la atención. En ese mismo momento, la puerta chirría.

—Oh, estás despierta —susurra Ezra , que se detiene en seco.

—¿Qué hora es?

Mira su reloj.

—Casi las diez.

Suspiro mientras se sienta a mi lado en la cama. Me pregunta si aún me duele, pero niego con la cabeza.

—¿Dónde están los demás?

—Echando una partida de cartas en el jardín. Kai acusa a Andréa de hacer trampas y Clémence friega los platos mientras se queja de que hacen demasiado ruido.

Quiero preguntarle qué hace aquí, conmigo, en vez de divertirse con ellos. Por desgracia, evita mi mirada. El malestar es palpable, y sé que tiene que ver con Andréa .

«Me juzga. Piensa que no he tomado la decisión correcta, estoy segura».

—Con respecto a lo de antes… —empiezo sin saber cómo abordar el tema—. ¿Podrías guardar el secreto durante un poco más de tiempo?

Ezra promete mantener la boca cerrada, y me dice que no es su problema. Luego me pregunta si hemos vuelto de forma oficial. Asiento con una pequeña sonrisa. No reacciona como esperaba, pues se queda congelado con una expresión neutra, casi fría.

—Genial. Me alegro por vosotros.

«Mentiroso».

—¿Pero…?

Ezra suspira y se pasa una mano por el pelo. Siento que tiene algo en el pecho, algo que le pesa, pero le cuesta sacarlo.

—No es cosa mía…

—Di lo que tengas que decir.

—… pero creo que es un error —termina sin necesidad de que le insista—. No funcionó la primera vez, y no funcionará mejor ahora.

Abro mucho la boca, herida. Quería su opinión, y la he tenido. Sabía que no me gustaría, pero reconozco que, aun así, me siento decepcionada.

«No, estoy enfadada».

Porque está juzgando algo que no conoce. Porque él fue el primero en apoyarme desde el principio, el único en aconsejarme, y ahora cambia de opinión.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —replico con frialdad—. No sabes nada de nuestra relación.

—Sé que no queréis las mismas cosas, y con eso me basta para hacerme una idea.

«Es falso». No conoce a Andréa como yo, ni nuestra pareja, ni el amor que nos tenemos. Mucho menos lo que compartimos.

Sobrevivimos, joder. Afrontamos nuestras dificultades, enfrentamos los obstáculos. Hemos demostrado que el amor es más fuerte, y sé que suena cursi, pero es la verdad.

No amaré a nadie como amo a Andréa . Él es testigo de mi amor, y yo del suyo.

—Si sabías que estaba condenado al fracaso desde el principio, ¿por qué intentaste empujarnos el uno hacia el otro?

—Eso fue antes de saber que… —empieza, sin llegar a terminar la frase—. Olvídalo.

—Dices todo esto porque estás celoso.

No era lo que quería decir exactamente. Me muerdo la lengua, arrepentida de mis palabras, pero ya no hay vuelta atrás. Incluso Ezra parece desconcertado por mi comentario. Da un paso atrás, con el ceño fruncido.

—¿Perdona?

—Sueñas con lo que tenemos Andréa y yo. Lo buscas a la desesperada, en vano, así que lo proyectas.

El silencio es tan denso que me siento avergonzada de haber dicho algo así. Ezra y yo nos desafiamos con la mirada un buen rato, y un destello de decepción le brilla en las pupilas.

«Verlo así me duele más de lo que pensaba».

Finalmente, mi amigo se levanta y se dirige hacia la puerta.

—Ahí te equivocas, Jazz —declara, y se vuelve una última vez—. Yo sueño con el gran amor. El de verdad. No con el primer amor cómodo y familiar al que vuelves corriendo porque es lo fácil, porque te da miedo acabar sola o no volver a encontrar a alguien que te quiera tanto.

Cada una de sus palabras me golpea de lleno. Me contengo para no llorar, con los puños apretados contra el colchón.

—Espero que encuentres lo que buscas, Jazz —remata con una voz más suave—. Y espero, por ti, que sea Andréa .

Cuando cierra la puerta me doy cuenta de lo que llevaba en las manos al entrar y que ha dejado tirado sobre la cama.

Un rollo de cinta adhesiva… y papel de periódico.