Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 21
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Capítulo 21

Jasmine

Monticchiello , Italia

—He vuelto con Andréa .

Un estruendo de gritos resuena a través del teléfono, tanto que tengo que taparme los oídos. Hago una mueca, algo incómoda ante la expresión atónita de mis mejores amigas.

Yo misma apenas puedo creer que sea verdad. Ya han pasado dos días y todo sigue igual. Tanto que empiezo a preguntarme si no habré imaginado aquel momento la otra noche, en la cama.

—¡Rebobina! —me suplica Camelia, mientras se recoge el pelo rojo en una coleta alta—. ¿Qué ha pasado desde la última vez? ¿No decías que querías liarte con otros tíos?

—Odio ser esa persona, pero: «¡Te lo dije!» —exclama Lily antes de reflexionar unos segundos—. No, en realidad retiro lo dicho: me encanta ser esa persona.

—¿Estás segura de la decisión? —se preocupa Nolia , que parece estar haciendo horas extra en la floristería.

No puedo evitar sonreír, porque cada una reacciona exactamente como esperaba. No tenía previsto confesarlo tan pronto, sobre todo después de pedirle a Andréa que lo mantuviéramos en secreto.

No quiero precipitarme ni que Clémence me dé una charla.

Pero no puedo ocultarles nada a mis amigas del alma.

Necesito su opinión más que la de nadie.

Así que les explico lo que ha pasado últimamente, aunque omito las revelaciones de la otra noche.

Aún no estoy preparada para eso. En cambio, sí les confieso que no quiero tener hijos…

Y eso no parece sorprenderlas demasiado.

—Personalmente, nunca te he imaginado con ese tipo de vida —admite Nolia —. El marido, los bebés, la casa grande … Pfff.

—Es verdad —añade mi prima Lily—. Yo más bien te veo como la tía guay, rica y trotamundos.

Sonrío divertida, porque es exactamente la vida con la que sueño. La gente siempre saca conclusiones fáciles. No querer hijos no significa que no te gusten los niños. Me encantan… en casa de los demás.

Considero a Nazeena , la hija de Nolia , como mi sobrina. Hablo mucho con ella por teléfono —bueno, más bien hablo sola mientras ella balbucea—, y le hago muchos regalos sin motivo alguno.

Pero al final del día, no soy su madre. Y me basta con eso.

—Sabes, yo tampoco tengo muchas ganas de tener hijos —añade Camelia, mientras se encoge de hombros—. No quiero cerrar esa puerta por si cambio de opinión, pero de momento no me interesa. Lou está de acuerdo.

Oírla decirlo me llena de un extraño alivio, como si el hecho de no estar sola legitimara de algún modo mi opinión.

—Siempre nos han hecho creer que, como mujeres, teníamos un deber —se queja Nolia —. El de procrear, preferiblemente antes de los treinta. Si no, nos juzgan… Pero creo que las cosas están empezando a cambiar, en nuestra generación y en la siguiente.

Asiento con la cabeza. Tiene razón, y de hecho es contra lo que lucho a diario. Sé que lo pasó muy mal tras el parto de Nazeena , así que le pregunto si estaría dispuesta a tener más hijos.

La sonrisilla que pone lo dice todo.

—Creo… que me gustaría tener un segundo, dentro de unos años —confiesa—. Pero no se lo digáis a Cam . Todavía está en periodo de prueba.

—Pff… —se burla Camelia, que pone los ojos en blanco—. Ya estás completamente pillada. Te doy menos de cinco años para que le dejes hacerte un montón de bebés regordetes.

Nolia ríe con suavidad sin negar los hechos. Imagino que está enamorada de verdad de su marido, y eso a pesar del contexto en el que se prometieron.

—Entonces… ¿ Andréa está de acuerdo con no tener hijos? ¿Está seguro? —pregunta Lily.

Asiento y les explico que ha reflexionado mucho. Ha decidido elegirme a mí. Mentiría si dijera que no me asusta. Espero que esté tomando la decisión correcta y que nunca le falte nada a mi lado. En cualquier caso, pienso hacer todo lo posible.

De repente, alguien llama a la puerta de mi habitación.

Andréa asoma la cabeza para sonreírme:

—¿Lista para tu primera clase?

Lanzo un enorme suspiro, con los hombros hundidos. No me encuentro muy bien hoy. Me duele la tripa, la espalda, el pecho… Pero había prometido intentarlo y quiero pasar tiempo a solas con él.

— Andréa va a enseñarme a nadar —confieso a mis mejores amigas—. Deseadme suerte.

Me animan antes de saludar a Andréa , que se hace el tímido detrás de mí.

Tras colgar, bajo por la escalera tras Andréa . Me toma de la mano a escondidas y sonrío con entusiasmo.

Somos como dos adolescentes que se esconden de sus padres.

«Ridículo… pero tierno».

—Deja de mirarme así —le advierto cuando ya estamos al lado de la piscina—. No me dejas concentrarme.

—Es difícil hacer otra cosa, Arrietty.

Dejo escapar una sonrisa juguetona mientras me desabrocho el vestido. Se abre por delante y me deja al descubierto el escote del bañador. Es de color negro oscuro, un color que no suelo llevar pero que me resalta el pelo claro.

Por primera vez en mucho tiempo, llevo bikini. Las estrías quedan a la vista, pero no siento la necesidad de esconderlas.

—Lo haces a propósito —me acusa él, mientras se deleita con el espectáculo—. No es justo.

Estamos solos en la casa. Clémence y Kai han salido de excursión y Ezra tenía que hacer un recado urgente en el pueblo.

Por eso me permito dejar caer el vestido al suelo, formando un círculo a mis pies. Me acerco a Andréa , le paso una mano suave por el pecho y murmuro:

—¿Duermes en mi cuarto esta noche?

Andréa traga saliva, con la mirada encendida por una sed que muere por saciar. Estoy ahí, medio desnuda frente a él, mientras le acaricio el torso musculado.

—También podemos posponer la clase de natación —propone, mientras me roza con la nariz.

Niego con la cabeza al tiempo que retrocedo y agarro el churro de espuma que se encontró en el garaje.

—¡Estoy lista para nadar, profesor!

Él ríe suavemente antes de sacarme una foto con el móvil.

Pienso que es para burlarse de mí, pero me asegura que salgo muy guapa.

Le sigo al agua, de pronto angustiada por lo que viene.

Andréa me tranquiliza al decirme que hago pie hasta cierto punto y que, en cualquier caso, jamás me dejará ahogarme.

Le confieso que la piscina me da menos miedo que el mar, por la talasofobia.

—Tienes que aprender a respirar —me indica—. Sincronizar la respiración con los movimientos. Debes soltar todo el aire de los pulmones una vez bajo el agua e inspirar en cuanto vuelvas a la superficie.

Escucho con atención todos sus consejos mientras floto, con su mano sosteniéndome del vientre al borde del agua.

—Desde aquí, la vista es impresionante —comenta—. ¿Te han crecido las tetas?

—Concéntrate.

—Si no querías distraerme, deberías haber escogido otro bañador. ¡Soy un hombre! —se queja Andréa mientras yo pataleo para avanzar.

Me siento como un cachorro en el agua, pero funciona. Andréa no se burla. Al contrario, tiene una paciencia infinita.

Intento ignorar la sensación de sus manos por el cuerpo, pero se vuelve cada vez más difícil, sobre todo cuando me da algunas palmadas juguetonas en el culo.

Cuando me felicita por haber aguantado varios segundos bajo el agua y haber avanzado de un punto A a un punto B, le enrosco los brazos en torno al cuello.

—Eso merece una recompensa, ¿no crees?

De forma natural, me pone las manos en las caderas, y luego me alza sin esfuerzo. Le envuelvo la cintura con las piernas como un koala, con una gran sonrisa en los labios, y aprieto el pecho contra el suyo.

Encontrarme tan cerca de él, literal y metafóricamente, es embriagador. Es como ver por sexta vez tu serie favorita.

Reconfortante.

—Si supieras cuánto lo he echado de menos —suspira, mientras me da un beso en los labios—. Esto. Tu cuerpo, tu boca, tu voz…

—¿Es tan bueno como en tus sueños?

Sonríe, divertido.

—La realidad siempre es mejor.

Hundo las manos en su pelo corto para profundizar el beso, obedeciendo a una necesidad primaria y salvaje. Quiero recuperar lo que sentí en la oscuridad de su cuarto, en Venecia, cuando su mano tocaba el piano entre mis muslos.

—No será jamás igual en ningún otro sitio —añade al sentarme en el borde de la piscina—. Tú eres mi persona, Jazz. Para siempre.

Tirito, con el corazón a punto de estallar. Prefiero esta promesa de eternidad a la que se pronuncia ante el altar, aunque me guste imaginarme vestida de blanco…

Tengo tantas ganas de estar con él que incluso duele. Casi me olvido del vientre, que parece lanzarme punzadas horribles. Necesito que esté en mí, ahora mismo.

Le susurro que vayamos arriba, y lo hace sin dudar demasiado. Andréa me alza en brazos sin dejar de besarme. Rio cuando resbala en el suelo mojado por el agua que nos gotea del cuerpo.

—Intentemos no partirnos el cuello antes de llegar arriba, ¿vale?

Está a punto de contestar cuando oigo la puerta cerrarse de golpe. Me sobresalto, giro la cabeza hacia la entrada.

Ezra está de pie en el vestíbulo, con los ojos clavados en nosotros.

Mierda. Aparto a Andréa , con el corazón desbocado. No quería que lo supieran los demás, no tan pronto. ¡Nos han pillado con las manos en la masa, como a dos principiantes!

—Oh, has vuelto —suelta Andréa para intentar disipar la incomodidad.

Ezra aparta la mirada, con el rostro neutro, y asiente despacio.

—Sí, he tardado menos de lo previsto… ¿ Clem y Kai siguen fuera?

Asentimos sin decir nada, avergonzados. Espero que nuestro amigo añada algo, pero parece ignorar lo evidente. Deja sus cosas en el sofá y se sirve algo de beber sin prestarnos atención.

Andréa me hace una mueca, en silencio. Supongo que nuestra sesión de mimos tendrá que esperar a esta noche.

En cualquier caso, me encuentro demasiado mal como para echar un polvo…

Los chicos entablan una conversación que apenas escucho; estoy doblada de dolor.

Es un dolor que conozco, pero que me parece improbable: el de la regla.

Se siente como contracciones, cuchilladas y descargas eléctricas que me asaltan por delante y por detrás.

«Imposible. Lleva meses sin bajarme».

La amenorrea secundaria es uno de los síntomas de la endometriosis que sufro, así que debo soportar reglas irregulares y a veces ausentes. Nunca sé cuándo volverá.