Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—¿Piensas en él, a veces?

Una pausa. Un suspiro.

—Todo el tiempo.

Es una pregunta estúpida. Aun así, siento un extraño alivio al escuchar su respuesta. Creía que me estaba volviendo loco, pero me doy cuenta de que estamos en la misma situación. Ella seguramente más que yo, después de lo que pasó…

«Comprendo que ya no quiera tener hijos después de aquello».

¿Cómo podría reprochárselo? El trauma es real y nuestra ruptura no hizo más que empeorarlo. Y todo porque no supimos gestionar el duelo. Tenía razón, aquel día. Éramos demasiado jóvenes, no estábamos preparados. ¿Pero quién iba a imaginar que acabaría así?

—A veces… pienso que me guardas rencor —confiesa en voz muy baja—. Que me consideras responsable.

—Jazz… Jamás.

—Me dejaste unos meses después —me recuerda con amargura. «Imbécil, imbécil, imbécil»—. Y aún me culpo por ello. Nunca quise…

—No te preocupes, lo sé —la interrumpo.

—Creo que nos pasa a los dos lo mismo —ríe con tristeza—. Yo me siento culpable, pero me niego a remendar los errores. Así que prefiero acusar a los demás.

Cierro los ojos para rechazar la tristeza, pero esta encuentra un resquicio por el que colarse. Busco la mano de Jasmine en la oscuridad y ella la aprieta en respuesta.

—Nada fue culpa tuya —la tranquilizo—. Lo siento si te hice sentir lo contrario.

—Creo que necesito un abrazo.

—A sus órdenes.

Me acerco para estrecharla. Jasmine se entrega a mi abrazo, con la cabeza cómodamente apoyada contra mi pecho. Aspiro el aroma limpio de su cabello mientras le acaricio la espalda con ternura.

«Me gustaría quedarme así para siempre».

No quiero volver a pelearme con ella, no quiero volver a ver la decepción ni el rencor en sus ojos.

—Jazz. Te dejé porque tenía miedo. Pero también… porque sentía que si no lo hacía yo, lo harías tú.

Ella levanta la cabeza hacia mí, boquiabierta.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Por entonces, discutíamos constantemente —le recuerdo—. Me reprochabas muchas cosas, a veces con razón —admito—. Te encerrabas en el silencio muy a menudo. Así que empecé a pensar… que te habías cansado, pero que no te atrevías a irte, quizá por miedo a hacerme daño.

Es la verdad. Nunca me sentí a su altura, pero en los últimos tiempos era peor aún. Tenía siempre la impresión de hacer algo mal. Mi madre intervino en cuanto supo lo de la infertilidad de Jasmine … y quiso meter baza.

«Por mi bien».

Hoy me doy cuenta de que ella es la única persona que necesito para vivir.

Mi primer amor… y el último.

—Sufría mucho —explica ella en un susurro de dolor—. Igual que tú con la ira, yo no supe sacarlo de la manera adecuada. Lo siento.

Le doy un beso en la sien, señal de que todo está perdonado, y ella me frota la nariz contra el torso desnudo en respuesta.

Después hablamos de todo y de nada. Le cuento cómo conseguí un trabajo en un restaurante de lujo en Niza y cuánto le agradezco a Zélie su amistad.

Me pregunta por ella, así que se lo cuento todo: nuestras carcajadas detrás de los fogones, nuestros afterworks a las dos de la mañana, o nuestros concursos de baile improvisados las noches de cierre, cuando había que barrer y hacer inventario.

—Parece divertida —sonríe Jasmine .

—Nos reímos mucho, es verdad… Gracias a ella me siento menos solo en el trabajo.

Después me confiesa que nunca consiguió salir con otro hombre. Me explica que incluso probó con las aplicaciones de citas, antes de arrastrar a su prima Lily a la aventura. Me habla de sus mejores amigas y de su nueva vida como wedding planner .

Ya son las cuatro de la mañana cuando le pregunto qué es lo que le desagrada tanto de tener hijos.

—Respeto muchísimo a las personas que los quieren tener —responde con voz suave—. Simplemente… no son para mí. Creo que siempre lo supe, en el fondo, pero me engañaba a mí misma.

—¿Por qué?

Suspira.

—Porque me hicieron creer que no era normal. Porque crecí con la idea de que ser mujer significaba querer formar una familia, y que lo contrario no era más que puro egoísmo.

No digo nada, porque la entiendo. Ya no le guardo rencor. Ella misma no estaba segura, ya que todo el mundo no deja de repetirle que cambiará de opinión algún día, cuando conozca a «la persona adecuada».

Pero yo era la persona adecuada.

«Si las cosas no hubieran acabado así… ¿se habría arrepentido? ¿Habría querido ser madre?».

—Lo intenté —añade con la mirada gacha—. Por ti. Porque sabía que, si podía amar a un bebé, sería al tuyo.

No le pregunto si lo ama, porque ya conozco la respuesta. Dudar de su amor por nuestro hijo sería insultarla.

Solo que… si hubiera tenido la oportunidad de crecer, no sé si Jasmine habría sido feliz. Una madre cariñosa, sí, pero probablemente no una mujer realizada.

Quizá incluso habríamos acabado por separarnos.

«Las hipótesis son infinitas. Nunca lo sabremos».

La verdad es que quiero volver a empezar. Todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad, ¿no?

«Incluso nosotros».

—Solo te necesito a ti, Jasmine Pham. Siempre ha sido así, y tuve que perderte para recordarlo. Te hice daño una vez, y ya fue demasiado. No habrá una próxima.

Ella parece incapaz de respirar. Sabe, igual que yo, lo que intento decirle.

—Me niego a que te sacrifiques por mí —susurra, mientras llora suavemente—. Nunca me lo perdonaría. ¿Y si un día te despertaras y te arrepintieras de haber echado tu vida a perder por mi culpa? ¿Y si acabaras por odiarme?

Le acaricio la mejilla con el pulgar, con una sonrisa en los labios.

—Ya tenemos un hijo, Jazz. Con eso me basta.

Ella aparta la mirada para secarse otra lágrima. Siempre hablamos de él en presente, porque sigue ahí, en nuestro corazón. Hablar en pasado sería… devastador.

—¿Estás seguro, entonces?

La hago callar con un beso en los labios y le hundo la mano en el pelo rubio. En un primer momento parece sorprendida, pero se aferra a mis hombros para besarme más profundamente.

—Di que sí, y ya está.

Sus ojos me suplican que no la decepcione cuando susurra:

—Sí.