Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Andréa

Monticchiello , Italia

Jasmine ha desaparecido.

La vecina de Ezra se ha marchado a su casa después del desastre que ha provocado sin querer, no sin antes disculparse. Clémence está en shock , Kai no dice nada, y Ezra me pregunta si no debería salir corriendo en busca de mi ex.

—Pronto anochecerá —añade mientras vuelve a mirar por la cristalera—. Hace una hora que se ha ido. Podría haberse perdido, o haberse hecho daño.

Niego con la cabeza, sentado en el sofá. Siento como si tuviera una flecha clavada en el pecho. Me cuesta respirar, el corazón me duele, pero resisto.

«Veo un bebé aferrado a ti».

Creí que iba a ponerme a llorar al instante. Ese bebé…

Nuestro bebé…

—Está bien —lo tranquilizo con voz cansada—. Solo necesita estar sola. Volverá cuando se sienta preparada.

Ezra asiente y confía en mí. Propone empezar a preparar la cena, pero me levanto.

—Déjame hacerla a mí. Necesito… distraerme.

Cocinar siempre me ayuda en este tipo de situaciones. Ezra lo percibe, por eso me da permiso para usar su cocina.

—No entiendo qué significa —interviene Clémence , al girarse hacia mí—. Andréa , explícanoslo.

La ignoro y me limito a elegir las verduras adecuadas. Pienso qué puedo preparar con lo que hay y opto por unos rigatoni con calabacín y parmesano.

—No tiene por qué hacerlo —responde Kai por mí—. Es su vida privada.

—¡Pero somos sus amigos! —insiste ella—. Todos sufrimos con su ruptura. De la noche a la mañana tuvimos que ir con cuidado y, sobre todo, tomar partido, sin ni siquiera saber el motivo.

Me pongo a cocinar en silencio mientras Clémence sigue intentando sonsacarme algo. Kai y Ezra guardan silencio porque ya lo han entendido.

Se compadecen.

Al ver mi reflejo en la cristalera, me quedo mirando el tatuaje aún fresco que tengo en el brazo. Un par de acianos.

Aciano .

Mi flor favorita, para siempre.

—Ahí está —murmura Ezra cuando la pasta está terminando de cocerse.

A través de la ventana distinguimos a Jasmine . Camina despacio por el campo, con la cabeza gacha. No le veo bien la cara, pero sé perfectamente lo que siente.

Compartimos el mismo dolor, el mismo duelo.

Aunque no lo hayamos vivido de la misma manera.

—No se lo mencionéis —les ruego mientras termino de poner la mesa—. Haced como si nada, salvo que saque ella el tema.

Todos asienten en silencio. Kai pregunta quién ha visto la última temporada de Alice in Borderland , lo que abre un nuevo tema de conversación.

Por dentro me estoy muriendo, pero me preparo para fingir. Por ella. Por nosotros.

Cuando Jasmine cruza la cristalera y entra en la casa, noto cómo la atmósfera cambia. Todos se tensan, y la expresión compasiva de Clémence no ayuda. Kai la reprende con la mirada, pero Jasmine ni siquiera los ve.

—He preparado la cena —anuncio, mientras le señalo la cazuela—. Llegas justo a tiempo. ¿Nos sentamos?

Parece abatida. Tiene los ojos rojos e hinchados; ha estado llorando sin parar. Aun así, me regala una sonrisa radiante.

—Genial, me muero de hambre. Voy a lavarme las manos.

Se mete en el baño bajo nuestra mirada inquieta. Soy consciente de que nuestro pasado acaba de enturbiar el ambiente y me disculpo con los demás.

Ezra me manda a la mierda, y Clémence lamenta no haber podido ser un apoyo para su amiga.

Me gustaría decirle que eso era lo único que yo deseaba: hablarlo. Contárselo a alguien, compartir nuestro dolor. Pero Jasmine , la reina de la negación, se negó a hacerlo.

«No quiero tener que explicarlo, una y otra vez».

«No necesito su compasión. No quiero… recordarlo».

Así que eligió olvidar. Hasta darse cuenta de que era imposible… y de que tendríamos que vivir siempre con la herida que dejó esa pérdida.

—¿Es normal que me hayas puesto un cuchillo de untar? —se queja Kai , mientras levanta el objeto en cuestión.

Jasmine se sienta a mi lado y despliega la servilleta, mientras yo contesto:

—Oh, perdón, pensaba que los cubiertos iban en función de la edad mental de cada uno.

Me dedica un corte de mangas que le devuelvo, seguido de un corazón con los dedos. Clémence suelta una risita y me dice que estoy resentido con su marido porque se quedó con la mejor habitación de la casa.

Ezra le pregunta de cuál se trata.

—La que está a la izquierda del baño, con vistas a la piscina.

Su primo frunce el ceño antes de llevarse un poco de pasta a la boca. Kai nos mira a uno y a otro, suspicaz.

—¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema?

—Nada, nada. Solo… no te sorprendas si notas una presencia durante la noche.

Se hace el silencio. Todos lo observamos sin decir palabra. Kai le dice que solo está intentando asustarlo, pero Ezra se queda muy serio.

—Ah, no, pero que no cunda el pánico, ¿eh? Es muy maja. No es maquiavélica ni nada por el estilo.

—¿Pero quién?

— Arabella . ¿No os lo había dicho? —se extraña—. Juraría que sí.

Kai deja escapar una leve queja.

—Te lo ruego, dime que es el nombre de tu perra.

—No. Es posible que la casa esté encantada.

Jasmine parece interesarse por fin en la conversación. Kai ordena a su primo que deje de mentir mientras Clémence le suplica que dé más detalles. Yo, por mi parte, le pregunto cómo podría estar embrujada su casa si la había mandado construir él mismo.

—Porque se construyó sobre un antiguo cementerio —explica con la boca llena—. Por eso nadie quería comprar este terreno.

Entrecierro los ojos, poco convencido. No logro saber si habla en serio o si se está inventando semejante trola para divertirnos… o mejor aún: para distraernos.

Sonrío en secreto. «Es mi amigo por algo».

—Prometido, no es peligrosa. Creo que más bien busca un poco de compañía…

—¿Y cómo sabes su nombre? —pregunta Jasmine .

Ezra le sostiene la mirada antes de encogerse de hombros, visiblemente satisfecho de haber captado su atención.

—Se lo puse yo, en honor a los Arctic Monkeys . Es su canción favorita.

—¿Y qué hace exactamente? —pregunta Clémence , mientras da un sorbo de agua—. ¿Mueve los muebles? ¿Da portazos? ¡Me parece fascinante!

Ezra se recuesta en la silla, sube una rodilla y responde:

—A veces, me deja palabras en el espejo empañado cuando salgo de la ducha. El otro día, me estaba cepillando los dientes cuando escribió: «Sexsi»: S, E, X, S, I.

—Vale, ya te estás riendo de mí —refunfuña Kai .

Intercambio una sonrisa con Jasmine , lo que me anima a añadir:

—Seguro que es disléxica, como yo. No está bien que te burles de ella, Kai . No somos menos inteligentes que tú, ¿sabes?…

Jasmine estalla en carcajadas sin poder controlarse, y yo lo cuento como una victoria. Le hago una seña a Ezra para que continúe. Él sigue con gusto:

—A veces solo se pone a tararear. Hay noches que me despierta con su dulce voz.

—¿Qué canta? —susurra Clémence , que parece creérselo demasiado.

—Muchas canciones de Maître Gims . Pero también La Goffa Lolita , su favorita.

Me parto de risa con una servilleta en la cara. Jasmine me sigue poco después y le reprocha a Ezra que intente hacerles creer esas tonterías.

Él alza las manos con gesto inocente.

—Bah, si ni siquiera me lo he llegado a creer —dice Kai , terminando su plato—. Que venga Arabella , la recibiré como se…

En ese mismo instante, se escucha un sonoro «boom». Todos, salvo Ezra , soltamos un grito de terror. Al girarme, veo que la maleta de Kai acaba de caerse… sin motivo alguno.

Todos nos giramos lentamente hacia él; está pálido.

—La has enfadado —murmura Ezra .

Me sé de uno que no va a pegar ojo esta noche.

Mi habitación es pequeña, pero perfecta. Tengo que admitir que Ezra tiene buen gusto. Todo es bonito, moderno y auténtico a la vez.

Después de una ducha caliente de cuarenta minutos, con mil pensamientos intrusivos a la vez en la mente, por fin me meto en la cama.

La ventana está abierta y deja que la luz de la luna ilumine la habitación oscura. Me pregunto cómo estará Jasmine . Me habría gustado tranquilizarla, abrazarla, pero sabía que era mejor dejarla tranquila.

Si no está preparada para enfrentarse a ello, nadie conseguirá jamás obligarla.

Cojo el móvil, con la intención de desearle al menos buenas noches.

Andréa : «Si Arabella te visita, proponle cantar Sapés comme jamais a dúo».

Casi al instante, escucho un suave ruido al otro lado de la puerta. Me pongo rígido, con la idea tonta de que también he conseguido molestar al fantasma imaginario.

Pero cuando voy a abrir, veo aparecer el rostro de Jasmine .

—No me sé la letra —dice para justificar su presencia.

«Traducción: necesito estar contigo esta noche».

—¿Quieres dormir conmigo?

Ella asiente, de modo que abro la puerta más para invitarla a entrar. No se hace de rogar y se acurruca entre las mantas. Sonrío al ver que ha ocupado automáticamente el lado derecho, aunque sea el que está al lado de la puerta, sencillamente porque es el suyo.

—¿Estamos de acuerdo en que era una tontería? —pregunta mientras me tumbo con ella—. Si es así, Ezra miente mejor de lo que pensaba. ¡Qué sabandija! Casi consigue engañarme.

Podría parecer que Jasmine está bien. Sonríe, hace bromas, se ríe. En resumen, salva las apariencias. Pero por dentro, ni me atrevo a imaginar la guerra que libra consigo misma.

—Creo que se estaba riendo de nosotros, en efecto. Pero más vale prevenir que curar, ¿no?

Ella asiente sin decir nada. Le deseo buenas noches, tumbado frente a ella, y cierro los ojos. Tenerla cerca, como antes, me electriza por completo. Había echado mucho de menos esta cercanía, esta sensación de familiaridad y de consuelo.

Permanecemos así un buen rato. Al principio creo que se ha dormido, pero de pronto rompe el silencio:

—He plantado acianos en mi jardín, ¿sabes?

El dolor regresa, esta vez como un puñetazo en el vientre tan violento que me deja sin aire.

—¿Crecen bien?

—Sí. Son jóvenes, pero están sanos… Los cuido.

¡Y eso que en su día se le morían hasta los cactus! Me gustaría poder reírme de ello, pero es demasiado. Le respondo que debería mandarme fotos cuando vuelva a casa.

Asiente en silencio y temo que no se atreva. Tomo su comentario como una señal de que está lista para hablar, para abrirse en canal. Decido entonces lanzarme, con el corazón acelerado: