Antes
Jasmine
París, Francia
Dos rayas.
Sigo mirando fijamente el test de embarazo que tengo en la mano, desconcertada. Efectivamente, una segunda raya empieza a aparecer… igual que en los tres tests anteriores, que ahora están en la papelera del cuarto de baño.
Es cierto que Andréa y yo dejamos de hacerlo con preservativo, pero yo tomo la píldora anticonceptiva a rajatabla. Tengo mucho cuidado. Siempre soy prudente, sobre todo desde que me diagnosticaron endometriosis el año pasado.
La ginecóloga me había advertido, sin embargo, de que tendría problemas de fertilidad, cosa que me tranquilizó de inmediato. Pensaba que no tendría que preocuparme por esa posibilidad.
«¿Cómo es posible, joder?».
Las lágrimas me nublan los ojos y suelto una maldición. No estaba previsto. No puedo tenerlo… ¿o sí? Solo tenemos veinte años. Todavía estamos en la universidad, y pagamos el alquiler con trabajos a media jornada.
¿Cómo se supone que vamos a ocuparnos de un bebé? ¿Tendríamos que dejar los estudios? ¿Echar a perder mi futuro? ¿Quedarme en casa todo el día, levantarme cada dos horas por la noche?
«Antes prefiero morir».
De inmediato siento remordimientos por ese pensamiento egoísta. No es contra él, en particular. Simplemente… soy demasiado joven para tener hijos.
Ni siquiera sé si los querré algún día.
Entierro este secreto en lo más hondo de mí, porque aún no estoy preparada para afrontarlo.
«Voy a abortar». No pasa nada, le ocurre a muchas personas. Mi madre abortó nada más y nada menos que seis veces, antes y después de tenerme a mí.
Una vocecilla perversa me acusa de asesinato, pero soy lo bastante razonable como para saber que, en este punto del embarazo, el feto no es más que una pepita de sandía.
—¿Jazz?
Doy un respingo al oír la puerta del piso cerrarse de golpe, y después el ruido de unas llaves al caer sobre la mesa.
—¡Estoy en el baño! —grito de vuelta.
Me apresuro a hacer desaparecer las pruebas. Meto papel en la papelera para tapar los tests y rocío la habitación con ambientador para disimular el olor a vómito.
Salgo del baño tras respirar hondo. Andréa me sorprende con un abrazo por la cintura y hunde el rostro en mi cuello.
—Joder, cuánto te he echado de menos hoy.
Le abrazo yo también, aliviada por su presencia. He sido tonta al pensar, aunque solo fuera un segundo, que estaba sola en esto. Somos un equipo. Sea lo que sea lo que decida hacer, sé que me apoyará.
—¿Qué tal el día? —pregunto mientras me besa distraídamente la oreja.
—Aburrido. ¿Y el tuyo?
Siempre la misma respuesta, como si odiara vivir aquí. A veces me lo pregunto. Al contrario que yo, a Andréa no le gusta salir. Sabía que era casero, pero ¿tanto…?
No sé si prefiere quedarse en el piso porque no le gusta conocer gente o porque siempre está muy preocupado por el dinero.
—Un poco movido.
No sé cómo abordar el tema. Más que nada, temo su reacción. ¿Se enfadará? A día de hoy Andréa gestiona mucho mejor la ira, pero si piensa que lo he hecho a propósito para tenderle una trampa…
«No. Es un buen tío. Todo saldrá bien».
—¿Qué ha pasado? —se preocupa de repente.
Me suelta para mirarme de frente y me pone las manos a ambos lados de la cara. Noto cómo busca alguna señal en mi rostro, una respuesta, pero no encuentra nada.
—Llevo todo el día enferma…
—Ya estabas pachucha ayer. Creo que deberías ir al médico —me aconseja Andréa , mientras me pone una mano en la frente—. No tienes fiebre, eso es bueno.
Sonrío. Es encantador. Me gusta mucho cómo cuida de mí. Andréa es el novio perfecto… y estoy convencida de que será un buen marido.
«Y también un buen padre».
Solo que… ahora no es el momento. No hasta que lo haya pensado de verdad.
— Andréa .
—¿Mmh?
Trago saliva, muerta de miedo. Hay mil maneras de contarlo: algunas mujeres imprimen su primera ecografía, otras tienden el test positivo en el que han meado.
Yo… me lanzo, sin más.
—Creo que estoy embarazada.
Espero a que la información le cale en el cerebro. Tarda unos segundos. El pliegue de preocupación en la frente le desaparece de inmediato, y abre mucho los ojos.
—¿Q… qué? —balbucea, mientras me clava la mirada en el vientre plano—. ¿Cómo que embarazada? No, quiero decir: ¿cómo que «crees»?
—En realidad, estoy bastante segura. Me he hecho cuatro tests distintos y todos han dado positivo.
—Joder.
Asiento, e intento apoyarlo. Andréa se lleva las manos a la cabeza, atónito. No dice nada más y empiezo a entrar en pánico. Sé que es absurdo, pero me da miedo que me deje, y que me culpe.
—Lo siento —me apresuro a decir antes de insultarme en silencio por haber dicho eso—. Bueno, al fin y al cabo estábamos los dos. No es del todo culpa mía.
—Por supuesto que no. No se me ha pasado por la cabeza, ni por un segundo…
—No sé qué ha pasado.
—Jazz…
—Pero estamos de acuerdo en que somos demasiado jóvenes. No lo habíamos planeado, y además no tenemos sitio. Mañana mismo pediré cita y…
—¡ Jasmine Pham!
Me callo, ruborizada. Me doy cuenta de que Andréa no se ha contagiado de mi estado de pánico; al contrario. Tiene los ojos llenos de lágrimas, y me miran con amor y gratitud.
Con su sonrisa, ilumina París mucho mejor que la Torre Eiffel.
—Vamos a tener un bebé —susurra, con las manos sobre mi vientre—. No es una mala noticia, ni de lejos. ¿Por qué iba a serlo?
Ah, ya entiendo. Está feliz. Peor aún: quiere que lo tengamos.
No sé por qué me sorprende. Lo conozco mejor que a nadie. Andréa sueña con una familia construida a imagen y semejanza de la de sus padres.
De todos modos, me desconcierta la facilidad y la rapidez con la que acepta la situación. ¿No debería hacerse preguntas prácticas?
—¿Porque tenemos veinte años? —propongo, dudosa—. ¿Porque no tenemos dinero y no hemos terminado los estudios?
Porque tengo demasiados proyectos, demasiados sueños aún por cumplir.
—Eso son detalles.
—No estoy de acuerdo… Andréa , esto es serio.
«Estamos hablando de un bebé, de un ser humano de verdad».
Se da cuenta enseguida de que no estoy tan entusiasmada como él con esta idea, y la sonrisa se le borra.
Me rompe un poco el corazón, porque nunca he querido ser el motivo de su tristeza.
Pero esta situación me supera. Las palabras de mi madre y de mis tías se me repiten en bucle en la cabeza: «De verdad, no tienes instinto maternal».
Durante mucho tiempo, ese comentario me dolió. ¿Cómo se suponía que iba a tener instinto maternal si ni siquiera era madre? Si aún era una niña.
La verdad es que nadie sabe ser madre antes de serlo. El instinto maternal no es más que una ficción.
—Me lo tomo muy en serio —me tranquiliza Andréa .
Se recompone y me propone que nos sentemos a hablar; eso es lo que hacemos.
—Entiendo que te dé miedo —empieza, mientras me acaricia la mano—. Yo también estoy aterrado. Y, al mismo tiempo… joder, era lo que necesitaba; algo a lo que agarrarme.
Frunzo el ceño. No sé a qué se refiere. Sé que a veces se arrepiente de haber dejado a su familia, que la echa de menos, pero hemos conseguido construir una vida que nos gusta.
Un bebé no debería cargar con esa responsabilidad.
No se tienen hijos para que te hagan sentir mejor o te levanten el ánimo.
Se deben tener cuando uno está seguro de poder darles tiempo, amor y seguridad material y económica.
Yo aún no estoy en ese punto.
—Te quiero, Arrietty. Te quiero con locura, y eso no va a cambiar.
—Genial, pero el amor no sirve para pagar los pañales. Tener un bebé significa no poder hacer viajes durante varios años. Olvídate de la vuelta al mundo, del road trip por América Latina, de las aventuras sin preocuparte por el día de mañana.
Nada volverá a ser como antes.
—Mis padres podrían ayudarnos un poco al principio —propone Andréa —. Yo podría dejar la universidad y buscarme un trabajo de verdad.
Os mantendré, te lo prometo.
Le digo que no con la cabeza, porque me niego a que arruine sus estudios por esto. Pero entiendo, por su sonrisa de alivio, que era lo que quería desde el principio: una excusa para poder dejar de estudiar.
«Odia su vida aquí».
Me culpo por no haberlo visto antes. Todo esto es culpa mía, y él no se atrevió a decírmelo. Fingió, durante dos largos años, para hacerme feliz.
Igual que yo dejé de lado por un tiempo mi sueño de viajar porque él lo detesta.
—¿Te imaginas? —añade con una sonrisa soñadora—. Una niña o un niño que tenga tus mismos ojos… Podríamos comprar una casa cuando volvamos a Gordes , con un gran jardín. Te gustan los perros, podríamos adoptar uno cuando nazca el bebé; así crecerían juntos.
Lo imagino, en efecto. La imagen va tomando forma en mi mente a medida que me la describe, y me debato entre la angustia… y la alegría.
Porque puedo verle en los ojos lo feliz que le hace. Es su objetivo en la vida, lo que siempre ha soñado. Y todo lo que Andréa desea, yo también lo quiero. Ahora somos nosotros dos contra el mundo entero.
«O más bien tres».
Por instinto, me pongo la mano sobre el vientre. No siento nada, pero aún es demasiado pronto.
Quizá tenga razón… La imagen de un niño que se le parece me invade la mente, y me derrito. Una casa en Gordes tampoco está tan mal…
Siempre podré viajar después. En cuanto a la universidad, ya me las apañaré.
—Creo… que me gustaría —murmuro.
Estoy locamente enamorada de Andréa Moretti . Eso es lo más importante para mí. Quiero que seamos felices. Tal vez este embarazo sea una señal. Quiero darnos una oportunidad y creer en ello.
—¿De verdad?
Asiento con una sonrisa, de repente emocionada con la idea de tener este bebé. Lo estamos haciendo de verdad. Vamos a tener una familia.
Andréa me besa en los labios con locura. Le devuelvo el beso entre risas, como anestesiada.
—Tengo que decírselo a mi madre —exclama.
—Ehm… ¿Y si esperamos a la primera cita?
Aún es demasiado pronto…
No quiero enfrentarme a todo tan de golpe. Quiero quedarme en esta burbuja que hemos creado y en la que ahora somos tres.
—Me has hecho el hombre más feliz del mundo, Jasmine Pham —sonríe, mientras apoya su frente contra la mía—. Te lo voy a devolver durante toda la vida… Te lo prometo.
Lo hago callar con un beso, invadida por una sensación de emoción y de esperanza. Entierro las dudas en lo más profundo de mí, como siempre he hecho…
… temiendo el día en que todo estalle.