Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

Jasmine

Monticchiello , Italia

Al haberse averiado el coche de alquiler, decidimos seguir en transporte público. El seguro se encargará de recogerlo una vez reparado.

Clémence quería sustituirlo, pero Ezra propuso que cogiéramos un autobús hasta Monticchiello .

—Bienvenidos a mi casa —exclama él.

«Ya estamos llegando». Existen lugares que te absorben el alma y se niegan a dejarte marchar.

Solo lo había sentido una vez antes, en Vietnam, la tierra de mi familia paterna.

Pero mientras el autobús serpentea por las colinas del Val d’Orcia , quedo cautivada por la belleza deslumbrante que desfila ante mis ojos.

A través de la ventanilla contemplo el paisaje, hermoso y sobrecogedor: campos dorados de trigo que se mecen con suavidad al ritmo del viento, cipreses solitarios que se alzan orgullosos contra el cielo azul intenso, y viñedos interminables que se extienden hasta perderse de vista, salpicados por pintorescos pueblos medievales que surgen entre las montañas lejanas.

La luz ámbar del sol baña cada rincón de esta tierra ancestral y crea juegos de sombras y resplandores que añaden una profundidad mágica a la naturaleza.

—Parece… perdido en medio de la nada —comenta Kai al bajar del autobús, con la nariz apretada.

—Precisamente por eso me vine aquí a vivir, imbécil. Me gusta la ciudad, pero prefiero el silencio y los campos que se extienden por el horizonte…

Yo también. Inspiro profundamente el aire puro y fragante del campo toscano, saturado de aromas sutiles de flores silvestres y hierbas aromáticas que tapizan los senderos.

Mientras me impregno de la serenidad y de la belleza de este paisaje, me invade una intensa sensación de paz y bienestar. No puedo evitar pensar que podría vivir en este paraíso terrenal, rodeada de esta magnífica naturaleza preservada.

El valle de Orcia parece un lugar donde el tiempo se detiene, donde cada instante es una invitación a la contemplación.

—Oh, creo que aquí voy a ser feliz…

—Arrietty no puede dejar de ser Arrietty —sonríe Andréa .

Ezra recoge las maletas y nos invita a seguirlo.

—Mi villa está un poco más allá, pero podemos ir andando. Luego iremos en mi coche a hacer la compra antes de que cierre todo.

—¿Tienes una villa?

Kai pone los ojos en blanco y me explica que el término «villa» significa cosas distintas dependiendo del país. Ezra replica que la envidia no le sienta bien, y eso me hace reír. Supongo que es lógico, es arquitecto.

Caminamos por el pueblo de Monticchiello , que será nuestro último destino del viaje. Ezra es tan generoso que nos ha invitado a todos a quedarnos en su casa durante las próximas semanas.

—Ya hemos llegado.

Levanto el rostro, jadeante por las subidas y bajadas del camino. La villa que se alza ante nosotros es impresionante. La fachada cuenta con doce ventanas distribuidas en dos pisos; toda ella está cubierta de hiedra, enganchada a la piedra de un color beige majestuoso.

Un porche exterior sostenido por vigas de madera cobija un gran sofá, una mesa y unas tumbonas.

—¿Todo esto es tuyo? —pregunta Andréa , abarcando el paisaje con la mirada.

Ezra asiente.

—Son 1,7 hectáreas de jardín privado. Planté árboles frutales, olivos… incluso hay cipreses allí al fondo. La piscina está más abajo, luego os la enseño.

Tengo que contenerme para no abrir la boca de asombro.

—¿La has construido tú?

—Sí. Me llevó varios años, pero sabía exactamente lo que quería.

Lo entiendo. Es su oficio, al fin y al cabo. Yo también querría comprar una casa algún día, pero aún no sé dónde. Espero viajar lo suficiente para descubrir qué lugar me gusta más.

«De momento debo admitir que la Toscana me ha robado el corazón».

—Poneos cómodos, estáis en vuestra casa —nos da la bienvenida Ezra al abrir la puerta principal—. Menos tú, Kai .

—Demasiado tarde, cabrón.

La casa de Ezra es tan increíble que me enamoro a primera vista.

El vestíbulo es amplio y luminoso; parece sacado de una revista de decoración.

El salón con dos ambientes es espacioso y cuenta con chimeneas de mármol, perfectas para relajarse junto al fuego en invierno.

El elegante comedor puede acoger cenas especiales y se abre a la cocina.

Esta tiene una gran isla central y ventanales que dan a la parte trasera de la villa.

—Hay cinco dormitorios y dos baños —nos informa Ezra al pie de la escalera—. Uno con ducha italiana, el otro con bañera. Yo duermo en el primero a la derecha. Apañaos con el resto.

Kai y Andréa se precipitan hacia la planta de arriba.

Los dos idiotas se pelean en la escalera, cada uno empeñado en quedarse con el mejor cuarto.

El primero defiende que tiene derecho a la habitación más grande porque está de luna de miel.

El segundo lo manda a la mierda sin molestarse en dar argumentos.

—Chicas. ¿Os sirvo algo de beber? —propone Ezra mientras se dirige a la cocina.

—Me vendría bien —acepta Clémence , y se deja caer en uno de los sofás—. Este trayecto en autobús me ha dejado muerta.

Rechazo la oferta y abro el ventanal para aventurarme más allá.

El sol me lame la piel nada más salir.

«Oh… guau».

Me cuesta creer que esta sea la vista que Ezra contempla cada mañana al despertar. Lo admito: me da un poco de envidia. Solo se ven campos infinitos y, más allá, un cielo bañado en una luz dorada.

Me quito los zapatos para sentir la hierba bajo los pies, tranquila. Encuentro unos escalones irregulares que llevan a la piscina. Está excavada en la piedra, rodeada de plantas de romero, y ofrece una vista impresionante sobre el monte Amiata .

Me siento para mojarme los pies, con los ojos cerrados.

No sé cuánto tiempo permanezco allí, en silencio. ¿Una hora, quizá dos?

Cuando Clémence me propone ir a hacer la compra, reparo en la sonrisa tonta que tengo.

Hay una anciana en el salón de Ezra .

Clémence y yo acabamos de volver, y no encontramos a los chicos por ninguna parte. Solo hay una mujer mayor, sentada en el sofá con una taza de té entre las manos.

—Ehm… ¿Buenos días?

Clémence se inclina hacia mí y susurra: «Dime que tú también la ves». Le lanzo una mirada fulminante antes de presentarme, con los brazos cargados de bolsas de papel.

—¿Es usted amiga de Ezra ?

—Su vecina —responde con un marcado acento italiano—. Le he cuidado las plantas mientras estaba fuera.

No sé dónde vive, porque la villa de Ezra parece aislada de cualquier otra casa, pero asiento con una sonrisa. Clémence me tira del brazo para que la ayude a guardar la compra, y nos vamos a la cocina.

Kai y Andréa entran por la puerta de cristal, muertos de risa, en bañador. Tienen el pelo empapado y salpican las baldosas.

—Os aviso de que os va a tocar limpiarlo —amenaza Clémence .

—Sí, cariño —promete Kai tras darle un beso en la sien—. Nos hemos dado un chapuzón y el agua está perfecta. Tenéis que probarla.

Andréa me pregunta si todo ha ido bien, y justo en ese momento Ezra baja las escaleras. Le tiende una chaqueta negra a la anciana, con una sonrisa en los labios.

—Tenga, es lo único que tengo. Espero que le sirva a su hijo.

—Tiene su edad, debería irle bien. Gracias, caro. *

—Os presento a todos a Ginevra . Mi abuela del alma.

Noto el cariño con el que la mira, y me enternece. Imagino que la vida aquí debe de ser bastante solitaria. Kai vive en Francia, como la mayoría de sus allegados, y su familia lejana reside en Japón.

«¿Por qué decidió marcharse tan lejos?».

Nos sentamos todos alrededor de la mesa para tomar un tentempié, y Ezra nos cuenta cómo conoció a Ginevra y a su marido. Parece ayudarlos bastante a menudo, ya sea con la casa, el coche o con la compra.

—¿Haces chapuzas para los demás? —se sorprende Kai .

—Y no solo nos ayuda a nosotros —responde Ginevra en lugar de Ezra —. Le echa una mano a todo el pueblo. Aquí hay muchos ancianos como nosotros… Los jóvenes solo vienen de vacaciones.

Ezra parece un poco incómodo por el rumbo de la conversación. Kai lo mira con aire burlón, mientras yo recuerdo lo que su primo me dijo aquel día en la playa:

«Mi nombre significa, literalmente, ‹ayuda›. Supongo que mi destino es ayudar a los que lo necesitan».

Imagino que Ezra no tuvo más remedio que ser un niño salvador, al tener en cuenta lo que ya me contó de su familia. No sabe actuar de otra manera.

—Es un buen chico —lo halaga ella, mientras le da una palmadita en la mejilla como a un niño—. Aunque no sabe decir que no.

—¿Cómo podría negarte algo cuando me miras así? —bromea él.

Ella suspira, y nos mira con hastío.

—Además, es un gran seductor.

—Eso ya lo hemos comprobado —confirmo yo, incapaz de contener una sonrisa.

Ezra presenta a Kai como su primo y a Clémence como su cuñada. Ginevra los felicita antes de girarse hacia Andréa y hacia mí. No dice nada, pero distingo que se le arruga un poco la frente.

La tensión es tal que hasta Ezra la percibe.

—¿Todo bien, Gin?

—Vosotros dos. —Me pongo rígida cuando nos señala con el dedo y pone una mirada curiosa—. Habrá que limpiar enseguida este mal aire. Es irrespirable.

—¿Perdón…?

Ezra carraspea antes de explicarnos que Ginevra es… médium. Estoy a punto de echarme a reír, pero mi amigo parece decirlo totalmente en serio.

—Puede notar el aura, y siente cosas que nadie se atreve a decir en voz alta. Es bastante… increíble.

—Acojonante, querrás decir —comenta Kai .

Ginevra me escruta de pies a cabeza en silencio, antes de pasar a Andréa . Este se ha cerrado de inmediato como una ostra.

«No me gusta nada esto».

—¡Siempre he soñado con visitar a una vidente! —se entusiasma Clémence mientras se inclina hacia la anciana—. ¿Puede probar conmigo?

Ezra le lanza una mirada fulminante, pero Ginevra le coge la mano a mi amiga. Nadie más dice nada mientras le clava los ojos, negros como la noche, a Clémence . Contengo la respiración; me niego a creer en ello.

—Veo… un secreto —declara Ginevra —. Escondéis algo a vuestros seres queridos. Los dos.

Todas las miradas se vuelven hacia Clémence y Kai , que han dejado de sonreír. El corazón me late desbocado ante la prueba evidente de que todo esto es real.

—Es un secreto feliz —añade la anciana—. Veo… un bebé. No… Dos bebés.

Clémence retira la mano de golpe, atónita.

Yo no reacciono. Me quedo rígida ante la noticia.

—¿Cómo lo ha sabido? —murmura Kai , aterrorizado.

Ezra le pregunta si es cierto, y Clémence se tapa la cara con las manos. Cuando vuelve a mostrarla, irradia felicidad.

—No quería decíroslo tan pronto, pero… estoy embarazada.

«Oh».

Mi primer reflejo es mirar a Ezra , que hace exactamente lo mismo. Se supone que debería estar feliz por Clémence ; cualquiera saltaría de alegría y correría a abrazar a su amiga.

Y es lo que quiero hacer. Estoy feliz por ella. Pero mi cuerpo se niega a reaccionar, y me limito a quedarme sentada, mientras Ezra y Andréa felicitan a los recién casados.

«Van a ser padres. Van a tener un hijo».

En silencio, me limpio una lágrima solitaria, aunque Andréa lo ve y me posa una mano tranquilizadora en la nuca.

—Enhorabuena —digo con una sonrisa al ponerme también en pie—. Vais a ser muy felices.

«Lo espero de corazón».

—¡Esperad un momento! —exclama Clémence —. ¡Ha dicho dos bebés! ¿Vamos a tener gemelos?

Me vuelvo hacia Ginevra en busca de confirmación, pero ella me observa detenidamente al responder:

—No.

Clémence parece decepcionada.

—No entiendo…

—El segundo es suyo —revela Ginevra , mientras me señala.

El mundo se me viene abajo. Estoy en estado de shock , a punto de desmayarme o de romper a llorar.

Soy incapaz de apartar la vista de Ginevra mientras todos me miran con los ojos muy abiertos. Se hace un silencio absoluto. Me pongo a temblar mientras intento responder con la voz rota:

—Yo… yo no estoy embarazada.

Clémence me llama, Andréa propone cambiar de tema, y yo sigo allí, a punto de vomitar sobre la alfombra.

—Veo un bebé aferrado a ti —añade Ginevra .

«No. No, no, no. Eso es imposible».

No puede saberlo.

Imágenes que había enterrado con todas mis fuerzas me golpean de lleno, tres años después. Intento apartarlas, pero ya es demasiado tarde.

Tras tres años de negación, tres años fingiendo, la herida se ha reabierto… y no estoy segura de ser lo bastante fuerte para afrontarlo.

—Yo… No es…

Soy incapaz de hablar, sencillamente porque ya no tengo fuerzas para mentir. Quizá también se deba a las lágrimas que me asfixian y me nublan la vista.

La desesperación me vence y me disculpo en voz baja, con la mirada clavada en el suelo.

Oigo a Andréa llamarme, pero ya me he marchado.

Abro las puertas acristaladas que dan al jardín… y echo a correr.

* Término cariñoso en italiano que significa ‹querido›.