Capítulo 18
Andréa
Venecia, Italia
Era demasiado pronto.
No debería haber ido tan lejos anoche. Jasmine no está preparada, todavía no. No quiero forzar las cosas; quiero que esta relación dure toda la vida.
Tengo tiempo. Tengo todo el verano para hacerla cambiar de idea. Quiero que vuelva a confiar en mí.
Los tres días siguientes al baile de máscaras están teñidos de silencio y de un coqueteo apenas disimulado.
Jasmine y yo nos sobresaltamos cuando nos rozamos por accidente.
A veces la veo estremecerse cuando nota que la miro, durante la cena, delante de todos.
Busco sus pies bajo la mesa, y ella no se aparta.
Poco a poco consigo abrirle de nuevo una puerta hacia mí.
Pero es difícil no perder la paciencia cuando el apartamento retumba por la noche bajo los gemidos de placer de Kai y Clémence .
—Me alegro mucho por ellos, pero Kai no deja de ser mi primo —refunfuña Ezra mientras paseamos por la ciudad—. Me entran ganas de arrancarme los tímpanos cada vez que intento dormir.
Mi ex suelta una risita y evita mi mirada a toda costa. Ezra , Jasmine y yo hemos salido a tomar un gelato bajo el sol.
Esta noche vamos a la ópera a escuchar a Beethoven . Según Ezra , es una parada obligatoria en Venecia. Imposible saltársela. A Jasmine , por supuesto, le pareció una idea buenísima. Apostaría a que el teatro de La Fenice estaba en su lista de cosas que ver antes de morir.
Si pudiera, iría a todos los sitios del mundo…
—Empiezo a pensar que nos han invitado a propósito —comenta Jasmine mientras lame un helado de frambuesa.
—¿Con qué objetivo?
Atravesamos juntos el puente de Rialto , y nos abrimos paso como podemos entre los demás turistas.
—¿Para provocarnos? —sugiere Ezra con gesto hosco—. Si es así, es bastante cruel.
—Lo dice el que puede tener a la chica que quiera.
Ezra hace una mueca, y entiendo que he metido la pata.
«A cualquiera no».
Jasmine parece no darse cuenta, porque no ve a Ezra de esa manera. Me avergüenza sentirme aliviado. Es como un hermano para mí, al mismo nivel que Kai .
Quiero que sea feliz…
Pero Jasmine es mi excepción. Ella es mi «prohibido tocar», la única persona a la que no puedo ceder sin luchar con todas mis fuerzas. Él la conoce desde hace apenas unos días; yo la amo desde hace diez años.
—Tengo una idea loca —lanza Jasmine de repente, tras detenerse en medio de la calle. Los dos la miramos a la vez, intrigados. Mi ex sonríe y se muerde el labio, dubitativa—. ¿Prometéis decir que sí?
—En absoluto —respondemos al mismo tiempo. Jasmine es la reina de las ideas disparatadas, bien lo vimos el otro día cuando nos tocó hacer autostop . La conozco lo suficiente como para no aceptar a ciegas.
Ella insiste y promete que será un recuerdo que nos quedará para toda la vida; veo a Ezra a punto de ceder.
—Sé fuerte, hermano.
Ya sé que acabará por aceptar: es muy aventurero. Ezra se lanza a prácticamente todo porque le gusta sentir el subidón, enfrentarse a lo imprevisible, lo desconocido. Estoy convencido de que tiene como regla durante las vacaciones no decir nunca que no, por miedo a perderse algo.
Eso lo tienen en común.
—¿Qué se te ha ocurrido, Arrietty?
Ezra se gira hacia mí, visiblemente sorprendido, con la ceja arqueada.
Jasmine se limita a señalar con el dedo el otro lado de la calle. Solo distingo una botica, y un…
—¡Vamos a tatuarnos!
Me estremezco de horror. ¿Qué le pasa? Jasmine sabe a la perfección que tengo fobia a las agujas. Siempre iba con ella a donar sangre, y era el único que se desmayaba; y eso que solo le sujetaba la mano.
—Venga, ¡será divertido! —insiste mientras me tira de los dedos, con la expresión iluminada de entusiasmo—. Será un bonito recuerdo, y una aventura que contar a la vuelta. ¿Qué hay más elegante que hacerse un tatuaje en el extranjero?
Jamás he querido tatuarme. Sé que está de moda, pero no le veo la gracia. No quiero envejecer y arrepentirme de las marcas de tinta en la piel arrugada.
Ezra es el primero en aceptar, como suponía.
—Yo me apunto.
—Para ti es fácil, si ya los tienes por todas partes —refunfuño mientras lo fulmino con la mirada.
—En todas no… —sonríe y me guiña un ojo.
Jasmine arquea las cejas, y juraría que se le enrojecen las orejas. Sé que es una idiotez, sé que no debería tatuarme solo por puro ego masculino, y sin embargo, aquí estoy.
—Vale, let’s go .
Jasmine deja escapar un grito de alegría que me reconforta por dentro. Solo por eso, supongo que he tomado la decisión correcta.
Cruzo la puerta del estudio de tatuajes con desconfianza. El tatuador nos pregunta si habíamos reservado, y Ezra le explica en italiano que ha sido una decisión improvisada. Al hombre parece gustarle la idea, porque ordena a una de sus tatuadoras que nos atienda.
—¿Has elegido lo que quieres? —me susurra Jasmine , que aparece por detrás—. ¿Una foto mía, quizá? No. ¿Una foto de tu madre?
Le doy un golpecito en la nariz, molesto. De acuerdo, quiero tatuarme a mi madre. Soy un niño de mamá. ¿Es tan grave?
—Os quiero mucho a las dos, pero no.
Sigo dándole vueltas.
Me sudan las manos por los nervios. Ezra es el primero en tatuarse. Se quita la camisa, y revela su cuerpo ya tatuado. No oigo lo que pide, pero parece señalarse el pectoral.
—No tienes por qué hacerlo —susurra Jasmine mientras me coge la mano—. Estaba de broma. Nadie va a obligarte.
—Quiero hacerlo. Yo también puedo ser imprevisible.
Ella me lanza una mueca divertida. Sabe mejor que nadie que es mentira. Eso no ha cambiado en tres años, me temo. Pero Jasmine siempre me decía que eso no tenía nada de malo, al contrario.
«Nos complementamos bien».
—Elige algo pequeño y simbólico. Así estarás seguro de no arrepentirte nunca. Como… ¿un Calcifer en miniatura? —bromea.
—Venga, sigue soñando.
Me tomo mi tiempo para pensarlo mientras tatúan a Ezra . Jasmine se sienta a su lado para observar el avance de la obra, hipnotizada por la aguja que yo evito mirar a toda costa. El simple sonido basta para ponerme la piel de gallina.
—No duele —me tranquiliza mi amigo cuando termina—. Solo pica un poco.
—El dolor no es lo que me preocupa.
Ahora luce un nuevo dibujo en la piel: lleva la frase « a heart’s a heavy burden » * escrita en el pectoral, o más bien sobre el corazón, justo encima del pezón. Sencillo pero eficaz.
—Me suena de algo… ¿De dónde es? —pregunto mientras me estrujo la cabeza, en vano.
Él se encoge de hombros, misterioso.
—De una peli de anime que me gusta.
De repente, siento como una revelación. No necesito pensarlo más, ya sé lo que quiero. Y en cuanto lo sé, me invade una tristeza extraña. Tristeza, pero también calma.
—¿Puedo pasar antes que tú? —le pregunto a Jasmine , que asiente, sorprendida—. Quiero quitármelo de encima cuanto antes.
La tatuadora me invita a sentarme. Me acomodo frente a ella y le tiendo el brazo.
—Quiero un par de acianos.
La reacción de Jasmine es inmediata. Abre la boca, estupefacta, pálida… antes de ponerse a llorar. Hago como si no lo hubiera visto, y me preparo para que me claven la aguja.
La tatuadora trabaja sobre mi bíceps mientras yo aparto la mirada, con todo el cuerpo en tensión. Oigo a Jasmine disculparse y luego marcharse. Cuando le pregunto a Ezra adónde ha ido, inquieto, me responde que está en el baño.
—¿Por qué unos acianos? —me interroga con los ojos entrecerrados—. Es una petición muy concreta.
Entiendo que no ha pasado por alto las lágrimas de Jasmine . Si me dejara llevar, a mí me pasaría lo mismo. Pero mi padre siempre me enseñó a no llorar en público. «Sé fuerte», «no seas una nenaza», eran sus frases favoritas.
—Son mis flores preferidas —admito como única explicación.
Jasmine regresa como si nada cuando termino. Me enderezo para besarle la frente y me aseguro de que esté bien. Ella me evita la mirada y se sienta en la silla.
—¿Y tú qué vas a hacerte? —pregunta la tatuadora. Ezra y yo aguardamos su respuesta, impacientes.
Cuando explica su idea, no me sorprende en absoluto. Incluso me arranca una sonrisa, porque le pega muchísimo.
Jasmine se arremanga el top hasta el pecho, como una especie de sujetador, y deja al descubierto la piel fina de los costados.
La observo mientras un pájaro va apareciendo poco a poco en sus costillas.
Las alas parecen cobrar vida bajo su seno derecho, y el animal resulta tan realista que parece a punto de alzar el vuelo.
—Una golondrina… por la libertad —susurra.
Ezra no dice nada, pero percibo una emoción extraña que le cruza el rostro. ¿Asombro? ¿Tristeza?
No le pregunto nada.
Una hora después, salimos los tres tatuados y en un silencio extraño. Lo que debía ser una experiencia emocionante ha removido algo en cada uno de nosotros.
Al menos estoy seguro de que jamás me arrepentiré de este tatuaje. No pienso hacerme ninguno más.
Al adentrarme en la ópera La Fenice, mis pasos resuenan sobre el suelo pulido y crean un ritmo que se mezcla con los murmullos de los elegantes asistentes.
El ambiente está cargado de una expectación eléctrica; cada detalle del fastuoso decorado rezuma sofisticación y misterio. El olor embriagador de la madera encerada y de los ramos de flores inunda el aire, mientras las luces iluminan rostros sonrientes y ropas deslumbrantes.
Siento que aquí desentono.
Ezra nos había advertido que con un atuendo correcto y sencillo bastaba, pero las chicas han insistido en arreglarse. Clémence quería a toda costa llevar uno de sus vestidos de diseño, para salir bien en los vídeos de Instagram.
—¿Me haces una foto? —me pide Jasmine , mientras me tiende su móvil.
—¿Tú también te apuntas a eso? ¿Quieres ser influencer ?
Ella frunce el ceño antes de reír, incrédula.
—Para nada. Solo me gustaría imprimir álbumes de fotos de todos mis viajes. Para hojearlos a veces, cuando me apetezca. Espero conservarlos hasta que sea vieja…
«Y enseñárselos a tus hijos». Casi se me escapa esa frase, pero me contengo en el último momento.
—Haré lo que pueda —prometo, al coger el móvil—. Aunque tú siempre sales bien en las fotos.
Jasmine está deslumbrantemente guapa esta noche. Lleva un vestido verde manzana de seda, ceñido al cuerpo, que resalta cada una de sus curvas, con unos tirantes hechos de flores de tela rosas y malvas. Estas se extienden hasta el busto, coronado por un escote en forma de corazón.
Las fotos salen bien, aunque nunca tanto como la realidad. Jasmine parece, sin embargo, contenta con el resultado, y eso es lo que importa. Tengo que cerrar los ojos cuando me roza al darme las gracias, hipnotizado por su perfume de naranja.
—Jazz, espera.
La agarro de la mano, lo que la sorprende.
—¿Te quieres sentar a mi lado?
Duda, pero adivino que ella también lo desea. La tentación es demasiado fuerte, y ya casi he perdido la paciencia. Desde la noche del baile de máscaras, las cosas han cambiado. Ambos hemos entendido que era imposible ser solo amigos.
—¿Te da miedo aburrirte?
—Pues claro. Por eso me gustaría tener cerca al verdadero espectáculo de la noche… Tú.
Mi atrevimiento me hace ganar puntos, porque se ríe suavemente antes de susurrarme al oído:
—Se te da muy mal ligar, Andréa Moretti .
—Y sin embargo parece que funciona.
Me lanza una mirada fulminante antes de unirse a nuestros amigos, que entran en la sala.
Me detengo un instante para admirar el esplendor que me rodea, maravillado por la grandeza de aquel lugar emblemático. Las lámparas majestuosas, los frescos delicados y las columnas imponentes crean un decorado digno de un cuento de hadas, donde realidad y sueño parecen confundirse.
La gente se mueve con gracia y seguridad, mientras intercambia saludos corteses y miradas cómplices, como si cada uno fuera el héroe de su propia historia en este teatro de la vida.
Jasmine se sienta a mi lado sin decir nada, en el extremo de la fila. Cuando las luces se apagan y quedamos sumidos en la oscuridad, el corazón me late más rápido. Soy demasiado consciente de su cuerpo junto a mí, de cómo se le acelera el pulso cuando le agarro la mano.
Nadie nos presta atención. Todo el mundo está concentrado en el escenario, desde donde resuena una música poderosa. Yo finjo escuchar también, pero tengo todos los sentidos volcados en Jasmine .
—¿Me guardas rencor por lo de ayer? —pregunto en voz baja.
—No —me tranquiliza—. Solo pienso que fue un error.
Cuando intento saber por qué, se me queda mirando el brazo, donde están tatuados los acianos, y se le endurece la expresión.
—Mientras ninguno de los dos cambie de opinión… lo nuestro será imposible.
* ‘El corazón es una carga pesada’, en inglés.