Capítulo 17 #3
Cuando la tira al suelo, no me arrepiento. Sin embargo, me gusta que estemos a oscuras. Eso multiplica las sensaciones, y así no tengo que angustiarme por cómo luce mi cuerpo…
«Esas estrías que ojalá pudiera borrar».
—Si esto es un sueño, entonces ojalá no me despierte nunca —digo.
De inmediato, me cubre los pechos con la boca. No lo veo, pero lo siento. Lo oigo chupar y lamer con calma; el deseo me hace jadear.
Sabe exactamente dónde y cómo tocarme.
Después de tres años, Andréa no lo ha olvidado.
Es igual de bueno que antes —incluso mejor—, sencillamente porque me conoce de memoria.
Es el único capaz de ponerme en este estado.
Da la impresión de que tiene más confianza en sí mismo; antes siempre tenía miedo de hacerme daño.
Me gustaba que fuera atento… pero a veces lo único que quería era que tomara el control sin pedir disculpas.
—¿Y ahora qué? —murmuro contra sus labios hinchados.
No responde de inmediato, demasiado ocupado en besarme.
—¿Sabes qué? No digas nada.
Mi cambio de opinión lo desconcierta durante un instante. Me suelta, como si me dejara la oportunidad de escapar, pero le tiro de la nuca para acercarlo a mí.
—Enséñamelo —le ordeno, incapaz de contenerme.
No lo noto aliviado, pero siento su aliento contra la boca antes de que se lance sobre mí. Creo perderlo por un segundo, pero enseguida vuelve a girarme contra él.
Estoy a punto de expresar mi decepción cuando siento que me abre los muslos con las manos.
La oscuridad es a la vez un lamento y una bendición. Cuando un sentido se ve limitado, los demás se agudizan. Estoy a punto de arder cuando me agarra el short con los dedos y tira de él. La braguita se va con la tela rozándome las pantorrillas.
Andréa no me ve, pero parece saber a la perfección dónde debe tocarme. Me besa la oreja mientras me acaricia la cintura hasta las caderas… hasta dejar la mano entre mis piernas.
Maldice en voz baja contra mi hombro cuando descubre la prueba de mi deseo. Su erección me presiona contra las nalgas mientras me acaricia el clítoris con la mano. Despacio. Con ternura.
«Tanto que se vuelve una dulce tortura».
Se me corta el aliento cuando me introduce un dedo.
Andréa se toma su tiempo. Me provoca con esmero; juega con la lengua contra mi cuello. Lo hace tan bien que me olvido de contener los gemidos. A medida que el placer crece, me muevo contra su mano.
Dos dedos.
Lo que hace con ellos es pura obscenidad, o tal vez me da esa impresión por el ruido de la humedad que me llega a los oídos.
Tres dedos.
Me repite lo mucho que le gusta, lo embriagador que es mi olor, lo mucho que desea que esto no sea un sueño. Me acaricia el clítoris con el pulgar mientras me penetra cada vez más rápido.
—Córrete en mis dedos, Jazz —suspira con una voz sexy y autoritaria que me sorprende.
Es tan inesperado que el deseo crece. Curva los dedos en mi interior y, de pronto, ya no puedo más. Gozo y reprimo los gemidos con la boca contra su otro brazo; tengo los ojos cerrados. Me estremezco varias veces bajo la fuerza del orgasmo.
Tengo los muslos empapados, y le he mojado la mano también, pero a él no parece importarle. Al contrario, tengo la sensación de que eso lo excita aún más.
Me besa con ardor, y me atrae hacia él.
—Esto es…
—No ha terminado —me corta, apretándome las nalgas contra su erección—. No he acabado. Aunque sea un sueño, quiero aprovecharlo al máximo antes de despertar. Quiero que te sientes sobre mí. Quiero encender la luz y ver la expresión que pones cuando gozas bajo mi lengua.
Me tapo la cara al oír la crudeza de esas palabras, aunque no pueda verme. ¿Dónde ha aprendido todo eso, y con quién? Nunca había estado tan… seguro durante el sexo. Aunque siempre estuvo muy bien cuando lo hacíamos.
Siempre fue muy romántico. Nunca… tan animal.
Supongo que era porque éramos unos críos. Éramos unos críos.
… Críos. Mierda.
—Espera, para.
Ha sido un error. Joder, ¿qué he hecho?
Andréa piensa en nuestro futuro, pero eso no significa que haya tomado una decisión. Él sigue queriendo tener hijos, lo ha dejado claro. No puedo permitirme ilusionarme así.
—Joder. No deberíamos haber hecho esto —digo, mientras lo aparto con suavidad—. Lo siento. Ha sido culpa mía.
Necesito toda la fuerza del mundo para conseguir liberarme del trono que me conceden sus poderosos muslos. Andréa me deja hacer, aunque sé que está decepcionado. Recojo mi crop top del suelo con las manos temblorosas. Tengo que intentarlo varias veces, a oscuras.
Mi ex permanece en silencio, y sé que no se ha movido ni un milímetro. No pregunta «¿por qué?», pero sé que lo piensa con todas sus fuerzas.
—He bebido demasiado —confieso, mientras me vuelvo a poner el short , que estaba tirado junto a él—. Hagamos como si no hubiera pasado nada, ¿vale? Al menos por ahora.
Se hace el silencio. Luego, escucho una leve risa triste, seguida de:
—Sabía que era demasiado bonito para ser verdad.
Aún cree que es un sueño.
—Es real —insisto, mientras me detengo ante la puerta—. Por enésima vez, no es un sueño.
—Y sin embargo… —susurra en la oscuridad—. Sin embargo, ha acabado igual: siempre te acabas yendo.