Capítulo 17 #2
—Os he buscado por todas partes. Vaya, cada vez que salimos de fiesta, desaparecéis los dos.
Ah, ya veo. No está enfadado… está dolido. Me siento culpable al instante, aunque él ha sido el que me ha dejado sola.
—Es culpa mía —se disculpa Ezra , mientras levanta los brazos—. La he acaparado toda la noche, lo siento. Necesitaba su ayuda, por una vez.
No niego lo que dice, y Andréa parece relajarse un poco; se le iluminan los ojos.
—¿Y? ¿Ha funcionado?
Ezra intenta sonreír, pero parece más bien que hace una mueca.
—¡La alumna supera al maestro! Justo estaba a punto de dejarla. Disfrutad.
Quiero decirle que no tiene por qué irse, pero ya es demasiado tarde. Me siento un poco culpable, como si hubiera hecho algo malo. Sin embargo, soy incapaz de saber el qué.
«¿Me habré pasado?».
—Has bebido demasiado —suspira mi ex, mientras me aparta un mechón detrás de la oreja—. Ven, te acompaño a casa.
—Estoy bien…
—¿De verdad tengo que recordarte sobre quién vomitaste la noche de tu decimonoveno cumpleaños? —bromea—. Sobre mí. Tuve que tirar esa camisa porque el olor no se fue ni con tres lavados.
Lo hago callar con la mano, avergonzada, y eso lo hace reír. Me acuerdo perfectamente: fue el mejor cumpleaños de mi vida, y eso a pesar del vómito, la humillación y la resaca del día siguiente.
Andréa me había organizado una fiesta sorpresa en mi bar favorito. Al volver aquella noche, encontré un enorme oso de peluche en nuestro diminuto salón. Hoy se pudre en el garaje de mis padres, porque no cabe en ningún otro lado… Verlo siempre me pone un poco triste y nostálgica; como ahora.
De pronto, ya no estoy de humor para seguir de fiesta.
—Tienes razón. Volvamos, estoy cansada.
El trayecto de regreso es tranquilo. Compartimos el asiento trasero de un taxi, nos rozamos todo el rato con la mano, pero no llegamos a dárnosla.
La tensión es palpable, o quizá es porque estoy borracha. Siento que estoy a punto de hacer una locura, y es culpa suya. Me sigue observando cuando piensa que no lo estoy viendo, y ya no lo soporto más.
El recuerdo de aquel momento en Roma, en aquella calle desierta, reaparece. Habían pasado tres años. Tras tres largos años sin sentir su cuerpo, empezaba a olvidar su sabor. Ahora que lo he recuperado, quiero más. Fue demasiado corto, demasiado intenso, demasiado cargado de rabia.
Quiero tomarme mi tiempo. Quiero recorrerle el cuerpo con los labios, acariciar cada rincón de su piel con las manos…
—¿Jazz?
Estamos ante la puerta de mi habitación y Andréa me mira con expectación. Las pupilas le brillan con un hambre que me es familiar. Y a mí me pasa lo mismo. Lo siento en lo más hondo del estómago, y esta vez parece que no va a desvanecerse.
—Buenas noches —susurra con una voz ahogada.
Trago saliva y ruego que dé el primer paso. Lo quiero, lo quiero, lo quiero, con todas mis fuerzas. Quiero recuperar ese calor humano al que estaba acostumbrada, esa sensación de seguridad, ese amor tan puro e inocente.
«Ojalá todo volviera a ser como antes».
Antes de que todo se fuera a la mierda.
Se acerca, tan lentamente que me da tiempo a cerrar los ojos antes de que me bese. Cuando intento profundizar el beso, se aparta y suspira:
—Buenas noches, Jazz.
«¿Eso es todo?».
Carraspeo y entro en mi cuarto; le cierro la puerta en las narices. No estoy segura de lo que siento, ni mucho menos de lo que quiero.
Lo quiero a él. Quiero creerle cuando dice que aún me ama. Quiero tener la esperanza de poder volver a vivir a su lado.
Al salir de la ducha, recibo un mensaje de Ezra :
Ezra : Tú también estabas muy guapa esta noche. Guapa y libre.
No puedo dormirme.
Doy vueltas en la cama, una y otra vez. Tengo calor, demasiado calor. Por más ropa que me quito, capa tras capa, sigo sudorosa y ardiendo. El ruido de la ciudad del amor se cuela por la ventana abierta; es una dulce distracción del ritmo frenético del corazón.
Son las cuatro de la mañana. El apartamento está sumido en la oscuridad y el silencio. Me pregunto si Andréa ya se ha dormido, o si también le está dando vueltas a la cabeza sin poder cerrar los ojos.
Me muero de ganas de estar con él en la penumbra de su habitación. Estoy completamente perdida. Lo deseo, pero tengo miedo. Miedo de lo que eso pueda significar, miedo de volver a sufrir. Miedo de que me hiera.
Todavía hay algo de lo que no hemos hablado.
«¡Y qué más da!».
Todavía siento los efectos del alcohol, lo que me otorga un valor que sobria no tendría. Me levanto, tan solo con un crop top blanco y un short de algodón. No quiero que los demás me oigan, por eso avanzo hacia su cuarto de puntillas.
Ezra está en el sofá. Distingo su silueta; está profundamente dormido en la oscuridad. Me esfuerzo por no despertarlo al pasar delante de él. El parqué cruje, pero su respiración no se altera.
Estoy a la vez excitada e intimidada cuando giro el pomo. La puerta hace un leve chirrido al abrirse, y me cuelo en la estancia sombría.
Escucho cómo se incorpora en el colchón, así que susurro:
—Perdona. ¿Te he despertado?
Los dos sabemos que no tengo por qué estar aquí. Es muy tarde, voy medio desnuda…
«¿Y si estuviera cometiendo un error?».
Pero ya es demasiado tarde; estoy avanzando a tientas hacia su cama.
—¿Jazz? —susurra él—. ¿Qué…?
Me meto bajo las sábanas con él, y ese simple gesto lo deja sin palabras. Tiene la voz ronca; lo he despertado.
—No me podía dormir —explico, mientras me tumbo a su lado—. ¿Puedo quedarme aquí, solo esta noche?
Sueño con tocarlo, pero no quiero asustarlo, no todavía, no tan deprisa. Deja escapar un «Mmh» casi inaudible, como si no se atreviera a perturbar el silencio que nos envuelve.
Se lo agradezco y le doy la espalda, con el corazón desbocado. Ninguno de los dos habla durante largos minutos. Intento dormirme, pero me resulta imposible calmarme al tenerlo tan cerca.
—¿Puedes abrazarme? —le pregunto en voz baja.
Andréa no se hace de rogar. Se acerca y pega el torso desnudo y ardiente contra mi espalda.
Entrelaza las piernas con las mías, y ese gesto me resulta reconfortante.
Me doy cuenta de que tenía razón: en estos tres años se ha puesto en forma. Tiene los músculos firmes, a pesar de la piel suave y casi sin vello.
Andréa no dice nada, pero siento que el corazón se le acelera contra mi espalda. Cierro los ojos cuando me abraza con fuerza y ternura, aunque el abrazo también es un poco posesivo.
Me pone un brazo en la nuca, como una almohada mullida. Está tan cerca que noto su aliento en el oído, contra mi pelo. Pongo la mano sobre la suya, encima de mi vientre desnudo. Esta inesperada intimidad me tranquiliza un poco.
Una punzada de nostalgia me invade cuando advierto que ya no lleva el perfume de siempre. Ahora tiene otro más maduro, más embriagador todavía: un toque de cedro y sándalo, mezclado con… ¿vainilla?
—Hueles tan bien… —murmuro, y respiro contra su piel.
Andréa no se mueve. Permanece rígido, como si no se atreviera a tocarme. ¿Por miedo a equivocarse, o a dejarse llevar demasiado? Ya me ha besado antes, pero no ha querido ir más lejos.
«¿Quizá teme arrepentirse?».
—¿Esto es real? —me dice en un susurro apenas audible.
No entiendo la pregunta, ni tampoco el extraño tono de voz. La calidez líquida que se me acumula en el vientre se intensifica, y frunzo el ceño.
—¿Cómo?
Mi ex suspira y apoya la frente en el hueco de mi cuello. Me recorre la silueta con la mano hasta agarrarme las caderas, que me acaricia despacio de arriba abajo. Juega con la tela del crop top , bajo la curva de los pechos, como si esperara a que le diera permiso.
—Si esto vuelve a ser un sueño… —continúa en un murmullo—, me voy a poner de muy mal humor.
«¿Sueña conmigo? ¿Desde cuándo?».
Tiemblo contra él, aún más cuando siento su excitación en la parte trasera de los muslos.
—¿Y qué hacemos, en tus sueños?
Estoy jugando con fuego, pero ya he ido demasiado lejos como para dar marcha atrás. La sensación, a la vez familiar y nueva, de su boca sobre mi mandíbula me obliga a girar la cabeza hacia él.
Aunque me tranquiliza reencontrarme con alguien a quien ya amé, cuando lo toco, es como empezar de cero. La verdad es que ha cambiado. Incluso los suspiros de placer que deja escapar contra mi cuello parecen distintos.
Menos automáticos y más… desesperados.
—Exactamente esto —susurra, mientras me besa la piel del cuello, justo bajo el mentón.
Me giro lo justo para quedar boca arriba. No lo veo, pero siento su presencia encima de mí. Siento miedo cuando me roza los labios, como si aún tratara de contenerse.
—¿Y qué más?
Le rodeo el cuello con los brazos justo cuando me besa. Es como si por fin se dejara llevar. Andréa exhala un suspiro contra mis labios, y de pronto solo deseo tenerlo dentro de mí.
Porque, joder, es aún mejor de lo que recordaba.
«¿Era necesario separarnos para poder reencontrar esta llama que parecía apagada?».
Cada caricia de sus labios sobre los míos despierta en mí un fuego que arde con una intensidad indescriptible. Es como si el tiempo mismo se hubiera suspendido, y nos ofreciera este instante precioso en el que nada más importa.
Cuando su lengua se enreda con la mía y penetra en mi boca con avidez, yo también empiezo a gemir.
—Si esto es un sueño, es el mejor de mi vida —suspira, mientras me enreda los dedos en el pelo—. Pareces tan real…
—Lo soy, idiota.
Desliza los dedos por fin bajo mi crop top y me acaricia los pechos desnudos con una ternura de lo más sensual. Se me endurecen los pezones, por primera vez en mucho tiempo.
—Dilo otra vez.
—Idiota.
—Joder, te deseo tanto… —gruñe, mientras me quita la prenda por encima de la cabeza.