Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 17
50%

Capítulo 17

Jasmine

Venecia, Italia

Esta noche represento a una mujer poderosa, con una personalidad opuesta a la mía: frívola e ingenua, aunque, al igual que yo, también fuera una derrochadora.

Debo admitir que es divertido poder fingir por una noche. Nunca he pretendido llamar la atención, pero esta noche me gusta sentir las miradas sobre mí. Sobre todo una, que parece espiar cada uno de mis movimientos con una sensualidad muy particular.

Andréa ha asegurado que quiere ser mi amigo, pero en su mirada puedo ver que miente.

Está tramando algo, y me da miedo sentir esa esperanza.

Me aterra imaginar un posible futuro a su lado…

si cambia de idea. Jamás le pedí que sacrificara sus deseos, sencillamente porque no sería justo.

Ninguno de los dos debería hacerlo. Pero…

la parte egoísta de mi corazón se deja llevar por el curso de los acontecimientos.

Andréa ya es mayorcito para saber lo que quiere de verdad. Yo no lo obligo a nada, nunca lo he hecho.

—¿Entonces? —me pregunta en un murmullo—. ¿Es tan increíble como lo imaginabas?

Al llegar al baile de máscaras, me he quedado deslumbrada de inmediato por el esplendor que me rodea.

El teatro veneciano ha sido transformado en un lugar de ensueño, adornado con lámparas de araña resplandecientes y guirnaldas de flores radiantes.

Los invitados, ataviados con trajes fastuosos y máscaras exquisitas, deambulan con gracia por la sala, y componen un cuadro colorido y con mucho movimiento.

La música embriagadora que flota en el aire, una mezcla de melodías alegres y ritmos hipnóticos, invita a bailar. En mitad de este torbellino de belleza y misterio, me siento en un mundo de fantasía, donde cada instante rebosa magia y asombro.

—Es aún mejor —respondo.

Mi imponente vestido se desliza por el suelo brillante, y gira en torno a mis pies a cada paso. A diferencia de la mía, las máscaras de los demás invitados ocultan por completo o en parte sus rostros. Es a la vez algo mágico… e inquietante.

Ezra se nos acerca con unas copas de vino.

—Estás realmente guapo esta noche —lo halago al tomar la que me tiende.

Alza una ceja, sorprendido por el comentario. Sin embargo, lo pienso de veras. Claro que Ezra ya de por sí es muy atractivo, lo lleva en la sangre. Kai también lo es, así que supongo que es cosa de familia.

El disfraz del Fantasma de la Ópera le confiere un aura a la vez seductora y peligrosa, como un demonio al que una estaría tentada de venderle el alma.

—Muchas gracias, Su Majestad. Ese era el efecto que buscaba.

El único ojo que tiene visible parece brillar al contemplarme, aunque no sabría decir de qué manera. Un escalofrío me recorre al verlo seguir con la mirada la mano de Andréa , que acaba de posarse en mi cintura.

Ezra esboza una media sonrisa, y luego brinda con nosotros.

—Voy a dar una vuelta en busca de calor humano… o de un corazón disponible. Me da igual… lo que encuentre primero. Disculpadme.

Inclina la cabeza a modo de saludo antes de desaparecer, completamente metido en el papel. Andréa lo observa alejarse, con el hombro peligrosamente cerca del mío.

—Le gustas.

Me pongo tensa, y siento cómo se me encienden las mejillas. Se equivoca, por supuesto. Ezra no tiene tiempo de enamorarse de una mujer como yo, y de todos modos tampoco se lo deseo. No estoy emocionalmente disponible. Se merece algo mejor.

—¿Perdona? ¿Y qué te hace pensar eso?

—Porque te mira de la misma forma que yo —explica Andréa , mientras se vuelve hacia mí—. Le gustas, y mucho.

—Qué tontería. Ezra y yo somos amigos. No vayas a estropearlo todo con tus celos infundados —le advierto, alzando un dedo acusador—. Ya sabes que no me gusta nada.

Andréa sonríe, y niega con la cabeza, como si yo fuera demasiado ingenua para escucharle.

—Nosotros también éramos amigos. Y eso no me impidió acostarme contigo.

Mantengo la atención fija en Ezra , que coquetea con una chica pelirroja muy guapa. Ya no se fija en mí, señal de que Andréa está equivocado.

—Con Ezra es distinto —lo tranquilizo.

—No te preocupes, no pienso montar un escándalo —me promete Andréa —. Yo ya era amigo de Ezra antes de conocerte. No le guardo rencor por sentir algo por ti, Jazz. ¿Cómo podría? Mírate. Tiene todo el sentido del mundo.

Una ola de calor me sube hasta el pecho y de pronto lamento no llevar una máscara de verdad para ocultar mis emociones. Odio la facilidad con la que consigue desarmarme. Detesto el impacto que todavía tiene en mí, tres años después de haber roto, y cómo consigue que me haga ilusiones.

—Me estás tirando los tejos —constato mientras saco un abanico del bolsito de mano—. Y sin disimular, además.

—Es cierto. Digamos que tengo muchas esperanzas puestas en esta noche.

«¡Lo sabía!».

—Estás confiado. Demasiado, quizá.

—Tengo motivos para estarlo, Arrietty —responde antes de darme un beso en la mejilla—. Diviértete y no bebas demasiado.

Con esas palabras me abandona para perderse entre la multitud. Aprieto los labios, molesta por que me diga lo que debo o no hacer. Solo por llevarle la contraria, me bebo la copa de vino de un trago.

El alcohol me quema la garganta, pero voy enseguida en busca de otra copa.

«Digamos que tengo muchas esperanzas puestas en esta noche». ¿Qué significa eso exactamente?

Permanezco un buen rato sola, mientras observo el panorama que se desarrolla ante mis ojos. Siento que he aterrizado en otro espacio-tiempo.

Todos juegan su papel: danzan, ríen, cantan, flirtean… Yo bebo mientras los observo vivir y besarse, a veces entre más de dos personas.

Es hermoso. Me siento libre. Libre de hacer lo que quiera, con quien quiera, donde quiera.

—¿Está perdida, mi reina?

Ezra surge de detrás de la columna en la que estoy apoyada, y me da un susto. Parece haber bebido también, a juzgar por el tono burlón y el olor a ponche que desprende al hablar.

—¿O acaso busca a su rey? —me susurra al oído; el aliento le huele a naranja—. Creo que lo he visto en la terraza hace un instante, aunque supongo que ahora debe de estar buscándola a usted también. Parece incapaz de soportar su ausencia más de unos minutos.

Lo fulmino con la mirada, lo que provoca que sonría aún más. Brindamos con las copas medio vacías y nos las terminamos de un trago.

—En realidad, me limito a observar a la gente.

—¿Por qué? Deberían ser ellos quienes te miraran a ti.

Me ruborizo sin querer, lo cual me enfada un poco. ¿Tenía razón Andréa ? No. Ezra flirtea con todo el mundo; eso no significa nada. Llevamos con esa dinámica desde el principio.

—No te quedes en la sombra. Era tu sueño, ¿no? —me pregunta mientras me tiende la mano, con la palma hacia arriba—. Participar en el carnaval de Venecia, disfrutar de la fiesta en el anonimato. Aquí nadie te juzgará. Nadie sabe quién eres y a nadie le importa.

Eso es justo lo que busco desesperadamente. Quizá una de las muchas razones por las que me gusta tanto viajar: si no me quedo lo suficiente en un sitio para que me conozcan, nunca llegan a tener expectativas sobre mí.

—Baila conmigo —me invita, ladeando la cabeza sobre el hombro.

No me lo pienso. Le doy la mano; le noto la piel ardiente. Sonríe al retroceder y me arrastra hacia el centro de la pista. Suena « Roaring 20s » de P!ATD y me dejo llevar.

Bailamos sin siquiera tocarnos, cada uno en su propia burbuja. Siento cómo la sonrisa se me ensancha a medida que el corazón empieza a latirme al ritmo de los graves. Estoy feliz.

Apenas soy consciente del paso de las horas, ni de las copas que me siguen apareciendo, una tras otra, entre las manos. Ezra y yo estamos completamente borrachos, lo sé, pero me da igual. Porque me estoy divirtiendo.

Una chica me pisa el vestido y se disculpa entre risas, lo que da pie a una conversación medio en inglés, medio en italiano. Al cabo de unos instantes, ya se ha convertido en mi nueva mejor amiga. No sé cómo se llama, pero me da lo mismo.

«Soy libre».

Ezra y yo estamos bailando un tango torpe, pecho contra pecho, y echo un vistazo a la pelirroja que lo devora con la mirada.

—Creo que has ligado…

Él pone mala cara, sin mucho convencimiento.

—Me lleva siguiendo desde hace dos horas. Este sería el momento perfecto para que hicieras de cockblocker —refunfuña—. No estoy de humor esta noche.

Trago saliva para meterme de lleno en mi papel. Igual que él hizo conmigo en Roma, le devuelvo el favor y pongo en práctica todas las lecciones de seducción que me ha enseñado.

Consciente de la mirada de la joven, hundo la mía, ardiente, en la de Ezra .

Al mismo tiempo, levanto la pierna para encajar el muslo en su cadera.

Me agarra por reflejo y me hace girar. Me roza el cuello con la nariz.

Desciende lentamente por el pecho y llega hasta los cordones que sostienen el corsé.

Me incorpora suavemente mientras me pego a él con una media sonrisa en los labios.

—¿Qué haces? —murmura con los ojos entornados.

La sonrisa le ha desaparecido, al igual que a su admiradora. Sigo el juego al máximo para disuadirla de quedarse, con la esperanza de que la «competencia» no la vuelva más determinada.

—¿Tú qué crees?

Me giro, pego la espalda contra su pecho, de modo que hunde el rostro en mi cuello. Me acaricia las caderas con los dedos mientras bailamos al mismo compás.

—Jazz…

Noto que la pelirroja guapa por fin ha desistido. Ha desaparecido en dirección al balcón. Sonrío, orgullosa de mí misma, y me aparto para enfrentarme a Ezra .

—¿Entonces? ¿Se me da bien? —pregunto, alegre.

Él frunce el ceño, confuso. Cuando entiende que me refiero a sus lecciones de seducción, deja escapar una risa torpe.

—Bien jugado. Casi me lo he creído…

—No hace falta que me des las gracias, eh.

Cuando un camarero pasa junto a nosotros con la bandeja en la mano, Ezra agarra una copa al vuelo y se la bebe de un trago.

—Lamentablemente, tu rey te ha encontrado —me informa.

Lo entiendo al ver a Andréa caminar hacia nosotros, muy serio. Está enfadado, me doy cuenta enseguida. Sin embargo, se limita a detenerse frente a nosotros y decir: