Capítulo 16
Andréa
Venecia, Italia
Venecia, la ciudad del amor y la belleza; puro romanticismo… Por fin estoy aquí, acompañado de la mujer de mi vida, la única a la que he amado, aunque ya ni siquiera sea mía.
«Lo sé, le he prometido que seríamos amigos».
No era mentira, de verdad que me encantaría. Pero es Jasmine … no puedo conformarme con tan poco. Esto no debería haber acabado así. Yo había planeado que pasáramos toda la vida juntos. Ella aceptó casarse conmigo, joder.
Si tuviera que elegir entre ella y unos hijos que todavía no existen… parece que la elegiría a ella.
Y es la decisión más difícil que he tenido que tomar en la vida.
—Es precioso. Parece el decorado de una película.
Deambulamos por los callejones laberínticos de la ciudad flotante, y me dejo cautivar por la atmósfera envolvente que impregna cada rincón de esta urbe ancestral.
Es realmente única. Los canales sinuosos brillan con los reflejos del sol, mientras que las fachadas coloridas de los palacios y de las casas le dan un toque de vida al paisaje.
El eco lejano de los pasos de los transeúntes resuena entre los muros centenarios, y el aroma de los gelati me acaricia el olfato.
Envidio a las parejas que navegan en vaporetto por el Gran Canal. Por eso me alegra en secreto que Clémence proponga dar un paseo en góndola.
—Quiero hacerme una foto pasando bajo el Puente de los Suspiros —explica con una sonrisa—. ¡Es tan romántico!
—En realidad, no mucho —la interrumpe Ezra , y se mete las manos en los bolsillos—.
Las dos ventanas unían antes la sala de interrogatorios del Palacio Ducal con la prisión.
Ese puente lo cruzaban los condenados que, según la leyenda, lanzaban un suspiro de tristeza al contemplar la ciudad por última vez antes de volver a su celda.
Hago una mueca al mismo tiempo que Clémence , que parece decepcionada por el descubrimiento. Kai reprende suavemente a Ezra por haber roto la magia, y Jasmine ríe cuando le pellizco el brazo.
—¿Y qué? —replica él—. La foto será igual de bonita, no sé qué más da eso.
Clémence y Kai deciden ir de todas formas, y nos quedamos a solas los tres… los tres solteros. Nos miramos en silencio, con una pregunta en el aire. Ezra termina por suspirar; tras bajar la vista al suelo, dice:
—Os espero en una terraza. Necesito tomarme algo fresco. Y con alcohol, si puede ser.
Jasmine quiere seguirlo, pero él desaparece antes de que pueda convencerlo de quedarse. Me mira con los ojos entornados, y se cruza de brazos.
—Lo has hecho adrede, confiesa.
—¿Has oído que yo le dijera algo? —me defiendo con las manos levantadas—. Soy inocente hasta que se demuestre lo contrario. ¿Conoces la presunción de inocencia?
Ella sacude la cabeza, con exasperación, pero sé que no está enfadada. Si lo estuviera, no se quedaría conmigo.
La ayudo a subir a la góndola, de la mano. Un escalofrío eléctrico me recorre el brazo. Me contengo para que no lo note, aunque me resulta casi imposible.
—Habíamos planeado venir aquí los dos —dice al sentarse a mi lado en la barca.
Asiento; lo recuerdo como si fuera ayer.
—Para nuestra luna de miel… Querías venir en febrero para poder ir al Carnaval de Venecia, aunque odiaras las bodas en invierno.
—Al final, tendremos algo parecido esta noche. —Se alegra, aludiendo al baile de máscaras al que hemos planeado asistir—. Ya verás cuando te enseñe mi disfraz, ¡te va a dejar con la boca abierta!
Mientras avanzamos en silencio sobre las aguas tranquilas de Venecia, envueltos en la bruma de la mañana, no puedo evitar asombrarme, sentir una oleada de calma. Las fachadas antiguas de los palacios venecianos se alzan majestuosas a nuestro alrededor, iluminadas por los primeros rayos del sol.
El murmullo de los gondoleros y el chapoteo del casco de la embarcación contra el agua crean una sinfonía apacible que parece suspender el tiempo. Es como si nos hubieran transportado a otro mundo, o quizá a nuestro propio pasado, que redescubrimos a través de los recuerdos compartidos.
—Y pensar que deberíamos haber sido nosotros… —suspira ella, con los ojos clavados en nuestros dos amigos, a quienes divisamos un poco más allá.
Es cierto. Todo el mundo esperaba que fuésemos los primeros: los primeros en irnos a vivir juntos, los primeros en casarnos, los primeros en tener un hijo…
«Pero no los primeros en romper».
—¿No lo piensas a veces cuando estás trabajando? —le pregunto con auténtica curiosidad.
Jasmine sonríe con tristeza sin atreverse a mirarme, mientras nos rozamos con la pierna. Si yo organizara bodas todos los días, creo que acabaría por deprimirme.
—A veces sí. Mucho, al principio. Pero… ya ni siquiera sé si quiero casarme.
Frunzo el ceño, decepcionado. Amo a Jasmine de todo corazón, eso no ha cambiado, pero no puedo evitar darme cuenta de que…
ya no es la misma. Pensaba que estábamos en sintonía, pero han bastado tres años para que cada uno haya evolucionado por su lado.
Ahora somos dos ramas de un mismo árbol que crecen en direcciones opuestas, destinadas a mirar las dos al cielo sin llegar a cruzarse nunca.
—¿Por qué?
—El matrimonio no es más que un trozo de papel —murmura—. Me da miedo… que me quite la libertad. No entiendo por qué la sociedad nos empuja a fusionarnos en uno solo, y menos aún a jurar amor hasta que «la muerte nos separe».
—No tiene nada que ver. No es un pacto con el diablo.
Ella se encoge de hombros.
—En realidad, creo que me gusta la idea del matrimonio por la ceremonia, por la fiesta, por lo que representa: intercambiar votos de amor. Pero mientras dure; no tiene por qué significar «toda la vida». Y está bien.
Curiosa filosofía para una mujer cuyo trabajo es organizar bodas, pero bueno. ¿Ya pensaba así cuando estábamos juntos? ¿De verdad miré para otro lado porque no quería verlo, porque no la escuchaba lo suficiente… o cambió de idea después de la ruptura?
Si es esto último, la culpa es solo mía.
—¿Estás pensando en nosotros?
—No rompimos porque dejáramos de querernos, Andréa , y lo sabemos los dos.
«Precisamente por eso duele tanto. Si no te quisiera, no sería tan doloroso».
No sé qué responder a eso. Dejamos que el gondolero nos lleve por la ciudad en silencio.
Seguimos con las manos entrelazadas, y ninguno de los dos se aparta.
Le acaricio la piel suave con el pulgar, con movimientos circulares, como a ella le gusta.
La veo cerrar los ojos, y un escalofrío le recorre los hombros.
En este instante mágico, es como si me transportara a un mundo de romance y poesía, donde la góndola parece danzar al ritmo de nuestro corazón.
—Es cierto. Lo nuestro es diferente.
Lo pensaba cuando dije que quería que fuéramos amigos, y podrá parecer que me estoy agarrando a los recuerdos, pero me da igual.
Me agarro a lo que conseguimos construir juntos.
Sería un desperdicio tirarlo todo por la borda.
Así que me reto a reconstruirlo todo, a reparar lo nuestro, hasta que vuelva a confiar en mí.
Estoy arriesgando mi propio futuro, estoy poniendo el corazón sobre la mesa en la partida de póquer de la vida, sin ninguna seguridad.
Pero confío. Si alguien sabe cómo cuidarlo, esa es Jasmine . Sé que lo haría bien.
—¿Y bien? —nos pregunta Ezra , que ya se ha tomado una cerveza y nos espera en la terraza de una pizzería—. ¿Qué tal ese paseo de tortolitos?
Tal vez esté loco, pero noto que dirige la pregunta a Jasmine . Seguramente sea casualidad, pero un mal presentimiento me revuelve el estómago.
—Está un poco sobrevalorado —responde mi ex—. ¡Tú eres el italiano! Guíanos.
—Técnicamente, Andréa es italiano —replica Ezra —. Yo solo vivo aquí.
—A eso me refiero. Tú sabes más que él.
Le lanzo una mirada fulminante que ella ignora. Ezra acaba por rendirse. Esta es la última ciudad que visitaremos antes de quedarnos en su pueblo; entiendo que tenga ganas de volver.
Aun así, se esfuerza por hacernos de guía el resto del día. Comemos una deliciosa lasaña en un restaurante, y me apunto la receta para intentar replicarla.
Italia es el paraíso de cualquier cocinero. En Francia, tenemos la suerte de contar con una gastronomía rica, pero debo reconocer que la materia prima italiana es extraordinaria.
Ezra nos cuenta algo de la historia de Venecia, pero a su manera. Jasmine y yo nos quedamos al final del grupo, y evitamos cruzar la mirada, aunque no paramos de rozarnos sin querer con los dedos.
Cuando el sol comienza a ponerse, Kai pregunta dónde es el baile de esta noche.
—En un teatro con azotea y vistas al Gran Canal —responde Ezra —. Va a ser increíble.
Jasmine parece dar saltos de impaciencia, mientras ensalza las virtudes de su atuendo secreto. Verla tan ilusionada me hace feliz.
—Vamos. Hoy tengo ganas de divertirme.
«Decidido: esta noche me lanzo».
El apartamento que hemos alquilado está lleno de actividad mientras nos preparamos, cada uno por su lado.
Jasmine y Clémence se maquillan en el cuarto de baño mientras Ezra me aconseja sobre la máscara que se supone que debo llevar.
—¿Es obligatorio? —murmuro.
—Es un baile «de máscaras». ¿Tú qué crees, Andréa ? Anda, pon en movimiento esas dos neuronas que tienes, por favor.
Le saco el dedo, pero no parece indignarse demasiado. Me explica la importancia del antifaz, sobre todo en el Carnaval de Venecia, y lo que simboliza.
—Se supone que disimula el género, la identidad, la clase social. El carnaval es un lugar mágico, allí existe la ilusión de que todo puede suceder. Es como una especie de burbuja.
No entiendo por qué organizan este tipo de fiestas en verano cuando el Carnaval de Venecia suele celebrarse el martes de Carnaval, en febrero, pero dejo de hacer preguntas.
—¿Y tú se supone que vas disfrazado de…?
Ezra ya está listo, vestido con un traje negro de tres piezas. Lleva la media melena peinada hacia atrás, y el rostro cubierto con una máscara dorada que apenas le oculta parte de la cara.
—Del Fantasma de la Ópera —responde como si fuera evidente.
Asiento con la cabeza, y finjo saber de qué habla, aunque no tengo ni idea. Supongo que será un personaje de alguna película muy famosa.
—Toma —dice, mientras me tiende un objeto blanco—. Es una máscara Volto , que suele llevarse con una capa con capucha.
Esta es ovalada, y me encaja a la perfección. La zona de los ojos está cubierta de negro, igual que la boca. Unas motas doradas de purpurina lo adornan todo, y le dan un aspecto más festivo.
Si te soy sincero, no sé si voy a aguantar mucho tiempo con eso puesto.
—¡Estamos listas!
Me quedo boquiabierto ante el atuendo de Jasmine , cuya imagen, casi irreal, eclipsa el resto de la habitación.
Está plantada delante de mí con un vestido amarillo con plumas verdes en las caderas.
Lleva ceñido a la fina cintura un corsé dorado que parece…
hecho de un millar de joyas. También lleva una peluca blanca al estilo francés y un antifaz que apenas logra ocultarle el rostro.
Está hecho de tiras de pedrería, y parece tan delicado que amenaza con romperse en cualquier momento.
— Long live the queen —murmura Ezra al tomarle la mano—. « Madame , la monarquía está salvada». *
Miro cómo le besa los dedos a Jasmine , pasmado ante el espectáculo que ofrece. Ella sonríe a Ezra , que hace ademán de arrodillarse ante ella.
—¿Cómo has conseguido meter eso en la maleta? —pregunto, confuso—. Es… bastante voluminoso.
Jasmine me explica que, tras alquilar el atuendo por internet para esta noche, pudo elegir recogerlo allí mismo. Le sonrío, hipnotizado por su majestuosa belleza.
—¿María Antonieta, en serio? —me burlo, sin embargo.
—A mí no me sorprende tanto esa elección —responde Ezra —. Ella tampoco se conformaba con lo que se esperaba de ella para encajar, ni se preocupaba demasiado por lo que pensaran los demás.
Jasmine se encoge de hombros antes de citar una frase que encierra un significado mucho más profundo de lo que parece:
—«Ellos podrán ser mis verdugos, pero jamás serán mis jueces». †
* Lo que dijo el conde de Mirabeau a la reina María Antonieta en 1790.
† María Antonieta al enterarse de que será juzgada por el Tribunal Revolucionario, 1793.