Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Jasmine

En algún punto de la carretera, Italia

Andréa y yo hemos vuelto a ser amigos.

Clémence también se ha disculpado, cosa que aprecio mucho. Sé que Kai y Ezra la han convencido para que lo haga aun cuando ella no piensa que haya dicho algo malo, pero eso no importa.

Me siento mejor. Ahora soy consciente de cuánto necesitaba recuperar a Andréa . No he sido feliz durante todo este tiempo. Tenerlo de nuevo a mi lado, día y noche, pero sin poder compartir nada único con él… era un suplicio todavía más doloroso.

Pero ya se ha acabado. Hemos hecho las paces.

Mejores amigos para toda la vida, pase lo que pase.

Ezra se burla de mí porque nos dirigimos precisamente a Venecia, la ciudad más romántica que se le ocurre. Le repito que no es lo que parece, que Andréa y yo hemos dejado atrás la idea de volver a estar juntos, pero él pone los ojos en blanco y se pone a tocar un violín imaginario.

A primera hora de la mañana tomamos el coche de alquiler, listos para cuatro horas de trayecto. Andréa conduce y yo me pongo de copiloto, aunque él insiste en que soy un GPS de pacotilla.

—Te he visto perderte hasta en un centro comercial, Jazz. Tuve que solicitar un anuncio por megafonía para encontrarte. La gente se puso nerviosa porque pensaba que había perdido a mi hija de tres años.

Le lanzo un papel a la cara, lo que hace reír a los demás.

—¡En mi defensa, todas las plantas eran iguales!

Andréa sacude la cabeza en silencio, para responder a la pregunta que flota en el aire.

Aun así, yo le doy las indicaciones con el móvil en la mano, y durante la primera hora voy comprobando la ruta.

Kai y Ezra improvisan un karaoke y se desgañitan con « Ma philosophie » de Amel Bent , como buenos zillennials que son.

Clémence reparte patatas fritas mientras les grita que bajen la voz, y de repente noto un humo extraño que sale del capó.

— Andréa , mira.

—Lo he visto —responde con el ceño fruncido—. Mierda.

Sigue conduciendo unos metros más, hasta que salimos de la autopista hacia una carretera secundaria más aislada, en mitad del campo. Cuando se oye una pequeña explosión, todos empezamos a maldecir.

Andréa reduce la velocidad para apartarse a la derecha y detenerse en el arcén. Yo salgo con él para hacerme una idea de los daños. Cuando abre el capó, una gran nube gris nos ciega. Toso un par de veces, así que él me tiende un pañuelo.

—Aléjate un poco —murmura—. Ponte un chaleco reflectante de los que están en el maletero. Es peligroso.

Obedezco mientras los chicos intentan enterarse de qué pasa.

Clémence se aparta del coche, al teléfono con la compañía de alquiler.

Resulta que el humo viene de un problema en el motor.

Creo entender que se trata de un fallo en el sistema de combustión por la suciedad acumulada, lo que nos impide volver a arrancar el coche sin correr riesgos.

Un mecánico viene a recogerlo y Clémence tiene que firmar unos papeles. El hombre nos propone acercarnos en su vehículo.

—Eso sí, solo tengo dos asientos delante…

Todos nos miramos en silencio. Ya hemos perdido dos horas con la avería y yo preferiría llegar a Venecia antes de que acabase la tarde.

—Id vosotros —propongo a Kai y a Clémence —. Adelantaos y recoged las llaves del alojamiento a la hora del check-in . Nosotros no tardaremos mucho más.

—Sí, nos unimos en cuanto podamos —añade Ezra .

Clémence nos pregunta, preocupada, cómo pensamos arreglárnoslas. Andréa le contesta que haremos autostop , convencido de que un alma caritativa se detendrá a ayudarnos.

Yo no estoy tan segura, pero me callo para tranquilizar a mi amiga, que acepta con la condición de que tengamos cuidado con el calor; yo se lo prometo. La pareja se marcha entonces, dejándonos atrás.

Cuando desaparecen de nuestra vista, Ezra suspira.

—Sin querer ser aguafiestas, pero lo vamos a tener crudo. ¿Quién coge autostopistas en 2024?

—Desde luego, las mujeres no. No quieren arriesgarse a que las maten, y lo entiendo —dice Andréa .

—Será una aventura —respondo con una sonrisa que pretende ser optimista—. ¿Alguien ha cogido agua?

Andréa levanta su botella antes de tendérmela, pero decido no bebérmela todavía. Nunca he hecho autostop . Es algo que solo he visto en las películas.

La idea resulta divertida al principio. Caminamos en fila india por el arcén, con el pulgar izquierdo levantado. Apenas pasan coches por aquí, tan pocos que solo vemos tres en una hora.

Me he olvidado el sombrero en el coche de alquiler y me doy cuenta cuando ya es tarde. Andréa , que se da cuenta de todo lo que siento, enseguida se quita la camiseta para ponérmela a modo de velo improvisado alrededor de la cabeza.

—Preciosa —comenta Ezra al tomar una foto en la que, lo sé, saldré muy poco favorecida.

Lo ignoro y se lo agradezco a mi ex con una sonrisa.

Por fin un coche se detiene; el conductor es un tío con barba y mirada lasciva. Me inclino hacia la ventanilla abierta, poco convencida pero muy desesperada.

—Solo tengo un sitio libre —responde.

Dirijo una mirada al asiento trasero, incómoda. Está hecho un desastre, pero sería sencillo despejarlo un poco. Estoy a punto de decirle que es una pena cuando añade:

—¿Y esos quiénes son?

No lo entiendo de inmediato, hasta que siento dos presencias justo detrás de mí.

—Su novio —responden Ezra y Andréa al mismo tiempo.

Su pose amenazante queda enseguida en ridículo cuando pongo los ojos en blanco ante esa reacción de macho alfa.

«En el fondo, quizá debería irme con él y dejarlos a ellos dos que se las arreglasen solos…».

Pero no me apetece demasiado acabar descuartizada en un maletero ni encerrada en un sótano, así que lo rechazo. El hombre arranca a toda prisa y desaparece, no sin antes llamarme guarra.

—Vaya. Qué majo. ¿Y por qué tengo que ser yo la guarra?

—Así es como se les llama a las mujeres que se acuestan con varios hombres, todo el mundo lo sabe —se burla Ezra —. ¿No lo sabías?

Me cruzo de brazos y camino entre los dos. No pasa ni una sola persona, y empiezo a perder la esperanza.

—¡Es tan reduccionista! —protesto, lo que parece divertirles—. ¿Qué sabrá él? ¡A lo mejor somos un trío! ¡Quizá estoy enamorada de los dos a la vez! Eso no me convertiría en una guarra.

Andréa arquea una ceja con gesto reprobador.

—Pero es solo una hipótesis, ¿verdad?

«Idiota». Suspiro mientras Ezra suelta una risita divertida.

—No pienso ni responder a esa pregunta.

No pensaba iniciar un debate, pero los chicos se ponen a hablar de poliamor y de libertinaje.

Uno se muestra escéptico, el otro opina que cada uno puede vivir como quiera.

Yo los escucho sin intervenir. La charla termina cuando un coche pasa a toda velocidad…

y empieza a frenar unos cincuenta metros más adelante antes de detenerse.

A estas alturas, estoy dispuesta a abandonar a mis compañeros solo para marcharme de aquí.

Me duelen las piernas y tengo un hambre atroz.

—¡Hola! —exclamo en cuanto el joven baja la ventanilla al llegar hasta él—. Gracias por parar. Ya estábamos perdiendo la esperanza.

No parece muy mayor; de veintiocho años como mucho. Tiene los ojos claros y una barba incipiente, y lleva el rostro al descubierto. A decir verdad, me parece de lo más simpático.

—¿Adónde vais?

—A Venecia. Pero aunque solo pudiera acercarnos un poco sería…

—Casualmente, yo también voy para allá.

Abro la boca, sorprendida por la coincidencia. Venecia no parece estar precisamente cerca, por lo que me alivia saber que va hacia allí. Le pregunto si podemos subir los tres, y vacila un segundo al ver a mis dos compañeros. Le prometo que son inofensivos, y finalmente acepta.

—Esto no me gusta nada —me advierte Andréa mientras nos acomodamos en el asiento trasero—. Tiene mala pinta.

—No podemos ponernos exquisitos. Además, ¿qué podría hacernos? Somos tres contra uno.

No puede negar lo evidente, aunque le veo en la cara que sigue alerta. Ezra ocupa el asiento delantero, en silencio. Yo soy la única que parece cómoda.

—Me llamo Jeff , por cierto.

— Jasmine —respondo, y le presento a los chicos—. Nuestros amigos nos esperan antes de que anochezca. Se nos ha averiado el coche por el camino.

Él parece compadecerse sinceramente y arranca con mala cara.

—Vaya… Qué mala suerte. Me alegro de poder ayudaros.

—Nos has salvado la vida. Nadie para, y los que paran siempre tienen malas intenciones.

—Mi psiquiatra dice que necesito abrirme a nuevas relaciones —suelta de pronto, sin apartar la vista de la carretera.

Me sobresalto un poco, igual que Andréa , que gira el rostro hacia mí con una lentitud dramática. Le hago entender en silencio que eso no significa nada: ir al psiquiatra no quiere decir necesariamente que uno esté trastornado ni que sea peligroso, ni mucho menos.

—Es… una buena idea. —Sonrío, e intento cambiar de tema—. ¿Y qué vas a hacer en Venecia?

Andréa me pellizca el muslo para que cierre el pico, pero le doy un manotazo para que me suelte. Jeff no responde de inmediato. Cambia de emisora de radio y luego vuelve a mirarnos por el retrovisor, como cada cinco segundos.

—Estoy huyendo —dice por fin—. Estaba harto de que todo el mundo intentara controlarme.

—¡Amén! —exclama Ezra —. La familia no siempre es fácil… ¿Vivías con tus padres?

Jeff sacude la cabeza.

—En el hospital psiquiátrico de Volterra .

Me quedo rígida, y un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Creo haber oído mal, pero de pronto Ezra y Andréa se giran otra vez lentamente hacia mí. Me daría risa si no estuviera cagada de miedo.

—Vamos a morir por tu culpa —murmura Andréa .

Quiero decirle que nadie va a morir, que Jeff seguramente esté de broma, pero volvemos a cruzar la mirada por el retrovisor y me pongo muy nerviosa.

—¿Po… por qué estabas allí?

—Tenía alucinaciones y paranoia —responde mientras aumenta la velocidad—. Pero ya no tengo nada. Ya estoy curado.

—Oh… genial —me alegro mientras intento disimular que estoy temblando—. ¿Por eso te han dejado irte?

—Ellos no querían. Me he escapado.

Vale, Andréa tiene razón: vamos a morir. Los tres vamos a acabar en un sótano, cosidos unos a otros, en ropa interior, como en aquella peli de terror que me traumatizó cuando tenía diez años.

—Llama a la poli —susurra Andréa disimuladamente—. Yo no tengo batería.

La mano me tiembla al sacar el móvil del bolsillo. Este me vibra entre los dedos: un nuevo mensaje… ¡de Ezra !

Ezra : El manicomio de Volterra cerró en los años setenta. En la actualidad está en ruinas, y seguramente haya espíritus.

—¿Qué haces? —me interpela Jeff —. ¿Con quién hablas?

Doy un respingo y se me cae el teléfono al suelo.

—N… nada. Avisaba a nuestros amigos de que ya vamos de camino —improviso mientras intento recuperar el móvil.

Ha desaparecido bajo el asiento del conductor, y eso me hace entrar en pánico. Ezra mantiene la vista fija al frente, pero lo veo tenso y pienso que está preparado para lo que pueda pasar.

Andréa me coge la mano sin decir nada. Quiere tranquilizarme, y aunque sé que también desconfía, el contacto me calma un poco.

Jeff vuelve a entablar conversación, y comprendo que no necesita interlocutor. Habla solo. Lo que dice no siempre tiene sentido, pero al menos avanza en dirección correcta.

Ezra lo comprueba con el GPS de su reloj inteligente. Cuando llevamos dos horas de viaje —hasta nos ofrece unos caramelos—, Andréa le pide parar para hacer pis. Jeff se niega al principio, y le dice que puede aguantarse, pero yo le digo que tengo la regla.

—Créeme, de verdad necesito ir… Si no, no me hago responsable de la tapicería de este coche.

Jeff resopla antes de obedecer. Andréa me susurra al oído:

—Recupera tu móvil y no me sueltes la mano.

Cuando el coche se detiene en un área de servicio, aprovecho para coger el teléfono. Salimos y prometemos no tardar.

—Caminad con normalidad —nos aconseja Ezra —. Nos está mirando.

—Jazz, nunca más te sigo a ningún sitio.

—No es culpa mía. ¡Parecía majo!

Desaparecemos tras las puertas batientes. Una vez fuera de su vista, echamos a correr hasta los baños y nos encerramos en un cubículo.

Decidimos esperar lo suficiente para que Jeff nos abandone allí.

Los chicos intentan culparme de nuestro casi asesinato. A mí me cuesta encontrar una justificación convincente. Estamos los tres apiñados en un retrete estrecho.

—La próxima vez os dejo hacer autostop a vosotros solos. Desagradecidos.

—¿Quieres que te demos las gracias por casi vivir el remake de El silencio de los corderos?

—Creo que prefería al cerdo machista que te ha llamado guarra… Aunque pensándolo mejor —rectifica Andréa mientras sacude la cabeza—, retiro lo dicho. Me quedo con Jeff . Al menos él nos ha dado caramelos.

—La verdad es que era simpático, en el fondo —confirma Ezra —. Raro, pero simpático.

Nos quedamos escondidos un buen rato. Cuando por fin salimos para asegurarnos de que se ha ido sin nosotros, me mantengo en guardia. Su coche ha desaparecido del lugar donde estaba aparcado, así que me giro hacia los chicos para anunciarles la buena noticia.

Pero al darme la vuelta, me topo de frente con Jeff . Me sobresalto y suelto un gritito, atónita, mientras él me tiende unos sándwiches.

—Tardabais mucho, así que os he comprado algo para picar.

Ezra y Andréa niegan con la cabeza en silencio, y me suplican con la mirada que huya, pero de pronto me siento culpable. Jeff no parece mala persona… No me gusta dar la espalda a alguien que se ofrece a ayudarme.

—Oh, muchas gracias. —Sonrío al aceptar el sándwich—. Muy amable.

—¿Nos vamos?

Asiento, para desesperación de mis compañeros, que me siguen hacia el coche con resignación, como si estuviera firmando su sentencia de muerte.

Esta vez Ezra se sube atrás con nosotros, y yo ocupo el asiento del medio. Jeff monopoliza la conversación y, aunque parece trastornado, en ningún momento se pone agresivo.

Los chicos terminan por bajar la guardia, tanto que, cuando llegamos a Venecia al caer la noche, los dos se han quedado dormidos sobre mis hombros…

… con mis manos entrelazadas con las suyas.