Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Antes
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Antes

Andréa

París, Francia

Si tuviera que decidir cuál es el infierno en la Tierra, diría que París. Los trabajadores con prisa que resoplan al adelantarte, los carteristas, los que te empujan porque se te ha olvidado mantenerte a la derecha en las escaleras mecánicas, la lluvia…

Por no hablar de los pisos minúsculos, insalubres y carísimos.

«Odio esta ciudad».

Nunca lo admitiría en voz alta porque Jasmine parece estar un poco más feliz aquí cada día, pero en realidad mi mayor deseo es marcharme.

Cuando acabé bachillerato, aprobado por los pelos, me aceptaron en una universidad a las afueras de París. Perfecto para mudarme con la mujer de mi vida y seguirla en sus proyectos más locos.

Vivimos juntos en un pequeño estudio del distrito xviii. El día a día con ella es un auténtico paraíso, aunque no pueda con su desorden.

Al convivir con Jasmine tengo la sensación de redescubrirla: es más sociable de lo que pensaba, así que siempre intenta arrastrarme para tomar algo con gente que me importa una mierda. También es algo derrochadora. No tiene delirios de grandeza, pero le gusta salir, hacer cosas, ir a conciertos.

Aun así, nuestra casa es un pequeño paraíso.

Cocinar con ella, ducharme con ella, dormir con ella, despertarme con ella… me da la felicidad absoluta. Nunca discutimos. Le encanta la carrera que ha elegido, e incluso ha hecho nuevas amigas.

«Somos muy felices».

O, al menos, ella lo es.

No debe enterarse de que le miento, bajo ningún concepto.

No pienso confesarle que en cuanto pongo un pie fuera del piso se me revuelve el estómago, que la ansiedad me impide respirar, y que solo pienso en salir corriendo muy muy lejos de aquí.

Echo de menos la vida en Gordes : mi familia, mis amigos, el sol.

La única persona que conozco aquí, aparte de ella, es mi primo Tristan ; es profesor de instituto.

«Y ya que he sacado el tema de los estudios: lo peor es la universidad».

La detesto. Todo. Las clases, los profesores, los alumnos, el sitio en el que estudio.

Lo odio tanto que ya ni voy. Estoy sacando muy malas notas.

No entiendo lo que hacemos ni lo que dicen.

No me atrevo a levantar la mano por miedo a parecer idiota.

Si lo hago, la gente se dará cuenta de que no pinto nada aquí.

Así que falto a clase. De todas formas, no hay ningún tipo de control. Por la noche, cuando Jasmine me pregunta cómo me ha ido el día, le miento. Me siento culpable, pero me daría aún más vergüenza decirle la verdad, sobre todo después del esfuerzo que ha hecho para que estudiara.

«No quiero que se arrepienta de estar con un imbécil».

Además, me gusta verla tan feliz. Me odiaría a mí mismo si estropeara la dicha que merece y por la que se esfuerza tanto.

—Se supone que mañana me ingresan la nómina. ¿Vamos a hacer la compra?

Vuelvo la cabeza hacia Jasmine , con la boca llena de Doritos. Es lo único que nos queda en el piso. Estamos demasiado tiesos como para pedir comida a domicilio.

Pero a mí no me molesta. Nos apañamos con lo poco que tenemos. Al menos, nos entretenemos con Netflix . Es lo que nos podemos permitir, con dos sueldos de camarero a media jornada.

—A mí me pagan en dos días. Ya te lo devolveré.

Ella pone los ojos en blanco, medio tumbada sobre mí en el sofá cama. Estamos viendo una serie de ficción histórica, en pijama, y ya ha pasado la medianoche. La ventana está abierta a la calle por el calor.

—No hace falta. Lo mío es tuyo.

Me besa en la boca para impedir que replique, y sonríe con malicia. Yo me quedo mirándola, como fulminado por la pura evidencia.

«Lo mío es tuyo».

De golpe, un destello del futuro se impone ante mí con fuerza. Nos imagino a Jasmine y a mí dentro de diez años: ella es wedding planner , y yo soy chef. Nos hemos casado en una playa privada. Tenemos dos hijos preciosos, un niño y una niña, e insisto en tener un tercero.

Vivimos en el sur, en una casa enorme con terraza de invierno y piscina. Somos felices, igual que ahora. Y la simple idea de imaginar ese escenario no me angustia. Al contrario, me calma. Porque, joder, no veo otro futuro posible para nosotros.

—Jazz.

Ella termina de masticar los Doritos antes de gruñir un «¿Mmh?» distraído. Ni pienso en lo que digo. Me lanzo, con una sonrisa en los labios.

—Dime… Si te pidiera matrimonio, ¿me dirías que sí?

En su defensa, he de decir que no se atraganta por la sorpresa. Jasmine frunce el ceño, como si le molestara que la hubiera interrumpido en mitad de la serie.

—¿Cómo dices?

—En plan… si solo me quedara un día de vida. ¿Me harías el enorme favor de convertirme en un hombre honrado? ¿Aceptarías ser mi mujer?

Mi novia pone una mueca cómica y me lanza una mirada cargada de compasión.

—¿Un solo día? Guau, qué faena. Lo siento por ti. ¿Qué te pasa?

He ahí la razón por la que estoy locamente enamorado de esta chica. Es rara, está trastornada, es divertida…

—Imagina que tengo una enfermedad rara. Me estoy muriendo, literalmente. Entonces… ¿lo harías?

Jasmine se lame los dedos y se quita los restos de sal que le quedaban pegados; hace como que se lo piensa. Esta vez, se gira hacia mí y se olvida de la serie, lo cual me enorgullece.

—No sé yo. ¿Eres rico?

—No mucho.

—Hm.

—¿Y bien? —insisto, molesto por que me haga sufrir tanto. No tienes mucho tiempo para pensarlo.

Jasmine guarda silencio unos instantes antes de sentenciar:

—No, imagina que es contagioso, eso seguro…

—Responde de una maldita vez, Jasmine —gruño, mientras hundo la cara en su suave cuello.

Escucho su risa cristalina. Le acaricio las caderas bajo la fina tela de la camiseta y le doy un beso detrás de la oreja.

—Si eso te hace feliz, entonces sí —concede al fin—. Y, por supuesto, con la condición de que sigamos siendo amigos para siempre, pase lo que pase. ¿Lo prometes?

Sonrío, triunfante. Ha dicho que sí.

—Lo prometo. Amigos para toda la vida.

La beso en los labios, dos veces, antes de que me aparte con gesto un tanto alarmado.

—Espera. No te mueres de verdad, ¿no?

—Quién sabe… quizá ahora sí.

—¿Solo para asegurarte de que me case contigo? Eres idiota —suspira, y me acaricia el pelo con ternura—. Ahí la tienes, toma tu enfermedad.

—Si eso es lo que un hombre tiene que hacer para…

—Te quiero —me corta, y me toma el rostro entre las manos—. Así que te lo ruego: no te mueras todavía.

Asiento sin dudar. Algún día, Jasmine será mi mujer. Algún día se llamará Jasmine Moretti .

—Vale. Lo intentaré…

Ella vuelve a besarme, rozando su lengua con la mía, y puedo saborear los Doritos en sus labios. La agarro por los muslos para sentarla sobre mis rodillas. Hacer el amor en el sofá: lo que más me gusta.

—… si nos casamos —remato entre dos besos.

Ella sonríe, se quita la camiseta por encima de la cabeza y ya pierdo la concentración.

—Estoy casi segura de que eso tiene un nombre: chantaje.

Pongo los ojos en blanco, como si no fuera más que un detalle.

—Bonita palabra la que acabas de soltar. ¿Tienes más de esas?

—Solo me queda una.

Se hace un silencio. Luego Jasmine se inclina hacia mí para susurrarme al oído:

—Sí.