Capítulo 14
Andréa
Gaiole in Chianti , Italia
—Me voy a cagar encima —suelta Kai , doblado por la angustia.
—Encantador —comenta su mujer, con la nariz arrugada—. Si pudieras esperar hasta el viaje en avión, me harías un favor.
Es nuestro último día en Chianti . Para la ocasión, Clémence ha decidido darle a su marido su regalo de boda: un salto en paracaídas. Según ella, lleva años suplicándole hacerlo.
Pero ahora que ha llegado el momento, ahí está, presa del pánico. Ezra se burla de su primo, y yo habría hecho lo mismo si no estuviera tan preocupado por Jasmine .
El cielo incendia el horizonte con una paleta de colores incandescentes mientras seguimos en la pista.
Aprovecho para sacarme un selfi, señalando con timidez el mono que llevo puesto.
Se lo mando a Zélie , que responde con una sucesión de mayúsculas sin sentido: «AZEROIGUHJFDKLMZOEFIJGRFH», y luego: «¡Te deseo una feliz muerte! ¿Me puedo quedar con tu puesto?».
Contesto: «Jamás, Judas», antes de guardar el móvil.
Jasmine , a mi lado, también lleva puesto el equipo de paracaidismo: un mono ajustado que resalta con elegancia y gracia sus curvas. Su rostro, a pesar de estar teñido de una mezcla de nerviosismo y excitación, ilumina el crepúsculo con su belleza.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo?
Mi ex me lanza una mirada sorprendida, seguramente porque no hemos hablado desde nuestra disputa en la mesa. Hace ya varios días que me evita, y lo entiendo.
Cuando Kai preguntó quién quería acompañarlo a hacer esa locura, no me sorprendió ver que Ezra levantaba la mano. Lo que no esperaba era que Jasmine también quisiera.
—Sí, ¿por qué?
—Es peligroso, Jazz… ¿Y si sale mal?
—Si tanto te asusta, quizá deberías abstenerte —propone con una sonrisa gélida.
Con esas palabras, se marcha con Clémence para dejarle el bolso. Las oigo hablar en voz baja y luego disculparse mutuamente por la discusión. La conversación termina con un abrazo que me provoca celos.
«Todavía no ha acabado la guerra fría, entonces. ¡Recibido!».
Estos últimos días le he dado vueltas a nuestra discrepancia.
Cuanto más pasa el tiempo, más culpable me siento.
He sido un imbécil. No tengo derecho a juzgarla por sus elecciones vitales. No son peores que las mías, solo diferentes. Sus palabras me persiguen día y noche.
«No entiendo por qué debería obligarme a encajar en un molde y joderme la vida solo para complacer a gente como tú».
Estoy completamente desubicado, y me duele. Tengo la sensación de que la he perdido, porque me aterra huir otra vez y arrepentirme el resto de mi vida.
«¿Cómo podría elegir un futuro que ni siquiera existe por encima de algo que tengo justo delante?».
Podría sobrevivir sin hijos, mientras tuviera a Jasmine . Pero tenerlos con otra mujer que no fuera ella…
—¡Hasta luego! —nos despide Clémence cuando llega el momento de montar—. ¡ Kai , intenta no cagarte cuando estés en el aire!
Él fulmina a su mujer con la mirada, mientras ella se aleja con una sonrisa orgullosa.
Pasamos por todas las fases de la preparación, con las instrucciones que nos repiten los instructores experimentados que velan por nuestra seguridad. El arnés está bien ajustado, y el paracaídas, minuciosamente revisado.
Todo está listo. Me tiemblan ligeramente las manos por la ansiedad mientras subimos al avión.
Jasmine entra la primera. Cuando le rozo el dorso de la mano, no se aparta, como habría pensado. Dejo que ese contacto me electrice, con el corazón oprimido.
—Jazz.
No dice nada, pero se sienta a mi lado. Uno de los monitores nos asegura, con Kai y Ezra en frente. No tengo tiempo de ponerme nervioso, porque lo único en lo que pienso es en hacer las paces con Jasmine .
—Por si me muero ahora mismo, quiero que sepas que lo siento… por lo del otro día. No debería haber sacado la conversación.
Soy consciente de que los demás nos oyen. A decir verdad, no me importa. No tengo nada que ocultar.
Kai asegura que no me voy a morir, pero Ezra le tapa la boca con la mano.
—¿Entonces por qué lo hiciste? —responde Jasmine .
—Porque no sabía cómo contener la rabia, ni cómo sacarla… Supongo que hay cosas que nunca cambian, ¿eh? —bromeo con una leve risa.
La tensión se palpa en el aire. El ruido ensordecedor de los motores llena la cabina, y pronto el avión despega. Nuestra mirada se pierde en el horizonte que se extiende sin fin.
—Al contrario —me corrige ella, con los ojos cerrados—. Diría que has madurado mucho. Tu reacción del otro día… no me gusta, pero es humana.
«Oh. No esperaba que me dijera eso».
Jasmine me aprieta los dedos con una fuerza inesperada; me clava la mirada con una intensidad perturbadora. Intuyo que empieza a asustarse.
Resisto la tentación de decirle: «¡Te lo dije!». En su lugar, le dedico una sonrisa tranquilizadora y trato de transmitirle todo mi valor, aunque sé que las palabras no bastan para apaciguar sus temores.
—Entiendo por qué no quieres tener hijos.
Se pone rígida, igual que yo. La verdad es que he tenido mucho tiempo para pensarlo bien. Comprendo sus razones: las que me ha dado y las que se oculta a sí misma.
«No puedo culparla».
—¿De verdad? —susurra.
Asiento en silencio. Jasmine se relaja un poco, y siento tal alivio que también lo noto en el cuerpo. Se me relajan los hombros, y empiezo a respirar con calma.
Las vibraciones del aparato me recorren, y siento el corazón desbocado dentro del pecho.
—¿Sabes qué fue lo que más me dolió cuando me dejaste?
Niego con la cabeza, sin estar seguro de querer oírlo. Tres años después, Jasmine me mira con tristeza y confiesa:
—Perder tu amistad.
Es como un puñetazo directo al corazón. La herida late y sangra, una y otra vez, hasta dejarme completamente vacío.
—Antes de ser mi primer amor, eras mi mejor amigo. Y creo que, de haber podido elegir, es lo último que habría querido perder. Pero de un día para otro, lo perdí todo.
—Jazz…
—Ya no tenía a nadie a quien contarle mi día, a nadie que me consolara cuando estaba mal, a nadie con quien hacer maratones de The Walking Dead .
Y sé que suena estúpido, pero eso fue lo que más me entristeció.
Porque estaba dispuesta a aceptar que nuestro amor no era incondicional, pero pensaba que nuestra amistad sí duraría para siempre.
Tiene razón: la dejé tirada. Porque tuve miedo, porque estaba destrozado; la abandoné, junto con todo lo que habíamos construido juntos.
Ahora que lo dice, eso fue también lo que más eché de menos: nuestra amistad.
Quiera o no, Jasmine es mi mejor amiga. La única persona a la que puedo confiárselo todo. La que me entiende mejor que nadie y con la que puedo reírme de cualquier cosa. Creo que eso es lo más difícil de encontrar, y lo más valioso del mundo: un alma gemela.
—Lo siento, Jazz. No sé qué más decir, porque no quiero que parezca que pongo excusas. No las hay. Pero quiero que sepas que todo este tiempo no he pensado en nadie más que en ti. Dejarte fue un error. El castigo ha consistido en que tu recuerdo me atormentara. Yo…
Nos interrumpe uno de los paracaidistas, que nos explica lo que viene a continuación. Todos lo escuchamos, en tensión.
Kai saltará primero. Nuestro amigo empieza a prepararse, así que me vuelvo hacia Jasmine .
—No había terminado de hablar. ¿Por dónde iba?
—Decías lo mucho que ocupo tus pensamientos, bla, bla, bla… —se burla.
Ni siquiera puedo negarlo, porque es la verdad. Puede reírse todo lo que quiera, no me avergüenza. No quiero fingir que he pasado página. Si quería que lo hiciera, tendría que haberla amado un poco menos.
—Lo que intento decirte es que yo también echo de menos a mi mejor amiga.
Por fin empieza a tomarme en serio. No sé lo que piensa ni si me cree al pie de la letra, pero al menos he conseguido captar su atención.
—Jamás creí que existiera algo capaz de separarnos —prosigo sin soltarle la mano—. Hace tres años… en vez de apoyarnos, nos enfrentamos. Cada uno gestionó la situación a su manera, pero por separado. Me arrepiento de eso.
—¿Y ahora? ¿Qué queda?
—Amor. Siempre.
Le veo en los ojos que siente lo mismo. Me sigue queriendo, lo confesó ella misma. Sin embargo, lo nuestro no puede funcionar, porque uno de los dos tendría que sacrificarse para que saliera bien.
—Todo sigue igual —murmura.
Quiero decirle que aún somos jóvenes, que no podemos tener claro lo que queremos para toda la vida. También quiero decirle que no tenemos por qué tomar decisiones ahora, que deberíamos disfrutar de lo que tenemos.
«Quiero suplicarle que se quede, porque no deseo vivir sin ella».
—Quiero recuperar a mi mejor amiga. Es lo único que te pido por ahora. ¿Crees que sería posible?
Ella parece reflexionarlo seriamente, pero ya sé cuál será su respuesta. No puede negármelo; eso no.
—Nos lo habíamos prometido, ¿no? —añado con una débil sonrisa nostálgica.
De repente, volvemos a tener dieciocho años. Acabamos de mudarnos a París y quizá acabo de pedirle matrimonio. Estoy tocando mi sueño con la punta de los dedos, sin saber que voy a mandarlo todo a la mierda unos años después, al romper aquella promesa.
—Es cierto —asiente mientras levanta el meñique—. Esta vez, para siempre. Prométemelo, Andréa .
Me siento tan aliviado que me cuesta menos respirar. Es lo único que quería, desde el principio: recuperarla a toda costa. Unimos el dedo meñique, y después el pulgar por encima. Esta vez no pienso romper la promesa.
«Esta vez, lucharé hasta el final».
—Te lo prometo. Mejores amigos… para siempre.
«Y algo más».
No lo digo en voz alta para no asustarla, pero lo pienso con fuerza mientras apoya la cabeza en mi hombro. La puerta del avión se abre de golpe y una ráfaga de viento pone fin a nuestra conversación.
—Sin querer interrumpir vuestro momento hiperemocionante —grita Kai por encima del ruido, listo para saltar—, ¿alguien puede rezar por mí?
Ninguno tiene tiempo de contestar. De pronto, él y el instructor al que va sujeto se lanzan al vacío. Solo oímos su grito, engullido por la fuerza del viento, mientras caen en picado.
—¡Joder! —maldice Jasmine , temblando todavía más, justo cuando se acerca su turno—. ¿Por qué os habré dejado convencerme de hacer esto?
Ezra le dedica una sonrisa espléndida, sin el menor atisbo de miedo. Le pregunto si ya lo ha hecho antes, pero niega con la cabeza.
—Pero tengo ganas, nada más.
—Estás como una cabra —exclamo, mientras aparto la vista de la puerta abierta.
Jasmine inspira hondo, con los ojos cerrados. Intenta concentrarse, y lo entiendo: yo mismo siento unas ganas tremendas de dar marcha atrás.
—A mí esto me parece terapéutico, ¿no os pasa? —pregunta Ezra , que se coloca en posición—. En sentido metafórico, lanzarse al vacío significa enfrentarse a lo desconocido. Y lo desconocido da miedo.
Jasmine abre los ojos de nuevo. Lo observa con curiosidad. Comprendo demasiado tarde que esas palabras le llegan muy hondo, aunque no me sorprende.
—Saltar es arriesgarse a no saber qué pasará al llegar a tierra —continúa—. Pero confiar y dejarse caer es también soltar lastre. Es como librarse de toda la presión que cargamos sobre los hombros.
Jasmine asiente en silencio a mi lado. Yo me quedo dándole vueltas a lo que querría dejar atrás: los errores, el remordimiento, los traumas.
—No tienes por qué hacerlo, Jazz.
Ella me mira con el ceño fruncido. Puede intentar ocultármelo cuanto quiera, pero la conozco lo suficiente para saber que está asustada. Igual que con la moto acuática en Positano , me niego a que se obligue a hacer algo que no tiene ganas de hacer.
—Pero quiero —replica.
—¿De verdad? Porque hace tres años te habrías reído en mi cara si te hubiese propuesto algo así.
—Ya no soy la misma, Andréa .
No es la primera vez que me lo dice, y no dejo de odiar esa frase. Como si Jasmine intentara hacer de menos lo que fuimos, lo que sé de ella. Como si yo ya no tuviera lugar en la vida de la mujer en la que se ha convertido.
—¿Y si te desmayas? —insisto, con la voz elevada por encima del viento—. ¿Y si vomitas?
—No va a morirse —interviene Ezra , preparado para saltar.
— Jasmine es frágil. Podría sufrir un ataque de pánico y…
— Jasmine es valiente.
Ahora mira fijamente a mi ex, con más intensidad que nunca.
—Eres capaz de hacerlo. No dejes que el miedo te paralice: lánzate sin mirar atrás.
Estoy a punto de ponerlo en su sitio, pero en ese instante de duda veo una chispa de determinación encenderse en los ojos de Jasmine , como si el coraje le iluminara el rostro.
Va a hacerlo, en ese momento me doy cuenta.
Y me callo, porque temo que si digo algo sea para intentar disuadirla otra vez.
Ezra tiene razón: debo dejar de sobreprotegerla.
Él se lanza por fin, y suelta un grito de emoción que se pierde entre las nubes. Ahora le toca a mi ex.
—¿Lista?
Jasmine asiente, rígida como un palo. Nos miramos un instante.
Se hace un silencio cargado de emoción. El viento sigue rugiendo dentro de la cabina y el corazón me late a toda velocidad.
La miro una última vez, le dedico una sonrisa llena de confianza y apoyo y la veo lanzarse al vacío sin la menor vacilación.
—¡Ahora nosotros! —grita el paracaidista que me acompaña—. ¿Estás bien? ¡Estás pálido!
Asiento frenéticamente, temeroso de echarme atrás. Nos colocamos en posición mientras pienso en todas las cosas que quiero dejar atrás con este salto.
Lo desconocido asusta, pero ya no tengo miedo porque tengo a Jasmine a mi lado.
—¡Vamos!
En cuanto me lanzo al vacío, una oleada de euforia me sacude, mezclada con un punto de aprensión que me oprime el pecho. El viento me ruge al oído y me azota la piel mientras caigo en picado por el aire.
«¡Joder, joder, joder!».
El paisaje pasa a una velocidad vertiginosa, en un mosaico de colores y formas que se funden en un torbellino de movimiento. Las colinas del Chianti se extienden hasta el infinito, con el contorno difuminado a la luz del crepúsculo.
No siento la cara por el viento, pero la sensación de libertad absoluta al contemplar aquella vista hace que me estremezca. Me siento vivo; vibro al ritmo de los elementos, liberado de cualquier atadura terrenal.
Cada partícula de mi ser se enciende con la pura emoción de esta experiencia que me transporta más allá de los límites de la realidad.
Y mientras me dejo llevar por la caída interminable, siento que algo profundo se desata dentro de mí.
Todo lo que cargaba, los tormentos y los traumas…
se disuelve en la nada, arrastrado por la fuerza del viento.
El tiempo parece suspenderse y, durante un breve instante, estoy en perfecta armonía con el universo. Es una sensación indescriptible, una mezcla embriagadora de alegría y gratitud que me invade de pies a cabeza.
Cuando empiezo a acercarme al suelo, con el paracaídas ya desplegado, sé que este día se me quedará grabado en la memoria para siempre.
«Ha llegado el momento de ser valiente».