Capítulo 13
Jasmine
Gaiole in Chianti , Italia
Ya llevamos tres días en Gaiole in Chianti . Tres días de tensión, de silencios y de sonrisas hipócritas. Los primos, Kai y Ezra , intentan aligerar el ambiente, pero es inútil.
Clémence sigue enfadada porque perdí los papeles. Andréa me ignora porque está dolido.
Y yo… intento entender cómo he acabado por convertirme en la mala de la historia.
Paso los días junto a la piscina, leyendo o tomando el sol. A veces cojo una bici para dar una vuelta por los pueblos cercanos.
Por la noche, me quedo dormida poco antes de que empiece a amanecer. Me cuesta conciliar el sueño por culpa del calor, que deja las sábanas húmedas y pegajosas.
Cuando bajo al salón a primera hora de la tarde, me sorprende el silencio. Voy hasta la terraza, descalza. Solo está allí Ezra , nadando con una técnica perfecta en la piscina. Sus movimientos elegantes agitan el agua, y ese sonido se mezcla con el canto de los pájaros.
—¿Dónde están los demás?
Me acerco lo suficiente como para agacharme sobre el borde y rodearme las piernas con los brazos.
Desde aquella noche de la barbacoa, Ezra ha sido el único que me ha apoyado. Sé que no nos conocemos desde hace mucho, pero tengo la clara impresión de que poco a poco nos estamos haciendo muy buenos amigos.
—Han ido a hacer la compra —me explica cuando saca la cabeza a la superficie—. Andréa quería proponerte ir, pero estabas durmiendo la siesta. Ha preferido no despertarte.
Eso sí que es propio de él. Dejo escapar un pequeño suspiro, que no pasa desapercibido, porque Ezra se apoya de repente en el borde, a mi lado, y me salpica.
—La guerra fría ya ha durado suficiente, ¿no crees?
—Díselo a ellos…
Él asiente con gesto triste y luego se sienta a mi izquierda. Me empapa el vestido blanco, pero no me aparto. Ni siquiera cuando se pasa la mano por el pelo negro para secárselo un poco.
— Clémence fue injusta y estuvo fuera de lugar, te lo concedo. Kai no deja de decirle que venga a disculparse.
Me alivia escuchar que alguien está de mi lado en este asunto.
Ahora todo el mundo sabe por qué Andréa me dejó, aunque la realidad es aún más compleja.
Clémence reaccionó justo como temía que lo hiciera…
igual que mi madre y la madre de Andréa hace tres años: con lástima.
Como si mi vida hubiese terminado, como si… de repente no fuera una mujer completa.
«Parece que nuestra capacidad —y nuestro deseo— de procrear es lo que nos define».
Andréa tiene derecho a sentirse traicionado por mi confesión, pero es injusto que me haga cargar con esta culpa por una simple elección de vida distinta de la suya.
—Podría proponerte que nades conmigo, pero ya estuve a punto de ahogarte una vez —bromea Ezra —. ¿Y si nos largamos de aquí?
Lo miro, intrigada. No quiero seguir dándole vueltas a todo. Salir es una buena idea.
—¿Qué tienes en mente?
—¿Te gustan los caballos?
Debe de ver cómo se me ilumina la mirada, porque sonríe y me dice que vaya a prepararme.
Caminamos por los olivares, uno al lado del otro, bajo un sol imponente. Solo llevo un vestido blanco sencillo y unas sandalias, además de un sombrero de paja con lazo.
El lugar es tan hermoso que parece sacado de Call Me By Your Name . La brisa estival me acaricia los brazos desnudos y las flores de tallo largo me rozan las pantorrillas a medida que avanzamos.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —Le miro con desconfianza, lo que le arranca una risa—. Puedes decidir no contestar, claro. Solo quería saber: ¿por qué decidiste ser wedding planner ?
No me lo esperaba. Me tomo un tiempo para pensarlo, e intento ser lo más sincera posible.
—Me gusta el amor —digo al fin—. Y me gusta ver a la gente quererse. Cuando vienen a hacerme un encargo, siempre los veo felices. Y mi papel consiste en hacerlos aún más felices. Les regalo un día mágico que recordarán toda la vida. Eso me encanta.
—Ahora lo entiendo mejor. ¿Y tú, querrías casarte?
Me encojo de hombros, porque en realidad no lo sé. De niña, para mí era un sueño. Quería un vestido blanco, un arco de flores radiantes, un marido cariñoso…
Un poco como lo que tienen Nolia y Camille .
Hoy ya no estoy tan segura. Tal vez me esté volviendo cada vez más cínica, pero empiezo a preguntarme qué aporta en realidad el matrimonio a una relación. No quiero que me encadene, ni que me limite.
—Supongo que para ti debe de ser tu peor pesadilla —bromeo, y le doy un codazo en señal de camaradería.
—¿Qué te hace pensar eso?
Ezra entrecierra los ojos, y se lleva una mano a la frente para protegerse del sol. Tropiezo con una rama y él me sujeta del brazo en un acto reflejo.
—¡Oh, vamos! Estoy segura de que nunca te has enamorado. Estás demasiado ocupado ligando con todo lo que se mueve. ¿Y sabes qué? No te juzgo. Tienes todo el derecho del mundo a hacer eso.
Sigue un breve silencio antes de que responda:
—Al contrario de lo que te imaginas, no soy un playboy . Ligo, sí. Mucho. Simplemente porque quiero tener todas las cartas a mi favor.
—¿Cómo?
Llegamos por fin al pueblo cuando sus ojos negros, muy serios, se cruzan con los míos. Estoy tan sorprendida que retrocedo un paso sin querer.
—Busco a la indicada. Quizá no exista, quizá estemos destinados a enamorarnos varias veces en la vida porque el ser humano nunca está satisfecho… pero yo lo intento de todos modos.
—O quizá tienes demasiadas expectativas. Algún día deberías darle una oportunidad a alguna de tus conquistas. Para ver lo que te pierdes.
No responde, pero noto que medita seriamente mi consejo. Me sorprende escucharlo decir algo así.
«Busco a la indicada».
Me gustaría advertirle de que tenga cuidado, que a veces la encuentras y ni siquiera eso basta… Yo creía que Andréa y yo íbamos a durar toda la vida.
Incluso hoy sigo pensando que un día, cuando seamos viejos y nuestra vida haya pasado, nos volveremos a encontrar.
—Ahora que lo pienso, ni siquiera sé a qué te dedicas.
Pone una media sonrisa, y se le marca un hoyuelo que no había notado hasta ahora.
—Soy arquitecto paisajista. Diseño jardines y zonas verdes para hoteles y villas de lujo.
Curiosamente, me parece que le pega mucho. Le pregunto si siempre había querido dedicarse a eso, y me explica que empezó con el diseño de interiores. Con los años, y sobre todo gracias a viajar, descubrió que le encantaba la naturaleza.
—Viajar me ha ayudado mucho —me cuenta cuando llegamos frente a las caballerizas—. Procuro inspirarme todo lo que puedo en los lugares que visito.
—Al final, nuestro trabajo no es tan distinto. Creamos pequeños paraísos, una especie de burbujas de felicidad para la gente. Los hacemos soñar.
—Tienes razón. ¡Bravo por nosotros!
Chocamos la mano, y me animo bastante.
Ezra abre la puerta del lugar y un olor a heno invade el ambiente. Explica en italiano que queremos salir a dar un paseo con dos caballos, mientras yo me mantengo un poco apartada.
Tras veinte minutos de preparativos, ya estoy lista para montar a una yegua con el pelaje color caramelo. Llevo puesto el pantalón que muy amablemente me han prestado para evitar que se me quemen los muslos por el roce con el cuero de la silla.
—Se llama Valencia —me informa Ezra mientras me ayuda a subir—. La señora me ha dicho que es la yegua más dulce y amable que tienen.
—Mmh. Tampoco es que pueda saber si me mientes, de todas formas.
—Exacto —sonríe, y me da una palmadita en el muslo—. Limítate a no hacer movimientos bruscos y háblale si lo crees necesario. Ella lo entenderá.
No me dan miedo los caballos. Adoro a los animales, a todos por igual. De niña lloraba cada vez que me encontraba un caracol muerto en la acera. Siempre suplicaba a mi madre que me dejara coleccionar los insectos que me encontraba en el bosque, aunque nunca me lo permitió.
Aun así, me alegra tener a Ezra a mi lado para que se asegure de que no me mate. El muy cabrón se sube al caballo con la gracia de un príncipe y la soltura de un jinete entrenado. Su animal tiene un pelaje tan negro como el cabello de mi amigo. Dios los cría y ellos se juntan.
—Te presento a Caspian —dice mientras nuestros caballos se frotan la cabeza en un extraño saludo—. Odio los cotilleos, pero me da la impresión de que estos dos no se aburren en las cuadras…
—¿Hasta ellos follan más que yo? —me quejo en voz alta.
Ezra estalla en carcajadas, y me dice que soy un caso perdido.
Partimos despacio, y seguimos el camino marcado. Mi amigo cabalga a mi lado, pero es él quien guía.
Los cascos golpean suavemente el suelo mientras nos internamos en el campo italiano. Me aferro con fuerza a las riendas, y siento debajo de mí el ritmo constante de la yegua con una mezcla de miedo y emoción que aumenta a cada paso.
A nuestro alrededor, las suaves colinas se extienden hasta donde alcanza la vista, cubiertas de viñedos dorados y de campos de trigo que se mecen con la suave brisa estival. Los cipreses se alzan orgullosos hacia el cielo azul, y dan un toque de verticalidad al horizonte infinito.
—Lo siento, por lo de la otra noche.
Me giro hacia Ezra sin comprender. Tras diez minutos de silencio en los que disfruto del paisaje, ha sido él quien ha roto el hielo.
—No has hecho nada. ¿Por qué te disculpas?
—Si puede ayudarte a sentirte mejor… pienso como tú. Respecto a lo de los hijos.
Oh. No logro esconder la sorpresa, ni el alivio.
Claro, no tiene nada de raro. Muchos jóvenes de nuestra generación llegan a la misma conclusión, y por fin se atreven a asumirlo.
Pero en mi entorno cercano, tengo la impresión de ser la única.
Para ser del todo sincera, ni siquiera lo sé, simplemente porque nunca se habla de ello.
—¿Por qué? —pregunto.
—Tengo cinco hermanos, uno de ellos discapacitado. Mis padres tuvieron que dedicarle todos sus esfuerzos, y me dejaron a mí la carga de los otros cuatro.
«¿Y quién se ocupaba de ti?», me entran ganas de soltar.
Es curioso, porque Andréa también viene de una familia numerosa. Y, sin embargo, piensa todo lo contrario… quizá porque es el pequeño. Sus padres le dieron un modelo a seguir, un ejemplo de matrimonio feliz que él quiere imitar a toda costa.
—Ya he tenido hijos —continúa Ezra —. Cuatro. Ahora que soy adulto, no querría repetirlo. Quiero vivir por mí. Viajar, conocer mundo, probarlo todo sin tener que limitarme.
Yo soy hija única, pero entiendo lo que siente. Supongo que Clémence tiene razón: soy una egoísta. Demasiado como para querer poner mi vida en pausa.
Aunque una vocecita me dice que no es egoísta escogerse a una misma de vez en cuando.
«Vivimos para nosotros, no para los demás».
—Me encantan los bebés —le explico mientras miro al frente—. Muchísimo, de hecho. Pero… tengo la impresión de que la gente confunde «tener un bebé» con «tener un hijo». Un bebé solo dura unos tres años. Un hijo, toda la vida. Y no quiero ser responsable de alguien hasta que me muera.
Ser madre es demasiado duro. Porque seamos honestos: no es lo mismo que para los hombres. Siempre es más difícil. Son ellas quienes dan a luz. Ellas las que amamantan. Ellas las que dejan a un lado su carrera. Escuchan la palabra «mamá» a todas horas.
Cuando ya tienes cierta edad y dices que no tienes hijos, la gente te mira con lástima. Dan por hecho que tienes un problema, porque ni se les pasa por la cabeza que sea una elección.
Un hombre sigue siendo un hombre, haga lo que haga. Una mujer que ha parido, en cambio, se convierte de pronto en «mamá» para siempre.
«Yo no quiero eso».
Me da miedo perderme.
—Simplemente, es demasiado duro —suspiro para terminar—.
Te preocupas por el bebé durante los primeros años de vida.
Luego tienes que ocuparte de la escuela, asegurarte de que tenga amigos, vigilar que no sufra acoso, ayudarle con los deberes, inculcarle el feminismo, evitar que sea racista y homófobo…
Sé que no tengo tanta empatía. Me angustiaría demasiado. Tendría la sensación constante de hacerlo mal.
—Y después, de pronto tienes un adolescente, y te odia.
Y tú tienes que garantizarle un futuro. ¡Eso no se acaba nunca!
Tengo la sensación de que en cuanto seas madre, cada decisión que tomes, incluso como mujer, estará calculada en función de tus hijos.
Yo no quiero eso. Quiero seguir perteneciéndome.
¿De verdad es tan egoísta como dice Clémence ?
Ezra asiente durante todo el monólogo; me reconforta darme cuenta de que lo entiende. No me juzga, al contrario.
—No. Por desgracia, mucha gente no lo entiende —responde con decepción—. Porque la mayoría sigue convencida de que vivimos para los demás y no para nosotros mismos.
Supongo que tiene razón, aunque admito que, al oírme hablar, se pueda dar la razón a Clémence . Da la impresión de que solo pienso en mí.
No es cierto. También pienso en lo que puedo dar a un hijo, y la verdad es que para él tampoco sería justo. No quiero traer al mundo a un ser humano para que no sea feliz.
—¿Por qué se considera menos egoísta tener hijos para satisfacer tus propias ganas, sin pensar nunca en lo que vivirán después? —me pregunto, ya más calmada—. En lo difícil que será para ellos…
—Sobre todo cuando luego nos echan en cara ser desagradecidos, porque ellos nos hicieron el favor de concebirnos sin que se lo tuviéramos que pedir.
— Ezra sonríe con tristeza, y adivino que alude a su propia situación.
¿Les guarda rencor a sus padres por haberlo traído al mundo?
—. Pero tienes derecho a ser feliz a tu manera, Jasmine .
Encontrarás a alguien que piense como tú, te lo prometo.
Me doy cuenta de que me he puesto a llorar al ver la mirada compasiva que me lanza. Me disculpo mientras me seco las lágrimas, y me río de mi propia estupidez.
—Has sido sincera con Andréa . Ahora le toca a él tomar una decisión. Dale tiempo.
Ni él ni yo decimos una palabra más después de eso. Nos limitamos a trotar a caballo, mientras disfrutamos del silencio y del viento en el pelo.
El perfume embriagador de las flores silvestres y de la hierba recién cortada flota en el aire; me inunda los sentidos y me despierta una profunda gratitud por la belleza natural que nos rodea.
A medida que avanzamos, voy perdiendo el miedo y me dejo llevar por la magia de este paseo por la Toscana.
«Espero que Ezra tenga razón».