Capítulo 12 #2
—El día después de mi ruptura con Jazz volví al piso para disculparme y suplicarle que me perdonara. Ella no lo sabe porque no llegué a llamar a la puerta. Me quedé delante durante dos horas, y luego me fui.
Todos se giran con brusquedad hacia mí, pero yo solo me fijo en ella. Cruzo la mirada con Jasmine por primera vez desde nuestra pelea de ayer.
Nadie se atreve a hablar, pero sé que todos se preguntan por qué me di media vuelta.
—Me dio miedo y regresé a Gordes —termino, mientras me encojo de hombros—. Fin de la historia.
El impacto en su rostro me retuerce el estómago. Me avergüenza, porque ahora entiendo que nuestra relación habría tomado un rumbo muy distinto si hubiera tenido el valor de llamar al timbre.
O quizá hubiéramos perdido aún más años hasta llegar a darnos cuenta de que yo quiero hijos y ella no.
— Ezra , te toca. ¿Cuál es el mayor error que has cometido?
Ezra suspira con aire pensativo, y mastica la pasta fría con lentitud. Algo me arde por dentro y no consigo identificar qué es. ¿Frustración… o ira?
Ya no tengo ganas de jugar a este juego estúpido. Quiero enfrentarme a Jasmine y sonsacarle la verdad, saber por qué no me lo contó antes.
«No tiene derecho a hacerme esto, joder, no después de que yo planificara toda mi vida en torno a ella».
—Intentar meterme en una caja que mi familia y la sociedad habían predeterminado para mí.
Frunzo el ceño. Quiero pedirle detalles, porque no entiendo a qué se refiere, pero la reacción de Jasmine reclama mi atención. Asiente en silencio, y eso basta para avivar mi irritación.
—A Jazz —exclamo con frialdad—. Hazle una pregunta, aunque no estoy seguro de que diga lo que piensa de verdad… Es lo que suele hacer, por lo visto.
Mi ex deja caer el tenedor sobre la mesa, con los labios apretados. He sido ruin, lo sé.
—Vaya. ¿En serio, Andréa ? —replica—. ¿Quieres tener esta conversación ahora, delante de todos?
—Se me han acabado las ideas, Jazz. Te niegas a hablar conmigo; me obligas a ponerte contra las cuerdas.
Nuestros amigos se encogen en las sillas, y no levantan la mirada del plato. Ezra suspira, y deja los cubiertos con fastidio. Clémence , por su parte, arde en silencio ante nuestra actitud infantil.
—Necesito saberlo —añado, pese a sus miradas fulminantes—. ¿Por qué no quieres tener hijos?
Supongo que no pensaba que fuera capaz de ser tan directo, porque el asombro se le refleja en los rasgos. De pronto se ruboriza, lo cual me hace lamentar haber sido tan brusco.
—Eso es privado —me corta Ezra con voz seca—. Deberíais hablarlo a solas, cara a cara…
No le escucho. Desafío a Jasmine con la mirada, y ella traga saliva en silencio. Considero que tengo derecho a una explicación, ¿no?
«Joder, ¡ayer mismo admitió que todavía me quiere!». Y en la misma frase dijo que nuestro amor era imposible. Necesito saber por qué.
—Porque no, no hay más.
—Pero ¿quién en su sano juicio podría detestar a los niños? Son sinónimo de felicidad, de risas, de esperanza. Ayúdame a entenderlo, por favor, porque me estoy volviendo loco…
—¡Yo no he dicho que deteste a los niños! —exclama, frustrada—. Algunas mujeres se sienten realizadas al dar vida, otras no. Punto. Eso no significa que sea una bruja malvada que desayuna bebés.
No estoy insinuando eso. Solo intento comprender qué les reprocha. Quiero saber si son mis hijos en particular los que no quiere.
¿Qué he hecho mal, exactamente?
—¿Y por eso la dejaste? —se indigna de repente Clémence —. Tenemos veinticinco años, ¿no podías darle tiempo para cambiar de opinión?
—No es una cuestión de edad, Clem —suspira Jasmine —. De todas formas, no puedo tenerlos, aunque quisiera. Tema zanjado.
Su amiga deja escapar un resoplido de incredulidad, como si acabara de anunciarle una sentencia de muerte.
Mi madre reaccionó igual cuando le hablé de la endometriosis de Jasmine , hace tres años.
—Joder, Jasmine , ¡lo siento muchísimo! ¿Qué vas a hacer? ¿Por qué no me lo contaste? No puedo ni imaginar por lo que has pasado… Que te arrebaten eso que nos hace mujeres es terrible.
Ezra le lanza una mirada asesina a Clémence , pero ella no se da cuenta. Jasmine se muerde el labio, incómoda. Creo ver una lágrima que amenaza con caerle por el rostro, pero parpadea y desaparece.
«Mierda». Ya está, me siento culpable.
—No estoy triste, Clem . Y mi capacidad para procrear no es lo que me convierte en mujer.
—Claro, claro. Además, se ha avanzado mucho en ese tema, podrás…
—Por enésima vez, no quiero tener hijos. ¿Vale? ¿Todo el mundo lo ha entendido o hace falta que me lo tatúe en la frente?
Clémence parece a punto de replicar, pero Kai le agarra la mano para impedírselo. Aun así, ella murmura con tristeza:
—Pero… te vas a sentir muy sola. No vas a tener familia cuando envejezcas. ¿Quién cuidará de ti cuando no te puedas valer por ti misma?
Esta vez, es Ezra quien responde:
—Los hijos no se tienen para evitar la soledad, y mucho menos para que nos cuiden en el futuro. No se trae al mundo a seres humanos para que tengan una deuda eterna con nosotros; es muy cruel.
—Y yo no estaré sola —añade Jasmine —. Tengo amigos. Mi familia sois vosotros. Querré y mimaré a vuestros hijos.
Comprendo las palabras que pronuncia y, sin embargo, no consigo entender el sentido. Tengo un cacao mental.
Evidentemente, vivir solo los dos sería un sueño al que apenas me atrevo a aspirar. Es lo que siempre he querido: tenerla solo para mí. Pero ¿sería suficiente? He crecido en una familia numerosa. Sé lo importante que es tener hermanos, y la felicidad que supuso para mis padres tenernos.
«Yo quiero eso también».
¿O solo me he forzado a creerlo por la presión social?
—Me parece egoísta —rezonga Clémence —. Si todo el mundo hiciera como tú, nos extinguiríamos.
—Si todo el mundo hiciera como yo, también habría menos idiotas —contraataca Jasmine , claramente dolida—.
¿Sabes qué es realmente egoísta, Clem ? Tener hijos y luego no ocuparse de ellos.
Traer bebés al mundo cuando no lo han pedido.
Obligarlos a vivir en un planeta que hemos destrozado y que está condenado a morir en un futuro cercano.
Jasmine se levanta de la mesa y lanza la servilleta de papel sobre el plato medio vacío. Quiero disculparme por haber sacado el tema delante de todos, pero ella ni siquiera me presta atención.
—Estoy harta de que se me señale con el dedo porque no hago lo mismo que vosotros. Cuando un hombre dice que no quiere tener hijos, todo el mundo lo ve normal, pero cuando lo dice una mujer, es una abominación para su sexo.
Se dirige una última vez a su amiga de la infancia antes de encerrarse en su habitación el resto de la noche:
—No entiendo por qué debería obligarme a encajar en un molde y joderme la vida solo para complacer a gente como tú.
* Queso típico italiano.
† Gambas grandes o langostinos fritos.