Capítulo 12
Andréa
Gaiole in Chianti , Italia
Paso las cinco horas de viaje de hoy intentando comprender qué es lo que pasé por alto, sin éxito.
«No quiero tener hijos».
Evidentemente, he dormido fatal. Las palabras de Jasmine y sus lágrimas han vuelto a mi mente una y otra vez, hasta colarse en mis sueños.
¿Cómo no pude verlo venir?
Esto me supera: me siento… traicionado. Vale, no soy perfecto. Pero pondría la mano en el fuego por que Jasmine nunca me lo había dicho directamente. No así, de una manera tan tajante.
—¿Jugamos a algo? —propone Clémence desde el asiento del copiloto del coche que alquilamos ayer.
Kai me lanza una mirada a través del retrovisor, pero yo me giro hacia la ventana. Jasmine hace lo mismo en el otro extremo del asiento trasero, ignorándome por completo.
Así llevamos desde esta mañana. No nos hemos dirigido la palabra.
Ezra , sentado entre nosotros, intenta relajar el ambiente con una lista de reproducción bastante animada. ABBA debe de ser su placer oculto, a juzgar por las diez canciones que se sabe de memoria, palabra por palabra.
—Si el juego va de ver quién aguanta más tiempo callado, Jasmine y Andréa ya han ganado —murmura, con la esperanza de provocarnos un poco.
No tengo ninguna intención de enturbiar el ambiente, y mucho menos de estropearles la luna de miel a mis amigos. Pero, por muchas vueltas que le dé, no entiendo cómo es posible.
Lo dejé todo por Jasmine , aunque ella nunca me lo pidiera. Me maté a estudiar para aprobar bachillerato y entrar en la universidad. Aguanté varios años de mierda porque en realidad lo odiaba. Me alejé de mi familia, dejé mi vida en el sur…
Porque pensaba que queríamos lo mismo. Estaba convencido de que remábamos en la misma dirección.
¿He perdido siete años de mi vida por una mentira?
—Es tan distinto de lo que hemos visto hasta ahora —se maravilla Clémence al contemplar el paisaje que se abre ante nosotros.
A medida que nos acercamos a Gaiole in Chianti , el entorno se transforma, y pasamos de las suaves llanuras a las colinas verdes cubiertas de exuberantes viñedos y olivares.
—Me recuerda a mi tierra —suspira Ezra a mi derecha—. Tengo ganas de volver.
Las hileras de viñas perfectamente ordenadas se extienden hasta el horizonte, y las hojas brillantes capturan los rayos del sol y forman un mosaico de tonos verdes y dorados.
A lo lejos, los majestuosos cipreses se yerguen como centinelas solitarios y salpican el paisaje con sus siluetas esbeltas. Se mecen con gracia en la brisa ligera y le añaden un aspecto misterioso y romántico a la serenidad que domina los alrededores.
—Debe de ser aquí —nos avisa Kai cuando el viaje llega a su fin.
El cielo anaranjado del atardecer se cubre de algunas nubes blancas como copos de algodón. El sol se pone y hace brillar con una luz dorada las hojas de las viñas, a la vez que ilumina las fachadas de piedra de las granjas y las casas de campo dispersas por la región.
El alojamiento que hemos alquilado para pasar la próxima semana surge ante nosotros, y lo primero que capta mi atención es la piscina.
—¡Cuidado! —grita Clémence sin previo aviso.
Kai frena en seco, lo que nos provoca un violento vaivén. Entiendo lo que acaba de ocurrir al ver la pequeña cabeza regordeta de un niño asomar sobre el capó.
El crío se agacha para recoger un balón, y sale corriendo.
— Kai , casi lo atropellas —lo reprende Clémence —. El pobre habrá pasado un miedo horrible.
—¡No ha sido culpa mía! ¿Has visto lo diminuto que era?
—Esto promete… —murmura Clémence .
—Vigilarlo es responsabilidad de sus padres —corta Ezra mientras aparcamos frente a la casa—. Un crío de esa edad no debería andar solo por ahí.
Ni Jasmine ni yo abrimos la boca. No quiero hablar de niños. Tengo la herida demasiado reciente y temo soltar una burrada.
Al bajar del coche, me noto las piernas entumecidas por haberlas tenido tantas horas en la misma postura. El suave aroma de la campiña toscana flota en el aire: una mezcla embriagadora de tierra húmeda, flores silvestres y fruta madura. Respiro hondo, con nostalgia.
Echo de menos mi vida en el sur de Francia.
No estoy acostumbrado a viajar, y menos durante tanto tiempo. Me gusta mi insignificante rutina.
—Yo me quedo con la habitación más grande —anuncia Ezra al sacar la mochila del maletero.
—Ni lo sueñes —responde Clémence , que lo fulmina con la mirada—. Es nuestra luna de miel, y somos dos.
Abre mucho los ojos antes de resignarse a coger la segunda habitación más grande .
—A menos que la quieras tú —le propone a Jasmine , que arrastra la maleta hasta la entrada.
—No, gracias. Seguro que tú le sacarás mejor partido.
Ezra me interroga con la mirada, pero niego en silencio con la cabeza. Jasmine elige una habitación pequeña al final del pasillo, así que yo opto por quedarme con la que está más lejos de la suya.
Por primera vez desde que llegamos a Italia, me apetece estar solo.
Me encanta el verano. Por muchas razones distintas: el sol, el mar, los partidos de vóley en la playa y, por supuesto…
Las barbacoas.
—Estaba dando un paseo por la calle, tan tranquilo, cuando de repente giro la cabeza… y ahí, delante de mí, veo una tela inmensa, extendida entre varios árboles, llena de arañas que parecían flotar en el aire como por arte de magia.
Jasmine se estremece de asco al escuchar la historia de Ezra ; le dan escalofríos solo de pensarlo.
Está sentada en la silla como una niña, con una pierna colgada por encima del reposabrazos y la otra doblada bajo la barbilla.
Clémence está demasiado ocupada cortando los tomates para la ensalada de pasta como para interesarse por las anécdotas del primo de su marido.
Yo, por mi parte, escucho a medias mientras aso las costillas de cerdo junto a Kai .
Cocinar se supone que debería relajarme un poco. Todavía me cuesta dejarme llevar, pero admito que el olor de las bruschettas y del tomino * que preparo a la parrilla me reconforta.
—Qué horror… Creo que Australia es uno de esos lugares que más me gustaría visitar, pero me dan demasiado miedo las arañas —admite Jasmine .
—Lo entiendo. Yo solo estuve una semanita.
Ella le pregunta a qué países ha viajado y tengo la desgracia de contarlos: veinticinco. Este tío es un verdadero nómada, aunque diga que le encanta su casa en la Toscana.
—Me encanta viajar, pero mi corazón está aquí. Aunque a veces me vaya durante meses, me gusta tener un lugar al que volver cuando lo necesito… Un refugio solo para mí.
Le doy la vuelta a la carne, con una mano en el bolsillo.
La noche ya ha caído sobre la ciudad, y la terraza en la que cenamos esta noche está iluminada por tan solo unos farolillos.
Kai ha puesto un altavoz que reproduce una melodía suave de fondo.
Apenas la oigo mientras Ezra le pregunta a Jasmine cuál será su próximo viaje.
—Probablemente Asia —responde tras pensárselo—. Empezaré por Vietnam. Hace mucho que no voy y… me gustaría seguir los pasos de mi padre cuando era joven.
—Yo hice lo mismo a los dieciocho —explica Ezra con una sonrisa cómplice—. Mis abuelos vivían en Kioto, en Japón, antes de tener a mi madre. Siempre hablaban de ello con tanta dulzura y nostalgia que tuve que ir y verlo con mis propios ojos.
—¿Y bien? ¿No te decepcionó?
Sonríe y sacude la cabeza.
—Te encantaría.
Puedo ver cómo Jasmine se guarda la nota mental de ir a Japón en cuanto pueda. Desgraciadamente, contemplarla me da mucha ternura. Las personas siempre parecen más bellas cuando hablan de lo que les apasiona.
Cuando Jasmine habla de viajar, todo el rostro se le ilumina. No estoy seguro de que se dé cuenta de la sonrisa que le flota en los labios, ni de cómo le brillan los ojos.
«Es preciosa».
No es la primera vez que lo noto, claro. Ya era así de adolescente. Un día me propuso recorrer Europa en tren, con una mochila. Y, por querer hacerla feliz, me convencí de que sería capaz. Más aún: de que me gustaría.
«Me engañé a mí mismo».
—¡Venga, a cenar!
Kai y yo llevamos las brochetas y los scampi † al ajillo. Clémence y Jasmine colocan la ensalada y las rodajas de melón fresco. Todos nos sentamos, hambrientos, y el ambiente se aligera a medida que vamos comiendo.
Jasmine se sienta justo enfrente de mí. No puedo evitar mirarla mientras come, aunque me ignore. Asumo que mi reacción la ha herido.
—¿Jugamos a verdad o reto?
Kai y yo gruñimos de aburrimiento al oír la propuesta de Ezra .
—Ya no tenemos doce años, y esto no es la fiesta de fin de curso… —se burla el recién casado.
—¿Tenéis alguna propuesta mejor? —pregunta su primo, y solo obtiene un silencio monumental por respuesta—. Vale, Clem , empiezas tú. Pero cuenta algo picante, claro, que si no, no tiene gracia. Quiero un secreto, un drama, algo vergonzoso.
No es buena idea. Lo noto enseguida, simplemente porque no estamos de humor. Hay demasiada tensión, demasiado rencor, demasiadas medias verdades entre nosotros esta noche.
Esto va a estallar.
— Kai —elige Clémence con una ceja arqueada que no augura nada bueno—. ¿Has soñado alguna vez con hacer el amor con una estrella? Si es así, ¿con quién?
Todas las miradas se giran hacia él, a la espera de su confesión. Todos sabemos la respuesta. La verdadera pregunta es: ¿se atreverá a decir la verdad delante de su mujer, que no es precisamente famosa por ser muy amplia de miras?
—Tú eres mi estrella —declara al besarla en la boca—. Y lo hemos hecho hace apenas diez minutos, en los baños…
Ezra , Jasmine y yo soltamos un «Ugh» de asco colectivo. Al principio pienso que Clémence se quedará impasible ante este intento de adulación, pero sonríe al aceptar la respuesta.
— Andréa . Cuéntanos algo que nadie sepa.
Es una pregunta difícil. Hay muchas cosas que oculto a los demás; considero que soy bastante reservado. Pero Jasmine lo sabe todo. Todas las anécdotas que me pasan por la cabeza, ella ya las conoce.
«Todas, salvo una».