Capítulo 11 #2
—No será por no haberte dicho que fueras al fisio —refunfuña ella, que se cruza de brazos, decepcionada—. Vaya, ya estás hecho un abuelo con veinticinco años. ¡Menudo marido!
Clémence sigue enfurruñada hasta que aparece The Weeknd . No la invita a subir al escenario, pero tengo que reconocer que el concierto es increíble.
Cuando al fin cae el sol, los juegos de luces de colores iluminan el cielo negro y crean una atmósfera mágica que activa todos los sentidos y hace que el corazón me palpite con intensidad.
—¿Son para mí?
Andréa , que había estado desaparecido un cuarto de hora, vuelve ahora con unas patatas fritas. Estiro la mano para coger una, pero él aparta la bandeja.
Lo fulmino con la mirada, hambrienta.
—Prométeme que no vas a comértelas de forma lasciva —me suplica—. Llevo tres días conteniéndome, y estamos en público…
Me muerdo el labio para no reír, agradecida de que Clémence esté demasiado pendiente del cantante en el escenario como para oír nuestra conversación.
—No prometo nada.
—Tiempo muerto —insiste—. Solo hoy. ¡Al menos esta noche! ¿Te has visto en un espejo, joder?
Le doy unas palmaditas en el brazo en señal de compasión, aunque por dentro me relamo de gusto. Se queja, pero lo conozco lo suficiente para saber que, en el fondo, este juego le divierte. Igual que yo, teme ser el primero en caer… pero la idea le excita tanto como a mí.
—Lo siento, pero no hay tiempo muerto posible. Ríndete, si no eres lo bastante fuerte… Sé que lo deseas.
Clémence y Kai se acercan al escenario cuando Doja Cat hace una aparición sorpresa que enloquece a la multitud. Me quedo sola con mi ex, con una chispa de picardía en la mirada.
«Está a punto de rendirse, lo noto».
Me muevo con sensualidad al ritmo de «Woman», y articulo la letra de la canción con los labios. Andréa no me quita los ojos de encima. Cuando me acerco para tocarle el pecho, mientras me contoneo contra él, se permite abrazarme por la cintura.
—Eso vale para ti también, Arrietty… —me susurra contra la mejilla sin darme el gusto de probarlo—. Dos palabras. Es todo lo que necesitas para que vuelva a ser tuyo. Pronúncialas y el juego termina.
Se me encoge el pecho de la emoción. Cuando estábamos juntos teníamos una regla, la más importante de todas: decirnos «te quiero» después de cada pelea, porque estaba prohibido separarnos enfadados.
La única vez que quebrantamos esa norma fue la noche que rompimos. Cuando lo desafié a que se marchara… y se fue.
«Dejó un silencio que me destrozó».
Entreabro la boca, lista para obedecer, como bajo el efecto de una hipnosis producida por la nostalgia. Luego, el pánico de volver a ser vulnerable y el terror de revivir aquella sensación de pérdida absoluta me obligan a cerrarla enseguida.
«No puedo».
—Olvídalo —murmuro, mientras lo aparto—. Ha sido muy mala idea.
Le pido perdón por haberme comportado así durante los últimos días, pero, cuando estoy a punto de marcharme, me agarra de la mano. Parece desesperado.
—Jazz, espera. La he cagado, lo sé, pero tienes que darme otra oportunidad… Porque lo nuestro nunca podrá ser una aventura de una noche, sin compromiso. Quiero despertarme todos los días contigo.
—Ya te he dicho que es imposible —repito mientras me alejo de la multitud, con un nudo en la garganta.
No me gusta que esto me recuerde a nuestras peleas de entonces, las que nos hicieron romper cuando estábamos en el peor momento. Igual que antes, no puedo evitar ponerme a llorar, simplemente porque duele demasiado.
No me quedan fuerzas, ni energía, ni ganas de fingir.
Estoy harta de cargar con esta culpa.
Harta de pensar, cada día, que la ruptura fue por mi culpa.
Él me partió el corazón.
—¿Por qué? —insiste, y me obliga a mirarlo—. ¿Porque ya no me quieres?
—Porque me destruyes, Andréa —respondo ante aquel rostro desencajado.
«Ya está». Ya no soy capaz de seguir callándomelo. Me hace ir siempre un paso más allá.
—¿Tú no habías pasado página? —articula con dificultad.
Me encojo de hombros, con las lágrimas en los ojos.
—¡Te mentí! ¿Contento?
Veo el efecto de lo que acabo de confesar en su expresión, y casi me hace flaquear. Soy muy débil a su lado, y él es el único que consigue hacerme sentir algo así.
—Tienes que parar… Te lo suplico. Libérame, Andréa —murmuro con la voz rota—. Si sabes que no puedo darte lo que quieres, déjame ir. Deja de jugar con mi corazón, porque yo también tengo un límite.
No quería llegar a este punto; quería mostrarme más fuerte. Pero ya no confío en mí misma. Quiero que asuma su responsabilidad y que se aleje.
—No, no, no —se apresura a decir, mientras se acerca. Me sujeta el rostro con las manos, y tiemblo de placer cuando me toca. Apoya la frente en la mía, como si intentara centrarme.
—Hace tres años hui sin pensarlo. Porque me daba miedo el futuro, porque no sabíamos comunicarnos…
—No puedo darte lo que quieres, Andréa . Eso no ha cambiado.
—¿Por qué no? Hay otras soluciones. Muchas mujeres son estériles y aun así consiguen tener hijos. Lo lograremos… Los dos.
Me quedo rígida entre sus brazos. La sangre se me hiela en las venas, y sé que él lo percibe, porque frunce el ceño.
Las lágrimas me caen a toda velocidad por el cuello, y esta vez no hago nada por detenerlas.
«No lo ha entendido».
Claro que no lo ha entendido.
—¿ Andréa ?
—Sí, Arrietty.
Lo miro por última vez antes de destruir todas sus esperanzas. Porque sé que, una vez que lo diga, nada volverá a ser como antes.
—No quiero tener hijos.
Tarda un rato en procesarlo. Entreabre la boca con desconcierto, hasta que un destello de comprensión le cruza la mirada.
Me suelta de golpe, y mi corazón se viene abajo. Siento que algo se me rompe por dentro.
—¿Qué? —me pregunta, atónito.
Me seco las lágrimas y respondo antes de marcharme:
—Lo siento. Pero eso no tiene solución.