Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

Jasmine

Florencia, Italia

El juego ahora es distinto.

Ahora estamos jugando a «¿quién cederá primero?».

La primera jugadora soy yo misma. Una mujer joven y atractiva, de nombre artístico Arrietty, decidida a convencer a su ex para que se acueste con ella.

Sí, está un tanto frustrada sexualmente.

Sabe que se entrega a un juego peligroso, pero está decidida a ganar antes de hacer borrón y cuenta nueva.

El segundo jugador es un adversario de talla.

Un joven celoso pero atento que responde al dulce nombre de Calcifer, decidido a lograr que su ex se vuelva a enamorar de él.

Dicho de otro modo, juega con mejores cartas, aunque no sea consciente de ello.

En resumen, la guerra ha empezado y nuestros amigos nos odian.

—Necesito otra vez tu ayuda.

Ezra sonríe con satisfacción pese a tener los ojos cerrados. Parece que está dormido en el sofá, pero sé que finge para no tener que fregar los platos.

«Lo sé porque yo hago lo mismo».

—Me encanta que digas eso, Jazz. Es como música para mis oídos.

—Ahora necesito consejos de verdad.

Abre un ojo, confuso. Me aseguro de que Andréa no esté escuchando la conversación; está hablando por teléfono con su colega Zélie en el balcón. Nuestros intercambios se han vuelto extraños desde lo de aquella noche en el callejón.

Todavía me cuesta creerlo. De verdad le dejé hacerme el amor en público, a pesar de que cualquiera habría podido pillarnos con las manos en la masa…

«¿Qué coño me pasa?».

La verdad es que lo deseo desde que lo vi en la boda. He intentado luchar contra mis impulsos, lo juro. Pensaba que era más fuerte, pero resulta que no.

«Ahora quiero más».

Y Andréa se niega a dármelo con el pretexto de que no estoy lista para entregarle el corazón.

Si decía en serio todo lo que me dijo, lo haría sufrir, y no quiero, así que al principio pensé en dejarlo en paz.

Hasta que puso en marcha su plan para reconquistarme y la necesidad de contraatacar se apoderó de mí.

Creo que, en el fondo, en algún lugar recóndito en mi interior…

espero en secreto que logre hacerme cambiar de idea.

Quiero que me demuestre que va en serio, aunque no pienso ponérselo fácil.

Yo tampoco quiero sufrir.

—¿Porque antes mis consejos eran malos? —se indigna Ezra , totalmente en serio.

—No, quiero decir… Te pedí clases de seducción para ligar en una fiesta.

—¿Y ahora? —pregunta, mientras coge una botella de agua de la mesa baja.

—Ahora es para acostarme de verdad con alguien.

Se atraganta al beber, lo que atrae la atención de los demás. Le doy unas palmaditas suaves en la espalda, y le regalo una sonrisa hipócrita.

—Lo siento, pero esto ya es otro nivel —tose mi amigo—. No voy a enseñarte a follar, Jasmine . Ponte a ver porno, como todo el mundo. A lo sumo puedo recomendarte algunos…

—¡Que no! —lo interrumpo con un empujón—. Sé cómo se hace, idiota. No me refiero a eso.

Aun así, no parece quedarse tranquilo.

—No es que me haga el tonto, créeme. Es que te expresas fatal. Y, para empezar, ¿con quién intentas acostarte tan desesperadamente?

Me muerdo el labio y dudo. No estoy segura de que sea buena idea decírselo. Por otro lado, confío en que no me juzgue.

—Con Andréa .

Alza una ceja, sorprendido. Pensaba que la respuesta era evidente, pero supongo que no. Mi amigo me pregunta por qué, a sabiendas de que nuestro pacto inicial consistía precisamente en alejarme de él.

—Quiero hacer como tú —respondo con una sonrisa altiva.

—¿Es decir?

—Probar el sexo sin compromiso.

Deja escapar un suspiro enorme, como si no hubiera entendido nada.

—La primera regla es no hacerlo jamás con un ex, Jazz. Ni con la jefa. Ni con la mejor amiga. Ni con la vecina —añade con una mueca—. Sobre todo con la vecina. La mía me robó los paquetes que pedía por internet durante tres meses después de aquello.

—No te pago para que me juzgues, Ezra .

—Pero si no me estás pagando. Y ya que sacas el tema de la remuneración…

Le meto un caramelo de cereza entre los labios como compensación. Lo acepta mientras le pregunto cómo se supone que debo actuar para conquistar a un hombre.

—Haz que vea lo que desea —dice entonces, con la boca llena—. Tienes que estar delante de sus narices, todo el tiempo, sin que tenga ni un respiro. Usa tus encantos. La mirada, la voz, el cuerpo… No necesitas que te haga un dibujo.

Quiero hacerle más preguntas, pero me corta porque quiere darse una ducha antes de cenar. Adivino que no quiere seguir hablando del tema, probablemente porque mis problemas amorosos empiezan a aburrirlo.

Me reprocho implicarlo tanto en esta historia; él es amigo de Andréa .

—Gracias, Howl —sonrío al darle un beso rápido en la mejilla—. Al final no eres tan malo.

—Está bien saberlo…

Esta vez está cantado: este juego lo voy a ganar yo.

Sigo los consejos de Ezra al pie de la letra.

He decidido no hacer las cosas a medias y emplear la artillería pesada de inmediato: por la mañana, en el desayuno, en cuanto Ezra se marcha a correr, me paseo con poca ropa por el salón.

En un primer momento, Andréa está a punto de atragantarse con su tostada. Solo llevo una camisa de pijama blanca, muy corta y reveladora, con un tirante caído adrede sobre el hombro.

Me las ingenio para tocarlo tanto como puedo. Son solo roces ligeros y furtivos, pero esa es la idea: llevarlo al límite poco a poco. Una mano en el muslo por aquí, otra en el brazo por allá, un hombro que lo roza en el pasillo, un leve pisotón bajo la mesa, durante la cena…

Procuro ducharme justo antes que él, y me aseguro de que el aroma de mi champú impregne las paredes del cuarto. Dejo ropa interior tirada, y finjo haberla olvidado.

En resumen, saco toda la artillería.

Tengo que admitir que se resiste, aunque a menudo lo noto a punto de ceder.

Cuando saboreo un trozo de sandía bajo su mirada cargada de deseo, dejo que el jugo me corra por la barbilla, y estoy segura de que va a sucumbir.

Por desgracia, se limita a señalarme con el dedo y decir:

—Eres fuerte, Jazz. Más de lo que pensaba.

Sonrío mientras me relamo los labios, con las piernas cruzadas bajo el albornoz mal ceñido.

—Gracias.

—Pero tengo una fuerza de voluntad enorme —añade—. No voy a ceder a tus jueguecitos. Volverás a enamorarte de mí antes de que yo ceda…

Reconozco que tampoco se queda atrás. De hecho, es bastante hábil, pero no me sorprende. Sabía desde el principio que sería un rival admirable.

Se muestra más atento que nunca conmigo. Me presta la gorra cuando hace demasiado calor, me ofrece su botella de agua cada vez que esperamos durante demasiado tiempo bajo el sol, se encarga de evocar nuestros recuerdos felices para forzarme a bajar la guardia…

¿Su objetivo? Recordarme por qué me enamoré de él la primera vez.

Me repito día tras día que no debo confiar en él. Rememoro en bucle el dolor, la rabia y la culpa que siguieron a aquellos años de relación.

«Nunca más».

Pero poco a poco empiezo a flaquear… y temo caer antes que él.

Hoy tomamos un autobús hacia Sesto Fiorentino , donde se celebra un festival de música al que Clémence quería asistir a toda costa.

—Ya que no puedo ir al Coachella … —gruñe al llegar por fin.

Se empeñó en que decidiéramos muy bien qué nos pondríamos. Cuando protesté, me suplicó con el siguiente argumento:

—¡Son las fotos que enseñaremos a nuestros hijos! Tenemos que estar perfectos, ¿te imaginas?

No tuve el valor de decirle que yo nunca tendré hijos. Para hacerla feliz, me pegué unas cuantas piedras brillantes alrededor de los ojos maquillados y en la melena rubia. Después me enfundé un top de ganchillo, que me hice yo misma, y una falda larga de tul transparente.

—Te lo digo ya —anuncia Clémence a su marido, que le lleva el bolso—. Si The Weeknd me sube al escenario, soy capaz de decir que estoy soltera. No te lo tomes a mal.

Kai asiente, con el ceño fruncido.

—Claro, cariño. Diviértete.

Ella lo besa en los labios antes de arrastrarme del brazo.

Me sumerjo en la efervescencia, envuelta en la atmósfera palpitante del festival.

El sol brilla con intensidad en un cielo despejado; calienta el aire y hace centellear los atuendos coloridos y estrafalarios del público.

Cada persona es una explosión de creatividad; la gente lleva modelitos de lo más disparatados.

El ritmo grave de la música me retumba en los oídos mientras nos abrimos paso entre la marea humana, en busca del mejor lugar para disfrutar del concierto.

La excitación es palpable, electrizante. Algunos saltan y bailan al ritmo de la música, otros se sientan en el césped a beber cerveza y reír entre amigos.

En el inmenso escenario, los artistas famosos se suceden. Su voz llena el espacio, y arrastra al público a un frenesí colectivo de baile y canciones.

—Veo que te lo estás pasando bien.

Levanto el rostro hacia Andréa , que está de pie detrás de mí. Me tiende un vaso de plástico con alguna bebida, y lo acepto.

—¿Qué es?

—Cerveza. No es especialmente buena.

Me mojo los labios y arrugo el gesto de inmediato ante el amargor. Andréa sonríe antes de preguntarme si alcanzo a ver algo desde aquí.

—No mucho.

—Ven aquí.

No tengo tiempo de protestar: se agacha para pasar la cabeza entre mis piernas.

Se me escapa un grito de sorpresa cuando se incorpora; casi pierdo el equilibrio.

Me agarro a su pelo con las manos para estabilizarme.

Me acaba por subir a hombros. Estoy lo bastante alta para ver perfectamente la parte central del escenario.

Me apoya las manos en los muslos, que ahora le rodean la cabeza.

—¿Mejor? —pregunta.

Qué cabrón. Se le da genial acelerarme el pulso. Casi había olvidado lo atento al detalle que podía llegar a ser. A pesar de las taras heredadas de su padre misógino, Andréa acabó por convertirse en un caballero.

Asiento y le doy las gracias. Clémence recrimina a Kai que no haga lo mismo, pero él replica que se partiría la columna si lo intentara.

—Tengo escoliosis, ¿vale? Ya me cuesta bastante sostenerme a mí mismo…