Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Antes
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Antes

Jasmine

Gordes , Francia

—¿Todavía te duele?

Hago una mueca de molestia bajo las sábanas que nos cubren, incómoda. Andréa ha sido todo lo delicado que ha podido en nuestra primera vez, pero, igualmente, me arde la entrepierna por su penetración.

—¿Puedes salir? No sirve de nada forzarlo si no entra.

Asiente con la cabeza y obedece, sin ver las lágrimas que me empañan los ojos. Dejo escapar un gemido de dolor; odio el vacío que deja su ausencia.

Andréa se deja caer a mi lado y apoya la cabeza en el codo.

—Arrietty. No pongas esa cara triste…

—Tengo un problema —sollozo, incapaz de contener las lágrimas—. ¿Por qué no lo consigo?

Me seca las lágrimas con mucha suavidad. Es irónico, ¿verdad? Andréa es la viva imagen de la violencia. Yo soy la única con la que muestra esta ternura. Nunca me he sentido tan a salvo como con él, aunque a mi padre no le guste nada.

Si supiera que he invitado a Andréa a dormir a casa mientras él y mamá están fuera, me mataría.

—No tienes ningún problema —me tranquiliza mi novio mientras me abraza—. Es nuestra primera vez, estamos los dos un poco nerviosos. Estoy seguro de que esto le pasa a muchas chicas.

Me dejo atraer contra su torso y me da un beso en la frente; disfruto del calor de su piel. Pensaba que hoy iba a ser la noche perfecta para perder la virginidad. Tengo diecisiete años y lo quiero con locura, ¿qué más podía pedir?

« Andréa es el indicado».

Todos me miran como si estuviera loca cuando lo digo, pero yo sé que es verdad. Porque antes que nada es mi mejor amigo; sé que esto será para toda la vida.

—¿Te quedas a dormir de todas formas, verdad?

—Por supuesto —sonríe, y me aparta un mechón de la frente—. ¿Noche de pelis, palomitas y sushi? Incluso podemos ver La princesa Mononoke, que es tu favorita, aunque a mí me abuuuuurre…

Le golpeo el pecho con indignación, lo que lo hace reír. Tiene razón. No importa si no hemos conseguido hacerlo. Tenemos mucho tiempo para intentarlo de nuevo, todas las veces que haga falta.

Me libero de un peso enorme mientras me pongo su camiseta para ir a preparar las palomitas. Terminamos en el sofá frente a mi película favorita de Ghibli, y Andréa no protesta ni una sola vez.

Me abraza y me da palomitas en la boca, mientras me acaricia las pantorrillas desnudas en un gesto distraído. Llevamos ya un año juntos, justo como Clémence y Kai . No podría ser más feliz… pero el miedo al futuro nos pesa.

Odio hablar de ello porque detesto enfrentarme a las dificultades y al conflicto, pero la realidad no cambia: el año que viene acabaremos el instituto.

Desde pequeña, mi sueño ha sido seguir los pasos de mis padres, unos auténticos nómadas.

Pasé toda la infancia mudándome sin parar, siguiéndolos por todas partes, y acabé por contagiarme del virus del viaje.

Me había prometido tomarme un año sabático tras el bachillerato para recorrer Europa. He estado ahorrando mucho tiempo. Pero ahora… todo ha cambiado.

Ahora Andréa también es un factor en la ecuación.

Porque ya no estoy sola. Andréa se ha convertido en una parte esencial de mi vida; no puedo irme y dejarlo atrás. Así que he decidido dejar a un lado mi sueño.

«Habrá otras ocasiones», me repite Clémence . «Te irás después del máster».

Intento convencerme de que tiene razón. Ya he planeado ir a la Sorbona, en París.

El único problema es que no estoy segura de que Andréa venga conmigo.

No le interesa ser un intelectual. Andréa odiaba el colegio.

Le cuesta mucho concentrarse, y no solo porque no le interese. Prefiere el trabajo manual, eso es así.

Quiere ser chef. Es un sueño precioso.

Pero temo que nuestras aspiraciones nos separen.

—¿Sabes? Lo he estado pensando.

Alzo los ojos hacia él, sorprendida. Es como si me hubiera leído el pensamiento, porque de pronto me anuncia con gran seriedad:

—Voy a irme contigo a París.

El corazón se me detiene en el pecho. Me incorporo para sentarme en sus rodillas, atónita. Necesito que lo repita, que lo confirme, que me lo prometa, porque no puedo llevarme una decepción.

—¿Cómo dices?

Andréa me sonríe un poco, mientras me acaricia los muslos y las caderas. Me levanta a su paso la camiseta negra que llevo, que me queda enorme.

—No quiero que nos separemos, no todavía. No lo podría soportar. Tampoco quiero que te quedes atrás por mí; te esperan grandes cosas en París, así que… te sigo. A donde vayas, Jazz, yo iré detrás.

—Pero… ¿y tú?

Se encoge de hombros, con tranquilidad.

—Si me das clases, quizá consiga entrar en la uni también. ¿Piensas que soy demasiado tonto para hacer lo mismo que tú?

—¡En absoluto! —exclamo y le tapo la boca con la mano, furiosa—. No vuelvas a decir algo así nunca más, Andréa Moretti , o te juro que…

Me interrumpe con un beso, con los dedos enredados en mi pelo. Enseguida me doy cuenta de que me estaba tomando el pelo. La verdad es que estoy demasiado contenta para reaccionar como él querría.

—¿Quieres mudarte conmigo en un año, Jasmine Pham? —me susurra contra los labios.

Asiento sin la menor vacilación, con el corazón a mil. No me lo puedo creer: vamos a hacerlo.

—¿Estás contenta?

—No te imaginas cuánto. Voy a hacerte feliz —le prometo y le doy un abrazo—. No te arrepentirás, lo juro.

—Ya lo soy.

Lo beso con ardor y aprieto el pecho contra su torso. La boca le sabe a sal y a caramelo, probablemente por las palomitas. Los besos se vuelven más apasionados y ruidosos. No pienso en lo que viene después, hasta que me da la vuelta para tumbarme de espaldas.

Me besa el cuello y luego entre los pechos. Río cuando me hace cosquillas con los dientes y mete la cabeza por dentro de mi camiseta.

—Yo no tengo grandes sueños, ¿sabes? —suspira mientras me quita las bragas—. Solo tú, una casa, bebés.

Me pongo rígida un instante. Solo dura un segundo. Al siguiente, me acaricia entre las piernas y lo olvido todo.

Me tomo unos minutos antes de recibirlo de nuevo. Le recuerdo que use preservativo, y lo hace. Cuando entra en mí, muy despacio, ahoga con la boca mi suspiro de dolor.

—Te quiero, Jasmine . Te quiero tanto…

Le respondo a esas palabras románticas una y otra vez, hasta que deja de doler. Imagino la vida que tendremos, con mucho amor, sexo, viajes y aventuras completamente locas.

Todo lo que siempre he querido.

—¿Qué…?

Chillo, sobresaltada, justo cuando Andréa se aparta; el pánico se le nota en el rostro.

Mis padres están en el umbral de la puerta, estupefactos.

—¿Te estás riendo de mí? —brama mi padre antes de señalar a mi novio con el dedo—. ¡Ven aquí, mocoso de mierda! ¡Te voy a matar, ¿me oyes?!

Andréa balbucea unas disculpas mientras se viste a toda prisa, y yo aprovecho para tirar de la camiseta para bajármela lo máximo posible. Demasiado tarde: mi padre agarra a mi novio por la nuca y lo sacude mientras lo insulta a gritos.

—¡Papá, para! ¡Suéltalo!

Intento detenerlo y le suplico a mi madre que me ayude, pero ella parece petrificada por la impresión.

—¡Tiene diecisiete años! —vocifera mi padre mientras tira a Andréa al suelo—. ¡Como se te ocurra dejarla embarazada, capullo! ¡A diferencia de ti, ella sí tiene futuro!

Me lanzo sobre su espalda para intentar que lo suelte. Andréa logra zafarse y se pone las zapatillas antes de huir. Se gira una última vez para asegurarse de que estoy bien, pero le hago señas para que se vaya.

—No vas a volver a verlo, ¿me oyes?

Pongo los ojos en blanco. Mi madre recupera por fin la voz y le responde:

—No seas tan dramático. Nuestra hija ya no es una niña, es una adolescente. ¿Qué esperabas?

Se marchan los dos en medio de una discusión que me concierne, pero en la que no me está permitido intervenir. Cuando intento defenderme, mi padre me manda callar.

Al final, mi madre logra hacerlo entrar en razón, aunque con mucha dificultad. Mi padre me ordena que me vaya a la cama y me castiga sin salir durante dos semanas por haber invitado a Andréa a casa sin pedir permiso.

—Te odio —replico, con los brazos cruzados—. ¡No he hecho nada malo!

—¿Ah, me odias? Qué original; lo típico de una adolescente en plena crisis.

—No estoy en plena crisis.

—¿No? ¿Sabes lo que eres? Una desagradecida —espeta con frialdad—. ¿Quieres que te dé un consejo? No tengas hijos. No sirven para nada; solo te traerán problemas. Sacrificas todo por ellos, y luego te dicen que te odian. Vaya desperdicio.

Con esas palabras hirientes, se va. Me doy cuenta demasiado tarde de que estoy llorando. Mi madre me mira con ternura antes de darme un abrazo cálido.

—No le hagas caso. No lo piensa de verdad, solo tiene miedo. No quiere que malgastes tu potencial, porque todos somos un poco idiotas cuando estamos enamorados.

— Andréa nunca me dejará hacer algo así. Ha prometido mudarse conmigo a París. Quiere entrar en la uni para poder estar conmigo. Algún día nos casaremos.

Mi madre suelta una risita; sé que se burla de mí. Nadie me toma en serio…

La gente piensa que no tenemos ni idea de nada porque somos jóvenes. Pues a mí me da la impresión de que ninguno de ellos se ha parado nunca a escucharnos.

—Eso es lo que deseo para ti, cariño —responde mientras me acaricia la mejilla—. Y ya sabes, no es verdad que los hijos no sirvan para nada, es al contrario.

—Mhh. No estoy segura de que me interese ser madre, de todas formas.

—Eres muy joven todavía. Tienes todo el tiempo del mundo para cambiar de opinión.

«¿Por qué debería hacerlo?».

No formulo la pregunta en voz alta. Me limito a asentir para que se quede tranquila. No quiero preocuparla por si acaso algo en mí no va bien. Quizá tenga razón. Quizá algún día me despierte con el repentino deseo de llevar en el vientre al futuro hijo de Andréa .

Y, sin embargo, una vocecita me repite algo que intento enterrar muy hondo en mí…

Nunca cambiarás de opinión.