Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Andréa

Florencia, Italia

—¡Jazz!

Ella me ignora y sigue avanzando a paso enérgico por las calles de Florencia. Llevo siguiéndola desde que salió del bar hecha una furia, decidido a tener una conversación.

—Ni siquiera tienes las llaves del piso —le recuerdo, sin que eso logre frenarla.

«La he cagado». Me arrepiento de haberme entrometido, pero no podía seguir sentado en ese banquito mientras veía cómo se restregaba con otro de manera tan sensual.

De verdad pensaba que iba a perder los papeles.

— Jasmine , espera.

Esta vez le agarro la muñeca y la obligo a girarse. Algunos transeúntes se vuelven hacia nosotros, por curiosidad o para asegurarse de que todo va bien.

—¿Qué quieres de mí, Andréa ?

Tiene las mejillas sonrojadas, de rabia o de frustración, no lo sé. Quiero decirle que yo también estoy enfadado. Enfadado por ser blanco de sus provocaciones desde hace más de una semana, solo para demostrarse a sí misma que ha pasado página.

«Pero no va a engañarme».

He visto cómo se le aceleraba el pulso esta mañana, cuando la acorralé contra la puerta de su habitación. He visto cómo me miraba los labios; le he notado en la mirada cómo se debatía entre el deseo y la resistencia.

—Quiero que seas sincera —le espeto tras llevarla a un lugar más apartado—. ¿De verdad habrías sido capaz de marcharte con ese tío si yo no hubiera intervenido?

Estamos en un callejón oscuro y desierto, tras lo que parece una discoteca.

—¡Sí! —estalla, con gesto de exasperación—. ¡Es lo que he intentado hacerte entender desde el principio!

No me creo nada. Puede repetirme mil veces que ha cambiado, que ya no es la misma, pero no sirve de nada. Jasmine sigue siendo Jasmine . Tres años no bastan para convertirla en una desconocida.

—¿Le habrías dejado que te tocase? —insisto, mientras me acerco peligrosamente—. ¿Le habrías dejado verte desnuda?

Ella retrocede por instinto hasta chocar con la pared. Estoy tan cerca que nos rozamos con la nariz. Su aliento entrecortado me acaricia los labios cuando espeta con sorna:

—¿Por qué? ¿Porque crees que es algo difícil?

—En general, no. Para ti, sí.

Mi respuesta parece sorprenderla. De repente estoy tan enfadado como ella, quizá más que antes. Jasmine se ha tirado toda la vida fingiendo, desde que la conozco, y yo pensaba que podía con ello. Pero ya no.

—Eres una hipócrita, Jazz.

—¿Perdona? —ríe, incrédula—. ¿Y me lo dices a mí?

—Sí, a ti. Dices que has pasado página, pero le pides a Ezra que te acompañe a la boda para ponerme celoso.

Dices que ya no me quieres, pero corres a buscar a otro solo para demostrármelo.

Dices que quieres acostarte con ese tío, pero no dejas de mirarme a mí.

¿Cuándo vas a admitir que mientes, Jasmine ?

¡Todo el tiempo! Y lo peor es que te mientes a ti misma.

Se queda boquiabierta ante mis acusaciones, el pecho le sube y le baja al respirar. Odio ese vestido, odio cómo le resalta el pecho, odio la abertura en el muslo, odio mirarla y desear arrancárselo como un animal.

Hace tanto que no la toco. Incluso antes de la ruptura, ya no nos acostábamos. Ella no dejaba que me acercase.

—Intenta entenderme, por favor —suelto, exhausto—. Es duro… verte así, con otro.

—¿«Es duro»? —exclama tan alto que me sobresalta—. ¡Oooooh! Pobre Andréa , que hace lo que le da la gana sin pensar en lo que sienten los demás… Tu vida debe de ser tan difícil…

—¿A qué te refieres con eso, exactamente?

—Que me dejas de un día para otro y pretendes que tres años después me tire a tus brazos. Eso significa. Yo seré hipócrita, pero tú eres un puto egoísta.

No puedo evitarlo: me puede la ira, y replico con dureza:

—¡Estoy intentando que me perdones, Jazz!

—¡Pues no lo intentas lo suficiente! —me grita de vuelta.

Ni siquiera ha terminado la frase cuando la agarro del pelo y la atraigo hacia mí, para juntar los labios. El corazón se me detiene mientras la beso con violencia; vuelco en ese beso toda mi frustración, toda mi tristeza, todo mi deseo.

Al principio creo que me apartará, pero se aferra a mi camiseta con las manos. Abre la boca y entrelaza la lengua con la mía en un gesto apresurado, salvaje.

«No hablamos desde el amor esta noche, sino desde el rencor».

«La carencia. La frustración».

Mientras me abraza el cuello, solo pienso en el deseo de fundirme con ella.

Le beso la mandíbula, el cuello, la oreja. Sigue con el ceño fruncido cuando me muerde el labio inferior, furiosa.

—Te odio tanto ahora mismo —murmura ella, mientras me desliza las manos bajo la camiseta.

No sé qué me pasa. Solo soy consciente de que este instante es precioso pero fugaz, y de que quizá no vuelva a repetirse. Me desabrocha el cinturón antes incluso de que yo pueda bajarle el tanga por los muslos. Cuando levanto sus piernas, las enrosca de inmediato alrededor de mi cintura.

—¿Estás segura?

—Date prisa.

—No tengo…

Me calla con un beso, y mueve las caderas contra mi erección. Ya no aguanto más. Sé perfectamente que es un error enorme y que cualquiera podría sorprendernos a pesar de que el callejón está muy oscuro. Aun así, soy incapaz de resistirme a su llamada.

Entro en ella de una sola embestida, lo que nos arranca un gemido de placer a los dos.

«Joder, hacía tanto tiempo…».

La sujeto con firmeza contra la pared, frente contra frente. Jasmine y yo nunca habíamos hecho el amor enfadados el uno con el otro. Es la primera vez. No sé qué vendrá después, pero ahora no es momento de hacerse preguntas.

—Solo te quiero a ti, Jazz —le susurro contra la boca.

Ella me tira del pelo como respuesta, y me arranca un gruñido de dolor.

La castigo con embestidas más profundas, pero el efecto es el contrario al que pretendía.

Jasmine gime aún más fuerte y hunde la cara en mi cuello.

Acelero el ritmo hasta que le tiemblan los muslos a mi alrededor.

El ruido de la gente de fiesta que pasa muy cerca de nosotros nos asusta y nos excita a la vez.

Muy pronto, Jasmine se deja llevar por un orgasmo y yo la sigo enseguida. Su respiración se ralentiza mientras la bajo de nuevo para dejarla de pie.

—Tomo anticonceptivas —suelta de sopetón.

No sé qué contestar. Tanto ella como yo sabemos que tendría que ocurrir un milagro para que se quedara embarazada… Y no es lo que buscamos, en cualquier caso.

—Vale.

Me visto al mismo tiempo que ella, aunque tengo ganas de más. Querría cargarla sobre el hombro y llevarla al piso, hacerle el amor toda la noche; recordarle lo bien que estábamos juntos.

—En una cosa tenías razón —admite de repente, casi avergonzada—. Siempre tengo ganas de ti.

Una sensación de victoria me invade y no consigo ocultar la sonrisa triunfal. Le respondo que a mí me pasa lo mismo. Jasmine asiente y adivino que la cabeza le va a mil.

—Esto no es más que una pequeña recaída. Nada más. No significa nada, ¿verdad? —me pregunta—. Muchos ex vuelven a acostarse porque resulta más práctico. Nosotros también podemos hacerlo.

Estoy tan sorprendido que me cuesta procesar lo que insinúa.

—¿Hacer… qué?

—Sexo sin compromiso.

Suelto una risa seca, incrédulo.

Pero yo sí quiero compromiso, ¡claro que lo quiero! ¿Cómo se le ocurre proponer algo así justo después de confesar que aún no ha pasado página? Voy a volverme loco antes de que acabe el verano, y será culpa suya.

—Así que, si lo estoy entendiendo bien… ¿quieres que follemos sin estar juntos?

Ella se encoge de hombros.

—¿Por qué no? Disfrutamos del verano y, cuando todos regresemos, cada cual sigue con su vida.

—¿Y después? —pregunto sin lograr disimular mi enfado—. ¿Lo repetimos en cada boda, cada tres años, cada vez que nos veamos obligados a coincidir?

—No. Porque en algún momento uno de los dos encontrará a otra persona. Y entonces sí que se habrá acabado del todo.

La sola idea me aterra y me rompe el corazón. Yo no quiero eso. Ya la dejé escapar una vez y fue demasiado. No podría hacerlo una segunda vez, me mataría.

—No estoy de acuerdo.

Jasmine suspira, aún con las mejillas encendidas.

—¿Por qué?

Me niego a pensar que de verdad ya no me quiere; esa idea me supera. A diferencia de ella, yo no me protejo con la negación. Sé reconocer el amor y la ausencia en sus ojos, porque son el reflejo exacto de lo que siento yo.

—Porque yo nunca he llegado a pasar página —admito con tristeza—. Lo he intentado, de verdad. Quise dejar de pensar en ti cuanto antes… pero siempre me imaginaba tu cara, pronunciaba tu nombre y seguía oliéndote en las sábanas que me negaba a lavar.

Está en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, tan cerca y tan lejos. Ya no lo soporto.

—Simplemente porque eres única —prosigo, y le tomo el rostro entre las manos—. Y sé que la cagué, sé que te he hecho daño, pero me hizo falta perderte para darme cuenta de que no podía dejarte ir.

He reprimido estos sentimientos durante tres años. Volverla a ver lo ha desbaratado todo. En unos días ya estaba convencido de que no puedo vivir sin ella.

—Jazz… ¿No lo entiendes? Hemos cometido un error.

Era, evidentemente, lo peor que podía decir, dado que sus labios se tensan y su expresión se ensombrece.

—«Has», no «hemos». El error lo cometiste tú, Andréa .

—Lo sé, lo sé…

—Pues ahora tienes que asumirlo.

«No me da la gana». Soy como un niño caprichoso que descubre que en la vida nada es gratis y que hay que enfrentarse a las consecuencias de los propios actos.

—¿Por qué te resistes con tanta fuerza si también quieres?

—Porque ya no confío en ti —admite y me obliga a soltarla—. ¿Quieres mi cuerpo? Te lo doy. El corazón, en cambio… ahora está amurallado. Y solo puedes culparte a ti mismo.

Sé que me lo merezco. Y supongo que sería fácil aceptar su propuesta. Cualquiera diría que sí.

Jasmine , mi primer amor, me ofrece semanas de sexo sin compromiso. Debería besarla para darle las gracias por darme esa oportunidad, pero…

No puedo conformarme con eso.

—Lo siento, pero sin amor no hay sexo. Contigo lo quiero todo.

Jasmine aparta la mirada, como si estuviera cerrando con llave el corazón.

—Eso no está en venta.

No importa. Aún me queda algo de tiempo para convencerla. Ahora ya sé que no ha pasado página del todo. Si tengo que redoblar esfuerzos para que vuelva a enamorarse de mí, haré lo que haga falta.

—De todas formas, no puedes impedirme intentarlo.

—¿Intentar qué? —pregunta, mientras entrecierra los ojos con desconfianza.

Se me llena el pecho de decisión, y sé que he escogido lo correcto.

—Reconquistarte.