Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo
26%

Capítulo

Jasmine

Florencia, Italia

Cuando me despierto, tras haber dormido durante todo el viaje de dos horas en tren con la cabeza apoyada en el hombro de Andréa , ya estamos en Florencia. Solo quiero darme una ducha antes de salir de fiesta. Ezra ha prometido que conoce bares chulos.

De camino a nuestro nuevo apartamento, noto que la gente en la calle me mira. Al principio creo que me estoy volviendo paranoica, pero me doy cuenta demasiado tarde de que incluso mis amigos se están riendo por lo bajo.

—¿Qué tengo? ¿Qué me habéis hecho? —los acuso, mientras señalo con el dedo a mi ex—. Ha sido cosa tuya, admítelo.

Andréa abre mucho la boca, y finge estar ofendido; me reprocha que siempre le eche la culpa de todo, y me hace sentir un poco culpable de verdad. Cuando vuelvo los ojos hacia Kai y Ezra , noto que este último parece más divertido de lo normal, así que se convierte en mi nuevo sospechoso.

—Dímelo.

—Deberías mirarte al espejo…

Clémence resopla al cogerme del brazo, y luego me tiende una toallita que saca del bolso.

—Toma. Se han entretenido dibujándote la cara mientras dormías, porque tienen tres años mentales, y no tienen nada más interesante que hacer.

Ezra pone los ojos en blanco, sin que le afecten lo más mínimo sus palabras. Imagino que ya está acostumbrado; Clémence es su prima política.

Me miro en el reflejo de la pantalla del móvil, resignada. Tengo un bigote pintado con rotulador negro bajo la nariz, y garabatos toscos en las mejillas y la frente. Al menos no me han puesto nada con forma fálica.

Me limpio lo máximo posible mientras vamos en un autobús que atraviesa el centro de la ciudad.

Los tejados rojos de los edificios históricos recortan el cielo azul, y el río Arno brilla bajo el sol de la Toscana.

Cúpulas majestuosas y campanarios esbeltos se alzan en el horizonte, testigos de la grandeza de esta ciudad tan llena de arte e historia.

Desde que empezó este viaje, tengo que admitir que no paro de maravillarme. Ojalá no tuviera que irme nunca.

El alojamiento que Clémence y Kai han reservado es pequeño, pero acogedor. En cualquier caso, no nos quedaremos tanto tiempo como para necesitar mucho más.

Me ducho la primera antes de reunirme con Clémence en su habitación. Abro mi maleta, aún envuelta en la toalla que llevo atada sobre el pecho.

—¿Qué vas a ponerte esta noche? —me pregunta.

—Ni idea. ¿Algo sexy ?

Ella arquea las cejas, lo que me hace sonreír.

Para ser sincera, estoy preocupada por lo que ha pasado esta mañana, en Roma, contra la puerta de mi habitación.

Me cuesta olvidar la deliciosa sensación de las manos de Andréa sobre mí, la mirada hambrienta con la que me devoraba, la súplica en su voz…

Solo quería besarlo. Hacer que cayera sobre el colchón, quitarle la ropa y reencontrar el sabor de sus labios, el olor de su piel contra la mía.

No sé cómo he podido resistirme.

«Lo odio». Lo odio por jugar así con mis sentimientos.

¿Acaso no tiene piedad? Seguro que cree que es lo que quiero oír, pero se equivoca. Quiero que me deje tranquila. Vivía mucho mejor cuando estaba autoengañada, convencida de que ya no lo quería.

—Toma, ponte este vestido. Te va a quedar de maravilla.

Agarro la prenda naranja que Clémence me tiende. Es de un color atrevido, pero no me asusta. Soy toda una experta en vestir con un estilo raro y hacer combinaciones audaces.

El vestido tiene un escote en pico y un corte ajustado que, lo sé ya, se me ceñirá a las curvas. La falda es asimétrica y tiene una abertura en el muslo, con volantes que descienden hasta los tobillos.

—Vaya. ¿Vas a ir sin ropa interior? —se sorprende Clémence cuando me lo pongo.

—Llevo tanga.

—¿Y sin sujetador?

Bajo la vista hacia mi pecho, y arqueo una ceja.

—No. Me hace falta, pero lo odio.

Clémence parece escandalizada por la confesión. Cuando le digo que solo llevo sujetador un diez por ciento de las veces, no me cree.

—Me siento más cómoda sin él, ya está. ¿Quién dice que tenga que ponérmelo sí o sí? —pregunto mientras me seco el pelo con la toalla—. Mira, ni siquiera lo habías notado hasta que te lo he dicho.

Ella asiente con expresión pensativa.

Terminamos de arreglarnos cantando las canciones de mi playlist «2000s white girl songs ».

Después de « Hollaback Girl », « Murder On The Dancefloor » y « Unwritten », bailamos con «Pon de Replay » en plena sesión de maquillaje.

Kai abre la puerta justo cuando le estoy enseñando a Clémence cómo perrear.

—Oh, guau. ¿Interrumpo algo?

Me pongo los tacones, con el pelo recogido en un moño, mientras Clémence le guiña un ojo a su marido.

—Esta noche te lo enseño.

—A mi primo se le da genial bailar salsa —sonríe Kai mientras le da unas palmadas en la espalda.

Caminamos por Florencia guiados por Ezra , hacia un bar latino con pista de baile. Ignoro la mirada oscura de Andréa , que me ha parado en el salón para preguntarme si de verdad iba a ponerme este vestido. Cuando he respondido que sí, se ha quedado callado.

¿Lo habrá preguntado porque cree que no me favorece… o porque está celoso?

—Por quincuagésima vez, no es salsa, es bachata —suspira Ezra .

—¡Oh! —exclamo, saliendo de mi ensoñación—. Siempre he querido aprender.

Me pregunta qué me lo ha impedido, y no sé qué contestar. La falta de tiempo, supongo. Y quizá también el hecho de que Andréa odiaba salir de noche y no soportaba que bailara pegada a otro hombre.

Lógicamente, me quedaban pocas opciones.

—Estoy seguro de que va genial para ligar —se burla Andréa .

—Ni te lo imaginas…

Al cruzar la puerta del local, una oleada de calor me envuelve al instante y hace desaparecer el frescor del aire nocturno.

Las paredes pintadas en tonos vivos de rojo y naranja crean un ambiente cálido y vibrante, como una burbuja de color resplandeciente en medio de la monotonía urbana.

Las luces tenues añaden un toque íntimo a la atmósfera, un aura hipnótica que me arranca una sonrisa al pensar en la noche que nos espera.

—Bienvenidos al mejor bar de Florencia —se entusiasma Ezra , pasando un brazo sobre mis hombros y el otro sobre los de Andréa —. Vais a engancharos.

Las primeras notas de bachata retumban en mis oídos, laten en mi cuerpo y despiertan mis ganas de bailar. Distingo de inmediato la pista animada, donde parejas giran con gracia y pasión en movimientos fluidos y sensuales.

Mientras avanzamos entre la gente en busca de una mesa, noto a Ezra saludar con naturalidad a varias personas, prueba evidente de lo bien que conoce el lugar.

Mi vestido atrevido parece atraer las miradas de los demás bailarines. Puedo sentir la tensión creciente entre Andréa y yo al darme cuenta de lo mismo que él.

—¿Qué? —pregunto con inocencia.

Me siento un poco culpable por provocarle esta reacción, pero es difícil no dejarse llevar por la excitación del momento.

—Nada —responde Andréa , que se coloca tras de mí—. No puedo culparlos, así que me callo.

—Vaya. ¡Sería la primera vez!

—No tengo por qué ponerme celoso, Jazz —sonríe, y me susurra al oído—. Yo sé lo que escondes debajo de ese vestido… mientras que lo único que ellos pueden hacer es imaginárselo sin jamás llegar a descubrirlo.

Contengo los escalofríos que me recorren la espalda, avergonzada. Odio desearlo todavía, odio que aún consiga provocarme esto.

Entre la multitud, localizo a Clémence y le dedico una sonrisa cómplice.

Ella parece tan encantada como yo con la energía eléctrica del lugar.

Juntas nos abrimos paso hasta la barra, donde unos camareros vestidos con camisa de colores hacen malabares con las botellas mientras preparan cócteles exóticos que perfuman el aire con aromas embriagadores.

Dondequiera que miro, veo rostros radiantes, cuerpos en movimiento y carcajadas que resuenan como una sinfonía de felicidad contagiosa.

—Os pido algo de beber —grita Kai por encima del bullicio—. ¡Invito yo!

Andréa lo acompaña, y aprovecho para acercarme a mi celestina, que nos espera en un reservado.

—Vale, necesito ayuda.

—Para, que me pongo cachondo —se burla Ezra —. Sabes que es mi frase favorita.

Clémence le pellizca la mejilla al oírlo, pero él mantiene intacta la sonrisa infantil. Observo a las numerosas mujeres que ya lo miran con interés, y suspiro. Para él todo resulta tan fácil…

—Esta vez tengo que liarme con alguien.

Una sombra de preocupación le cruza la mirada, pero se le disipa enseguida.

—¿Estás segura de que es lo que quieres?

—No te pedí que me dieras la chapa, solo que me ayudases a ligar…

Suelta un suspiro sonoro y duda, pero la expresión de Clémence y sus manos juntas en señal de súplica terminan por convencerlo.

—Vale. Aquí todo se decide en la pista de baile, signorina .

Ezra me tiende la mano, con un brillo desafiante en la mirada. La acepto, y camino hacia él mientras me lleva de espaldas hasta el centro de la pista de baile. El corazón me late desbocado, sobre todo porque no tengo ni idea de lo que estoy haciendo.

Seguro que voy a hacer el ridículo.

Las primeras notas de una nueva melodía llenan la sala. Estoy allí, frente a Ezra , con la piel en llamas.

—¿Puedo?

Tardo un poco en entender lo que me pide. Ezra me tiende las dos manos, con una pregunta dibujada en los rasgos. Asiento; le dejo que me toque.

No me atrevo a mirarlo a los ojos mientras apretamos el cuerpo uno contra el otro, pecho contra pecho. Los ángulos duros de su silueta se encuentran con cada curva suave de la mía.

Me pongo un poco nerviosa cuando entrelaza sus dedos cálidos y reconfortantes con los míos. Su aliento me acaricia la piel cuando nuestras mejillas se rozan.

—Es el hombre quien guía —murmura—, así que confía en mí y déjate llevar.

Me explica los pasos básicos, que no parecen tan complicados. Incluso me olvido de la presencia de los demás en la sala mientras me guía las caderas como un titiritero guía una marioneta.

Cuando le indico que estoy lista, pasa su brazo alrededor de mi cintura y me pega todavía más a él. Ya no queda espacio entre nosotros: siento su contacto, su respiración, su olor.