Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

Andréa

Roma, Italia

Jasmine me ha mentido.

Cuando recibo su mensaje avisándome de que vuelve a casa, me apresuro a salir para alcanzarla. Pero en cuanto entro por la puerta, me doy cuenta de mi error.

«Ella no está».

Mi primer reflejo es mandarle un mensaje, hasta que me doy cuenta de que Ezra tampoco ha vuelto. Sentado en uno de los taburetes de la cocina, lo contacto para asegurarme de que está con Jasmine .

Me responde al instante:

Ezra : Necesitaba tomar el aire.

Ezra : No te preocupes, está todo bien.

Ezra : No tardaremos en volver.

Suelto un suspiro de alivio, y me paso una mano por la cara cansada.

Lo admito, he tenido la disparatada idea de que quizá se había ido con otro…

Me preparo para acostarme, pero miro la hora en el reloj a cada minuto; no consigo dormir. Ya ha amanecido cuando escucho la llave en la cerradura, junto a la risa de ella. Ezra le pide que haga menos ruido mientras se quitan los zapatos en la entrada.

Finjo estar dormido en el sofá, con los ojos cerrados. No los abro hasta el último momento, justo para ver cómo la espalda de Jasmine desaparece en su habitación.

La puerta se cierra con un golpe seco, y no puedo evitar tomármelo como algo personal.

Cuando el sol ya está alto y estamos desayunando alrededor de la mesa, Jasmine aún no me ha dirigido ni una sola mirada, aunque parece morirse de ganas. En su defensa, he de decir que ha dormido muy poco.

Lleva un crop top blanco de tela tan fina que casi se puede adivinar de qué color tiene los pezones. Me cuesta apartar la vista de su pecho, que me llama.

Joder, cuánto la echo de menos. Todo su cuerpo, en realidad; es como un amigo de toda la vida. Me lo sé de memoria. Sé lo que le gusta, y ella sabe cómo complacerme a mí también.

Hay entre nosotros una familiaridad que bate todos los récords. Sería tan fácil volver… Tan bonito. Tan cómodo.

—¿ Andy ? —repite Kai mientras me pasa la mano por delante de la cara—. Te he preguntado qué quieres desayunar.

Vuelvo a la realidad, algo avergonzado. Jasmine está demasiado ocupada untando mermelada de albaricoque en una rebanada de pan como para darse cuenta, pero Ezra suelta una risita burlona y murmura:

—Algo que, a todas luces, no está en el menú…

Le saco el dedo corazón, a lo que él responde lanzándome un beso al aire. Clémence toma la palabra para explicarnos el programa del día, como buena tiranorganizadora que es.

Le sirvo un vaso de zumo de manzana a Jasmine , porque sé que es su favorito.

—Gracias —dice sin pensar.

—¿Y bien?

Al fin me mira, con una ceja arqueada. Los demás no prestan atención a nuestra conversación, así que aprovecho para inclinarme hacia ella y levantar la mano. Uno a uno, voy bajando un dedo, luego dos…

—Yo he conseguido ocho números —presumo—. ¿Y tú?

—Cuatro.

Saco pecho, en broma, orgulloso de mí mismo.

—¡He ganado!

—Enhorabuena —me felicita con tono neutro—. ¿Quieres un pin o una chapa?

Ni siquiera había ninguna recompensa final, salvo la satisfacción de tener razón. Para ser sincero, no tenía ninguna gana de ligar con otras. Solo lo hice para que Jasmine reaccionara. En lugar de eso, ella ha pasado la noche con Ezra …

Ya no sé qué hacer para conseguir que abra los ojos.

«¿Y si lo he estropeado para siempre?».

—¿Por qué tienes esa cara de enfadado? Si fuiste tú quien propuso ese juego estúpido.

—Precisamente —responde ella, mientras se levanta de la mesa—. Porque para mí no es un juego, Andréa . Yo sí quiero conocer a alguien.

—Entonces có…

Se escapa por el pasillo bajo la mirada, demasiado curiosa, de nuestros amigos, que fingen no prestarnos atención. Frustrado, la sigo sin dudarlo. Me niego a que las cosas queden así.

—No he terminado de hablar, Jazz.

—Venga, pues habla —gruñe ella al entrar en su habitación—. A través de la puerta.

Está a punto de cerrármela en las narices, pero yo soy más rápido. Me cuelo antes de que dé un portazo, tan deprisa que Jasmine no tiene tiempo de reaccionar.

—¡Eh!

De pronto, le pongo las manos en las caderas, y apoya la espalda contra la puerta, que nos encierra en un cara a cara bañado de luz. Su piel resulta como un tejido de seda al tacto, tan suave como la recordaba.

Nos rozamos con la nariz y nuestras respiraciones se funden entre sí mientras ella me observa con los ojos muy abiertos.

—¿Qué te pasa? —pregunta, sin demasiada convicción.

No me dice que la suelte. No me dice que me vaya.

Todavía tengo una oportunidad; me lo tomo como una pequeña esperanza.

—¿Crees que me importa una mierda ligar con desconocidas? —murmuro en el silencio.

Mis palabras chocan con su expresión resuelta. Ella tiembla bajo mi contacto, pero no retrocedo. Su llamada es la de una sirena en el mar, un grito tan poderoso que empuja a los mejores marineros al suicidio.

Ya solo tengo un deseo, una sola necesidad, mientras la sangre me corre con fuerza en las venas: tocarla.

«Tocarla, tocarla, tocarla».

—¿Y por qué no? —pregunta ella.

—Porque no eres tú.

Una tristeza que conozco demasiado bien se instala en sus ojos, y sé que fui yo el responsable, hace tres años. El único culpable de mi propio sufrimiento soy yo.

—Pues antes eso no bastaba.

Y me rompo. Se me cae el alma a sus pies. Me odio tanto que ni siquiera sé cómo consigo seguir respirando el mismo aire que ella.

Querría pasar una eternidad intentando que me perdone. Y, aun así… también quiero que me entienda. Que se ponga en mi lugar.

Se negaba a abrirse conmigo. Estaba agotado, sin argumentos, sin ideas. Me asusté como un niño convencido de que un monstruo se esconde bajo su cama.

—No creo que hayas pasado página, no del todo. Y como nuestra historia sigue inconclusa, voy a obligar al autor a que nos escriba el final que nos merecemos.

—Llegas demasiado tarde. Tu oportunidad pasó y la desperdiciaste.

La sonrisa que tengo en los labios atrae su atención.

—Chorradas. No soy perfecto y sé que te hice daño, pero aún me deseas, Arrietty. Y eso te mata por dentro —susurro contra su mandíbula.

Escudriño cada una de sus reacciones, con el corazón desbocado. Temo ir demasiado lejos, pero necesito sacudirla un poco para arrancarle una confesión, una admisión, algo.

En mi fuero interno sé que tengo razón.

Sonrío para mis adentros cuando no lo niega.

—No importa cuánto tarde —concluyo, mientras le doy un beso en la comisura de los labios—. Aunque tengas que ligar con otros tíos o probar otras cosas para sacarte esa idea de la cabeza. Hazlo. Yo seguiré aquí, para asegurarme de que a todos los compares conmigo.

Puedo casi notar mi corazón entre sus manos, rojo y sangrante. Me late a mil por hora, a la espera de una respuesta, mientras temo que decida aplastarlo entre los dedos. Me mira el torso un segundo, antes de volver a mirarme a los ojos. La tormenta que reflejan no augura nada bueno.

Y aun así, lo espero con ansia. «Lánzame todo lo que tengas, Arrietty. Lo soportaré».

—Te lo advierto, Andréa . No vengas luego a llorar si acabas herido.

Clémence nos arrastra primero a la Capilla Sixtina, que visitamos en un silencio reverencial.

Jasmine le pide que le grabe un vídeo y las chicas convierten la visita en una sesión de fotos de Pinterest . Mi ex lleva un corsé verde de tirantes finos y un short vaquero muy corto.

Está deslumbrante, pero me veo obligado a prestarle mi gorra al salir, porque hace mucho sol. Ya casi nos tenemos que ir de Roma rumbo a Florencia; esta noche cogemos el tren.

Como Clémence insiste en hacer una última actividad, vamos a la Villa Borghese .

A la generosa sombra de los pinos piñoneros y los majestuosos cipreses, los célebres jardines se extienden ante mí, como un remanso de paz en pleno corazón de la bulliciosa Roma.

Al franquear las verjas adornadas, me envuelve de inmediato un torbellino de colores y aromas embriagadores.

—¿Dónde fuiste ayer con Jazz?

Ezra parece sorprendido por mi pregunta. Caminamos ambos algo rezagados, a nuestro ritmo.

—Fuimos a dar una vuelta. Se dio un baño nocturno en la Fontana di Trevi —me confiesa riendo—. Tranquilo, no se quitó la ropa.

Niego con la cabeza, incrédulo, aliviado al saber que cuidó de ella en mi ausencia.

—¿Cómo supiste que habías cometido un error? —me pregunta entonces—. Al dejarla marchar, quiero decir.

Suelto un suspiro, pensativo.

Los senderos serpentean entre setos de boj recortados con precisión, y nos invitan a explorar rincones sombríos donde reina una calma apacible que solo rompe el leve murmullo de las hojas agitadas por la brisa.

Los parterres de flores están llenos de vida, y ofrecen un espectáculo deslumbrante de rosas escarlata, girasoles ardientes y hortensias fragantes. Es magnífico.

—Cuando la vi llegar contigo del brazo a la boda. Cuando caminó hacia el altar con aquel vestido verde manzana. Cuando levanté el mantel y cruzamos la mirada bajo la mesa. Cuando mintió al decir que estabais juntos. Todo el rato… tenía el corazón en la garganta —confieso con una mueca.

Ezra no dice nada. No creo que lo entienda, pero da igual. Imagino que nunca ha querido a alguien tanto como yo he querido a Jasmine .

Al girar por un sendero, descubrimos unas fuentes llenas de gracia cuyas aguas cristalinas atrapan los rayos del sol para crear encantadores juegos de luz. Los bancos de piedra, diseminados aquí y allá, invitan a la contemplación, así que me siento un momento en uno de ellos.

Las estatuas antiguas, guardianas silenciosas del glorioso pasado de Roma, parecen cobrar vida ante mis ojos; evocan leyendas y relatos que aún resuenan a través de los siglos.

Sus formas elegantes se perfilan con gracia contra el cielo azul intenso, y añaden un toque de misterio y de magia a este universo verde.

—Ánimo, hermano —responde Ezra , mientras también las contempla.

Quiero darle las gracias, pero ya ha desaparecido. Lo veo alcanzar a Kai y molestarlo como haría un hermano pequeño. Clémence nos llama desde un mirador muy romántico:

—Habíamos pensado en dar un paseo en barca, ¿os apetece?

Observo un estanque tranquilo donde los patos se deslizan plácidamente sobre las aguas resplandecientes, pero también un teatro al aire libre donde resuenan las notas hipnotizantes de una representación musical.

Jasmine intenta escabullirse, alegando que ya ha tenido suficiente agua para los próximos diez años, pero yo me uno y le paso un brazo por los hombros al decir:

—Jazz y yo nos montamos en una barca. Lo vamos a pasar genial.

Me suelta un codazo en el costado, lo que me arranca un gruñido.

—¿No te da miedo que te ahogue?

—Primero: a diferencia de ti, yo sé nadar. Segundo: este estanque no llega ni al metro treinta. Haces pie, así que no te vas a librar.

Refunfuña un poco, pero al final acepta cuando Ezra le recuerda las fotos tan bonitas que podrá echar. Él se queda en tierra firme, y demasiado tarde entiendo por su discreta queja que intenta dejarnos un poco de intimidad.

«Eso sí es un buen amigo».

Pagamos cuatro euros para embarcar juntos en un corto paseo por el estanque. Jasmine se sienta frente a mí, con la melena rubia suelta sobre los frágiles hombros. Nuestros amigos ya no nos prestan atención; navegan solos a lo lejos.

Guío la barca lo mejor que puedo, pero los cisnes nos adelantan.

—A este ritmo, nos van a dar las doce de la noche —se queja mi ex para pincharme.

—Nunca te molestó pasar la noche conmigo —respondo divertido.

Entiende enseguida la insinuación sexual.

Se ruboriza un poco, pero se muerde el labio para no sonreír. Demasiado tarde, la he visto.

Pensaba que sería romántico, pero el calor resulta sofocante. Lo único que quiero es ponernos a cubierto cuanto antes. Le pregunto si está bien, y ella me tranquiliza enseguida.

De pronto, algo me pica por dentro del pantalón corto. Parece una etiqueta que raspa en la parte trasera. Me llevo la mano atrás para arrancarla, pero en su lugar toco algo vivo y suelto un grito de espanto.

Un dolor agudo me atraviesa de golpe la nalga, así que me incorporo de un salto.

—¿Qué pasa? —me interroga Jasmine , con los ojos entornados—. Siéntate, vas a hacer que vuelque la barca.

—¡Tengo algo en el pantalón!

Ella pone los ojos en blanco porque cree que es broma, o peor, que intento ligar con ella de la manera más patética.

—Si te refieres a tu polla, te tiro por la borda ahora mismo —me amenaza—. Puede que no te ahogues, pero el cisne de ahí al lado lleva un buen rato mirándote con cara de asesino, y me da que está esperando la oportunidad para…

—¡No es una broma! —replico mientras me sacudo el pantalón—. ¡Me ha picado algo, lo he sentido! ¡Mira, toca, tengo un bulto!

—Puaj, no gracias…

Se aparta con cara de asco, sin importarle el pánico que me desfigura el rostro.

—¡Soy alérgico a las abejas, Jazz! ¡Si me ha picado, se me va a empezar a hinchar! ¡Podría morirme!

Por fin entiende la gravedad de la situación. El miedo se le dibuja en la cara mientras me ordena que me baje el pantalón para comprobarlo.

Algunas parejas del estanque nos miran y murmuran cosas ininteligibles, pero me da igual. La dejo revisar, angustiado.

—Joder.

—¿Qué? —me alarmo, mientras intento mirarla.

¿Ese «joder» significa que voy directo al cementerio, o que la gente nos toma por locos pero nos reiremos de ello dentro de una hora?

Me explica que sí, que tengo una picadura que me ha dejado un bulto rojo. Cree que se está hinchando, pero no está segura.

—¿Ves el aguijón?

—Eh… no sé…

—¡Si lo hay, tienes que sacarlo ya! ¡Con los dientes si hace falta!

Eso me vale una sonora bofetada en la nalga derecha.

Me vuelvo para ver su cara; está harta.

—¿Te estás quedando conmigo? ¿Quieres que te chupe el aguijón del culo? ¿Y qué más quieres?

Estoy a punto de explicarle que se lo digo muy en serio cuando ella, cruzándose de brazos, añade:

—En Friends , a Mónica le pica una medusa y uno de los otros tiene que mearle encima… Y sí, se salva, pero te aseguro que ninguno sale indemne a nivel psicológico.

La apremio a comprobar si es grave y si tengo que llamar al hospital más cercano. Con un suspiro, accede. A los pocos segundos, grita de improviso:

—¡Todavía está aquí! ¡Ah!

Chillo con ella, al notar al insecto revolotear en mi pantalón como un animal atrapado. Estoy tan nervioso que hago que se tambalee la barca, y Jasmine me ruega que me calme, pero soy incapaz.

Me quito el pantalón y lo sacudo en el aire, mientras me tapo la entrepierna con una mano.

—¡Ah! ¡Vístete ya!

Todo el estrés se desvanece cuando comprendo que no era una abeja, sino un tábano.

—Nada que temer —exclamo con una sonrisa de alivio—. Al final no me muero.

Jasmine me contesta con un corte de mangas, con las manos aferradas a la barca. Me vuelvo a vestir y me siento de nuevo, con una sonrisa de oreja a oreja.

—De verdad que me avergüenzas, Calcifer —suspira.

«Yo también te quiero, Arrietty».