Capítulo 7 #2
¿ Ezra ? Me inclino para ver mejor. Efectivamente, es mi amigo, acompañado de una guapa pelirroja de labios carnosos. Él tiene el pelo revuelto y ha perdido la corona. Ya no parece una ninfa, sino un chico en un burdel victoriano.
—Bien jugado —lo felicito cuando su acompañante se marcha—. Prometo que no quería interrumpir.
Ezra sonríe y levanta la cabeza hacia mí, nada avergonzado por haber sido sorprendido. Tiene los labios manchados de rojo pálido, así que lleva un buen rato allí.
Quizá Andréa esté haciendo exactamente lo mismo.
—«¡Habla!» —exclama Ezra de pronto con aire teatral—. «Oh, vuelve a hablar, ángel resplandeciente. Porque brillas en esta noche, sobre mi cabeza…».
Abro la boca, sin comprender, pero él me hace señas para que siga. Suspira decepcionado al ver que no puedo seguirle.
—Ahora deberías decir: «¡Oh, Romeo! Romeo, ¿por qué eres Romeo?»
Me río un poco, sorprendida por el giro de los acontecimientos. El balcón, Italia… era imposible no pensar en los amantes malditos.
Me resisto hasta el final, pero su gesto de súplica me obliga a jugar.
—«Reniega de tu padre y rechaza tu nombre; o, si no quieres, júrame que me amas y dejaré de ser una Capuleto».
Su sonrisa orgullosa me hace poner los ojos en blanco. Espero la continuación, pero confiesa que no se la sabe. Y con razón: en la obra de teatro del colegio, él haría de árbol en el fondo.
—Te has equivocado de época… y de lugar.
—Mierda, tienes razón —hace una mueca—. Deberíamos haber ido a Verona .
Al pensarlo, Romeo y Julieta son la prueba definitiva de que el amor solo trae problemas.
Shakespeare intentó advertirnos. Por amor actuamos como idiotas, y las consecuencias son desastrosas.
Ezra me habla, pero apenas lo escucho. Creo que menciona la película de Leonardo DiCaprio , que no he visto.
—¿Sabes qué? —lanza de pronto—. Esto es aburridísimo. ¿Nos vamos?
Dudo, aunque no me apetece nada quedarme.
—¿Sin Andréa ?
—Puede venir, claro —concede inclinando la cabeza—. Pero por tu cara pensaba que necesitabas una distracción.
«Oh. Lo ha entendido sin que yo haya tenido que decirlo».
Patética, Jasmine .
Acepto, y le pido que me espere. Recorro el piso para avisar a Andréa , pero no logro encontrarlo. Seguramente se haya marchado antes… o quizá esté encerrado en una de las habitaciones que no me atrevo a abrir, en buena compañía.
Aun así le mando un mensaje para avisarle de que nos vamos, antes de poner el móvil en silencio.
—Te he visto bien con Dario —me felicita Ezra cuando por fin salimos—. Te he observado desde lejos.
—Ha sido una tontería. No voy a llamarlo…
—¿Porque es calvo?
—Porque no quiero a alguien al que solo le interese mi «bonito pecho».
Pensaba que las calles estarían llenas, pero ya son las cuatro de la mañana. Apenas nos cruzamos con unos cuantos de fiesta que ríen a carcajadas, claramente borrachos.
—Al final, Andréa tenía razón: soy incapaz de acostarme con alguien a quien no quiero.
Habría preferido ser como Camelia, despreocupada… ella vive su sexualidad en libertad. Pero yo no puedo, me aterra.
—Bien. Entonces vamos a cambiar de táctica —sonríe Ezra con un aire atento—. Un experto debe adaptarse a su clienta, ¿sabes?
Lo reconozco: he subestimado al primo de Kai . Pensaba que era un donjuán frívolo y tramposo, pero es mucho más que eso. Con el tiempo, podríamos llegar a ser buenos amigos.
Cuando llegamos ante la majestuosa Fontana di Trevi , me quedo con la boca abierta.
En las calles desiertas de Roma, la noche envuelve este emblemático monumento con un velo de misterio.
Las luces suaves dejan entrever sus contornos majestuosos, mientras el agua murmura con dulzura en el silencio.
Me sobrecoge la belleza etérea que desprende, incluso en mitad de la oscuridad.
—¿Quieres hacerte la foto ahora? —propone Ezra —. Porque mañana va a estar lleno de turistas.
No le digo nada y le doy el móvil, lo que le divierte. Troto hacia un lado para encontrar el mejor ángulo posible, luego poso con las manos apoyadas en el borde de piedra. Ezra se implica de verdad: dispara sin parar, y cambia de posición sin que tenga que pedírselo.
—Súbete ahí.
Me aseguro de que no haya nadie cerca y trepo descalza, como una equilibrista. Feliz, giro sobre la punta de los pies, mientras sujeto el borde del vestido entre los dedos.
Bailo mientras él me fotografía, y de pronto pienso en una de mis películas favoritas: La dolce vita . Hay algo que siempre he soñado hacer, y es ahora o nunca.
Siento el corazón desbocado por el miedo a que me pillen, pero me lanzo. Quizá por el alcohol, quizá porque necesito sentir algo que borre esa imagen de Andréa que soy incapaz de quitarme de la mente.
Antes de pensarlo más, paso la pierna por encima del borde y meto los pies descalzos en el agua. Ezra me observa, desconcertado por mi audacia… y quizá también un poco impresionado.
— Jasmine Pham, eres una delincuente. Espero que sepas que te pueden multar por eso.
—Y yo espero que sepas que no haces ni pizca de gracia.
Me dedica una expresión resignada muy propia de él.
—Falso. Soy divertidísimo. De hecho, es una de mis pocas cualidades.
—Pues ven.
Le hago señas para que me acompañe, y me adentro un poco más. Sigo los pasos de Sylvia , la protagonista de esa película de culto en blanco y negro. Esa escena que todo el mundo conoce hizo célebre este lugar.
Ezra sonríe antes de obedecer. El vestido, empapado y frío, se me pega a los muslos mientras me acerco al chorro de agua. Mi amigo me alcanza, y me salpica con la mano al pasar.
—No era este el baño nocturno que había imaginado para este verano —murmura tiritando—. A menos que tengas previsto quitarte la…
—En tus sueños, Howl Pendragon .
Ríe sin insistir. Sé que lo hace para distraerme de mi tristeza, y lo agradezco. Por desgracia, la mente se me sigue yendo hacia mi ex. ¿Estará acostándose con otra ahora mismo?
—¿Por qué lo dejasteis Bea y tú?
Soy la primera en sorprenderme por mi propia pregunta. Ezra se pasa una mano mojada por el pelo, y se lo deja pegado hacia atrás en un peinado muy sexy .
—No hay una razón en concreto. Nos gustábamos mucho, pero no duró. No todas las relaciones están hechas para funcionar, y está bien —añade con serenidad—. Yo parto de la base de que de todas se aprende algo. Las relaciones nos hacen crecer.
«Es fácil decirlo». Estoy segura de que él nunca se ha enamorado de verdad.
—¿Cómo aceptar esa fatalidad con tanta resignación cuando Andréa era mi mundo entero? —susurro, perdida en el vacío.
Silencio. Creo que lo he dejado sin palabras, pero Ezra aprieta los labios.
—Quizá nadie debería serlo —murmura—. Tu mundo entero, quiero decir. Es… demasiada responsabilidad.
Supongo que tiene razón. Tendemos a dar demasiada importancia al amor, yo la primera. Andréa siempre fue mi prioridad, incluso por encima de mí misma.
Eso me llevó a hacer cosas… una en concreto… que nunca debí haber considerado. No por esas razones. No para complacerlo.
—No lo entiendo —añade Ezra , que evita mirarme a los ojos—. Si Andréa se arrepiente de haberte dejado… ¿por qué lo hizo?
La gran pregunta, la que todos se hacen. Nunca se lo he contado a nadie, ni siquiera a mis amigas, porque no quiero hablar de ello.
Y también porque sé que las chicas se pondrían tristes por mí. No lo entenderían.
Pero Ezra … Ezra es un desconocido. A él le da igual.
Por eso aprovecho el silencio para desvelar este secreto, con el corazón dolorido:
—Él quiere formar una familia… y yo no puedo tener hijos.
La voz se me quiebra ligeramente al decir esa frase, pero no lloro. Ya no lloro con tanta facilidad por este tema.
Me da miedo ver lástima en la mirada de Ezra . En su lugar, lo que le brilla en los ojos es otra cosa: compasión.
—Oh.
—Sí… Resulta irónico, ¿verdad?, para una diosa de la tierra fértil.
Ezra esboza una leve sonrisa. No hace más preguntas; entiende que no es el momento. Ya le he contado demasiado por esta noche. Pensaba que me pondría triste… pero confesarlo me hace sentir como si me hubiera quitado un peso de encima.
—No puedo volver con él.
—Y, sin embargo, aún le quieres —afirma.
No es una pregunta. Y en ese preciso instante comprendo que me he estado engañando todo este tiempo.
Claro que todavía lo quiero. ¿Cómo no iba a quererlo?
De verdad creía haber pasado página, lo juro, pero volver a verlo ha sido como recibir un puñetazo en el pecho.
Solo deseo refugiarme en sus brazos y recuperar la vida tranquila que una vez tuvimos.
«Pero nada ha cambiado».
Y la última vez fui yo la que salió herida. Me niego a volver a sentir ese dolor. No quiero crearme falsas esperanzas, si todo está condenado al fracaso.
—Nada me garantiza que dentro de unos años no cambie de opinión —replico, mientras niego con la cabeza—. No pienso arriesgarme otra vez. El corazón humano tiene un límite, y el orgullo también.
Ezra asiente, porque lo comprende.
Pasamos una media hora chapoteando en el silencio de la noche, jugando a intentar hacer que el otro caiga primero. Consigo hacerle una zancadilla, pero él me agarra de la muñeca y me arrastra con él. Acabamos medio desplomados uno sobre el otro, empapados y muertos de risa.
Hasta que alguien nos interpela a lo lejos, corriendo en nuestra dirección. Me pongo tensa mientras intento ponerme en pie como puedo.
—No hablo italiano, pero creo que tenemos un problema.
—¿De verdad? —ironiza Ezra .
Me agarra de la mano y me apremia a correr.
Terminamos la noche con una persecución por las calles de Roma, con las mejillas bañadas en lágrimas.
«De risa o de melancolía, no lo tengo claro».
* «Está necesitada de amor. ¿No tienes a alguien a quien presentarle?», en italiano.
† «Es guapa», en italiano; seguido de «mucho».
‡ «Te pide disculpas. ¿Nos puedes dejar un momento? Es una amiga», en italiano.