Un verano para recordar (Las Estaciones 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

Jasmine

Roma, Italia

No debería haber entrado en este juego estúpido.

¿Y si Andréa tiene razón? Puede que en el fondo lo único que busque sea ponerlo celoso. Puede que me engañe a mí misma al creer que quiero pasar página. Y, sin embargo… ¡Dios sabe cuánto lo necesito!

—¿A qué esperas? —se burla cinco minutos después de haber entrado en el piso donde se celebra la fiesta, que ya está en pleno apogeo.

Unas cincuenta personas llenan el lugar, todas disfrazadas de dioses y diosas de la antigua Grecia y Roma.

Ezra nos ha abandonado para saludar a una amiga, y en este momento caigo en la cuenta de que casi todo el mundo habla… italiano.

Es difícil ligar en esas condiciones. Más aún con Andréa observando todos mis movimientos, y un rictus burlón en los labios.

«No me cree capaz».

—Estoy observando —me defiendo; me cruzo de brazos—. En cuanto tenga un objetivo, iré a por él. Ahora déjame en paz.

—¡Ni hablar! ¡No pienso perderme esto!

Le lanzo una mirada asesina, pero él está demasiado ocupado riéndose como para notarlo. Yo contaba con Ezra para ayudarme, ya que aceptó ser mi celestina, pero ha desaparecido.

Ya no se puede confiar en nadie.

—¿No se suponía que tú también ibas a hacerlo? —contraataco, mientras intento escabullirme—. ¿Por qué pierdes el tiempo pegado a mí?

Deambulo entre la gente en busca de una mesa, una cocina, o cualquier sitio donde conseguir algo de beber. Necesito una o dos copas para poder soportar esta fiesta.

—No te preocupes por mí —responde Andréa , mientras saca pecho bajo su falsa armadura de dios griego—. Solo me hacen falta un par de minutos.

No puedo evitar soltar una carcajada. Tal vez haya ganado seguridad desde que rompimos, tal vez haya tenido ocasión de practicar , pero yo lo recuerdo como un chico hosco y antisocial que no sabía cómo acercarse a nadie.

—Por favor, enséñame esas habilidades.

—Es top secret —replica, carraspeando.

La verdad es que ninguno de los dos sabe ligar. Fuimos el primer amor del otro. Sospecho que después de mí ha estado con otras chicas, pero yo no he vuelto a estar con nadie.

Ahí está el problema: no sé cómo estar con un hombre que no sea Andréa .

—¿Sabes qué? —propongo con aire maquiavélico—. Al final de la noche, quien consiga más números de teléfono gana.

—Eso es injusto, voy a perder fijo. Los hombres son una pl…

Alzo una ceja victoriosa que lo calla de inmediato. Me hace prometer que no haré trampas y acabamos por estrecharnos la mano.

Detesto la belleza guerrera que desprende, y más aún con el torso desnudo y musculado al descubierto.

—Buena suerte, Arrietty.

—La suerte es para los perdedores —le espeto, y me echo la melena hacia atrás para azotarlo en la cara.

Dicho esto, lo dejo atrás para salir de caza. Aunque no tengo ni idea de cómo voy a apañármelas. No hablo ni una palabra de italiano, a diferencia de Andréa , cuya familia es originaria de Nápoles.

Primera etapa: localizar a Ezra .

Lo encuentro tumbado en un sofá, con la camisa abierta de forma indecente sobre su cuerpo delgado.

La corona le cae ladeada sobre la media melena, y una chica tiene la mano apoyada en su pecho mientras le susurra algo al oído.

En ese momento me doy cuenta de que se ha puesto una sombra oscura en los párpados, que le enmarca a la perfección los ojos almendrados.

Me ve llegar y me dedica una sonrisa cálida antes de guiñarme un ojo.

—¡ Sophie ! ¿Te estás divirtiendo?

—Se supone que debías echarme una mano, te lo recuerdo. Para eso he venido.

— Ha bisogno di amore. Non avresti qualcuno da presentarle? * —le susurra Ezra a su amiga, que se termina la copa de prosecco .

Ella hace como que se lo piensa, y luego me examina de arriba abajo. Me balanceo de un pie a otro, incómoda.

— Mmh. È carina . †

Ezra sonríe con misterio antes de añadir con voz profunda, mirándome fijamente:

— Molto .

Frunzo el ceño, molesta por esa conversación secreta que, seguramente, no va sobre mí. Su compañera recorre la sala con la mirada y luego señala a alguien con el dedo.

— Dario .

Ezra y yo volvemos la cabeza hacia el hombre en cuestión, curiosos. Es atractivo, aunque veo que se está empezando a quedar calvo, y eso me hace dudar.

Mi amigo se levanta del sofá con una disculpa, decidido a acompañarme. Su compañera pone morros, pero él le toma la mano con delicadeza para darle un beso en los nudillos.

—No tenías por qué venir conmigo —murmuro cuando me lleva aparte con un brazo sobre mis hombros.

—¿Bromeas? No conseguía quitármela de encima. Te lo dije: eres mi cockblocker .

Alzo una ceja, sorprendida. Le gusta hacerme creer que ser tan guapo y atractivo le complica la vida, pero me niego a darle la razón; está claro que le encanta.

—Es preciosa, y el hecho de que te metiera la mano bajo la camisa deja bastante claro que le gustas. ¿Qué te pasa?

—Bea es mi ex —suspira, y me lanza una mirada que parece decir: «Ya sabes de lo que hablo»—. Mi única regla es no mirar atrás. Lo pasado, pasado está, y si terminó, es que no era para mí.

Me sorprende que me moleste su comentario, aunque estoy segura de que no lo dice por mí. Ezra parece darse cuenta de la carga de sus palabras, porque frunce el ceño enseguida y asegura que cada pareja y cada experiencia son un mundo.

Antes de llegar ante el famoso Dario , mi celestina se inclina hacia mí para arreglarme la ropa. Con un dedo me borra un rastro de rímel bajo los ojos y luego me tira un poco del escote.

—¡Eh! —exclamo, y le aparto la mano de un manotazo.

—Confía en mí. Los hombres solo tienen dos sentidos: la vista y el tacto.

Suelto un gruñido de desesperación.

—Eso es tan reduccionista y superficial…

—Lo dice la que lo ha juzgado por la calvicie —se burla él, mientras me echa el pelo hacia adelante, sobre los hombros—. Quieres acostarte con él, no casarte. ¿Qué más te da?

No digo nada, porque supongo que tiene razón. ¿Por qué no aprovechar las armas que tengo?

—Tienes un pecho bonito —comenta Ezra , sin pelos en la lengua—. Haces bien en resaltarlo. No dudes en tener un poco de contacto físico de vez en cuando, como quien no quiere la cosa… Prueba conmigo, a ver qué tal.

Me pilla desprevenida y balbuceo algo ininteligible antes de ponerle la mano en el hombro. Ezra se queda inmóvil.

—Vaya. Eso ha sido terriblemente malo.

—Ya te lo he dicho…

—Me refería a algo más como ponerle la mano en el brazo mientras te ríes de sus chistes, que seguramente sean pésimos —precisa, escenificándolo—. O rozarle el dedo cuando te equivoques al coger la cerveza en la barra, así… En fin, ya entiendes.

Lo detesto. Detesto tener que fingir la risa para alimentar egos masculinos. Detesto remarcar el escote solo para captar el interés de alguien.

Y, aun así… estoy deseando provocar a Andréa cuando consiga más números que él.

—Vale, allá voy —me armo de valor después de aplicarme otra capa de brillo de labios.

—Estás perfecta. Háblale de Fórmula 1 y de vino tinto —me susurra al oído—. Su familia lo produce en el Chianti .

Me pellizca la cadera con suavidad para darme ánimos y luego se esfuma en busca de otra ninfa con la que divertirse.

Me lanzo sin plan B ni paracaídas. Por suerte, Dario habla inglés. Empiezo la conversación con torpeza, y le pregunto si ha venido acompañado. Sigo los consejos de Ezra con los dientes apretados cada vez que Dario me mira directamente al escote.

Es tan fácil que resulta deprimente.

Es simpático, pero un poco aburrido. Aun así, consigo que me dé su número. En cuanto se aleja para atender una llamada, aprovecho para buscar otra presa.

En menos de una hora ya tengo tres números más. Me cruzo con Andréa varias veces, y su sonrisa de satisfacción me saca de quicio. Cuando lo veo hablar con una tal Bea, paso a su lado y lo empujo «sin querer», lo justo para que le tire la copa de vino sobre el pantalón.

—No juegas limpio, Arrietty —me reprende en voz baja.

Me limito a sonreír, y los dejo solos.

Cuando me canso, lo busco para presumir de mi botín final.

Pero se me revuelven las entrañas al encontrarlo al fin: está bailando con una chica con las piernas larguísimas al ritmo de Paint The Town Red .

Creo que ella va de Circe, la hechicera que recibe a Ulises en su isla solitaria, y la ironía casi me arranca una carcajada amarga.

«Idiota, idiota, idiota».

He pasado la noche empeñada en demostrarle algo en lugar de ignorarlo de verdad… Todo para que él ni siquiera se pare a pensar en mí.

Me siento tan humillada que me doy media vuelta a toda prisa antes de que me vea. Necesito un poco de aire, así que me precipito hacia el balcón más cercano. Cierro las puertas acristaladas para amortiguar el ruido de la música, con las manos temblorosas.

Me aferro a la barandilla, disfruto de la ligera brisa veraniega y doy sorbos a mi copa de vino. No es la primera, pero decidí dejar de contar después de la segunda.

He ahí la razón por la que me niego a ceder ante su reciente amabilidad. Porque es mentira. Porque si me dejo convencer, me estrellaré contra un muro.

—No debería haber venido —murmuro para mí misma.

Recorro el lugar con la mirada. El balcón da a un pequeño patio central iluminado con guirnaldas. Sonrío al ver la ropa tendida entre las ventanas y los gatos rascándose en las cornisas.

Quiero atraer a uno y alargo la mano en su dirección, silbando. Se acerca con curiosidad, a paso cauteloso. Lo acaricio mientras ronronea. Pero un ruido repentino lo asusta y con la pata me tira la copa de vino, que se hace añicos en el suelo.

Alguien grita, y me doy cuenta de que no estaba sola. Una pareja se besaba en la penumbra, en la planta baja.

—¡Lo siento! —me disculpo de inmediato con la chica, asustada—. ¿Estás bien?

No entiende nada de lo que digo, como ya me temía. Estoy a punto de traducir al inglés cuando oigo una voz familiar que declara:

— Lei si scusa. Puoi darci un minuto? Lei è un’amica. ‡