Capítulo 6
Andréa
Roma, Italia
Tras varias horas de tren, por fin estamos llegando al próximo destino: Roma, la capital de Italia.
Jasmine ha pasado todo el trayecto frente a mí, sentada al lado de Ezra .
Hemos estado jugando a las cartas y ella lo ha reprendido cada vez que lo ha pillado haciendo trampas.
Ezra lo ha negado, a pesar de que se le caían de la manga el as de corazones y el de picas, lo que me ha arrancado una sonrisa.
Al final se ha quedado dormida, con la boca entreabierta y la cabeza apoyada en su hombro. Ezra no parece darse cuenta, pero cuando un mechón rebelde le ha empezado a caer sobre los ojos, se lo ha recogido detrás de la oreja.
—Deberías dejar de mirarla así. No le des falsas esperanzas.
Clémence y Kai se quedan tan sorprendidos como yo por la intervención de Ezra . Sin embargo, su tono no es hiriente; entiendo que intenta aconsejarme de la mejor manera posible.
—Ella dijo que ya no me quería —respondo con una sonrisa cansada—. No creo que tenga de qué preocuparse…
—¿Y tú?
Esta vez es Kai quien lanza la pregunta. Clémence se limita a fulminarme con la mirada, en silencio. Es más intensa que la propia Jasmine , que ya es decir.
«¿Y yo? ¿La sigo queriendo?».
La respuesta es evidente. Ni siquiera necesito pensarlo. Asiento miserablemente, incómodo por la confesión. Es algo nuevo para mí hablar de mis sentimientos. En casa siempre me inculcaron que «el amor es cosa de chicas».
—Buena suerte, entonces —ríe Ezra con suavidad.
Le pregunto qué tiene de gracioso, y suspira.
—Está decidida a tener citas este verano… y no para jugar al Scrabble .
No me sorprende, aunque me revuelve el estómago. Quizá de verdad haya pasado página.
«Ugh, detesto sentirme así».
Me trae malos recuerdos. Durante mucho tiempo no tuve que preocuparme por otros hombres.
Jasmine y yo siempre tuvimos una relación sana y basada en la sinceridad.
Nunca temí que un desconocido viniera a quitármela.
Hasta aquel último año en que todo se torció…
Hasta que llegó Pierre, ese compañero en quien ella confiaba y que jamás me cayó bien.
Los celos que sentí hacia él son los mismos que me atenazan ahora. Pero esta vez me los callo, porque sé demasiado bien lo que me costaron en su día.
Y, además, bien merecido lo tengo. Mi error fue dejar ir a Jasmine , y ahora me toca pagar las consecuencias.
Una vez en Roma, tardamos casi una hora en dar con el apartamento en el que pasaremos los próximos días. Kai insiste en ducharse antes de volver a salir, lo que enfada a su mujer. Clémence tiene todo el itinerario planificado y cronometrado al minuto, lo que deja poco espacio a la improvisación.
El plan de hoy: visitar el Coliseo. La idea parece entusiasmar a Jasmine , que encabeza la marcha con una amplia sonrisa en los labios.
Pero esa sonrisa se desvanece poco a poco mientras hacemos cola ante el monumento, bajo un sol abrasador. A todas luces, no somos los únicos turistas que han tenido esa idea.
—¿Seguís a favor de lo de esta noche? —pregunta Ezra .
Me quedo un instante en blanco, intentando recordar de qué habla. Ezra parece tener amigos repartidos por todo el mundo, pero sobre todo en Italia, que es donde vive. Cómo no, uno de ellos organiza una fiesta esta noche en un piso de Roma.
Todos habíamos dicho que iríamos, pero ya no me apetece tanto. El viaje ha sido largo, y estoy agotado.
Clémence pone cara de cansada y alega fatiga, así que Kai decide volver directamente al Airbnb al final del día.
Estoy seguro de que lo que quieren es acostarse sin que les molestemos.
Ezra se gira hacia Jasmine y hacia mí, y no me da tiempo a responder antes de que mi ex suelte:
—¿Habrá hombres solteros?
Dejo escapar una sonrisa a medias, entre fría y divertida. Ezra parece contenerse para no hacer lo mismo. Ambos sabemos perfectamente a qué intenta jugar.
—¡Muchísimos! Vas a tener para elegir, Sophie .
—Entonces voy.
Ezra arquea una ceja en mi dirección, inquisitivo.
—Yo también —confirmo, asintiendo.
Cruzo la mirada con Jasmine , pero ninguno añade nada más. Si quiere conocer a otro, ¡que lo haga! Pero yo nunca dije que fuera a ponérselo fácil.
Esperamos un buen rato frente a la atracción más famosa de la ciudad, bajo un calor cada vez más sofocante.
De vez en cuando miro a Jasmine ; sé de sobra que no aguanta mucho tiempo al sol. Estoy a punto de ofrecerle mi botella de agua cuando por fin nos permiten entrar.
—Oh, guau —se maravilla Jasmine .
«Guau», en efecto. Me golpea la grandeza majestuosa del emblemático anfiteatro.
Los vestigios de la antigua arena revelan un escenario que antaño bullía con espectáculos grandiosos y combates de gladiadores.
Casi podría ver fantasmas luchando por la vida ante mis ojos, tensos y sudorosos, con los ojos brillantes por la furia.
—Es magnífico —añade Jasmine mientras saca el móvil del bolso.
La observo hacer fotos, de pie a su lado.
Los demás avanzan mientras yo me quedo allí, en silencio.
Las gradas se elevan en una sucesión de arcadas imponentes.
Los asientos de mármol, antaño abarrotados de ciudadanos romanos que acudían a los juegos, se extienden en una espiral ascendente que ofrece una vista espectacular del corazón de la arena.
—Así que aquí es donde luchaban.
Clavamos la mirada en el centro del anfiteatro.
La zona de combate no es más que una pista de arena, antaño cubierta de huellas de gladiadores y de los animales salvajes que pisaban este suelo.
Los muros de la arena conservan frescos coloridos y esculturas monumentales, testimonio de la riqueza artística del Imperio romano.
Los laberínticos túneles y pasajes subterráneos revelan los bastidores de los juegos, donde los gladiadores se preparaban para la lucha y donde los animales aguardaban su entrada triunfal.
—¿Ves? Por esto me gusta tanto viajar.
—¿Por qué?
Personalmente, nunca he entendido esa necesidad de aventura. A mí me gusta estar de vacaciones para descansar, pero detesto la idea de alejarme de mi familia. Tampoco me atrae salir de mi zona de confort. ¿Por qué iba a hacerlo? Tengo todo lo que necesito en casa.
«Bueno, lo tenía».
Jasmine , en cambio, siempre ha soñado con huir hasta el fin del mundo. Lo intentaba negar, pero yo se lo veía en los ojos. A veces no estaba conmigo: estaba en otro sitio… En un lugar al que yo no tenía acceso.
—Ves cómo vive la gente en otros lugares, en el presente pero también en el pasado, y las consecuencias que eso puede tener a lo largo de los siglos. Es fascinante. Creo… que ayuda a desmontar muchas ideas que tenemos muy arraigadas.
Jasmine siempre se hacía preguntas que a mí jamás se me habían pasado por la cabeza. Eso me minaba la confianza por entonces. Me sentía torpe a su lado.
«Sentía que no estaba a la altura».
¿Qué había visto en mí, exactamente?
—¿Te acuerdas del fin de semana que pasamos en España hace seis años? —suelto de pronto, y logro captar su atención.
—Claro. Vomitaste en el avión.
La fulmino con la mirada, lo que parece divertirla. Me alegra verla bajar la guardia por primera vez desde que nos reencontramos.
—Acabábamos de mudarnos a París —prosigo mientras caminamos codo con codo—. No teníamos mucho dinero, nos costaba llegar a fin de mes.
Y, sin embargo, éramos felices. Vivíamos a base de amor y agua fresca. Dormíamos en un colchón en el suelo del estudio. Apenas teníamos intimidad, pero nos daba igual.
Lo importante era que estábamos cumpliendo un sueño. Juntos.
Bueno, casi. Ella cumplía un sueño, y yo estaba… allí.
—Insistí en irnos aunque tú querías ahorrar —suspira ella—. Me acuerdo.
—No solíamos estar de acuerdo, pero siempre encontrábamos un punto de equilibrio. No estaba tan mal, ¿no?
—No, es cierto —admite Jasmine sin mirarme—. Hasta que nos topamos con un problema sin solución.
Quiero preguntarle si me odia. Si aún me guarda rencor. Si me ha perdonado el haber sido tan cobarde.
Jasmine solía decirme que era muy influenciable. Nunca me gustó tomar decisiones, por miedo a decepcionar.
La noche que la dejé, preferí rendirme. Jasmine ya no era la chica de la que me había enamorado, la misma que ahora vuelve a estar frente a mí. Al verla otra vez, los buenos recuerdos afloran y empiezo a preguntarme si no cometí el mayor error de mi vida.
«Debería haber luchado por lo nuestro».
—¿Lo has dicho en serio? —la interrogo con curiosidad—. Lo de que buscas hombres solteros. Porque si solo era para ponerme celoso, no es…
Estalla en carcajadas, y me corta en mitad de la frase. Me sorprende y me irrita al mismo tiempo, aunque parezca raro.
—¡Ay, Andréa ! —ríe, y hace como si se secase las lágrimas—. Mira hasta qué punto lo digo en serio.
Al decirlo, me enseña la pantalla del móvil. Se me encoge el corazón al ver que tiene Tinder instalado. Ya ha hecho match con dos tíos, y no llevamos ni tres horas en Roma.
La furia y los celos crecen en mi interior. Odio sentirme así, y además Jasmine siempre me hizo ver que detestaba esa parte de mí. Pero no puedo evitarlo.
—No te pega nada —comento, y niego con la cabeza. Porque al registrarse en Tinder en Italia no busca algo serio, eso está claro. Es extraño en ella.
No sé qué me dolería más: que buscase sexo… o el amor.
—Te conozco, Jasmine Pham —insisto, mientras me acerco a ella—. Las apps de citas no son lo tuyo. Acostarte con un desconocido, tampoco.
Jasmine traga saliva, en silencio. Ha perdido parte de su aplomo. Una tensión diferente crepita entre nosotros, como un cable eléctrico a punto de saltar.
«Ella también me desea».
Pero al final levanta la barbilla, con los labios a unos centímetros de los míos, y murmura:
—Conjúgalo en pasado, Calcifer.
—¿Perdona?
—Me conocías —rectifica con malicia—. Ya no soy la misma chica con la que te diste el primer beso hace diez años. He cambiado, así que madura un poco y pasa página.
Me niego a creerlo. Por eso niego con la cabeza, con un rictus triste dibujado en la cara.
—Muy bien. Entonces, si esta noche flirteo con otras chicas, no te importará lo más mínimo. ¿Verdad?